borde Sumario. Nuestro novel
Eduardo Varas C.

Eduardo Varas C.

«La literatura que hago, y que muchos en este país hacen, es producto del enfrentamiento con un entorno que no termina por ser el ansiado y se convierte en referencia de eso que no se quiere»

 

Entrevista de Claudia Apablaza

 

POÉTICA
Si me pusiera a precisar algunos principios o reglas de lo que es mi obra pues debería decir que existe un marcado deseo por revalidar a la ficción por encima de todo, tomando elementos de la realidad y dándoles la forma deseada. La ficción como un proceso firme de transformación. Me encanta la tercera persona, que el narrador lo sepa todo. Me gusta la primera persona también, que el narrador escudriñe todas las opciones posibles de un hecho. Creo que lo que trato de conseguir es siempre que lo caótico sirva para crear una estructura en la que la historia tenga un lugar para manifestarse. Siempre, por encima de cualquier cosa, la historia es lo más importante. No me siento a escribir sin antes tener un impulso, hago dos o tres páginas y luego busco si en eso hay algo que requiera contarse, si hay un cuento o algo más extenso. Busco que aquel deseo que resiste el paso del tiempo en mi cabeza sea capaz de encontrar una resolución.   

P.- ¿Podrías hacernos una breve reseña de la literatura ecuatoriana reciente? Tengo la impresión que se publica muy poco, que cuesta aún más encontrar narradores en Ecuador que en otros países de Latinoamérica. Tal como sucede en América central. ¿Son efectivamente páramos narrativos?

R.- La literatura ecuatoriana reciente se debate entre la novedad de pocos autores que publican sus primeros libros y la existencia de una estirpe de autores que parecen estar publicando desde el inicio de la vida republicana del Ecuador. Esa relación, si bien es obvia y hasta natural, la preciso porque en el país se da un fenómeno que resulta de alguna manera interesante. Creo que la literatura reciente del país sigue siendo el espacio de gente que tiene 50 años para arriba, con una regularidad que probablemente sea constante, pero no es comprobable del todo porque existe una incomunicación abismal entre los distintos polos del país (algo que la tecnología se está encargando de romper). No se sabe a ciencia cierta lo que se publica en otras ciudades. Difícilmente Quito sabe lo que sucede en Riobamba, o Guayaquil lo que sucede en Loja. En el caso de los más jóvenes se da una situación más extraña aún. Existen cientos que se jactan de escribir, pero muy pocos lo hacen, lo que defino como “escritores de boca”. La publicación de autores de edades entre 30 años es muy complicada, pero más que nada porque no hay el interés por hacerlo. Eso es lo que me parece más peligroso: gente que asegura escribir o disfrutar de los libros, que no hace el intento por llevar su obra a alguien que le pueda dar provecho con su lectura… y si bien es una decisión personal, es síntoma de algo más profundo. Desde luego, no hay editoriales que funcionen desde la independencia como algo ‘perfecto’, no existen editores capaces (mi libro, por ejemplo, salió con errores que se generaron en la edición y que no están en mi manuscrito – cambios que no me notificaron), y hay muchas pasiones y ligazones sentimentales que permiten ciertas publicaciones (libros que aparecen porque el editor es amigo del escritor y le da una mano). Estas características gestan ese vacío de la literatura ecuatoriana dentro del mismo Ecuador, ¿cómo no lo va a provocar fuera de las fronteras?

P.- De lo que he leído, incluso en tu libro, están muy cercanos aún al realismo sucio, dan atisbos de distanciamiento, pulsaciones, pero lo que más detecto es  que hay una suerte de apego fuerte a la realidad que se entromete por la vista principalmente. ¿Por qué ese afán?

R.- En “Conjeturas…” hay una marcada presencia de la ciudad en la que nací y viví muchos años. En Guayaquil el caos entra por la vista… en realidad todo entra por la vista en ese espacio… ¿quién sabe dónde se alojará todo eso que se ve? Guayaquil se me filtra con cierta inconsciencia, inicialmente, luego con certeza y deseo. Este afán de apego fuerte a la realidad, como lo señalas, lo encuentro en muchos narradores también, pero sospecho que como me pasa a mí, y como te has dado cuenta, no es más que un proceso de distanciamiento. La literatura que hago, y que muchos en este país hacen, es producto del enfrentamiento con un entorno que no termina por ser el ansiado y se convierte en referencia de eso que no se quiere. Hay días en los que creo que la escritura en Guayaquil no busca establecer una identidad, sino más bien una diferencia (lo que de por sí me parece más interesante… todo a nivel de lo literario, de esa intrínseca insatisfacción con el mundo que debería tener un escritor). Eso termina marcando mi narrativa en esa suerte de realismo sucio (quizás no tan sucio) que se puede encontrar en algunas páginas, que busca acabar con esa imagen de realidad limpia, impecable y hasta trascendental que hasta hace unos años se tenía de mi ciudad natal. Hoy, que ya no vivo en Guayaquil, puedo darme cuenta de eso.

P.- Dices sentirte muy cercano a Alberto Fuguet. Háblame de diálogo que mantienes con ese tipo de escritura noventera que instala su foco en tematizar los problemas de  jóvenes de estratos sociales altos, con un fondo de música extranjera, capitales latinoamericanas y fiesta “dura”.

R.- Me siento cercano como lector y además porque muchas de esas referencias musicales y cinéfilas son las mías, producto de una clase media en la que mis intereses se fueron creando por mi propia curiosidad (de mi familia, si bien hay lectores y melómanos, soy el único que ha buscado con conciencia estas manifestaciones). En ese ‘proceso investigativo’ descubrí a Fuguet y su “Mala onda”, luego “Tinta Roja” y después “Las películas de mi vida”. Y lo disfruté y sigo disfrutando esas lecturas, por algo que me parece interesante: no importa de qué lugar, una buena historia se puede contar… se debe contar. Me parece atroz pensar que por ser de clase alta no se puede crear una historia de valor. Hasta un grano en la cara puede ser el mejor detonante de algo maravilloso. Más que establecer un diálogo con ese tipo de escritura, prefiero sostener un diálogo con mis intereses. Soy de esos que celebra estar en medio de conversaciones sobre Raymond Carver y a los diez minutos estar viendo un video de Kiss en concierto, con su alineación original. De ahí no creo que tenga en común algo más que no sea eso. No se trata de revalidar algún estrato social, o un estilo en general o la existencia de una capital (yo no vengo de la capital de Ecuador) o el uso de sustancias en el peor de los casos; se trata de ser consecuente con tus gustos y, en última instancia, comprender porqué son de esa manera y seguir adelante. El campo de la literatura es el estudio de los intereses humanos, con mucha mayor precisión y belleza que la antropología o sociología.

P.- No veo influencias directas en tu escritura, ni en casi de ningún narrador ecuatoriano, de escritores más vanguardistas como Pablo Palacio (1906-1947), autor de Vida del ahorcado y de Débora. ¿Por qué crees que se ha producido este corte o interferencia de diálogo con escritores de esa talla?

R.- Porque durante muchos años se ignoró este tipo de escritura por este asunto de exagerado ‘respeto’ al realismo social (que en mi opinión le ha dado muy pocas joyas a la literatura ecuatoriana) y en otra instancia porque los espacios académicos no dejaron de generar aproximaciones muertas o cerradas a obras como las de Palacio, o de Humberto Salvador, autor de la maravillosa “En la ciudad he perdido una novela”, que acaba de ser reeditada en España. El caso de Salvador me sirve de ejemplo: denostado por la mirada de autores ligados a los movimientos políticos de su tiempo (años 30 del siglo pasado), dio marcha atrás y se dedicó a escribir obras de marcada tendencia al realismo social, lo que terminó acabando a este exponente de la vanguardia. Recién se lo está recuperando como debe ser. El punto es que este olvido y guardar en un cajón una manifestación impresionante, significó la expulsión de nuestro ‘ADN’ de esa vanguardia que incluso ahora nos resulta muy atractiva a muchos. Ha habido sus rezagos por ahí, pero han sido escasos y por lo general son la excepción que confirma la regla. Esa vanguardia pasó de largo y no es algo que sea para lamentarse, salvo por el hecho de ‘retrasar’ la consistencia en la literatura ecuatoriana.  La sensación que tengo hoy es de habernos saltado escalones. Pero algo está cambiando. A pesar de esto siento que para el escritor ecuatoriano todavía se hace complicado jugar con la escritura, las historias y el formato ‘libro’, entre otras cosas. El divertimento es casi nulo.

P.- En su libro El síndrome de Falcón, Leonardo Valencia (Ecuador, 1969) dice que en Ecuador  se ataca mucho al escritor que no presenta un diálogo explícito con el concepto de nación o patria. Además se castiga más al que va al extranjero. ¿Cómo ves tú a los falconeros?

R.- Los veo con lástima, condescendencia y cierta ira. El concepto de nación debe ser uno de los conceptos más crueles que existe. Sostengo que la nacionalidad es un accidente geográfico y prefiero mil veces el sentido de pertenencia a un hogar o al sitio en el cual te sientas más acogido. Creo en eso de la literatura como nación y no en lo contrario. Veo que la gente que durante mucho tiempo se ha dedicado a generar una idea de nación, ignora las eternas posibilidades del contacto con otros. La identidad es inevitable, y para mí el individuo está por encima de esos dictámenes que surgen de una conciencia política que si bien puede ser respetable, no puede ser vista como un valor literario estricto. Y eso pasa mucho en Ecuador. Se valora lo contrario a la literatura para hablar de un escritor y eso ha hecho mucho daño. Estoy de acuerdo con la precisión de Leonardo. Creo que una literatura como la ecuatoriana, que todavía tiene su base en la conciencia política social, en cierto nivel de compromiso de izquierda, estuvo condenada mucho tiempo al ostracismo, a la mala calidad. Ahora percibo que en los nuevos autores no hay nada más atractivo que la idea de escribir un buen texto y no precisamente cambiar al mundo, o una situación en particular. Se señala a gente como Joaquín Gallegos Lara y Jorge Enrique Adoum como referentes, pero siempre bajo valoraciones de su compromiso político. Y si bien existe una gran diferencia entre ambos (Gallegos Lara creo que no debe ser llamado escritor, sino cultor del panfleto, mientras que Adoum sí es un escritor desde cualquier perspectiva), no puedo aceptar que el valor de los referentes literarios del Ecuador no esté en lo literario.
Por eso es necesario romper con fuerza las rejas que separan esa parcela mental.

P.- ¿Crees que los falconeros o escritores nacionalistas en el caso de los ecuatorianos tienen una militancia en tanto es un país al que les cuesta mucho entrar en EU o USA? Es decir, que les han ido poniendo enormes restricciones y cada vez se vuelve más difícil entrar, incluso a seguir una formación o estudios.

R.- Creo que es a la inversa. Como te señalé arriba, las restricciones no son externas, sino internas. Y esto tiene que ver con una idea de salida física, a la vez que con una salida mental. Sé de muchos autores que están viviendo fuera del país y luchan por lo literario, por crear su obra, sus universos (sobre todo en espacios académicos de varios países). Al mismo tiempo sé de escritores, esos sí nacionalistas y ‘falconeros’, que no se van o aducen detestar la idea de salirse, de migrar, y en su mente juegan con consecuencia a esa perspectiva, a esa ‘militancia’. Lo ven como engañar su pertenencia. El espacio está, pero algunos prefieren no hacerle caso porque confunden de manera terrible diálogo con mercadeo… y asumen que abrirse de las fronteras (reales e imaginarias) es venderse. Conversar con otras latitudes es absolutamente delicioso y enriquecedor para cualquier mirada, no sólo para los que escriben… para muestra, este diálogo que tenemos.

P.- Realizas escritura diaria en tu blog libros, autores y riesgos: www.masalladelibros.blogspot.com. Cuéntanos un poco de la línea del mismo y qué virtudes le ves a esta escritura, digamos automática y autoeditada, la escritura que pasa el autor al lector sin mediar editor ajeno.

R.- “Libros, autores y riesgos” es algo que tengo desde el 2004, sin saber precisamente por qué y qué fue lo que me motivó a tenerlo. Un día lo abrí y listo, no tenía conciencia certera de lo que se iba a convertir para mí. Hoy puedo decir que, después de tantos posts y tantos errores, existe algo que me encanta de toda esta posibilidad de escritura automática: la ausencia de seriedad, la persistencia del juego y de la reflexión como parte de todo esto. Al final eso es mi blog. Un juego de reflexiones o lecturas de diferentes acontecimientos, desde los literarios, cinematográficos, televisivos y hasta políticos (especialmente los que suceden en Ecuador). Debo ser extremadamente sincero y afirmar que es en esa ausencia de seriedad (que para mí tiene que ver con el soporte tecnológico, con el hecho de que los post son siempre textos en desarrollo, sin ningún final, en eterna corrección y presencia: la invención de Morel) que encuentro el placer de escribir casi a diario en el blog. Para mí es un acto que tiene que ver con abrir las ventanas y permitir que el  aire entre en mi casa. Escribo tanto durante el día (me refiero con exclusividad a mis compromisos laborales) que reservar media hora para hacerlo sobre cualquier cosa en particular es casi un ejercicio de salud mental.

P.- ¿Qué lees ahora? ¿En qué planes de escritura estás?

R.- Por lo general leo varias cosas a la vez, ya sea por trabajo, fascinación o curiosidad,  intercalando las lecturas y estableciendo algún tipo de relación inexistente entre ellas. En este momento me aventuro con “Mantra”, de Rodrigo Fresán; “El viajero del siglo”, de Andrés Neuman; cuentos de Onetti, cuentos de Patricia Highsmith (que me encanta) y la relectura de “Luna park”, de Bret Easton Ellis. Todo un caos que me fascina. En cuanto a mis planes, pues me encuentro con dos libros listos. Una novela titulada “Los descosidos”, que está esperando respuesta de varias editoriales. Un libro nuevo de relatos, “Freak to go”, que se escapa completamente a los intereses que se manifestaron en el primer libro (aunque siempre está esa similitud, esa idea de camino que se recorre). Estoy también a la mitad de una nueva novela que espero terminar en lo que resta del año.

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
Eduardo Varas C. (1979, Guayaquil). Escritor, blogger y periodista. Colaborador con varias publicaciones nacionales e internacionales, impresas o de formato on-line. Publicó en 2007 el libro de cuentos “Conjeturas para una tarde”. En 2008 fue parte de la antología virtual “El futuro no es nuestro: Narradores de Latinoamérica”. Prólogo y edición por Diego Trelles Paz, para la revista Pie de Página; así como en varias antologías en el país y en el extranjero. Actualmente prepara la publicación de una novela y un nuevo libro de relatos.

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