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Texto
previo a la terminación de "Diablo
Guardián"
VI
Premio Alfaguara de Novela 2003
Para
un fugaz reporte de obstetricia
literaria *

por
©Xavier
Velasco
El escritor mexicano Xavier
Velasco (1958 ), obtuvo por
mayoría el VI Premio Alfaguara de
Novela, dotado con 187.000 euros y una
escultura de Martín Chirino, con su
novela "Diablo
guardián". Un jurado
presidido por el novelista y
académico Luis Mateo Díez hizo
público el fallo de este certamen
literario, al que se habían
presentado un total de 473 manuscritos
procedentes de España y distintos
países de América. El jurado
destacó "el hábil tratamiento
del lenguaje oral al servicio de una
narración que cautiva al lector por
su dinamismo, gracia y tono
picaresco". Xavier Velasco
nunca formó parte de un taller
literario. La mayor parte de sus
publicaciones fueron en periódicos y
revistas. Agradecemos desde Literaturas.com
la autorización de este fragmento
casi embrión de su reciente novela
premiada. Gracias Xavier.
He contado esta historia
varias veces, pero nunca es igual. No
es una historia que pueda pasar, sino
una que pasó —entre ciertos
lectores, su valor es más alto por
esta inaprehensible circunstancia—.
No obstante, al tratarse de un obvio
imposible, cada vez que la cuento debo
poner el énfasis en el solo
ingrediente que me parece por sí
mismo bastante para vencer el celo de
los más escépticos: la perplejidad
del narrador. Cuento, pues, una
historia que no puedo creer, y que sólo
la creo porque me ha sucedido. Pero al
tratar de hacerlo, pienso: Nadie me va a creer. Y a lo mejor por
eso nunca me queda igual, puesto que
lo que narro es el transcurso (tardío,
traicionero, artificioso) de mi
incredulidad, con la vehemencia
suficiente para que lo que es
cierto también parezca cierto. ¿Por qué, si cuento
la verdad, experimento las angustias
del mentiroso, hasta el punto de
emplear sus mismos artilugios? Porque
después de lo que me ha pasado, y más
aún tras todo aquello que no
me ha pasado, creo en la realidad
como una pura invitación a las
mentiras.
Cuando Wim Wenders decidió
viajar por cuatro continentes filmando
a su espectacular mujer en Hasta
el fin del mundo, antes debió
enfrentarla a la decisión de
abandonar la carretera, contradiciendo
los consejos de la computadora
automotriz —todo dentro del guión,
se entiende—. Así, Solveig
Dommartin se inserta en una historia
misteriosa y absurda en el papel de Claire
Torneur: la mujer aburrida de su
existencia cícilica que a partir de
ese punto se relacionará con
asaltabancos, espías, científicos y
demás personajes de la vida irreal. A
veces, las historias se tuercen —es
decir, comienzan— cuando al
protagonista se le ocurre desviarse
del camino, ya desafiando a la rutina
pero aún inconsciente de que algo
le aguarda. Pues cuando uno decide,
por ejemplo, no llegar esa noche a su
casa, y así perderse entre las calles
sin destino fijo, lo que hace no es
buscar el inicio de una historia, sino
apenas plantar alguna resistencia
irracional contra la perspectiva de
obedecer a un guión insulso. Y esa
noche podía ser la una, pero yo no
quería volver a mi casa. No me daba
la gana, prefería ir a dar vueltas. A
las calles, a la ciudad entera, pero más
que otra cosa vueltas a La Novela: ese
monstruo mayor en etapa embrionaria
cuyo mayor placer consiste en esquivar
a quien lo engendra. De ahí que sus
mayúsculas rampantes subrayen dos
problemas irresueltos: su desmesurada
importancia y su escandalosa
inexistencia; la una culposa y
subjetiva, la otra, objetiva e
hiriente.
Se piensa en La Novela para
ensalzar no tanto su grandeza, como la
pequeñez de quien pasan los años y
sigue sin saber cómo escribirla.
Verla así, con mayúsculas, es
encontrar coartada para nunca
terminarla —lo que sea de cada quién,
empezarla se facilita mucho más—.
Me había acostumbrado a hablar de La
Novela como de un convidado
improbable, igual que esas parejas estériles
que se cansan de todo menos de hablar
del hijo que no tienen. Claro que en
esto de escribir novelas no hay un
doctor que diga: Lo
siento, pero es usted clínicamente
estéril, dedíquese mejor a la
publicidad. Porque si lo dijera,
sería preciso sacarle los ojos y
saltar de clavado hacia el vacío, con
tal de fecundar al óvulo inasible.
Para el año dos mil, había
dejado de hablar de La Novela (no podía
siquiera soportar el peso de esas mayúsculas
obscenas y esclavistas, amén de megalómanas
y delirantes). Asimismo, en el nombre
del gran feto hipotético había
conducido a mis demás proyectos a un
naufragio seguro —aunque no sé si
aquellos esquiroles bien pagados
merecieran el calificativo de proyectos—,
de modo que al final no quedara sino
la urgencia de escribir la historia
tantas veces cancelada, cuya
protagonista se me aparecía intensa,
vehemente, impostergable, pero también
borrosa, inmaterial, con más sombra
que cuerpo. Se había llamado de
tantas maneras como veces había yo
intentado reiniciar el proyecto, pero
el hecho es que en junio del dos mil
seguía sin tener nombre, voz o
facciones. La Heroína era, pues, tan
abstracta como La Novela. Y eso era lo
que me jodía la existencia, al punto
que habían dado las tres y media y
seguía sin ganas de irme a dormir,
recorriendo Insurgentes como un
espectro sin propósitos. Hasta que de
la nada bajó el ángel.
Así le puse: Angel.
Se lo decía echando un poco el aire
para afuera, en un inglés chilango
que aspiraba a elevarse sobre los
mismos cielos que —de la sombrilla mágica
de Mary Poppins a los ángeles
trapecistas de Wim Wenders— habían
dado cuerpo a tantas quimeras aladas.
Pronunciaba: hein-yel,
vaciando un poco los pulmones en la
‘h’, y luego deteniendo a la
lengua un instante en la ‘n’, para
mejor interiorizar la experiencia
ultraterrena. Y no era para menos: la
mujer se me había aparecido como una
visitación angélica, detrás de un
puesto de tacos cuya misión expresa
era, a todas luces, darle cuerpo y
textura al espejismo. Una mujer, por
cierto, desconcertantemente hermosa;
demasiado para no abrir la puerta —y
antes: la boca—, bajar del coche y
alegrarme cual súbdito propicio al
captar la pregunta, proferida con el
acento propio de una perseguida de la
N.K.V.D.: Do you speak english?
Cualquiera en mi lugar habría
hablado ruso, de ser preciso sin
acento, pero caí en la trampa de
creer que el inglés —segunda lengua
de los dos— alcanzaría para
entendernos, sobre todo después de
haberme recibido con una alegoría
escandalosamente bíblica: no bien le
confirmé que hablaríamos en inglés,
la mujer —alta, pelo castaño, ojos
de color miel, expresión de
complicidad despreciativa, que al poco
iba ganando el rango de seductora
insolencia— extendió el brazo hacia
mí, hasta ofrecerme la manzana que
traía en la mano. Y bien, después de
guiño tan apremiante, no tenía más
opción que la de abandonar la
carretera. Supongo que eso fue lo que
hice cuando la invité a subir.
Su inglés era marcado, tosco,
fundamental, como el de esos espías
rusos que solían ir detrás de Mr.
Bond, y a menudo delante; su voz, una
profunda y cavernosa insinuación de
caos. Una voz abismal, donde las haya,
con el tono burlón de quien jamás
confía en lo que ve. Ingredientes
bastantes para ir por Insurgentes
presa de una ansiedad morbosa y
narcisista: la de quien cree que vive
un peligro extraordinario. Porque no
podía ser que tamaño viejorrón se
apareciera así, ahí, a esa hora; que
me llevara como a un ciego por las
calles de la colonia Doctores; que al
llegar a su hotel —el Andrade, un pequeño elefante de
concreto, saturado de espejos por
fuera y por dentro, de forma que sus
muros repiten así las miserias del
entorno como las de sus huéspedes—
me ofreciera vino, y con ello me
abriera las puertas de su cuarto.
(Que una cosa como éstas
ocurra sin motivo es de por sí un
evento extraordinario, pero que tenga
que pasarte justo cuando atraviesas el
infierno de la página en blanco, y de
pronto compruebes que sus palabras
llenan exactamente tus silencios es, más
que milagroso, inconcebible. Y aún más:
sospechoso. Tenía que haber un truco,
un complot, una pandilla de malandros
multinacionales aguardando para
asaltarme, secuestrarme,
chantajearme...)
Según algunos clásicos del
budismo, la verdad podría hallarse no
tanto en el objeto precioso de
nuestras obsesiones, sino acaso en el
dedo que las señala. Durante una
vergonzosa cantidad de años, quise
mirar la historia desde una
perspectiva irrelevante: la de un
hombre que seguía a una mujer. Como
autor, era un ciego siguiendo a otro
ciego, que a su vez iba tras una mujer
sin cuerpo. Como perseguidor de la
verdad, tal vez me había puesto a ver
el dedo equivocado. Nada que no
pudiese arreglarse mordiendo una
manzana: una vez que bajamos del
coche, ya en el estacionamiento del
hotel, el Ángel de Insurgentes habíame
comprometido a seguirla a cualquier
precio. Como pasa con todos los
contratos incondicionales, el que yo
había firmado empezaba y terminaba en
el origen mismo del mal mayor: una página
en blanco.
No teníamos ni una hora de
conocernos y yo insistía en que toda
mi vida pendiera de ella. No de otro
modo, pues, podía explicarse que
llevara más de veinte minutos a solas
en su cuarto, preguntándome si debía
esperar, con esa deliciosa
taquicardia, por el regreso de mi
inconcebible anfitriona, o salir
desbocado hacia el estacionamiento.
Consciente de que la segunda opción
significaba la probable salvación de
mi pellejo y el seguro naufragio de La
Novela, me decidí por lo realmente
importante. Una forma exquisita y
literariamente correcta de legitimar
el asedio tenaz de un deseo contra el
que no había paranoia ni precaución
que valieran: me iba a quedar ahí, así
luego se me aparecieran cinco villanos
de David Lynch juntos, listos para
cobrarme a navajazo limpio la osadía
de haberme besuqueado con la devotchka.
Me iba a quedar ahí porque, como
cualquiera en mi lugar, podía
establecer una clara diferencia entre besarse
y besuquearse,
puesto que mientras el primer verbo
implica un acto simple, el segundo
designa una suerte de reincidencia
compulsiva. Todos los días nos
besamos con decenas o cientos de
personas, pero sólo nos besuqueamos
con las escogidas. O, todavía mejor,
las escogibles.
Y debo confesar que en tal materia, el
Ángel de Insurgentes obtenía las más
altas calificaciones. Uno puede
besarse felizmente con quien le
conviene, pero sólo si luego podrá
besuquearse con quien, supuestamente,
no le conviene.
Claro que si de conveniencias
se trataba, yo resultaba todavía más
inconveniente para ella. Y eso lo
comprobé cuando la rusa, de vuelta en
el cuarto, se entregó a compartir
conmigo una sopa ramen tibia con queso
Filadelfia, y mientras procedíamos a
besuquearnos, atrapados por una
reincidente orgía de tallarines,
ductilísimo queso
y un
par de variedades de saliva, me dijo
en el oído: Podría estar cobrando por esto. O sea
que mientras el narrador perdía el
sosiego, la vergüenza y la brújula,
su compañía inconveniente dejaba de
ganar ¿tres, cuatro mil pesos? No
quise preguntárselo, celoso tanto de
la verosimilitud del milagro como de
la etiqueta del gorrón. ¿O es que
acaso se vale preguntar por el precio
de lo que nos regalan? Y ahí estaba
el problema: que mientras otros salían
del entuerto con ¿cuatro, cinco mil
pesos?, yo firmaba un papel en blanco
y le pedía al Ángel de Insurgentes
que lo llenara. ¿Cómo negar que había
en aquel vértigo hambriento y
besuqueante el extravío fugaz de una
ruleta en movimiento?
Ciertamente, no teníamos
razones de peso para besarnos. ¿Pero
qué tal para besuquearnos? Aunque más
que razones, motivos o pretextos,
galopábamos esa noche a lomos de
sendas sinrazones, puesto que, como ya
expliqué, tanto ella como yo éramos
altamente inconvenientes el uno para
el otro. ¿Cuánto cuesta una brújula?
Seguramente más, mucho más que mi
sosiego y mi vergüenza, pero sin duda
mucho menos que ¿cinco, seis mil
pesos? Hasta ese momento, no parecía
ser tanto lo que yo perdía como lo
que ella dejaba de ganar, y habrá
sido por ello que de pronto perdí
también la cuenta. No sé las veces,
ni las horas, ni los secretos que nos
entregamos uno al otro, y me niego a
creer que media botella de vino blanco
haya bastado para volver difusos los límites
de una realidad que hacía tantas
horas andaba de vacaciones. ¿Cuántas
horas, por cierto? Poco menos de
nueve: recién había dado el mediodía
cuando abrí el ojo sólo para
confirmar la estridente vigencia de lo
imposible: la mujer me abrazaba con
una suerte de ternura perezosa, y a
ratos ronroneaba una palabrería rusa
que me invitaba a contemplar su sueño
como Ana
Karenina sin subtítulos.
En su única historia conocida
—Novela
con cocaína—, el virtualmente
anónimo M. Agueev nos habla de un
protagonista que se pierde en los
bulevares de Moscú, deseoso de
encontrar una mirada de complicidad
sucia y oscura, comparable a la de
quienes recién asesinaron juntos a un
niño. Ciertamente, no es la mejor
manera de buscar esposa, pero
hay pocas más eficaces para
encontrar un personaje. A veces, sobre
todo mientras se besuquea
ardientemente con una obvia tercera en
discordia, el narrador olvida su propósito,
pero ello no le exime de cumplirlo a
cabalidad. De ahí que, cuando cree
que disfruta de un romance al vapor,
lo que en realidad hace es contagiarse
de una enfermedad a largo plazo, y muy
probablemente perder a la persona para
ir detrás del personaje. Pero eso no
podía imaginarlo entonces, o lo que
es aún peor: no quería. Porque
entonces sus muslos abarcaban el total
de mi horizonte, y muy difícilmente
otro jueves a mediodía en la Doctores
iba a alcanzar jamás semejantes
niveles de ensoñada y vibrante
nitidez. Estaba en lo más alto de la
ola; no podía detenerme a hacer
cuentas, a riesgo de caerme de la
tabla antes de tiempo. En lugar de
eso, experimentaba un deleite torcido
de pensar: Nadie
sabe dónde estoy. Y más: Nadie
sabe cómo llegué a donde estoy.
Y más aún: Nadie
sabe con quién. Y más que nada: Nadie
me lo creería. Empezando por mí,
que seguía sin saber con quién
diablos estaba. Y era ésta una
ignorancia literal: había una legión
de demonios variopintos habitando los
pensamientos del Ángel de
Insurgentes, y apenas unos cuantos se
expresaban en inglés.
Contra lo que más de un
libidinoso racionalista pudo
sospechar, El Ángel de Insurgentes no
prestaba servicios profesionales
algunos en la citada avenida: le he
puesto aquí ese nombre porque allí
la encontré, y si no empleo el
verdadero es porque a ése me lo he
robado con diversos propósitos. Como
dice mi padre, es
asunto americano. Estábamos en el
trabajo del Ángel de Insurgentes, que
de ninguna forma transcurría en éste
u otro escaparate asfáltico, sino al
cobijo de uno de esos clubes para
hombres solos donde, como a mí no me
daba la gana saberlo, cualquiera podía
embarrarse sus encantos en la jeta por
quince pinches dólares.
No hay abuela que no esté
lista para prevenirnos contra una
mujer así, aún si le explicamos que
una noche completa con la interfecta
podía llegar a cotizarse en ¿seis,
siete mil dólares? ¿O eran pesos?
Para la hora de la comida, no sólo
las equivalencias monetarias se me habían
trastocado en el cerebro, sino
seguramente todas las demás. Sobre
todo cuando su celular sonaba, cada
vez para distraerla en intolerables
regateos con sus prospectos de
clientes, para los cuales me apresuré
a confeccionar una invectiva quizás más
grande que ellos, pero aún inferior a
mi desprecio: Pobres
diablos sin huevos.
Había en lo nuestro un dejo de
cinismo exhibicionista. Muy cachondo,
por cierto. Especialmente a la hora de
tomar —no sé si debería decir embestir— nuestros sagrados
alimentos, mismos que consagrábamos,
ante decenas de testigos, a través de
voraces besuqueos donde igual me daba
ella los pedazos de sushi directo de
sus labios, que entregábame yo a
rescatar impíamente los últimos
arroces del escarpado fondo de su
escote. Por no hablar del placer de
que esto sucediera a las tres de la
tarde en el Sushi-Itto de Altavista,
frente a madres que nos miraban
indignadas e hijos que se codeaban
unos a otros, encantados con la
escena. Imposible saber, en tan idílicas
e inciertas circunstancias, a qué
especies de diablos estábamos
alimentando, o a cuánto ascendería
mi deuda por tamaño banquete.
Mis
amores son breves, pero fulminantes,
sentencia por ahí un personaje de
Rubem Fonseca. Cuando cuento esta
historia, siempre llega el momento de
aclarar que su final dista de ser
feliz, o siquiera infeliz. Puesto que,
peor que todo, es un final incierto.
Y, espero, fulminante. Mi relación
con el Ángel de Insurgentes,
intempestivamente rota tras una
discusión en la que el inglés no
alcanzó para trocar los gritos por
besuqueos, me condujo a seguirla a
ella, antes que a La Novela. En
aquellos tres días imposibles,
transcurridos en medio de pasiones
veloces y miedos trepidantes, sólo
supe de aquella rusa impetuosísima lo
necesario para hoy, más de dos años
después, aún estar tras su pista:
descifrando sus códigos como un hacker
poseso.
Ya no sigo a una rusa, ni osaría
llamar a la que sigo Ángel de Insurgentes, so pena de
ganarme unas justas cachetadas de su
parte. Han pasado más de seiscientas
cuartillas desde que sucedió la
historia que hasta aquí sólo empecé
a relatar. ¿Cómo es que un
acontecimiento supuestamente real
desemboca de un modo imperceptible en
la ficción? Supongo que este texto y
la novela lo explicarían juntos mucho
mejor que yo, pero si de explicar se
trata, bastaría con decir que la
visitación angélica realizó el
milagro de obligarme a mirar hacia un
distinto dedo: ya no aquel que señalaba
al perseguidor, sino el que desde
siempre había apuntado hacia la
perseguida. En tan incierto trance, no
es de extrañar que, como los
correctores ya lo han advertido, la
novela haya perdido sus mayúsculas.
Toda ficción comienza cuando,
deseosos de extender los límites de
la realidad, y eventualmente digerirla
mejor, nos desviamos de la carretera,
y así nos preguntamos ya no tanto por
lo que pasa, como por todo lo que podría
pasar: un cosmos infinito en el
que acaso preferiríamos perdernos,
antes que continuar rodando por aquel
despropósito asfaltado. Durante
varios años, la publicidad y los códigos
electrónicos me dieron una suerte de
hueca prosperidad material, donde
hasta la recompensa más grande
—siempre ofrecida, jamás
entregada— aparecía ínfima frente
al friolento embrión de La Novela.
Desde mediados de dos mil en adelante,
una beca me permitía abandonar la
carretera hacia Ninguna Parte y
encerrarme en la obsesión que hoy,
bien alimentada por una suerte de
constancia irresponsable (léase:
libre de mayúsculas), me faculta para
hablar de la novela como un cuerpo que
se mueve, repta y de pronto ya camina:
un espectáculo más bien deplorable,
que ahora mismo, aquí, me esmero en
ocultar.
A la ficción la realidad le
estorba, por imperfecta. Y porque ir
por ahí exhibiendo como si nada las
imperfecciones tiene que ver más con
la obscenidad que con la seducción. Y
lo que a la ficción le gusta es
seducir: de ahí que, a diferencia de
la realidad,
se preocupe por ser, y todavía
más: parecer, perfectamente verosímil,
aun dentro de su probable
extravagancia. Lo inverosímil nunca
pasa en la literatura, seguramente
porque sólo la realidad —corrupta
de raíz— resiste la incongruencia.
Vuelvo atrás en el párrafo y anoto
cuatro cualidades, no exactamente
halagadoras: imperfección,
obscenidad, extravagancia,
incongruencia. Todas ellas encajan en
el personaje, mas para hacerlas
concebibles debo apelar a la
verosimilitud que la historia del Ángel
de Insurgentes no conoció jamás. ¿No
es acaso deber de las bailarinas de
mesa permanecer, en lo posible,
inverosímiles?
A veces, el poder de
convencimiento de una ficción se mide
por la seguridad que ostenta su autor
al desvelarla. En mi caso, tengo sólo
un par de sólidas certezas: una es
que no soy yo, sino ella,
quien sabe toda la verdad (y nada más
que tal) de esta historia escurridiza;
la otra es que ella,
la mujer a la que he seguido como un
beato, está tan cerca de entregarme
sus secretos como estoy yo de
abandonarla a un lado de la carretera.
Hasta entonces, y para obvio pesar de
estas líneas, nombre e historia son
necesariamente asunto americano, particularmente para
quien la narra, y todavía a finales
del dos mil dos persigue los vestigios
de una historia que se le está
cerrando en la jeta, como a otros se
les cierran las puertas en los dedos.
—None of your motherfuckin’
business, ¿ajá? —me dice cada noche, con su inglés de
almacén, de lobby, de olor a dólar
fresco y carne que se quema en el empeño
de forrarse de un glamour plástico
que comienza y termina en las
palabras: esas putas mentirosas,
alcahuetas que cuentan su novela con
la voracidad que, apenas me volteo,
emplean en contar los dólares ajenos.
Robar, fingir, mentir: tales son los
recursos de la novela, y los del ángel
codicioso a quien no puedo sino
perseguir como un endemoniado. En la
historia que narro, la protagonista
experimenta una suerte de cosquilla
malévola cada vez que rompe una regla
y se da a imaginar la indignada opinión
de su familia; algo muy similar al
motivo de mi persecución: cometer esa
fechoría inenarrable, y al menos una
vez lograr que lo imposible aparezca
posible. Hacer de una novela una
fechoría: tal vez sea ésa la enseñanza
del Ángel de Insurgentes.
* Ante la comezón del penúltimo
capítulo, pero aún con la discreción
propia
del índice, el autor se reporta en fullmoontonic.com.
**
©Xavier
Velasco 2003
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