borde Sumario. Entrevistas.

Ignacio Del Valle
«A los antiguos altos jefes de las SS y la Gestapo los pusieron a trabajar en el FBI y la CIA»

Leticia Sánchez

Después de buscar una tabla italiana perdida tras la Guerra Civil española, e ir tras la busca de un asesino en pleno cerco de Leningrado, el soldado Arturo Andrade debe hallar en el Berlín del 45 a Ewald von Kleist, un científico alemán, a quien encuentra muerto en la cancillería del Reich con un misterioso diagrama en los bolsillos. Ignacio del Valle (Oviedo, 1971) es el padre literario de Andrade y vuelve a la lista de los más vendidos con “Los demonios de Berlín”. Con documentación rigurosa y emoción de thriller, la novela transcurre en medio de las tinieblas de la Segunda Guerra Mundial, en un Berlín derruido, a punto de caer ante los soviéticos; una ciudad que es escombros, con habitantes hambrientos refugiándose de los bombardeos, y en la que sin embargo todo sigue funcionando con aparente normalidad, desde el zoológico hasta correos. Del valle nos advierte que los nazis no eran monstruos; no tenía ese aura de gente especial, sino que eran personas normales a quienes habían comido la cabeza con una educación fanática. Ése es realmente el gran peligro, la espada de Damocles que cuelga sobre el mundo: que cualquiera puede transformarse en bestia con un sistema de educación opresivo.

P.- ¿Puede decirles a los que no hayan leído las novelas anteriores quién es Arturo Andrade?

R.- Yo lo defino como un tipo con corazón delicado y manos de carnicero. Un tipo muy ambiguo que es capaz de realizar la violencia extrema, pero al mismo tiempo es capaz de leer la historia. Ese tipo de personaje, su mirada, a mí me interesa mucho para retratar una época que me fascina que es el periodo entre el 39 y el 45, la Segunda Guerra Mundial. En ese sentido, aporta una visión distinta de la época..

 

P.-La novela se desarrolla en el Berlín del 45 a punto de caer. Y, sin embargo, a pesar de ser una ciudad deshecha, el zoo continúa abierto, sigue funcionando el correo, se exige puntualidad en el trabajo…

R.- Todo seguía funcionando. Es una manera de mantenerse cuerdo, creo yo. A 15 días de la caída de Berlín la gente seguía yendo al zoológico cuando ya no había casi animales. Ahora le han dado a Berlín el Premio Príncipe de Asturias. Es una ciudad que tenía todos los boletos para desaparecer del mapa en muchas ocasiones de la historia. Lo curioso es que se ha mantenido como referente en todas las épocas. Hay muchas razones y ninguna para ello. Por eso se merece el premio y el homenaje que le dan. Yo soy un acólito de la ciudad de Berlín.

 

P.- ¿Cómo se le ocurrió este círculo dentro del círculo, es decir meter la investigación de un asesinato en medio de la masacre que es una guerra?

R.- Por el contraste. Desaparecen los límites entre los civiles y los militares: les van a caer palos a todos. Me gusta poner a la gente en situaciones extremas porque es cuando la condición humana se rebela. En ese contexto es cuando un tío es un hijo puta o un tío es bueno. Es como se ve realmente la forma de ser de la gente. En un contexto normal tú tienes cuarenta máscaras al día para ir cambiando, porque te tienes que ir adaptando a los distintos universos. Pero en una guerra no. Es fascinante ver cómo reacciona la gente ante eso.

 

P.- Es una novela inmensamente documentada.  ¿Ha podido hablar con supervivientes de la Segunda Guerra Mundial?

R.- Logré hablar con gente que estuvo en la División Azul. Pero es complicado encontrar aquí a gente que haya luchado en la Segunda Guerra Mundial. Si hubiera estado en otro país, quizás. Pero cuando estuve en Alemania, los periodos de documentación fueron de dos a tres semanas, tampoco disponía de mucho tiempo y tenía que conocer primero los lugares físicos. En Berlín solía recorrer con una cronómetro en la mano los lugares que recorre Arturo Andrade en la novela. Si el personaje tenía que moverse desde la Puerta de Brandemburgo hasta la Embajada española, eso lleva un tiempo. Y a ese tiempo hay que añadirle que la calles estaban llena de escombros, y hay que añadirle los bombardeos, y que el tiempo que se tarda en esconderse.

 

P.- La persona asesinada en la novela no es un militar, sino un científico. ¿Cuál fue la importancia de los científicos en la Segunda Guerra Mundial?

R.- Una de las causas por las que Alemania perdió la guerra fue por exceso de creatividad bélica. Cuando los aliados tenían unas cuatro modelos de armas que utilizar en combate, los alemanes tenían cuarenta, con subsiguiente problema de aprovisionamiento. La industria bélica aeromilitar alemana tenía un grado de creatividad infinita. Es más, todo el programa atómico estadounidense está hecho por científicos alemanes. Al programa atómico alemán le faltó muy poco. Se llamaba “círculo de Uranio”, y les faltó como un año para completarlo. Con ello no hubieran ganado la guerra, pero hubieran llegado a una capitulación de otra manera. Si tú tienes un arma nuclear con la que cargarte a medio millón de personas, los rusos se lo piensan dos veces antes de entrar. El programa atómico alemán es muy curioso porque respecto a él hay una doble moral en la Segunda Guerra Mundial

 

P.- ¿Y en qué consiste?

R.- En hacer los juicios de Nuremberg, montar el paripé y condenar a 30 tíos, y mientras colgaban nazis los miércoles y los jueves, los viernes mandaban  aviones con científicos y con todo el personal de la GESTAPO para Estados Unidos. Es un programa, que por cierto, dirigió el padre de Bush, por aquel entonces jefe de lo que era la CIA. Se llamaba el programa ALSOS, que localizaba todo lo que tuviera que ver con la industria a alemana y con los mecanismos de seguridad alemanes. A esta gente los pusieron a trabajar en el proyecto Manhattan (cuyo objetivo era el crear la bomba atómica) y en al programa de cohetería. A los antiguos altos jefes de las SS y la GESTAPO los pusieron a trabajar en el FBI y la CIA con otros nombres y otras identidades, ya que eran expertos en alta seguridad y control. Los rusos también hicieron lo mismo. Se quemó a las caras que no podían salvarse, como Goering y los demás jerarcas visibles, y a los menos conocidos, que eran 3 o 4.000 tíos, se los llevaron.

 

P.- Tanta ciencia y, como cuenta en el libro, los alemanes recurrían a recurso tan caseros como telefonear a los pueblos de alrededor de Berlín, porque si cogía el teléfono un ruso, entonces ya sabían que esa zona estaba tomada.

R.-       Al final no había nada: ni armas ni hombres. Son mecanismos de supervivencia. Era la manera de saber si había rusos en una casa. Tiene su lógica.

 

P.- El cadáver del científico aparece sobre una gigantesca maqueta: Germania, la megalópolis soñada por Hitler. 

R.- Ésa es la escena inicial de la novela, y creo que de ahí salió el germen. Es un proyecto colosal, megalómano. Si Berlín no hubiera quedado arrasado por las bombas, lo hubiera aplanado Hitler:la ciudad hubiera desaparecido como tal. Lo hubiera transformado en otra ciudad llamada Germania, que era la capital del imperio germánico europeo. Los tamaños eran tan desmesurados que la sala del pueblo, una especie de parlamento para el Reich, era como 16 veces el Vaticano. Era una ciudad inhumana. En realidad era un símbolo, no una ciudad.

 

P.- En el libro se trata mucho la trama de los espías, su caza, y el daño que le producen a un bando. ¿Es cierto, como dice en la novela, que un traidor vale más que cien hombres valientes?

R.- Si tú tienes a un regimiento combatiendo, y tú tienes a un espía que les pasa las posiciones, el regimiento no tiene nada que hacer.

 

P.- Arturo Andrade, español en el Berlín de la época, colabora con los alemanes. Los nazis no aparecen retratados como monstruos.

R.- Son gente normal, no monstruos. El error es dotarles de un poder que no tienen. Son gente normal que han vivido unas circunstancias. Imagínate que hubiera el IV Reich asturiano. Si tú te crías en Asturias creyendo que la única bebida en el mundo es la sidra y que Asturias es superior al resto de países del mundo, matarás por esa ideología y además te lo crees. Así es como les educaban. Es como lo que está haciendo ahora Chávez en Venezuela. Los parámetros son siempre  los mismos. Lo que tienes que hacer es meterte en la educación de un país, intentar condicionar a la gente como si fueran perros y creas fanáticos. Es el rollo etarra, el rollo chavista… Ellos no son monstruos, lo terrible es darle un aura que no tienen. Hitler no era Dios ni el diablo, era un desgraciado que se aprovechó de un contexto.

 

P.- En la novela dice que el nazismo es una religión en la que el pueblo debe morir por un hombre y no un hombre por el pueblo.

R.- El nazismo está planteado como una religión, como algo irracional. Su fuente ideológica está planteada como algo emocional.

 

P.- Arturo Andrade por fin tiene en esta novela una esperanza de futuro: Silke. ¿El amor nos da la esperanza en medio del horror?

R.- No hace falta ser muy listo. Cada vez que te planteas la vida, te das cuenta que en sí misma no hay ningún sentido, ningún destino, ninguna causa aparente. Yo no la encuentro. No tengo ninguna ideología, ninguna religión en la que basarla.  Al final tienes que tirarte a las pequeñas cosas para pasar el rato. Puedes escribir como yo, hacer madreñas, tener un bar o ser investigador nuclear. El amor te ayuda a pasar el tiempo. El amor, el buen vino, comerse unas sardinas en Ribadesella…Hay que buscar causas y luchar por ellas.

 

P.- ¿Cuál es su parte preferida de “Los demonios de Berlín”?

R.- Me gusta especialmente cuando aparecen dioses y demonios, cuando  Arturo tiene las visiones. Hay una escena en la que están luchando en un edificio en ruinas, y al final de un pasillo pasa una especie de monstruo. Me parece estremecedora porque esa imagen irracional da el tono de la novela.

 

P.- ¿Cómo va la adaptación de su novela anterior, “El tiempo de los emperadores extraños”, al cine?

R.- Estos proyectos son muy largos. Han tardado dos años en hacer el guión. Lo que menos cuesta, yo creo, es rodar una película. Lo que da trabajo es hacer el guión, el proyecto de contratación, de casting… Los decorados ya están haciéndose en “La ciudad de la luz” en Alicante.  También van a buscar escenarios en Rumanía y Alemania. Creo que si sale al final el proyecto, será un proyecto importante.

 

P.- Además usted es bastante cinematográfico escribiendo.

R.- Sí, soy totalmente cinematográfico.

 

P.- Cuando se estrenó la película “Valkiria” en Estados Unidos, muchos americanos estaban intrigados por saber si al final Tom Cruise lograría matar a Hitler. Viendo cosas como ésta y, a pesar de la cantidad de libros y películas sobre la Segunda Guerra Mundial, ¿cree que la gente tiene suficientes conocimientos sobre lo que pasó realmente en Europa entre el 39 y el 45?

R.- El exceso de datos no quiere decir que estés informado. Hay que mirar mucha información, compara, contrastar. El problema educativo es muy grave. Es el problema de separar las Humanidades de las Ciencias, porque sólo creas técnicos. No se tiene una noción del contexto en el que se mueve y se ha movido la humanidad. No tienes herramientas para tomar las elecciones adecuadas. Tampoco hace falta saberse de memoria la lista de los reyes Godos, pero al menos saber quién era Cervantes o haberse leído a Kafka…Solamente tener algunas referencias y leerse un par de priódicos al día. Eso ya te da herramientas para juzgar. Pero si sólo sabe poner decimales para hacer un puente y que no se te caiga, es muy peligroso. A cualquier gobierno le conviene eso, porque  es gente muy manipulable, aunque sea muy inteligente en su campo.  Lo importante es mantenerse de todo y huir de los fanatismos.

 

P.- ¿Cuál es la pregunta que nunca le han hecho y está deseoso de contestar?

R.- ¿Qué vino me gusta?

 

P.- ¿Y qué vino le gusta?

R.- Pesquera Reserva. Es muy importante el vino en la vida, y nadie pregunta por el vino.

 

 

 

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