Cuento 1.- "Prólogo"
El día 3 de julio de 1957, Duke Evans
terminó de escribir el último cuento de la colección
titulada Caminos separados. Lo tituló “Prólogo”.
El cuento describía los comienzos y reflexiones literarias
de un escritor desgraciado, cuyo fin era previsiblemente el suicidio.
Cuando concluyó su redacción, Evans estaba especialmente
satisfecho. Había conseguido una pequeña obra maestra
en la que había reconstruido la personalidad de un hombre frustrado,
lleno de odio hacia la humanidad, por la que se sentía rechazado.
Su personaje tenía rasgos claramente antisociales y mostraba
patologías profundas. Esta concepción enfermiza del
personaje narrador se transmitía en cada una de sus palabras
y visiones del mundo.
Evans estudió con todo detalle cuantas obras de psicología
cayeron por entonces en sus manos. Visitó las bibliotecas de
las Universidades que estaban en un radio de cien kilómetros
de su tranquila casa de Hornville para consultar las revistas especializadas
y asistió a reuniones de alcohólicos para observar su
comportamiento y cómo se expresaban. Se empapó de la
obra de autores considerados malditos. Leyó a Poe, a Baudelaire,
a Lautréamont, a Sade, a Lowry…
Sara, su esposa, retiraba cada mañana las revistas y los libros
que había abiertos sobre la mesa para que ninguno de sus dos
hijos desordenara aquel material. Trasladaba los papeles hasta la
pequeña mesa que había junto a la venta para evitar
que, con sus juegos matutinos, alguno de los chicos hiciera que el
trabajo desarrollado durante aquellas intensas noches fuera un esfuerzo
baldío. Cerraba con cuidado los libros y depositaba tiras blancas
de papel para marcar las páginas y así Duke no tuviera
que buscar de nuevo los datos necesarios. El autobús del colegio
recogía a los niños y la casa quedaba en un tranquilo
silencio que solo se rompía con el despertar del escritor,
cercano ya el mediodía.
Aquella misma tarde, a primera hora, Evans tomó una carpeta
azul con gomas elásticas e introdujo en ella los quince cuentos
que integraban el libro. El relato “Prologo” hacía
el número diez del conjunto. Se había propuesto la víspera
del cuatro de julio para terminar aquella obra y lo había logrado.
Podría celebrar conjuntamente el 4 de Julio y el fin de su
trabajo. Aquel era un buen libro y esperaba que cambiara su tranquila
y apacible vida. Si el libro tenía éxito, se trasladaría
con su familia a la soleada California, a San Francisco, ciudad con
la que había soñado desde la redacción de sus
primeros relatos en la adolescencia. Llevó el libro a la estafeta
de correos y siguió con la mirada el destino del sobre con
la carpeta. En aquel paquete estaba el pistoletazo de salida de una
nueva etapa. El empleado recogió el paquete y lo depositó
junto a otros en un mostrador a la espera de ser clasificado.
Aquel año, la festividad del 4 de Julio tuvo un significado
especial para Duke Evans. Lo celebró con el espíritu
liberado y la conciencia de que había cumplido su objetivo.
Fue un buen Día de la Independencia.
El día 6 de julio, un empleado de la editorial Samsom &
Bridges recogió el correo dirigido a la empresa. Depositó
en un carrito metálico las sacas de color gris que contenían
las cartas y paquetes y, como todos los días, se encaminó
hacia el montacargas que comunicaba el almacén con los pisos
superiores en los que estaban alojadas las oficinas de la editorial.
En la segunda planta, vació la sacas sobre un mostrador de
madera para poder clasificarlas. Separó las cartas y los paquetes
en dos montones, ordenándolos según su destino en el
edificio.
Tres paquetes, entre ellos el de Duke Evans, fueron depositados sobre
la mesa de Charles McCain, el editor responsable de ficción
en Samsom & Bridges. Cuando McCain llegó a media mañana,
se encontró con los tres paquetes y con seis cartas que habían
sido entregadas en un reparto posterior. Se dirigió a la ventana
y la abrió para dejar entrar aire fresco en la oficina. No
había pasado una buena noche. Quizá se había
excedido en la celebración del 4 de Julio y el paso del tiempo
le cobraba factura a través de su estómago. Cogió
un vaso de papel y lo llenó con el agua del depósito
de cristal que había en la oficina. Estaba caliente y eso le
hizo torcer el gesto. Sacó del cajón de la mesa un frasco
con sales de frutas y utilizó el tapón como medida para
echar el granulado blanco en el agua que quedaba. Lo agitó
y se lo bebió de un trago. Después tomó otro
vaso para aliviar su boca del sabor de las sales y, tras beber un
pequeño sorbo, lo dejó sobre su mesa.
Se sentó y se dispuso a abrir las cartas y los paquetes. Era
su primera tarea del día. Revisaba la correspondencia con los
autores de la firma y contestaba sus preguntas, les hacía recomendaciones
sobre los trabajos en marcha y procuraba que estuvieran contentos
con la editorial. Samsom & Bridges siempre se había caracterizado
por el trato con los autores y muchos de ellos se mantenían
fieles a lo largo de los años porque se sentían comprendidos
y solo razonablemente presionados para que cumplieran los plazos de
entrega.
Después de tantos años en la profesión, McCain
se había ganado una fama de persona implicada en la edición
de cada uno de los libros que estaban bajo su supervisión.
Muchas de las obras que habían sido publicadas por la editorial,
y que habían obtenido buenas críticas y éxito
de ventas, habían sido previamente caóticos originales.
Gracias a su labor asesora, se habían convertido en libros
brillantes.
McCain revisó primero los paquetes. Nada le producía
más tensión emocional que recibir aquellos originales.
La esperanza de encontrarse ante una gran obra era el sueño
que había llenado su vida profesional. Cada vez que cortaba
las cintas que envolvían los paquetes y rasgaba sus envoltorios
sentía un hormigueo que le ascendía por las piernas
y se concentraba en su estómago; la misma emoción que
el día en que, con veintitrés años, desempaquetó
su primer original, el poemario Destrucción, de la joven Jane
Everett.
Ahora tenía ante él dos paquetes, dos posibilidades
de enriquecer la cultura americana, dos posibilidades de sacar del
anonimato a algún genio escondido en esas tranquilas ciudades
del Medio Oeste o en algún apacible pueblo sureño, lugares
que producían, de tiempo en tiempo, mentes brillantes que se
negaban a seguir la inercia del aburrimiento que había dirigido
sus vidas y se habían sentado a luchar contra su previsible
destino con las solas armas de la escritura y su sensibilidad.
McCain abrió los paquetes y los dejó sobre la mesa.
Las carpetas de gomas tenían en su frente unas etiquetas blancas
en las que estaban escritos los títulos y los nombres de los
autores. El que situó en el centro de la mesa fue Sangre en
el llano, de James Fowles, una novela en la que tenía puestas
grandes esperanzas y que se encontraba en el estado de segundo borrador.
La otra era una apuesta arriesgada que asumía gustosamente:
Caminos separados, de Duke Evans, una colección de relatos
de una extraña perfección. McCain se había interesado
por el autor tras leer uno de sus primeros cuentos en la revista New
Star Monthly, una pequeña publicación que solía
dar salida a jóvenes valores de la zona. McCain sabía,
después de tantos años en la profesión, que gran
parte de la tarea de un editor consistía en la revisión
de todas esas pequeñas revistas en las que, junto a detestables
relatos y poemas, se escondían a veces pequeños diamantes
literarios que permitían vislumbrar el talento de escritores
sin pulir de los que se podían extraer brillantes obras si
se les dirigía adecuadamente.
Después de llamar a la redacción de la revista, le habían
facilitado la dirección del autor de aquel relato que le había
impresionado, Descenso lento, una pequeña joya que apenas necesitaba
del pulido estilístico que otras muchas habían requerido
para ser impresas en publicaciones de mayor renombre. Se dirigió
por carta al autor del relato, que firmaba con el nombre de Duke Evans,
y le solicitó que le enviara lo antes posible una muestra de
lo que estaba escribiendo. Una semana después, McCain recibió
un sobre con tres cuentos, brillantes todo ellos, que permitían
reconocer que se estaba ante la obra de un autor con un grado sorprendente
de madurez literaria. Casi a vuelta de correo, mandó a Evans
un contrato en el que se acordaba que disponía de un año
para enviar a la editorial una colección de entre doce y quince
cuentos. Pocos días después, el joven autor devolvía
firmada la copia del contrato.
Ahora los cuentos se encontraban sobre su mesa y McCain se tomó
unos instantes antes de abrir aquella carpeta. Aquel momento bien
se merecía un buen cigarro habano. Abrió el cajón
derecho de su escritorio y sacó la caja de madera en la que
se encontraban, en una caja de madera, los cigarros. Guardaba aquella
caja como un pequeño tesoro, reservado solo para grandes momentos
editoriales. Había prometido a Emma, su esposa, que dejaría
el tabaco y solo se permitía ya estas pequeñas celebraciones
de grandes momentos. Extrajo uno de los cigarros y lo movió
bajo su nariz. Llenó sus pulmones con la agradable intensidad
del olor de aquellas hojas elaboradas cuidadosamente a mano. Cuando
aquella caja se acabara, el tabaco abandonaría definitivamente
su vida.
Sin dejar de mirar la carpeta, frotó el fósforo de madera
contra el borde de lija de la cajita. Dejó que la llama adquiriera
intensidad moviendo la madera y, cuando se encontraba en su punto
justo, acercó el fuego azulado al extremo del cigarro. Realizó
varías caladas rápidas y profundas para que la llama
encendiera el tabaco. El denso humo ascendió hasta su boca,
impregnándola de sabor y de recuerdos sin forma de toda una
vida de fumador.
Un gran golpe de tos sacudió a McCain. Le estremeció
como si una fuerza incontrolable estuviera derribando el edificio
de su cuerpo. Incapaz de controlar sus movimientos, se dobló
por la cintura. Fuertes espasmos recorrían sus miembros y sintió
que no podía respirar. La saliva había arrastrado aquel
sabor hasta su estómago y este rechazaba la entrada de aquel
intruso. Tras el primer movimiento convulso, el humo se había
adentrado hasta sus pulmones. McCain, doblado, intentó alcanzar
el vaso del agua que había dejado sobre su mesa. En su movimiento
desesperado, la carpeta azul cayó al suelo y los cuentos se
desperdigaron sobre la alfombra marrón que rodeaba al escritorio.
McCain se bebió de un trago el agua del vaso y sintió
aliviado que ya podía respirar. Se encontraba dolorido por
la intensidad de la tos. Le dolía la garganta y notaba que
sus pulmones luchaban porque entrara en ellos aire limpio. Se llevó
la mano a los riñones y suspiró profundamente, expulsando
el aire. Definitivamente, tendría que dejar el tabaco.
Cuando se sintió mejor, se inclinó a recoger los cuentos.
Afortunadamente, estaban grapados y se ahorró el esfuerzo de
tener que ordenar las páginas. Los fue cogiendo uno a uno y,
tras ver los títulos, situó “Prólogo”
en primer lugar.
McCain leyó el conjunto de los relatos y dejó de lado
el prólogo de la obra. Lo que le interesaba eran los relatos,
y menos lo que el autor pudiera decir de ellos. De esta manera, la
obra de Duke Evans Caminos separados quedó formalmente constituida
por una colección de catorce relatos precedidos por un prólogo
del autor. Así fue enviada a la imprenta y así salió
publicada a mediados de noviembre de 1957, con una tirada de 8.500
ejemplares que fueron distribuidos por la principales librerías
de los Estados Unidos.
Cuando llegaron los primeros ejemplares a la casa de los Evans, Duke
se encontraba fuera del hogar. Sara recibió el paquete y, llena
de emoción, decidió abrirlo. Quería dar a Duke
la sorpresa de verlos sobre la mesa de trabajo. Rasgó el envoltorio
de papel beige y se sorprendió ante una llamativa portada en
la que un fragmento de rostro desesperado abría la boca emitiendo
un grito casi audible. Un puño nudoso se agarraba la mandíbula
inferior como si tratara de aumentar la cavidad de la boca para que
aquel grito desgarrado se hiciera manifiesto. Sara se estremeció.
Ver el nombre de su marido junto a aquel dibujo la intranquilizó.
Abrió el libro y comenzó a leer. ¿Quién
era aquel extraño ser con el que había estado conviviendo
todos estos años?
La extraña y agresiva poética que se expresaba en el
prólogo de la obra llamó la atención de lectores
y críticos. Aquella mezcla de dolor y cinismo, de enfermedad
y desprecio misantrópico, causó un gran impacto y a
su luz se interpretaron los catorce restantes cuentos de la obra.
Los relatos más inocentes fueron considerados como perversos
y los más simples detalles eran vistos como muestras de la
retorcida mente del autor.
Los diarios y revistas más conservadores reaccionaron rápidamente
ante la publicación. Dedicaron sus páginas principales
a condenar una forma de escritura que se alejaba de los fines sanos
del arte. Un ejemplo más, escribieron, del grado de enfermedad
que manifiesta la cultura contemporánea. Las revistas más
radicales apoyaron, con los mismos argumentos, la obra. Ya era hora
de que alguien se atreviera a denunciar lo enfermizo del sistema de
vida americano, todo lo que se escondía bajo la aparente placidez
de nuestros pueblos y ciudades.
Duke Evans tardó en reaccionar. Cuando vio la alteración
del orden de los relatos no creyó que fuera a tener más
importancia. Le preocupaba más el extraño cambio del
comportamiento de Sara. Las tensiones aumentaron y, por primera vez
en su matrimonio, el tono de las discusiones se elevó hasta
extremos que no conocían. Un mes después de la publicación
del libro, Sara cogió a los niños y se instaló
en casa de su familia, a doscientos cincuenta kilómetros del
domicilio de ambos. Evans quedó solo.
Cuando leyó las primeras reacciones ante la obra entró
en una profunda depresión. Comenzó a beber y el sueño
solo le llegaba con el agotamiento o por los efectos sedantes del
alcohol. No entendía por qué, al alcanzar el momento
que más había deseado, su vida se estaba derrumbando.
Los ecos de lo que se decía de él llegaron hasta el
pueblo de Hornville y comenzaron a mirarle con ojos distintos. Le
veían entrar malhumorado en el almacén del pueblo en
busca de bebidas y salir depositando las cajas en la parte de atrás
de su camioneta. Después de un accidente, en el que estuvo
a punto de chocar frontalmente con el coche de la familia Lorenz,
a quienes hizo salirse de la carretera y chocar contra la valla que
rodea el depósito de chatarra, muchos le retiraron el saludo.
Se convirtió en un ser arisco que se iba pareciendo, cada vez
más, al ser descrito en aquel prólogo que le había
cambiado la vida. Cuando algunos periodistas intentaron entrevistarle,
Evans los echó de la casa entre grandes gritos e insultos.
Un día, completamente borracho, disparó su escopeta
de caza contra el automóvil de dos reporteros del Evening Chronicle,
que reprodujo el incidente en su edición dominical, hecho del
que también se hicieron eco otros diarios.
Esos comportamientos acabaron por configurar su fama de hombre violento,
alcoholizado e intratable. Evans abandonó su casa en Hornville
y se dirigió a México, en donde se abandonó definitivamente
a la bebida y a diversas sustancias que le hicieran olvidar lo que
no alcanzaba a comprender.
El escándalo que rodeaba a la obra, reforzado por las informaciones
que se fueron recopilando sobre la vida del autor, convirtió
al libro en un éxito editorial. Las campañas de ciertos
grupos religiosos contra Caminos separados, los boicoteos a las librerías
que lo exhibían en sus escaparates, no hicieron sino acrecentar
su fama. La desaparición de Evans en México permitió
todo tipo de especulaciones sobre su vida y lo que había tratado
de reflejar en aquel libro.
El editor McCain quedó sorprendido por la polémica.
Estaba seguro de la calidad de la obra y de que causaría un
gran impacto, pero nunca se imaginó que fuera de tal calibre.
Releyó en varias ocasiones el libro y se fue, poco a poco,
convenciendo de su sentido, algo que le había pasado inicialmente
inadvertido. La tensión que le generaron las primeras reacciones
le hicieron volver a fumar; acabó desarrollando un cáncer
que le ganó la batalla en 1963. Todos los jóvenes que
comienzan sus carreras profesionales como editores desean tener algún
día entre sus manos una obra como la de Evans y una intuición
como la de McCain.
Caminos separados alcanzó cinco ediciones en el primer año
y tres en el segundo. Fue traducida al francés y al alemán
en 1959, con un gran éxito de ventas. Hoy puede ser encontrada
en las colecciones de bolsillo de casi todas las lenguas cultas. Su
última traducción se ha realizado en China, país
donde estuvo prohibida hasta hace dos años.
Continúa...Realizar pedido