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  Por favor, sea breve 2  

Edición de Clara Obligado

 
Páginas de Espuma, 2009  

Literaturas.com presenta a sus lectores, por cortesía de la Editorial Páginas de Espuma, el prólogo de la escritora argentina Clara Obligado de la antología de microrrelatos Por favor, sea breve 2.

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Por favor, sea breve 2Este libro bulle, está vivo, da cuenta de la última creación, de lo que se está haciendo ahora, en este minuto. Contiene tanto autores novísimos como inéditos de los grandes, es un libro taller de escritores, un libro descubrimiento, un libro cazador de dinosaurios, un libro que sigue a otro libro, el Por favor, sea breve, cuya larga aventura nunca imaginamos.

La cosa fue así: hace nueve años le propuse a Juan Casamayor editar una primera antología de relatos mínimos y, con toda la valentía de una editorial que comenzaba, me dio el sí. Para entonces pocos conocían el género y no eran tantos los que lo cultivaban. Fue una tarde lluviosa, recuerdo, cruzábamos una avenida y, mientras él dudaba, yo también dudaba de la empresa que estaba por acometer. Hacíamos bien, porque no fue fácil. En resumen, digamos que, bajo el imperio del dinosaurio, todavía era difícil dar con los textos fundacionales, más aún con los que se estaban escribiendo en ese momento. Hubo, entonces, que vadear muchas dificultades, aunque tuve como compañeros a los que me gusta llamar «la internacional de la   minificción», esa cadena de escritores amigos que, de manera absolutamente generosa, me facilitó nombres y contactos. Y así todos salimos ganando: se acercaron a España autores del nivel de Samperio, Brasca o Shua, y atravesaron el océano Merino, Mateo Díez o Julia Otxoa. El libro recopiló también a los clásicos, no más conocidos que los contemporáneos, los bellos hiperbreves de Juan Ramón Jiménez, los precursores de Darío y Vallejo, el esplendor poético de Pizarnik. Viajes y encuentros que paliaban la distancia, puentes del idioma, pensé entonces, asombro mutuo, reconocimiento, y el infinito estupor de la belleza, que nos conmueve a todos. Una cosa tenía claro este primer proyecto: su voluntad de puente, de río, ese fluir del idioma que es confluir, lejos de la marginación de las fronteras. Lo nacional, ese criterio escaso, ese dique, quedaba entonces desterrado de la antología para dar lugar al cruce, a la contaminación que es propia de los seres vivos. Así descubrimos que los dinosaurios nadan. Sobre el lomo del texto de Monterroso hemos cruzado el océano en una y otra dirección.

El momento actual es otro. Por decirlo de alguna manera, sucede que el dinosaurio ya está en el Parnaso y ha dado origen al reino de la hormiga. Hormigas, hormigas por todas partes, movedizas, dinámicas, textos diminutos que ya no se pueden contar. Es decir, las buenas minificciones y los buenos escritores son legión. Tanto, que sería ingenuo pensar que se puede hacer una antología abarcativa del género, son múltiples sus direcciones y sus cultores. Así que esta antóloga, de manera convicta y confesa, reconoce que ha elegido y que a veces ha descartado, que ha olvidado injustamente tal vez, pero también que ha pescado algunas joyas hundidas en limo del olvido. Lo que se pretende mostrar, entonces, no son todos los autores, porque sería imposible, sino las tendencias actuales del enorme batallón. Borges nos advirtió sobre los riesgos y penurias de toda enumeración y sin duda una antología lo es, con sus virtudes y sus desengaños.

Entre dinosaurios y hormigas, me pregunto si es esto un tratado de zoología o un prólogo. En realidad, no es ni una ni otra cosa. El prólogo, el verdadero, el que renueva con sus ideas el conocimiento académico, el que señala tendencias, está en manos de Francisca Noguerol, organizadora del primer congreso de minificción al que asistí en España. A ella se lo he encargado, a otros teóricos tocará escribir los sucesivos prólogos de esta antología que, como se ve, goza de buena salud. Desde aquel lejano libro mítico de Antonio Fernández Ferrer hasta hoy la minificción ha llegado a la Academia, a la Universidad. Los congresos se multiplican, proliferan los estudios, el debate sobre su valor literario ya no tiene sentido. En el campo hay discusiones enconadas sobre, por ejemplo, qué nombre tiene el recién nacido, si es un hiperbreve, una minificción, un microcuento. Sin la intención de ejercer un juicio salomónico, sino más bien por el contrario, con el deseo de tomar partido, abjuro de toda terminología entomológica, me inhibo de categorizar el reino de la hormiga. Así, si bien en el primer volumen hablamos de «textos hiperbreves», en este hablamos de «microficción» y tal vez en el próximo nos refiramos a la creación última como «microcuentos». Es que el género, proteico por naturaleza, tiene la ventura o presenta el dilema de no dejarse enjaular.

En cuanto a la selección, sé que en algún punto puede parecer sorprendente, pues no se le escapará al lector detallista que escritores de gran trayectoria tienen, a veces, menos textos seleccionados que escritores casi desconocidos. Ello se debe a que en esta cata hemos privilegiado los sabores difíciles de encontrar con respecto a aquellos magníficos, pero que se encuentran ya -por suerte- en cualquier buena bodega o librería, es más fácil, digamos, hacerse con los libros de Andrés Neuman que encontrar una selección de un escritor de la potencia del ecuatoriano Huilo Ruales Hualca, más sencillo conseguir textos de Ana María Shua, Millás o Iwasaki que una muestra convincente de lo que están haciendo las nuevas generaciones de narradoras en España. Como antóloga me he permitido el pequeño lujo de priorizar textos que sirven como presentación de creadores casi ignotos. Por fin, para paliar mis propios errores, he pedido a algunos autores consagrados, críticos y escritores, que escojan ellos mismos cinco textos que consideren indispensables para esta selección. Así, antes del índice, quien lo desee puede encontrar los microcuentos que eligió Merino, o Luisa Valenzuela, Lauro Zavala o Fernando Valls. Pero sucede que ninguna selección es del todo ingenua, de modo que dibujaron así una pequeña estética que no deja de ser sorprendente.

Para terminar, un consejo para el lector goloso, para la lectora ávida: de la misma manera que no conviene atiborrarse con los bombones de una caja, es mejor leer los textos de uno en uno, lentamente, paladeando matices y diferencias. Este «diminuto remolino de palabras» (Raúl Brasca, Todo tiempo futuro fue peor, Buenos Aires, Mondadori, 2007) pide, como el poema, una lectura reposada.

 

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