El director de la revista literaria Espéculo
Joaquín María Aguirre presenta su primer libro de relatos
“14 Cuentos Náufragos” en Literaturas Com Libros
[Colección Singulares - nº 5]

Joaquín María Aguirre, ha desempeñado durante veinte años la docencia en el terreno de la Literatura con especial dedicación al campo de la Teoría Crítica y Hermenéutica y la aplicación de las Nuevas Tecnologías de la Información a la enseñanza de la literartura. En 1995, crea Espéculo, revista de estudios literarios de la Universidad Complutense de Madrid, donde es el máximo responsable como editor. Ejerce como crítico literario en distintos medios de comunicación. Ahora aparece su primer libro de ficción, son 14 relatos extraordinarios donde el poder del texto se pone al servicio de historias profundas, insólitas y de gran literatura, en las que la ironía se convierte en el arma con la que enfrentarse a un mundo caótico.

Puedes ponerte en contacto con el autor en : joaquinaguirre@literaturas.com

Desde el primer cuento, "Prólogo", hasta el último, "Los pies en el suelo", Joaquín Aguirre despliega un dominio del lenguaje, un estilo sobrio y preciso propio de la mejor tradición literaria tanto española como anglosajona. Sus cuentos, ricos en referencias culturales, son germen de reflexión, tiempo narrativo que ofrece al lector la posibilidad de indagar en el modo de vida de nuestras sociedades modernas. Filosofía y literatura se aúnan en el arte de la brevedad para hacer de este libro una magnífica sátira moral de nuestros días. Julia Otxoa

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Cuento 1.- "Prólogo"

El día 3 de julio de 1957, Duke Evans terminó de escribir el último cuento de la colección titulada Caminos separados. Lo tituló “Prólogo”. El cuento describía los comienzos y reflexiones literarias de un escritor desgraciado, cuyo fin era previsiblemente el suicidio.


Cuando concluyó su redacción, Evans estaba especialmente satisfecho. Había conseguido una pequeña obra maestra en la que había reconstruido la personalidad de un hombre frustrado, lleno de odio hacia la humanidad, por la que se sentía rechazado. Su personaje tenía rasgos claramente antisociales y mostraba patologías profundas. Esta concepción enfermiza del personaje narrador se transmitía en cada una de sus palabras y visiones del mundo.


Evans estudió con todo detalle cuantas obras de psicología cayeron por entonces en sus manos. Visitó las bibliotecas de las Universidades que estaban en un radio de cien kilómetros de su tranquila casa de Hornville para consultar las revistas especializadas y asistió a reuniones de alcohólicos para observar su comportamiento y cómo se expresaban. Se empapó de la obra de autores considerados malditos. Leyó a Poe, a Baudelaire, a Lautréamont, a Sade, a Lowry…


Sara, su esposa, retiraba cada mañana las revistas y los libros que había abiertos sobre la mesa para que ninguno de sus dos hijos desordenara aquel material. Trasladaba los papeles hasta la pequeña mesa que había junto a la venta para evitar que, con sus juegos matutinos, alguno de los chicos hiciera que el trabajo desarrollado durante aquellas intensas noches fuera un esfuerzo baldío. Cerraba con cuidado los libros y depositaba tiras blancas de papel para marcar las páginas y así Duke no tuviera que buscar de nuevo los datos necesarios. El autobús del colegio recogía a los niños y la casa quedaba en un tranquilo silencio que solo se rompía con el despertar del escritor, cercano ya el mediodía.


Aquella misma tarde, a primera hora, Evans tomó una carpeta azul con gomas elásticas e introdujo en ella los quince cuentos que integraban el libro. El relato “Prologo” hacía el número diez del conjunto. Se había propuesto la víspera del cuatro de julio para terminar aquella obra y lo había logrado. Podría celebrar conjuntamente el 4 de Julio y el fin de su trabajo. Aquel era un buen libro y esperaba que cambiara su tranquila y apacible vida. Si el libro tenía éxito, se trasladaría con su familia a la soleada California, a San Francisco, ciudad con la que había soñado desde la redacción de sus primeros relatos en la adolescencia. Llevó el libro a la estafeta de correos y siguió con la mirada el destino del sobre con la carpeta. En aquel paquete estaba el pistoletazo de salida de una nueva etapa. El empleado recogió el paquete y lo depositó junto a otros en un mostrador a la espera de ser clasificado.


Aquel año, la festividad del 4 de Julio tuvo un significado especial para Duke Evans. Lo celebró con el espíritu liberado y la conciencia de que había cumplido su objetivo. Fue un buen Día de la Independencia.
El día 6 de julio, un empleado de la editorial Samsom & Bridges recogió el correo dirigido a la empresa. Depositó en un carrito metálico las sacas de color gris que contenían las cartas y paquetes y, como todos los días, se encaminó hacia el montacargas que comunicaba el almacén con los pisos superiores en los que estaban alojadas las oficinas de la editorial. En la segunda planta, vació la sacas sobre un mostrador de madera para poder clasificarlas. Separó las cartas y los paquetes en dos montones, ordenándolos según su destino en el edificio.


Tres paquetes, entre ellos el de Duke Evans, fueron depositados sobre la mesa de Charles McCain, el editor responsable de ficción en Samsom & Bridges. Cuando McCain llegó a media mañana, se encontró con los tres paquetes y con seis cartas que habían sido entregadas en un reparto posterior. Se dirigió a la ventana y la abrió para dejar entrar aire fresco en la oficina. No había pasado una buena noche. Quizá se había excedido en la celebración del 4 de Julio y el paso del tiempo le cobraba factura a través de su estómago. Cogió un vaso de papel y lo llenó con el agua del depósito de cristal que había en la oficina. Estaba caliente y eso le hizo torcer el gesto. Sacó del cajón de la mesa un frasco con sales de frutas y utilizó el tapón como medida para echar el granulado blanco en el agua que quedaba. Lo agitó y se lo bebió de un trago. Después tomó otro vaso para aliviar su boca del sabor de las sales y, tras beber un pequeño sorbo, lo dejó sobre su mesa.
Se sentó y se dispuso a abrir las cartas y los paquetes. Era su primera tarea del día. Revisaba la correspondencia con los autores de la firma y contestaba sus preguntas, les hacía recomendaciones sobre los trabajos en marcha y procuraba que estuvieran contentos con la editorial. Samsom & Bridges siempre se había caracterizado por el trato con los autores y muchos de ellos se mantenían fieles a lo largo de los años porque se sentían comprendidos y solo razonablemente presionados para que cumplieran los plazos de entrega.


Después de tantos años en la profesión, McCain se había ganado una fama de persona implicada en la edición de cada uno de los libros que estaban bajo su supervisión. Muchas de las obras que habían sido publicadas por la editorial, y que habían obtenido buenas críticas y éxito de ventas, habían sido previamente caóticos originales. Gracias a su labor asesora, se habían convertido en libros brillantes.


McCain revisó primero los paquetes. Nada le producía más tensión emocional que recibir aquellos originales. La esperanza de encontrarse ante una gran obra era el sueño que había llenado su vida profesional. Cada vez que cortaba las cintas que envolvían los paquetes y rasgaba sus envoltorios sentía un hormigueo que le ascendía por las piernas y se concentraba en su estómago; la misma emoción que el día en que, con veintitrés años, desempaquetó su primer original, el poemario Destrucción, de la joven Jane Everett.


Ahora tenía ante él dos paquetes, dos posibilidades de enriquecer la cultura americana, dos posibilidades de sacar del anonimato a algún genio escondido en esas tranquilas ciudades del Medio Oeste o en algún apacible pueblo sureño, lugares que producían, de tiempo en tiempo, mentes brillantes que se negaban a seguir la inercia del aburrimiento que había dirigido sus vidas y se habían sentado a luchar contra su previsible destino con las solas armas de la escritura y su sensibilidad.


McCain abrió los paquetes y los dejó sobre la mesa. Las carpetas de gomas tenían en su frente unas etiquetas blancas en las que estaban escritos los títulos y los nombres de los autores. El que situó en el centro de la mesa fue Sangre en el llano, de James Fowles, una novela en la que tenía puestas grandes esperanzas y que se encontraba en el estado de segundo borrador. La otra era una apuesta arriesgada que asumía gustosamente: Caminos separados, de Duke Evans, una colección de relatos de una extraña perfección. McCain se había interesado por el autor tras leer uno de sus primeros cuentos en la revista New Star Monthly, una pequeña publicación que solía dar salida a jóvenes valores de la zona. McCain sabía, después de tantos años en la profesión, que gran parte de la tarea de un editor consistía en la revisión de todas esas pequeñas revistas en las que, junto a detestables relatos y poemas, se escondían a veces pequeños diamantes literarios que permitían vislumbrar el talento de escritores sin pulir de los que se podían extraer brillantes obras si se les dirigía adecuadamente.


Después de llamar a la redacción de la revista, le habían facilitado la dirección del autor de aquel relato que le había impresionado, Descenso lento, una pequeña joya que apenas necesitaba del pulido estilístico que otras muchas habían requerido para ser impresas en publicaciones de mayor renombre. Se dirigió por carta al autor del relato, que firmaba con el nombre de Duke Evans, y le solicitó que le enviara lo antes posible una muestra de lo que estaba escribiendo. Una semana después, McCain recibió un sobre con tres cuentos, brillantes todo ellos, que permitían reconocer que se estaba ante la obra de un autor con un grado sorprendente de madurez literaria. Casi a vuelta de correo, mandó a Evans un contrato en el que se acordaba que disponía de un año para enviar a la editorial una colección de entre doce y quince cuentos. Pocos días después, el joven autor devolvía firmada la copia del contrato.


Ahora los cuentos se encontraban sobre su mesa y McCain se tomó unos instantes antes de abrir aquella carpeta. Aquel momento bien se merecía un buen cigarro habano. Abrió el cajón derecho de su escritorio y sacó la caja de madera en la que se encontraban, en una caja de madera, los cigarros. Guardaba aquella caja como un pequeño tesoro, reservado solo para grandes momentos editoriales. Había prometido a Emma, su esposa, que dejaría el tabaco y solo se permitía ya estas pequeñas celebraciones de grandes momentos. Extrajo uno de los cigarros y lo movió bajo su nariz. Llenó sus pulmones con la agradable intensidad del olor de aquellas hojas elaboradas cuidadosamente a mano. Cuando aquella caja se acabara, el tabaco abandonaría definitivamente su vida.


Sin dejar de mirar la carpeta, frotó el fósforo de madera contra el borde de lija de la cajita. Dejó que la llama adquiriera intensidad moviendo la madera y, cuando se encontraba en su punto justo, acercó el fuego azulado al extremo del cigarro. Realizó varías caladas rápidas y profundas para que la llama encendiera el tabaco. El denso humo ascendió hasta su boca, impregnándola de sabor y de recuerdos sin forma de toda una vida de fumador.


Un gran golpe de tos sacudió a McCain. Le estremeció como si una fuerza incontrolable estuviera derribando el edificio de su cuerpo. Incapaz de controlar sus movimientos, se dobló por la cintura. Fuertes espasmos recorrían sus miembros y sintió que no podía respirar. La saliva había arrastrado aquel sabor hasta su estómago y este rechazaba la entrada de aquel intruso. Tras el primer movimiento convulso, el humo se había adentrado hasta sus pulmones. McCain, doblado, intentó alcanzar el vaso del agua que había dejado sobre su mesa. En su movimiento desesperado, la carpeta azul cayó al suelo y los cuentos se desperdigaron sobre la alfombra marrón que rodeaba al escritorio.
McCain se bebió de un trago el agua del vaso y sintió aliviado que ya podía respirar. Se encontraba dolorido por la intensidad de la tos. Le dolía la garganta y notaba que sus pulmones luchaban porque entrara en ellos aire limpio. Se llevó la mano a los riñones y suspiró profundamente, expulsando el aire. Definitivamente, tendría que dejar el tabaco.


Cuando se sintió mejor, se inclinó a recoger los cuentos. Afortunadamente, estaban grapados y se ahorró el esfuerzo de tener que ordenar las páginas. Los fue cogiendo uno a uno y, tras ver los títulos, situó “Prólogo” en primer lugar.


McCain leyó el conjunto de los relatos y dejó de lado el prólogo de la obra. Lo que le interesaba eran los relatos, y menos lo que el autor pudiera decir de ellos. De esta manera, la obra de Duke Evans Caminos separados quedó formalmente constituida por una colección de catorce relatos precedidos por un prólogo del autor. Así fue enviada a la imprenta y así salió publicada a mediados de noviembre de 1957, con una tirada de 8.500 ejemplares que fueron distribuidos por la principales librerías de los Estados Unidos.


Cuando llegaron los primeros ejemplares a la casa de los Evans, Duke se encontraba fuera del hogar. Sara recibió el paquete y, llena de emoción, decidió abrirlo. Quería dar a Duke la sorpresa de verlos sobre la mesa de trabajo. Rasgó el envoltorio de papel beige y se sorprendió ante una llamativa portada en la que un fragmento de rostro desesperado abría la boca emitiendo un grito casi audible. Un puño nudoso se agarraba la mandíbula inferior como si tratara de aumentar la cavidad de la boca para que aquel grito desgarrado se hiciera manifiesto. Sara se estremeció. Ver el nombre de su marido junto a aquel dibujo la intranquilizó. Abrió el libro y comenzó a leer. ¿Quién era aquel extraño ser con el que había estado conviviendo todos estos años?


La extraña y agresiva poética que se expresaba en el prólogo de la obra llamó la atención de lectores y críticos. Aquella mezcla de dolor y cinismo, de enfermedad y desprecio misantrópico, causó un gran impacto y a su luz se interpretaron los catorce restantes cuentos de la obra. Los relatos más inocentes fueron considerados como perversos y los más simples detalles eran vistos como muestras de la retorcida mente del autor.


Los diarios y revistas más conservadores reaccionaron rápidamente ante la publicación. Dedicaron sus páginas principales a condenar una forma de escritura que se alejaba de los fines sanos del arte. Un ejemplo más, escribieron, del grado de enfermedad que manifiesta la cultura contemporánea. Las revistas más radicales apoyaron, con los mismos argumentos, la obra. Ya era hora de que alguien se atreviera a denunciar lo enfermizo del sistema de vida americano, todo lo que se escondía bajo la aparente placidez de nuestros pueblos y ciudades.
Duke Evans tardó en reaccionar. Cuando vio la alteración del orden de los relatos no creyó que fuera a tener más importancia. Le preocupaba más el extraño cambio del comportamiento de Sara. Las tensiones aumentaron y, por primera vez en su matrimonio, el tono de las discusiones se elevó hasta extremos que no conocían. Un mes después de la publicación del libro, Sara cogió a los niños y se instaló en casa de su familia, a doscientos cincuenta kilómetros del domicilio de ambos. Evans quedó solo.


Cuando leyó las primeras reacciones ante la obra entró en una profunda depresión. Comenzó a beber y el sueño solo le llegaba con el agotamiento o por los efectos sedantes del alcohol. No entendía por qué, al alcanzar el momento que más había deseado, su vida se estaba derrumbando.


Los ecos de lo que se decía de él llegaron hasta el pueblo de Hornville y comenzaron a mirarle con ojos distintos. Le veían entrar malhumorado en el almacén del pueblo en busca de bebidas y salir depositando las cajas en la parte de atrás de su camioneta. Después de un accidente, en el que estuvo a punto de chocar frontalmente con el coche de la familia Lorenz, a quienes hizo salirse de la carretera y chocar contra la valla que rodea el depósito de chatarra, muchos le retiraron el saludo.


Se convirtió en un ser arisco que se iba pareciendo, cada vez más, al ser descrito en aquel prólogo que le había cambiado la vida. Cuando algunos periodistas intentaron entrevistarle, Evans los echó de la casa entre grandes gritos e insultos. Un día, completamente borracho, disparó su escopeta de caza contra el automóvil de dos reporteros del Evening Chronicle, que reprodujo el incidente en su edición dominical, hecho del que también se hicieron eco otros diarios.


Esos comportamientos acabaron por configurar su fama de hombre violento, alcoholizado e intratable. Evans abandonó su casa en Hornville y se dirigió a México, en donde se abandonó definitivamente a la bebida y a diversas sustancias que le hicieran olvidar lo que no alcanzaba a comprender.


El escándalo que rodeaba a la obra, reforzado por las informaciones que se fueron recopilando sobre la vida del autor, convirtió al libro en un éxito editorial. Las campañas de ciertos grupos religiosos contra Caminos separados, los boicoteos a las librerías que lo exhibían en sus escaparates, no hicieron sino acrecentar su fama. La desaparición de Evans en México permitió todo tipo de especulaciones sobre su vida y lo que había tratado de reflejar en aquel libro.


El editor McCain quedó sorprendido por la polémica. Estaba seguro de la calidad de la obra y de que causaría un gran impacto, pero nunca se imaginó que fuera de tal calibre. Releyó en varias ocasiones el libro y se fue, poco a poco, convenciendo de su sentido, algo que le había pasado inicialmente inadvertido. La tensión que le generaron las primeras reacciones le hicieron volver a fumar; acabó desarrollando un cáncer que le ganó la batalla en 1963. Todos los jóvenes que comienzan sus carreras profesionales como editores desean tener algún día entre sus manos una obra como la de Evans y una intuición como la de McCain.


Caminos separados alcanzó cinco ediciones en el primer año y tres en el segundo. Fue traducida al francés y al alemán en 1959, con un gran éxito de ventas. Hoy puede ser encontrada en las colecciones de bolsillo de casi todas las lenguas cultas. Su última traducción se ha realizado en China, país donde estuvo prohibida hasta hace dos años.

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