| Literaturas.com presenta en exclusiva a sus lectores, por cortesía de la Editorial Sloper, el capítulo 18, "Jazz", de Stradivarius Rex, por Román Piña.
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18. Jazz
–Míralas, qué mujercitas.
Me lo estaba diciendo un hombre sentado a mi lado, en la butaca de mi izquierda, fila cinco. Era en la Scala de Milán.
–Con las mallas no parece que tengan diez años. Sobre todo la tuya. ¡Qué alta es!
–Tu hija está guapísima –le dije, por compromiso.
Su hija, que era negra, tenía un problema en la cara. No sé qué le había pasado. Yo no tenía confianza con el padre. Casi nunca habíamos coincidido ni hablado antes.
Supuse que habían adoptado a la niña y me impresionó. ¿Tendría la niña entonces, cuando la adoptaron, esa boca desplazada a un lado y la mejilla como cruzada por una enorme cicatriz? ¿Se la trajeron a Italia con la cara intacta y se revelaría más adelante una enfermedad, un cáncer o algo así, que se la desfiguraría de este modo?
A la niña la llamaban Vera. Si la mirabas de lado, por babor, veías un rostro normal, bonito. Por estribor te asustaba descubrir una comisura del labio que ascendía hasta el ojo, una boca vertical como una media luna. De frente impresionaba la mitad.
Vera bailaba como todas. Su cara desfigurada no afectaba. Era delgaducha. No tenía que ser fácil convivir con ella, estar en su presencia sin que ella notara el efecto que tenía que producir su terrible fealdad. Pero nos acostumbramos a todo, supongo. Entiendo que se pueda querer a cualquiera, por antiestético que sea. A Vera seguro que sus padres la veneraban.
En el baile de fin de curso, su padre lloraba a mi lado de felicidad. Las niñas danzaban con las mallas color rosa y un tutú, los ojos maquillados y el moño adornado con pequeñas flores blancas. Arqueaban los brazos, reverenciando al aire. Con nervios y concentradas para no perderse en la coreografía.
–¿No se te cae la baba? –me preguntó el padre de Vera.
–Claro –respondí por cortesía.
Pero no. No se me caía la baba. Sólo estaba triste, muy triste. Pensaba en Nisa, que tendría ya dieciséis años, y quizá medía tanto como Carla, mi hija por un día. Por eso no me conmovía especialmente el espectáculo. A mí, a Marcos Badosa.
Pero a Carlo Bersani, el tipo que aquel día fui, también le caían lágrimas de felicidad.
Bersani no compadecía a Vera en absoluto.
–¿Qué le dais de comer a Carla? –le preguntó, me preguntó el padre de Vera, cuando el número de ballet clásico de las niñas concluyó y empezó la actuación del grupo de cuarto nivel.
–¿Por qué lo dices? –inquirí.
–Les saca dos palmos a las demás. Ella sí que está hecha una mujer, sin exagerar. Y una mujer muy bella.
No hice ningún comentario.
Al cabo de un rato regresó al escenario el grupo de sus hijas, con una danza contemporánea creada sobre una canción jazzística de Wok Wok.
Es verdad, me dije, se dijo Carlo. Qué mayor está. Qué mujer hay ya en esta niña de diez años. Y se cargaron sus ojos de lágrimas, pero esta vez ya no de felicidad sino de dolor, y se le torció la boca como a un payaso. Ojalá, se dijo, tuviera una hija como Vera, una pequeña niña, con tamaño de niña. Ojalá tuviera mi hija el rostro zurcido de dientes, como Vera. Un rostro monstruoso, insoportable. Por muchos años.
La miró saltar, miró a Carla abrirse de piernas en el aire, dar una voltereta, hacer el pino y el puente, flexionarse tensa y dura como un caña de bambú. Tenía el cuerpo perfecto, en la plenitud de su vida, como una muchacha de veinte años.
Pero tenía sólo diez.
Carlo Bersani se cubrió la cara, antes de acabar el número. Su mujer estaba a su lado, a mi lado. Me tocó el hombro, cuando me agaché para apoyarme en mis rodillas.
Puedo comprender cómo se sentía.
–¿Qué te pasa? –me preguntó el padre de Vera.
Pero Carlo Bersani no podía explicárselo. Le dio rabia oír esa pregunta. Él había sido más discreto, él no le había preguntado qué tenía Vera en la cara.
Carlo miró de nuevo a su hija recorriendo el escenario como una gacela, y sonrió. Disfrutemos del momento, pensó, pensé. Expulsamos de nuestra mente la amargura del mañana, la brutal certeza del declive inminente de la niña. Era esa noche su gran noche. Jamás iba a rutilar de ese modo. No debíamos perdérnosla. Quién sabía si al año siguiente Carla estaría tan en forma. No sabíamos tampoco cuántos años más su cuerpo aguantaría ese ritmo de adolescente. ¿Dos, tres? Lo que sabíamos es que algún día, en el momento álgido de sus compañeras, Carla no estaría en el equipo. Cómo explicar a nadie esa noche, la gran noche en que Carla fue Venus, que si aquella niña aparentaba veinte años era porque padecía una enfermedad llamada progeria, que la hacía envejecer al ritmo de los perros, y que a los quince años aquella preciosa criatura tendría el cuerpo de una anciana de ochenta.
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