borde Sumario. Entrevistas.

Miguel Baquero

«Creo que ser crítico independiente, hoy por hoy, en nuestro país, es dificilísimo y significa estar expuesto a ser atacado por los gurús y por los aspirantes a gurús»

Luis García

Miguel Baquero es un escritor un tanto provocador que se aleja de la ortodoxia literaria que envuelve este país. Autor de la novela corta Vida de Martín Pijo, una especie de Lazarillo del siglo XX, y de la mas “seria” Matilde Borge, aviador,  tiene en imprenta un libro de relatos cuyos personajes se mueven entre el arquetipo español tipo Curro Jiménez (para quienes tengan menos de cuarenta años, decirles que Curro Jiménez, además, era un famoso bandolero andaluz del siglo XIX), el Gurb de Eduardo Mendoza, extraño extraterrestre que parecía recién sacado de la televisión y el psicópata personaje del mismo autor del Laberinto de las aceitunas, que se escapaba del frenopático con la facilidad de quien hace novillos. Una mezcla de todos ellos, nos acercaría a los protagonistas de su último libro de relatos. Pero Miguel Baquero es además un cauteloso crítico literario, a menudo mordaz y casi siempre incisivo.

 

Luis García.- Creo que lo primero que les gustará a nuestros lectores es que los situemos, ¿quién es Miguel Baquero?. Cuéntenos algo sobre usted, sus comienzos literarios...

 

Miguel Baquero.- No te podría decir con exactitud cuáles fueron mis comienzos literarios. En algún momento en torno a los quince años comencé a escribir y desde entonces no he parado de emborronar papeles, aunque te confieso que lo he intentado dejar bastantes veces. Esta es una afición muy dura, donde recibes muchos palos, te llevas muchas decepciones y no ganas para disgustos, cuando al fin y al cabo uno hace esto, se supone, por placer, por evasión, por desahogo… Yo he intentado colgar la pluma por lo menos una docena de veces, pero todas ellas, después de unos meses, a veces de sólo unos días, de inactividad, de repente vas andando por la calle, te encuentras con algo e inmediatamente piensas: ¡qué buen tema para un cuento o para un artículo o incluso para una novela! Cuando te pasa esto te das cuenta de que eres un auténtico escritor: Bueno o malo ya es otro cantar, pero te has ganado el título. 

L.G.-   ¿Y como se cambia de registro de narrador a crítico literario?. Debe ser complicado... aceptar la crítica de sus colegas después de haberlos criticado como novelistas...

M.B.- Yo también he ejercido la crítica y, por lo visto, he sido bastante duro. No sé, pienso que hay que tomarse las cosas con relatividad y con bastante sentido del humor, cosa que hoy no abunda, desde luego. Hoy en día hay alguna gente de la que ni siquiera puedes insinuar que sus novelas no son todo lo buenas que ellos creen, si tal haces eres un envidioso, un resentido, lo peor de lo peor. Quizás haya sido así en todas las épocas literarias, pero en ésta pienso que el que disiente en lo cultural está más perseguido que nunca. Hoy hay un gusto “oficial” y está bastante penado socialmente apartarse de él.

L.G.-   ¿Crees que la crítica literaria es independiente es España?. Háblame de ella, ¿crees que hay aún lugar para la independencia?

M.B.- Yo creo que la crítica literaria que se ejerce en los grandes medios no es independiente, porque dichos medios pertenecen a un grupo empresarial en el que se incluyen editoriales, periódicos, radios, cadenas de televisión… y en estas circunstancias no les está permitido a los críticos ejercer una crítica negativa sobre un producto de la compañía. Esto por un lado. Por otro, los críticos que no están en dichos medios han adoptado la terminología y el procedimiento y los criterios de esos “grandes” críticos y también se abstienen de mostrarse independientes y opinar en contra del gusto impuesto. Creo que ser crítico independiente, hoy por hoy, en nuestro país, es dificilísimo y significa estar expuesto a ser atacado por los gurús y por los aspirantes a gurús.

L.G.-   Vida de Martín Pijo es una revisión moderna (corrígeme si me equivoco) del mito del Lazarillo. ¿Nació de una forma espontánea?

M.B.-   No, no nació espontáneamente. En Vida de Martín Pijo se critica la falta de valores del mundo actual, o al menos esa era mi intención. Yo quería tratar el relativismo actual desde un punto de vista literario y humorístico y qué mejor modelo que el Lazarillo, que en su día fue la crítica más feroz a un estilo de vida. Lo que sí nació espontáneamente, cuando, decidido ya a escribir, me planté delante del ordenador, fue el darle un cierto matiz antiguo a la novela y andar muy pegado al modo de expresión de la picaresca (aunque intentando no caer en el pastiche).

L.G.-   Una novela muy alejada de Matilde Borge, aviador, otra obra suya más intimista, ¿por qué ese cambio de registro?

M.B.- Cada novela, o así lo entiendo yo, es una aventura diferente para un escritor, una propuesta distinta. En Matilde Borge quería expresar cómo ha cambiado la sociedad y como la gente de nuestra época se ha desentendido del compromiso. Ahí dejo atrás todo lenguaje a imitación de lo antiguo y el tono humorístico general (aunque siempre me ha gustado el humor) que tenía Vida de Martín Pijo. A mí me gustaría poder hacerme con un estilo reconocible, pero una cosa es el estilo y otra tener un registro, o una fórmula, y ser prisionero de ella.

L.G.-   Matilde Borge, Miguel Baquero, M.B..... ¿Casualidad?

 

M.B.- Y tan casualidad como que es la primera vez que caigo en ello, ahora que me lo dices.

L.G.-   ¿Qué tienen en común Martín Pijo, Lazarillo, Borge y Baquero?

M.B.- Me gustaría creer que los tres (yo me excluyo) son hijos de su tiempo. Una especie de símbolos de su época. Esto está claro en el Lazarillo, un personaje que condensa en sí toda la hipocresía de su siglo, un siglo que se pretende muy digno y muy mayestático pero que en realidad se está muriendo de hambre. A Martín Pijo, salvando todas las distancias literarias, le he querido poner en el otro extremo, en el del hombre que quiere ser digno en medio de toda la hipocresía y el cinismo que distinguen a nuestro tiempo. Matilde Borge, por último, fue un antiguo aviador republicano y mi intención era hacer de él el un símbolo del hombre comprometido con su tiempo, que participa en su siglo y no se desentiende de los conflictos.

L.G.-   ¿Y que les separa, si les separa algo?

M.B.- Principalmente, respecto del Lazarillo, a mis dos pobres criaturas les separa una inmensa distancia literaria. Y luego, a ellas dos entre sí, les separa el modo en que están tratadas: Martín desde la ironía y el sarcasmo y la burla y Matilde desde la seriedad y el respeto.

L.G.-   Háblenos de su libro de relatos, ¿Cómo se gestaron?. ¿Cómo encuentra ese germen inicial, esa frase definitoria?

M.B.- La mayoría de ellos surgieron de la casualidad. Uno tiene una idea, o un sentimiento, que quiere expresar pero no sabe cómo. Un día, de pronto, viendo la televisión, hablando con alguien o en medio del trabajo, encuentra un detalle chocante, una frase o una noticia en el periódico que prende la mecha. Así surgen muchos relatos, pero sólo unos pocos llegan de verdad al final, a explotar, la mayoría se quedan a la mitad. Son pólvora mojada.

L.G.-   Todo relato debe condensar en su primera frase el resto de la historia, ¿cree que se cumple en tu caso? ¿Estaría de acuerdo con ese axioma?

M.B.- No soy muy amigo de las reglas estrictas para escribir, y mucho menos de ésta, que ni siquiera la entiendo. Es un poco enrevesada, ¿no? Lo que debe ser un relato es coherente y mantener la máxima tensión posible hasta llegar a un final lógico, no perderse por las ramas. Aunque ni siquiera estoy de acuerdo con aquello que decía Chejov de que si en un cuento aparece un clavo el protagonista debe acabar colgándose de él, porque nada debe haber superfluo. Tampoco es eso; también se pueden meter clavos de adorno.

L.G.-   Relatos desenfadados, irónicos.... decía al principio que me recordaban su lectura (algunos) la de Sin noticias de Gurb. No sé que opinará usted, pero ¿podríamos extender una trazabilidad entre ambas obras, salvando las distancias?

M.B.- Yo en su día leí Noticias de Gurb y me pareció bastante divertida. No la he tomado como modelo, pero quizás algo de ella llevaba en el subconsciente cuando comencé a escribir los cuentos.

L.G.-   ¿Cómo se le ocurre a un escritor un relato como La célula?

M.B.- La célula es el retrato, en clave de humor (espero), de un grupo terrorista. Yo pienso que el humor es un instrumento muy poderoso contra las injusticias y los abusos de los poderosos. A un dictador le hace cien mil veces más daño el ridículo que un grito exaltado o que una crítica directa. El humor, y el ridículo, es el arma de la gente humilde. Y yo creo que en nuestros días el principal enemigo de la gente humilde son los fanáticos que se apropian del concepto de pueblo, o de nación, o de raza, y en nombre de él eliminan a su capricho. Mi intención en este cuento era reírme de los terroristas, que es la mejor forma de lucha contra ellos. Quizás ha sido el cuento más difícil, porque en este asunto hay ciertos límites que no se pueden traspasar, con los que no cabe la burla, pero yo he intentado en todo momento apurar al máximo cuanto de trágicamente ridículo hay en una banda terrorista.

 

L.G.-   He de reconocer que no estamos acostumbrados a este tipo de relatos tan cáusticos y surrealistas, que recuerdan al mejor Boris Vian, al de La espuma de los días.... ¿qué referentes literarios tiene Miguel Baquero?. No me malinterprete, entendiendo por referentes aquellos autores con los que mas se haya reído y que de alguna manera forman parte de su fondo de armario literario....

 

M.B.- Una influencia directa, a la hora de escribir estos cuentos, ha sido Diario de las estrellas, de Stanislav Lem. También, en un segundo plano, te podría citar a Chesterton, El hombre que fue viernes, a Tom Sharpe, a Wodehouse… Entre los españoles me gusta mucho Fernández Florez o Jardiel Poncela, o el recientemente fallecido Rafael Azcona, o Cunqueiro, entre muchos otros, porque en España siempre ha habido muy buenos humoristas o muy buenos escritores que han utilizado el humor. Pero también he cogido mucho material humorístico de otras fuentes, no sólo las literarias. En radio, televisión, prensa escrita… hoy en día hay gente muy buena haciendo buen humor… también hay otros haciendo patochadas, pero supongo que es inevitable.

L.G.-   Es usted un escritor lento, entendiendo por lentitud que no se prodiga publicando.... ¿Cuándo le volveremos a ver en las mesas de novedades?

M.B.-   Soy lento a mi pesar. ¡Qué más quisiera yo que poder publicar con asiduidad, o que cuando acabara una novela tuviera a un editor dispuesto a publicármela!

 

Miguel Baquero, Diez cuentos mal contados
ACVF Editorial, 2009

 

Humor cósmico
por Antonio Paniagua

En Miguel Baquero el humor no es sólo un rasgo estilístico, sino la entraña esencial de su literatura. Baquero cultiva con tanto talento el sarcasmo y lo cómico que le convierten, sin importarle, pues él es uno de los primeros en reivindicarlo, en un escritor de género, del género humorístico.  Desde ‘Vida de Martín Pijo’, la primera de sus obras, a estos cuentos hay un omnipresente sentido de la caricatura, una socarronería y un amor por la burla que hacen de la lectura de ‘Diez cuentos mal contados’ un divertido viaje por el humor inteligente.

Lo primero que hay que decir de este libro es la excelente factura de su prosa. Ya en el primer relato, ‘Cartas desde las ruinas’, hay una preocupación por el lenguaje, un español que tiene reverberaciones del Siglo de Oro nada menos. Ese cuidado por la palabra precisa y correcta transita por el resto de las piezas que el autor ha dado en llamar cronoficciones, pues remiten a un tiempo ajeno al actual, a veces al futuro, otras, las menos, al pasado. El propósito que se persigue no es otro que el de hablar del presente mediante narradores que miran con ojos asombrados una realidad vista desde una perspectiva inédita, extraña, lo que hace que aflore con más fuerza si cabe la intención satírica y la crítica social, tan queridas a Miguel Baquero.

La distorsión psicológica de los personajes y el uso recurrente de elementos absurdos recorren en mayor o menor medida todos y cada uno de los relatos. Quizá en el que sea uno de los mejores cuentos de la recopilación, ‘La exploración de Marte’, el autor explota la comicidad al romper la visión tópica con que estamos acostumbrados a observar a los habitantes del planeta rojo. Al final, los marcianos, que tanta literatura han generado, resultan que son seres apáticos, indolentes e insulsos. Con ello, el autor de ‘Diez cuentos…’ demuestra que no se queda en la mera ocurrencia ingeniosa que se agota en sí misma, aunque sea muy saludable en la vida, sino que va más allá y desnuda la realidad de convencionalismos. 

Pese a los episodios a veces desternillantes de la compilación, en los relatos de Baquero anida una visión pesimista de la humanidad, cuyos miembros terminan abocados a la estupidez y la fatuidad. Esta visión es especialmente acerva en ‘La variante Pegbedee’, en la que se ofrece una visión nada amable de la humanidad y en la que se pone de manifiesto la relatividad de sus cimientos.  

Por lo que tiene de previsible y de realidad ya muchas veces parodiada, ‘La célula’, que trata de una región a pocos días de su secesión, puede que sea el cuento que menos se adentre en lo inexplorado y ofrezca una visión más estereotipada y obvia. 

Todo lo contrario sucede con ‘The original New York’, en el que de nuevo el extrañamiento se alía como detonante del ingenio para provocar la risa. Las deletéreas emanaciones de amoníaco de Giovedi aconsejan a sus habitantes un cambio de aires y una visita turística al planeta Tierra. Las vicisitudes del viajero sirven a Baquero para,  con espíritu mordaz, desvelar las mistificaciones de la historia y los trazos erráticos con se delinea a veces la evolución de la humanidad.  Los extravagantes viajeros de  ‘La exploración a Marte’  guardan ciertas semejanzas con el Ijon Tichy del genial Stanislaw Lem. 

La pieza que más se desmarca del conjunto es ‘El gran profeta Gelubezemil’. Nada de viajes al futuro. Damos un salto atrás en el tiempo y nos encontramos con un profeta, probablemente coetáneo de Jesucristo, que en nada se parece a los agoreros que anuncian cataclismos ni a los que se les llena la boca con la cólera de Dios. Con dominio de los artefactos narrativos, Baquero desciende al terreno de lo cotidiano y nos muestra a un profeta que por su sensatez y sentido común  dispara el mecanismo de lo cómico.   

‘¡Apartad al capitán Schell de las mujeres!’ habla de una civilización en la que la libido ha sido desterrada y la reproducción de la especie queda al arbitrio de la programación y el cálculo. Esa situación parece abocar a los hombres a la desmemoria hasta que el capitán Shell requiere atención  médica por una extraña turgencia. No revelamos más cosas porque reventaríamos la lectura de este recomendable cuento.  

En ‘El éter’, unos desmañados espiritistas convocan en una sesión a varias figuras de la historia, pero con tan poca pericia que sus personalidades acaban entreverándose de una manera tan inextricable que las biografías resultantes son un puro disparate.  El libro se cierra con ‘La medida de todas las cosas’, en el que el autor se abandona a la especulación y recrea un mundo en que los habitantes de los distintos planetas establecen pesos, medidas, códigos morales y estéticos distintos y específicos.

De Miguel Baquero se puede predicar esa máxima que decía Ortega: “Ser artistas es no tomar en serio al hombre tan serio que somos cuando no somos artistas”. Por si aún no ha quedado evidente después de leer esta reseña, no nos queda más que aconsejar encarecidamente la lectura de estos ‘Diez cuentos mal contados’, que, como cualquier lector despierto se habrá percatado, no son diez sino nueve. Otra broma del autor.

 

 

 

Marta López Luaces, La Virgen de la Noche
Editorial Sial, 2009

por José Manuel Lucía

En un reciente ensayo, fascinante desde su título, “¿Cómo hablar de los libros que no se han leído?”, Pierre Bayard se acerca a esa nebulosa de obras literarias de las que hemos oído hablar, que conforman nuestra particular biblioteca colectiva, que hemos hojeado o que nos han explicado en las aulas del colegio, del instituto o de la Universidad, y de las que podemos hablar, opinar, aunque en realidad no las hayamos leído… e incluso de aquellas otras que un día pasaron por nuestras manos, que devoramos en las tardes interminables de verano o en las noches cercanas de invierno, pero de la que no recordamos más que detalles superfluos y sin importancia: la calidad del papel, el color de la tapa, el lugar que ocupan en la estantería o el calor que pasamos mientras la terminábamos en la playa… pero nada más, como si el libro se hubiera convertido con el paso del tiempo en un conjunto de páginas en blanco, donde todo está por comenzar a leerse, e incluso, comenzar a escribirse… Pero ¿qué sucede cuándo leemos una obra que se esconde tras las palabras, que ofrece imágenes –pantalla, páginas-pantalla para así no sacar a la luz la verdadera esencia de las historias que nos cuentan? La literatura es un viaje y gracias a la literatura podemos acercarnos a geografías, a países y barrios que nunca conocerán el peso de nuestros cuerpos. Pero, ¿qué sucede cuándo este viaje se hace a una tierra sin tierra, a un mundo donde todo lo real son apariencias y los cadáveres desaparecen en el recuerdo como así también las apariciones de vírgenes o de esas personas que cubren nuestros deseos siendo nada más que un sueño? ¿Cómo puede calificarse un libro, un texto que se esconde de la lectura? ¿Acaso podemos estar seguros de que lo hemos leído o hemos de crear una nueva forma de lectura, la no-lectura-ficcional, que hable de una obra que se va deshaciendo a medida que vamos pasando por ella nuestros ojos? Así sucede con estos cautivadores relatos de Marta López-Luaces, que se esconden bajo la apariencia de cinco títulos, casi todos ellos, evocadoras de cinco mujeres: Nobody, Un reflejo de pureza (que no es otra que Assumpta), Brunilda, Soledad y La Virgen de la Noche. Todos ellos situados, aparentemente, en una geografía muy precisa: el barrio de Saint-Nicholas, que un día fue de adinerados judíos y que hoy sufren la decadencia de sucesivas oleadas de emigrantes, en que los hispanos suponen una de las comunidades más abundantes.

Cinco relatos evanescentes. Cinco relatos de relatos. Porque este es una de las puertas con que nos adentramos al universo de arena del mundo que nos describen, un universo como ese puñado de arena que intentamos atrapar en el puño de las playas: “Entonces entendí por qué me habían llamado. Como no pudieron retener su imagen, ahora necesitaban retenerla del único modo posible: dándole legitimidad y autoridad a la historia de Nadie con la palabra escrita”. Así termina el primero de los relatos del libro: “Nobody”. Alguien nos relata lo que le cuentan, resume lo que ha ido conociendo a lo largo de decenas de entrevistas y nos lo ofrece… y lo hace con el mismo misterio de quien lo ha vivido, de quien lo cuenta, de quien lo escucha… y ahora, de quien lo lee. Todos situados en el mismo plano de la ficción, de la evanescente ficción que está más allá de cualquier lógica: ¿Qué movió a aquellas personas a hacer colas a la puerta de la habitación de Nobody en Saint Nicholas? ¿Qué había en esa mujer sin nombre para que su edad oscilara entre los veinte y los cincuenta años? ¿En qué ocasión Assumpta había perdido el reflejo de los espejos? ¿Cómo creía que podía volver a recuperarlo? ¿Qué es más real, qué es más ficticio: el ballet de aquella sala llamada “La Iglesia” o las diferentes puertas que se abren, las salas que el joven pasa acompañado de Brunilda? ¿Y esa Soledad, y esas Soledades, cuyos cadáveres desaparecen después de una vida consagrada a los libros, a la no lectura de los libros? Y por encima de todo, la Virgen y el libro de las posiciones… Cinco relatos que muestran un mundo, el de Saint-Nicholas para adentrarse en nuestro mundo, en el mundo de los símbolos y de las alegorías. Cinco relatos que nos llevan de la mano hacia un universo que de tan cercano resulta desaparecer de nuestras manos lectoras, de nuestros recuerdos lectores. Relatos que nos devuelven lo mejor de la ficción: relatos que es necesario leer y leer y leer… relatos que vuelven a escribirse en cada lectura. Relatos que se multiplican en nuestros recuerdos de no lectores… en este nuevo universo en que los libros son algo más que letras y papel y tinta. Relatos que son recuerdos, que nos obligan a mirarnos a nosotros mismos para encontrar las respuestas a tantas preguntas.

 

 

Literaturas.com