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Marco Kindelán
De tortugas y elefantes
Terence David John Pratchett nació el 28 de Abril de 1948 en Beaconsfield, Inglaterra. Publicó su primer relato a los 13 años, The Hades Business (Los asuntos de Hades), y gracias a élpudo comprarse una máquina de escribir de segunda mano. En 1965 dejó la escuela para trabajar en el periódico semanal Bucks Free Press, añoen que escribiría su segundo relato corto, The Night Dweller (El habitante nocturno). Su primera novela, The carpet people (La gente de la alfombra), no lo publicaría hasta 1971,con pocas pero buenas críticas.
En 1983, mientras trabajaba en el departamento de relaciones públicas de una central nuclear, escribió El color de la magia (publicada en España en 1989, inicialmente por ed. Martínez Roca). Era su primera novela sobre el Mundodisco, colección que cumplió el año pasado su 25 aniversario. Todo un hito, pese a que Prachett le restase importancia con su habitual desparpajo: “25 es un número que va después del 24”. La pregunta es cómo se las ingenió para sacarse de la nada (o del sombrero, en su caso) una saga que supera a día de hoy las treinta novelas y deja un rastro de historietas, de películas y videojuegos. Para responderla deberíamos empezar por el principio.
Antes de todo, no había nada. Eso es bastante evidente. En cualquier saga fantástica que se precie hay al menos un capítulo dedicado a describir el principio de todo y el mundo en el que se desarrollará la historia: En su Simarillion, Tolkien habló de la nada, y de cómo los Ainur crearon la tierra media con un gigantesco acorde; en El ciclo de la puerta de la muerte, Margaret Weis y Tracy Hickman hablaron de un mundo fragmentado en cuatro… Todos ellos imaginaron escenarios a la medida de los personajes y de sus hazañas. Y algo parecido estaría pensando Terry Pratchett cuando creó el mundodisco. O no.
Según Pratchett, una gran tortuga llamada A’Tuin se desplaza por el espacio sideral, cargando sobre su concha cuatro desmesurados elefantes que sostienen a su vez un gran disco; un mundo plano en el que los mares y ríos discurren desde las montañas de su centro hacia los bordes, donde se derraman irremediablemente. En torno a esta absurda estructura orbitan el sol y la luna.
Ni que decir tiene que Pratchett saca partido del hecho de que el mundo sea un disco (Si algo parece que cae por el borde del mundo es porque realmente cae por el borde del mundo) o geocentrista (lo raro del sol no es el hecho de que orbite en torno al disco, sino que su luz sea tirando a lenta). Pero sorprenden otras referencias:
Según la mitología hindú, Brahma, el más antiguo de los dioses, fecundó a Maya y creó el Edén: un santuario sostenido por tortugas y elefantes. La leyenda narra también cómo desde allí Brahma preparaba la creación del universo, combinando esencias de diferentes recipientes. Pero en su divina perfección echó mal la llave de su celestial laboratorio, y unos diablillos aprovecharon para colarse. En su ausencia mezclaron en la marmita el bien y el mal, el dolor y la alegría, la vida y la muerte y el resultado fue un mundo caótico, absurdo: el nuestro. A veces parece que Pratchett piense que la vida es un gran accidente, una broma.
Y si ese es el punto de partida, no iban a ser menos los habitantes del mundodisco: magos que no memorizan hechizos, enanos de dos metros de altura y guerreros bárbaros octogenarios, y un largo etcétera de antihéroes que huyen a la primera de cambio, que se definen tanto o más por sus defectos que por sus virtudes. Da lo mismo un bardo con una guitarra, un bibliotecario orangután o un camello matemático; unos y otros terminan por igual huyendo y luchando (esto último sólo si no les queda otra) por evitar el fin del mundo tal y como lo conocen, porque el mundodisco está amenazado de muerte a cada instante aunque salga siempre indemne. Y superado ese momento de crisis los buenos, aunque felices, ni se casan ni comen perdices. Y los malos, que suelen los personajes más cuadriculados, se ven forzados una y otra vez a revisar sus convicciones y/o morir. Una cosa no quita la otra.
Otra de las constantes en el mundodisco es la muerte. La muerte existe, lleva túnica y guadaña y habla siempre EN MAYÚSCULAS (lo que es una manera rápida de reconocer cuándo alguien tiene un problema). Recuerda igual el pasado que el futuro, y se debate entre hacer o no pequeños ajustes en el destino. Mientras, se toma vacaciones, deja su morada a cargo de su mayordomo o contrata un aprendiz, como si de una profesión cualquiera se tratara. Y Pratchett tiene su propia versión de lo que sucede cuando un personaje recibe su visita: tras morir, a cada uno le ocurre lo que cada uno creyese que iba a ocurrir. Cada personaje encuentra el paraíso o el infierno que él mismo se otorga en vida.
Son muchos los guiños que Pratchett hace a la vida cotidiana. Acostumbra a partir de algún cliché para después cuestionarlo, darle una vuelta de tuerca tras otra hasta que al lector no le queda otra que reírse. Las referencias que hace van desde la mitología y filosofía (Hindú, Grecolatina, Egipcia), la literatura (Shakespeare, Dante, Lovecraft), lo que no quita que dedique libros completos a parodiar el cine (Imágenes en acción) o la música (Soul music)
Ha dado a luz un mundo de incontables detalles y lo enriquece con cada entrega. A estas alturas está claro que, tras su aparente y desenfadado caos hay mucho talento y mucho trabajo. En cada historia se ha esforzado por sorprender y divertir, por dotar a cualquier personaje de un rasgo único que lo caracterice. De ahí los ingeniosos diálogos, juegos de palabras y acentos, que respeta y apoya el buen trabajo de traducción del que disfrutamos (aunque tras varias azarosas etapas) en España.
T. Pratchett anunció en 2007, con 59 años, que padece una variante suave y prematura de Alzheimer. Piensa tomarse el problema con filosofía y optimismo, y seguir escribiendo mientras pueda. |