Elizabeth Vivero
De mercedes y extraviados
Acidez, extrañeza, asombro, turbación, son algunos de los adjetivos con los que se puede describir la escritura de Cecilia Eudave. Poseedora de una visión crítica y punzante en torno a la naturaleza humana, Eudave recrea en sus textos esos mundos interiores que nos carcomen, que nos causan pesadillas, que nos seducen por el terror que despiertan en nosotros mismos. Sus historias, salpicadas de ciertos elementos fantásticos que le imprimen a la narración esa sensación de irrealidad, sacuden al lector a cada frase al mostrarle el reflejo de lo que somos o de lo que somos capaces de llegar a ser.
Su libro que hoy nos convoca, Técnicamente Humanos y otras historias extraviadas, reúne la reedición de Técnicamente Humanos, al cual se le ha agregado el cuento “El dragón de la princesa” que no fue incluido en la primera edición, y una selección de cuentos aparecidos en otros volúmenes o publicados en revistas diversas.
Ya en la nota de la autora sabemos que no fue posible disgregar el conjunto de TH, como la misma Eudave comenta que cariñosamente se comenzó a llamar al libro, y que por tal motivo nos regala la versión completa del mismo. Y, aunque pareciera que la temática de TH fuera distinta al resto de las historias, en el fondo todo se encuentra ligado, unido en una misma búsqueda. Técnicamente Humanos y otras historias extraviadas ciertamente representa esa exploración del tiempo, de la eternidad, de lo infinito simbolizado por el Caballero Arena y misteriosamente alcanzado por Mercedes, la bella guerrera que es enviada por el resto de sus compañeros de batalla con el afán de deshacerse de su misterio femenino. En su viaje, Mercedes se introduce por breves momentos en otros relatos y su presencia, pese a no alterar el curso de los acontecimientos narrados en ellos, provoca que el lector tenga siempre presente el sentido del viaje y la sensación de la aventura.
Por su parte, los cuentos que conforman la segunda y tercera parte tituladas “Historias extraviadas” e “Hiperbreves”, respectivamente, sumergen al lector en ambientes ácidos, corrosivos, en tanto que lo transportan al fondo del desconocimiento de sí mismo, al rincón del desamor y del desamparo que obliga a los personajes a imaginar su propia familia a partir de fotografías viejas o tomadas a personas extrañas. O bien, a maquillar a la abuela muerta para cobrar el cheque de la pensión. Los personajes son lanzados sin más a enfrentarse con sus propios temores, con sus angustias y sus obsesiones inalcanzables al grado de hacerlos llorar diminutos objetos o de plano salir huyendo de la casa que nunca los quiso y les hizo la vida imposible. La única ventaja que tienen los más afortunados es la de olvidar, por completo y cada día, su nombre y, por ende, su identidad con toda la carga de pasado que los agobia tanto.
Pero entonces, se preguntarán quizá, ¿en qué punto se unen o se tocan TH y las otras historias extraviadas? La respuesta puede ser variada, sin embargo, creo que se puede sintetizar en una breve frase: en la búsqueda del amor. Sí, del amor que no es sólo el de la pareja, sino de las relaciones afectivas tanto con uno mismo, en el reencuentro con nuestro propio ser a quien desamamos queriendo ser otros para poder salir por la ventana y vivir una vida distinta, libre de ataduras; como con los demás, particularmente con la familia la cual, en estos relatos, resulta extraña, casi una carga y no un lugar de refugio o de calidez donde los personajes puedan encontrar consuelo y sosiego a sus pesadumbres y temores.
De esta manera, Mercedes, en su infatigable periplo en pos del tiempo que no se detiene, que rehúye a ser colocado de nuevo en un reloj que lo constriñe, representa ese afán incesante por encontrar algo, un asidero aunque sea momentáneo, aunque sólo dure unos breves segundos pues se prefiere el movimiento a la quietud. Ese inquietante ir y venir, es lo que se hace presente en los personajes de los demás cuentos que, salvo raras excepciones, nunca descansan. Y es que en los textos de Eudave, el precio que se paga por la estabilidad es muy grande: un ojo, una relación o, de plano, la memoria.
Los textos de Eudave, por todo ello, confrontan, cuestionan de frente sin eufemismos. Peligroso el hundirse en sus páginas que, pese a los combates que nos obliga a librar en el terreno de nuestra interioridad, resulta placentero. Sin duda, algo de Mercedes nos llevamos al final de tantos extravíos. |