Cori Ambó es un colectivo de 10 mujeres y un hombre, todos escritores, que se creó con éste único fin:
escribir un libro de relatos eróticos.
[Colección Incompletos - nº2]

El texto se presentó al premio la Sonrisa Vertical que organiza la editorial Tusquets en el año 1999 y quedó finalista. El jurado recomendó su publicación pero por azares del destino y del mundo editorial, nunca llego a ver la luz. Ahora lo rescatamos en Literaturas Com Libros en la colección Incompletos y es el número 2. Son en total veinticuatro relatos, cada uno de ellos lleva por titulo el nombre de un movimiento de música clásica. El libro arranca con un texto de Hernán Migoya.
Recomendado para mayores de 18 años.

Puedes ponerte en contacto con el colectivo en: colectivocoriambo@literaturas.com

"El lector se verá enfrentado a un puñado de cuentos de muy diversa índole y catadura, en una compilación que resultó finalista de un reputado premio literario para obras eróticas. Cuando pienso en el Jurado del mismo, no puedo evitar imaginarme a viejos expertos y expertas escupiéndose en las manos justo antes de ponerse a leer los manuscritos, como quien engrasa la máquina que va a tener que funcionar a plena potencia si es que la materia prima cumple su función requerida: calentar motores. Asimismo, me alegra sobremanera que todos menos uno de los autores aquí incluidos sean mujeres: no por nada, ni siquiera por un mal desarrollado machismo a la inversa; sino porque nunca he dejado de sentir la molesta sensación de que excitarse leyendo las fantasías de otro hombre no deja de ser la versión sublimada de una homosexualidad tácita no declarada". Hernán Migoya

Precio 12,50 euros, gastos de envios incluidos para España.
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Escondidos y en pijama, esperamos a que la monja pasara apagando luces y cerrando puertas. Éramos los de siempre, pero me echaron la bronca por traer a Luismi con nosotros.
-Solo falta que se nos muera.

Yo no quise ni mirarle, pero seguro que lo oyó. Todos sabíamos lo de su enfermedad y que se podía morir, por eso nadie se enfadaba con él, ni le obligábamos a cumplir los pactos del grupo. En realidad ni siquiera era del grupo, pero se pegaba a nosotros y se nos rompía el alma si alguna vez teníamos que echarle. Luismi respiraba con dificultad porque le había crecido mucho el corazón, tanto que algunas noches oíamos salir de debajo de sus sábanas un trote de caballos.

Por fin los pasos de la superiora. Parecía metálica. Fría y delgada, recorrió el pasillo con un andar uniforme, moviendo al compás los faldones de su hábito, bajo los que suponíamos escondería bisagras y goznes sin engrasar.

Aún esperamos un rato para dar tiempo a que todas las monjas estuvieran dormidas. Cuando abrimos la puerta de la clausura avanzamos reptando, armados de una pequeña linterna, con la intención de buscar qué sé yo, bragas y sostenes, ropas tendidas, alguna respuesta a todos los misterios que por entonces tenían para nosotros las monjitas.

Llegamos a la galería de los dormitorios sin encontrar nada. Se oían pequeños ronquidos muy femeninos, suspiros entrecortados y ruidos de dormir. Subimos por una escalera hasta una zona de buhardilla. Cuerdas llenas de ropa cruzaban el cuarto, pero sólo eran sábanas. Apagamos la linterna cuando vimos que, bajo una puerta que había al fondo, se escurrían la luz y la risa familiar de la Nati.

La Nati estaba en la residencia desde siempre. No era monja, ni nada, solo una pobre chica sin casa, un poco simple, que ayudaba en la cocina y en el dispensario.

No entendíamos qué hacía allí. Su dormitorio estaba en el piso de abajo, junto al lavadero, así que nos acercamos hasta la puerta, pegados unos a otros, muertos de curiosidad.

Era la Nati. Medio desnuda, apoyada en una mesa, se tocaba el pelo y se reía como una boba. La mano se le iba deslizando hacia las tetas, que le rebosaban por encima del sujetador. Tenía las piernas un poco abiertas así que, desde nuestra posición, podíamos ver con todo detalle cómo su mano bajaba por la tripa hasta llegar a la ingle y cómo hurgaba por el borde de sus bragas haciéndose un sitio para entrar.

Luismi se reía bajito. Parecía un conejo silbando y agarrándose el pecho.

Cuando la Nati se quitó el sujetador sus tetas saltaron de alegría. Daba la impresión de que se estaba desnudando para nosotros porque miraba hacia la puerta riéndose. Su mano era un topo enterrado que se movía bajo sus bragas.

Luismi respiraba sin freno. Todo el aire del mundo no era suficiente para llenarle los pulmones. Su cabeza retumbaba golpeando la mía con cada enorme latido de su corazón.
-Creo que me muero -dijo-. El corazón se me está saliendo por lo de mear.
-No seas memo, Luismi. Eso nos pasa a los hombres. No es tu corazón el que se te sale, es tu polla que crece.
Le salió una risa chillona. Por su culpa no pude ver cómo la Nati se quitaba las bragas. Y ante nuestros ojos apareció, sin contemplaciones, toda la oscuridad que la Nati tenía entre las piernas.
-¿Qué tienen las chicas entre las piernas? -me preguntó en ese momento.
-Una boca, Luismi, una boca con sus labios, su garganta y todo lo que a uno le gustaría besar.

No podíamos verlos pero yo imaginaba esos repliegues en los que, según habíamos oído, se escondían los lugares más dulces.
Nos dimos cuenta de que la Nati no estaba sola cuando la vimos arrodillarse en el suelo. Y nos quedamos de piedra al ver que el cuerpo alargado de la superiora se había puesto a su lado. Las oímos hablar. Solo un susurro. Por un momento nos pareció que la chica sollozaba. Podía estar pidiendo perdón. La monja la miraba desde su altura, con la cara pálida como si fuera un tapiz.

La Nati se había agarrado a los pies de la superiora y se fue perdiendo bajo sus faldones. Hasta que de pronto, desapareció.
-¿Se la ha comido? Yo creo que se la ha comido -dijo Luismi alarmado, pero le hicimos callar a empujones.
-Pues claro que se la está comiendo -le contestó alguien y casi no pudimos aguantar la risa.
Por fin la Nati salió con los pelos como una loca y la cara sofocada.
Luismi respiró aliviado.

La superiora tiró de ella hasta tumbarla encima de la mesa. Luego le extendió el pelo sobre los fajos de papeles que había por allí.
Parecía tan indefensa la Nati... La monja se quitó la toca y con ella en la mano se quedó parada como si algo en el ambiente le hubiera avisado de nuestra presencia. Todos contuvimos la respiración. Y al fin la toca cayó al suelo y la monja se salió del hábito como hacen las culebras al cambiar de piel.

Sin el traje era como una mujer. No había hierro por ninguna parte, hasta tenía algo de pelo rizado en el cuello. Y tetas, aunque no de pezón oscuro como las de la Nati.

La superiora se recostó junto a ella que se abría de piernas invitándola. Fue una pena no oír lo que se decían, ninguno de nosotros sabía lo que eran las palabras de amor.

La monja la acariciaba y ella se dejaba hacer y extendía sus labios para que la superiora se los atrapara con la boca. Su mano palpaba la tripa plana de la Nati, que era como un plato de natillas que temblaban cuando los dedos de la superiora bajaban hacia el vello, al separarlo con mimo, con la misma pulcritud con que hubiera curado una herida.
-Tiene bigote, dijo Luismi en un suspiro. Y lo machacamos a empujones. para que se callara.

La monja jugaba en aquella oscuridad. Parecía que le hubiera metido los dedos, pero desde el pasillo no llegábamos a verlo; solo su mano moviéndose y sus risas. Luego acabó enterrando su cara en las profundidades del cuerpo de la Nati.
-Es una putita. Le gusta que se lo coman -dijo alguno, tan bajito que no supe quién fue.
La chica empezó a moverse. Se retorcía sobre la cara de la superiora. La agarraba por el pelo y se apretaba contra ella como si la monja fuera un tapón con el que quisiera taparse el agujero.
Entonces la Nati gritó y, al temer que nos descubrieran, salimos corriendo sin parar hasta los dormitorios. Me escondí en la cama por si alguien venía a buscarnos. Pero no vino nadie.

Cuando saqué la cabeza de las sábanas vi que Luismi estaba allí, de pié junto a su cama, con el pecho acelerado y un gran bulto en el pantalón.
-Luismi, hazte una paja. No es bueno quedarse así.

No lo veía muy bien, pero me pareció que me miraba con mucha inocencia. Estoy seguro de que no sabía de lo que le hablaba. Así que me acerqué a él, tiré un poco de la ropa y su polla salió como si llevara un rato esperándome. La vi temblar y ladearse buscando mi mano. Yo no quería rozarla, así que hice que Luismi se la agarrara, cogí su mano y le ayudé a moverse para que aprendiera.

Entre tanto, él rebuscaba en mi pijama hasta que encontró la mía. Luismi imitó mis propios movimientos, con lentitud, conteniendo mis ganas con su puño, racionándome el placer. Luego me fui recostando en su cama y, mientras imaginaba que Luismi era un niño hambriento, le metí bajo mi ropa y restregué su cabeza por mi pecho, por mi tripa, hasta que su boca encontró mi polla y chupó sin miedo, ansioso, como si llevara muchos días sin comer.

Su lengua latía deprisa, cada vez más deprisa. Le sujetaba la cabeza para aguantar sus latidos e imaginé su corazón creciendo, que todo Luismi era un corazón inmenso que palpitaba sobre mí. Y entonces, no pude más, arrastrado por mi polla que chocaba enloquecida contra el paladar de Luismi, me corrí en su boca, satisfecho, como si por fin hubiera encontrado un hogar. Luismi seguía agarrado a la suya, así que me escurrí cama abajo para cogerla con mis labios. Estaba ardiendo.

No sabía muy bien qué hacer pero mis ganas me guiaron. Mamé como un loco hasta que también Luismi se corrió y yo tragué aquel líquido espeso que no me dio tiempo a saborear. A pesar del placer sentí miedo porque nunca había hecho una cosa así.
-Sabe un poco a lágrimas, ¿verdad? -me susurró entre silbidos.
Yo no dije nada e hice el propósito de no hablar nunca de este asunto. De que Luismi lo contara, no tenía miedo. Nadie iba a creerle porque nos pasamos la vida fabulando.

Creo que me quedé algo dormido, por eso no sé cuanto tiempo pasó hasta que me di cuenta de que Luismi no estaba en su cama. Pensé que quizá estuviera en los lavabos. Después de esperar un rato, me fui para allá a buscarlo. Tenía una fea corazonada. Mira que si se había muerto de la impresión. Pero allí tampoco estaba. Todo era silencio y oscuridad. Por mi cabeza iban y venían imágenes tristísimas de Luismi muerto. Fue la prisa por comprobar que no era verdad la que me ayudó a recorrer la residencia sin tropezarme. Llegué a la clausura.

La puerta seguía entreabierta. Pude ver a la Nati, con sus tetas acompasadas, meciéndose sobre el cuerpo de la monja; un hilo de baba le caía por la barbilla. Y allí, también, estaba Luismi, desnudo, tratando de meterse entre ellas y rozándole los pezones a la Nati, tan negros. Le oía silbar, abrazado ya a ella que se le restregaba con fuerza como quién apaga un cigarro con el zapato. La monja forcejeaba también por hacerse un lugar y Luismi reía.
-Madre, ¿puedo besarle la boca?
La monja acercó su cara a la de Luismi, y se retorció toda como si quisiera entregarse entera en esos labios.
Y vi a Luismi crecer de pronto.
-No, madre, la otra.

Y entonces, empecé a pensar si no sería contagiosa la enfermedad de Luismi porque el corazón me saltaba como loco dentro del pecho.

 

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