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Para antes del olvido

 

Tomás González

 

Belacqua, 2008

 

Olga Echavarría

 

Tomás González, Para antes del olvido

Una novela para la nostalgia

El hombre, nacido de mujer, tiene una vida corta y llena de zozobras. Es como una flor que se abre y luego se marchita; pasa y desaparece como una sombra (Job 14:1,2).

Parafraseando esta cita bíblica comienza Tomás González la narración de la historia inspirada en los diarios de su abuelo Alfonso González Ochoa.

El relato nos lleva al Envigado de los años setenta donde la modernidad de las nuevas edificaciones comenzaba a sacar a empellones las casas viejas de arquitectura colonial y donde las costumbres de principios de siglo iban desapareciendo llevadas por la marea de una juventud de mente abierta, intoxicada por libros y movimientos revolucionarios.

León encuentra el diario de su tío Alfonso y decide investigar los detalles acerca de la historia de amor vivida por éste y su prima Josefina. Ella es ya una anciana enferma de olvido cuya mente parece sumergida en un pasado perpetuo. Cada vez que León la visita tiene que explicarle que es el nieto de su tía Pastora y que “Pastora no puede estar ni bien ni mal, pues había muerto hacía veinticinco años”. “­– ¡Y tan joven que se veía!” es la expresión de la anciana cada vez que se entera de la noticia “con una sorpresa genuina e infinita –Dios la tenga en su gloria”. Sin embargo cuando León la interroga acerca de sus años de juventud, Josefina relata lo ocurrido en aquel tiempo con total lucidez. A lo largo de toda la novela se cruzan los relatos de León quien reconstruye el pasado de sus parientes, Josefina quien recuerda su juventud y Alfonso quien narra en su diario sus vivencias a partir del año 1913.

El pasado aparece como un elemento fundamental de la trama. La nostalgia por la Medellín de principios del siglo XX, un tanto sosa y pueblerina, atraviesa las páginas de la novela y mantiene al lector en un estado de turbación y duelo por ese estilo de vida perdido entre los escombros del progreso: “…Era el tiempo cuando las fotografías de Rafael Uribe Uribe adornaban las vitrinas de las peluquerías y las boticas. El tren acababa de llegar (o estaba por llegar) y las humaredas industriales aún no habían empezado a encanallar el cielo. Los cagajones de mula y de caballo caían copiosamente por las calles aromatizando un modo de vida en el que la represión del sexo alargaba los sentimientos hasta volverlos volutas sutiles. Las sombras de las sotanas estaban pegadas a las tapias de las casas, la excomunión era aún temible y el suicidio de los suicidas recalentaba las cabezas de todos los que hubieran leído versos o los hubieran escrito…”

El dolor por la pérdida de las ilusiones y sueños de juventud se manifiesta en la transformación que sufren los personajes con el paso del tiempo. El mundo romántico y lleno de estereotipos de Alfonso es arruinado por la guerra en Europa, el amor sin reservas que construyó Josefina y que convirtió en su razón de ser terminó dejándola a la deriva en un universo de recuerdos. León sin embargo parece resignado a no ser nadie, a vivir de memorias ajenas  sin alcanzar a experimentar las aventuras de Alfonso o el amor de entrega absoluta de Josefina, ojeando libros melancólicamente y embriagándose como parte de una rutina de pereza pero también de olvido.

Los campos de Antioquia y Cundinamarca son descritos de una manera limpia y deslumbrante. Las calles estrechas, las cantinas de barrio, las casas solariegas constituyen un marco impecable para el relato: “…Y todo se iluminaba. Precipicios, cañadas profundas donde alumbraban los metálicos yarumos, cafetales oscuros donde llameaban los guayacanes florecidos, pueblos que se anunciaban con un creciente desbarajuste de latas y cemento, pueblos que desaparecían como un decreciente reguero de ladrillos, casas de tapia desde las que miraban mujeres pálidas, flotas que  llevaban nombres heroicos y pasaban peligrosas, coloridas y potentes por el filo de los abismos enmusgados…”.

La banalidad del oficio de escribir, la imposibilidad de convertir lo escrito en una materia sólida y contundente que dé sentido a la existencia humana se expresa en las historias de los poetas y del mismo León en su intento fallido por reconstruir en el papel la historia de amor trunca entre Alfonso y Josefina. Las cientos de páginas escritas son destruidas por el fuego, lo vivido muere con los vivientes. Alfonso ha muerto, Josefina está próxima a morir y León (como Zenón Bedoya quien ingirió veneno para liberarse del sufrimiento de la existencia, como el poeta Rivas quien se destruyó lentamente con el alcohol) se hunde en una existencia vacía y sin propósito que es como otra muerte.

Junto a descripciones de situaciones y lugares llenos de poesía aparecen las intervenciones de Josefina, duras y francas como un papirotazo al lector que despierta a la realidad sin ambigüedades de la anciana, siempre elusiva acerca de sus sentimientos del pasado, mirándose a sí misma como  a una colegiala ingenua, sin reconocer que aquellos años y aquellos sentimientos determinaron lo que sería su vida y sus relaciones con todo lo que la rodeaba. ”Una tarde de marzo, casi siete décadas más tarde, un abogado feo y raro que decía ser familiar suyo le preguntaría si era cierto que había estado a punto de morir después de saber sobre el matrimonio de Alfonso.

Una cosa son las fiebres tifoideas y otra las carajadas de muchachos, contestaría entonces la anciana con una precisión bastante notable en una persona que como ella día a día, hora  a hora, sentía que grandes porciones de su vida eran borradas o confundidas por la niebla.”

Esta novela es una pieza magistral en sus descripciones, en la construcción de la trama y los personajes, en el manejo de planos espaciales y temporales. Es además un documento valioso que retrata la vida del Envigado de entonces: las costumbres y expresiones de la época, las relaciones sociales, la manera de expresarse de los envigadeños y los bogotanos.

Es evidente la aflicción del autor por la pérdida de aquel estilo de vida, por el peso descomunal de la nostalgia y por la muerte que significa el olvido, mucho  más cierta que la que constituye el cese de las funciones vitales en el organismo humano. Al final de la novela terminamos compartiendo tal aflicción, deseando mantener el tiempo en una esfera que no nos obligue a cambiar, envejecer y desaparecer. Que nos permita continuar amando y esperando sin caer, como Josefina, en la enfermedad del pasado perpetuo.

 

 

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