¿Sabías qué?



 





























 
 

 

     

 

 

 

 

 
 

 

Lo memorable de un mal escritor: Francisco Bustos 

por

©Heriberto Yépez

 

Fotografía Heriberto Yepez

 Tijuana (Méjico 1974). Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Es traductor. Ha fundado dos revistas y dos editoriales independientes en Méjico. Critico literario en revistas de papel y electrónicas. Tiene publicado tres libros de poesía , cuatro de relatos y un libro de ensayos  "Ensayos para un desconcierto y alguna crítica ficción" (Instituto de Cultura Baja California 1998) donde esta recogido el texto que os presentamos. Es considerado como una de las nueva voces de la poesía mejicana.

Los malos escritores develan el oficio de escribir, porque en ellos todo es grotesco, descarado; transparentan aquello que los buenos redactores han sabido ocultar y sublimar eficientemente. Un mal escritor pone en evidencia a los escritores en general, porque al abortar la escritura, deja los secretos de ésta a la vista de todos.     

                Analizar uno de estos ejemplares no es un descuartizamiento ni una purificación: es una forma de hacer flagrante lo que el hombre trama al escribir. Recientemente, en las rachas de mala literatura que las editoriales sudamericanas desparraman continentalmente, ha sido expuesta a luz pública una edición que conglomera (sin tono de burla) los trabajos de un autor de principios de siglo que tipifica al mal escritor. Su nombre fue Francisco Bustos. Sus allegados han editado los poemas y artículos que dispuso en periódicos y en publicaciones subsidiadas por su engañado ego, junto con cartas y algunas traducciones de relleno. El periodo castigado por su pluma abarcó la segunda década del siglo veinte.

                Sus textos son enteramente insípidos o malogrados, pero resultan examinables por su calidad arquetípica y su semblanza termina siendo sabrosa de tan chabacana. Bustos era de descendencia judía, comenzó escribiendo en España, donde se amotinó en la retórica del movimiento ultraísta. Guillermo de Torre era su falsa adoración. Pío Baroja lo influyó mortalmente. Por Gómez de la Serna estuvo azorado y luego insatisfecho. Posteriormente se dirigió a Sudamérica, donde más fácilmente pudo levantar polvo y amotinarse en vagas escaramuzas. Hasta allá cargó con un número grave de lecturas diletantes que no lo soliviantaron a abolir su condición de manierista. Al parecer, en Argentina tuvo alguna relación con Borges, aunque este episodio es confuso e inverosímil. Cualquier relación entre Borges y Bustos no es más que una anécdota que aprovechan las editoriales para vender los malos libros de un autor coludido a la fuerza con un clásico.   

                En el tránsito de esa década Bustos fue componiendo textos para un libro de poesía pacifista, al mismo tiempo que se estancaba en el tema de las trincheras versificadas. Durante una racha se dedicó a venerar el expresionismo alemán y tradujo a Willhelm Klemm. Sus dos poemas más divulgados fueron uno dedicado al Kremlin y un himno marítimo, gracias al cual fue ubicado como “cantor del mar”. También procuró emplastar prosas poéticas. Su estilo queda evidenciado por estas dos citas: “La Botella lacrada yace entre Témpanos de Hielo en una gran Cubo de Plata con dos Argollas que muerden dos testas rudas de Leones” (en “Paréntesis Pasional”); “Los días son todos de papel azul bien cortaditos por la misma tijera sobre el agujero inexistente del Cosmos” (en “Insomnio”). ¿Habrá que agregar algo?

                Bustos era un percusionista de una escritura que produce empachos. Su credo era la poética extralimitada del ultraísmo que tantos estragos difundió en aquellos años. El ultraísmo a consigna que Bustos y otros ejercieron se trataba de una mezcolanza pedante que retorcía los recursos retóricos de los manifiestos europeos, de donde extraían la metodología y la trama para sus propias deliberaciones. Bustos era uno de esos jóvenes engomados que untaban cárteles en los muros. En México los patriotas estridentistas hacían lo mismo; no por algo en su primer manifiesto, nuestro bienamado autor formó parte de los primeros cinco miembros del directorio estridentista de actualistas dilectos. Su estética se limita a una especie de adaptación americanizada del ultraísmo español, donde se aplicaron las poéticas de la Lugonería y Huidobro con exceso de equipaje. Su poética se derivaba enteramente del creacionismo, pero aun así tenía el descaro de increparlo. Una caricaturización notable hasta para sus artífices. Bustos dice de “Aldea” —uno de sus poemas más ‘logrados’—: “serie de anotaciones... disparatadamente idiotas”. Para calcular uno de sus poemas bastaba que atascara medios renglones con un repertorio sucesivo de metáforas aspirantes. Su principal truco publicitario era esta proliferación. El resto era prolongar este gesto hasta asquear a los lectores y luego vapulearlos. 

                Sus declarados también procuraban la misma gesticulación. Sus principios eran “fabricados en doce días”, según confiesa el mismo Bustos. El propósito de estas fórmulas no era escribir, sino conseguir “escándalos espléndidos”. Bustos fue un vanguardista de pacotilla, meramente profesionalista. Un premeditante. Se congraciaba lesionando a los periódicos con boletines contestatarios donde, obviamente, defendía ferozmente las ideas que en la vida real no le conmocionaban en lo más mínimo. Era oportunista: aunque colectivamente presumía su brillosa medalla ultraísta, en sus cartas lo definía sincerilmente como “pataleo para el cerebro... idiotez estilizada”. Lo importante era contender, estar ensimismado en su ismo sísmico. Sufragar las ideas, improbablemente desarrollarlas. Firmar declarados, emboscar opositores. El archivo familiar registra sus encontronazos pueblerinos con fulanos de nombre Elviro Sanz, Barceló y aun sus tintineos revoltosos contra un tal “Pin”. 

                En la confidencialidad de su correspondencia afirma a un secuaz “En la práctica los dadaístas trampean todo el tiempo, ubican pequeñas acotaciones sexuales para escandalizar a los filisteos”; pero en la realidad se apresura a componer un poema dadaico que redactó agarrado de la mano con otros seis poetas pseudo-sedados, con la esperanza de que fuera contemplado para el muestrario internacional que el capataz Tzara tenía programado. “Por otra parte, ¿te imaginas un dadaísta sin público...?”, continúa ironizando, mientras en otra carta se muestra emocionado porque en Madrid el público aturdió una lectura de sus poemas; la literatura reditúa por los escándalos que provoca. Bustos simplemente literaturizaba, según su propia conjugación. Lo suyo no era una vanguardia sino una imitación del sentimiento de vanguardia. Era un kitschvanguardista.

                Bustos compuso algunos poemarios. Todos son reprobables y bochornosos. En algún momento llegó a publicar un poema, para luego anunciar una prosa novedosa del mismo nombre. Entre los dos textos no había una sola discrepancia, únicamente había cambiado la distribución de los enunciados en forma de versos y luego en renglón seguido. Quizá Bustos supuso que ese tráfico era revolucionario. Su talento mayor se ubica en la reseña amistosa o estrictamente peleonera. La mayor parte del tiempo se reservaba a elogiar a sus cofrades o a sepultar tempranamente a sus contrincantes, tan desconocidos y prescindibles como los de su fuero sentimental. El número de sus reseñas es idéntico a los directorios de las revistas en las que estaba envuelto y al de sus broncas. “He vendido mi alma haciendo un artículo... donde alabo a Torre por lo contrario de lo que ha querido decir”. Doblegaba sus opiniones, porque preferentemente éstas eran intercambiables. En un alegato premuroso anuncia que su ideología letrosa “no es individualista”; para salir airoso de otra reyerta, jactanciosamente la tilda de “individualista”.

                Bustos fue (y en su carrera posterior este rasgo se acendró) uno de esos autores que consuman un estilo que les hace publicidad, hasta terminar mal iniciando a sus lectores. En estos años Bustos hurgaba ese estilo patéticamente. Tener estilo es parodiarse sin malicia, pero con ahínco. Un escritor que posee un estilo se convierte en su propio modelo, y los modelos sólo se pueden seguir para parodiarse; sólo que su aspirante lo hace con tanto fervor como incredulidad. Tener estilo es un defecto que únicamente en unos pocos perseverantes resulta estéticamente provechoso. En el resto resulta masturbatorio, cómico.

                Hay dos apuntes sobre el estilo que muestran y depredan su voluntad de mistificación. El primero proviene de Jerome Rothenberg: “un cambio de estilo no es una revolución”. Con el estilo se apantalla: pero escribir debe ser des-cubrir, no apantallar. No se debe confundir la transacción de la fachada estética de una estructura, con la renovación a ultranza de ésta. Aunque una escritura revolucionaria siempre deviene novedosamente estilística, la aparición de un nuevo estilo no es necesariamente la señal posterior de la previa producción de una revolución legitima. A veces forjar un estilo es la forma de esquivar una subversión auténtica, ofreciendo sólo su apariencia —perpetrándose la sugestión cultural. En el estilo todo es perpetración. El segundo apunte es de Alexandro Jodorowsky: “Aquel que llegó a un estilo y se quedó en él vive auto-hipnotizándose”.

                Bustos no se proponía alterar substancialmente sus materias, sino encubrir con nuevas empaquetaciones el hecho de que todo aquello era ampliamente preexistente. “No pretendemos rectificar el alma... Lo que renovamos son los medios de expresión”. No buscaba renovar realmente, sino simular que decía algo nuevo. Bustos no es memorable, porque todos sus textos los recordamos de otras partes. No es que no sea original, sino que sus textos se reducían a los meros procedimientos que afinaba en ellos. Al escribir nos quiere obligar a reconocer el procedimiento autoimpuesto, y no el contenido remitente.

                Si hay un autor latinoamericano de este siglo, pintoresco hasta la estampa es Bustos, un advenedizo empobrecido por su credo adrede; ultraísta y criollista, pampero e idealista. Filosofante a la primera provocación y extralimitado hasta en lo barroco. Instigador vanguardero y porteño de “falso color local”. La identidad siempre la tuvo indecisa; “Francisco Bustos” nombre de su tatarabuelo, en realidad, fue tan solo uno de los pseudónimos que utilizó un ahora famoso escritor. Nadie, en situación normal, hubiera recobrado y encuadernado sus mediocres textos, y menos —como ha sido— la prestigiosa editorial Emecé, a no ser porque se tratan de los esfuerzos, pinitos y asuetos del joven Borges.

 ©Heriberto Yépez. Febrero 2002


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