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  El viajero del siglo  

Andrés Neuman

 
Alfaguara, 2009  

Literaturas.com presenta en exclusiva a sus lectores, por cortesía de la Editorial Alfaguara, el comienzo de El viajero del siglo por Andrés Neuman, Premio Alfaguara de Novela 2009.

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Andrés Neuman, El viajero del siglo

Tras un nuevo paseo sobre la escarcha, Hans tuvo la impresión absurda de que el plano de la ciudad se desordenaba mientras todos dormían. ¿Cómo podía extraviarse tanto? No lograba explicárselo: la taberna donde había almorzado aparecía en la esquina opuesta a la que su memoria le indicaba, la herrería que debía estar girando a la derecha lo sobresaltaba con sus golpes por la izquierda, esa cuesta que sin duda bajaba se ofrecía de pronto empinada, cierto pasaje que él recordaba haber atravesado y que debía desembocar en una avenida se interrumpía en una tapia ciega. Desafiado en su orgullo de viajero, tras negociar con un cochero un asiento en el próximo carruaje hacia Dessau, Hans mantuvo su empeño por identificar las callejuelas que recorría. Pero lo mismo acertaba dos o tres veces y cantaba victoria, que se desalentaba comprobando que había vuelto a perderse. El único lugar que se mostraba invariablemente accesible era la plaza del Mercado, a la que regresaba sin cesar para orientarse. Ahí estaba Hans de nuevo, haciendo tiempo hasta la salida del carruaje, intentando fijar en su mente los puntos cardinales, vuelto un reloj de sol que proyectaba una lanza de sombra sobre el empedrado, cuando vio llegar al organillero.

De barbas canas, moviéndose con una mezcla de dificultad y delicadeza, como si al arrastrar los pies pensase que bailaba, el organillero llegó a la plaza tirando de su carretilla, dejando un rastro en la nieve incipiente. Lo acompañaba un perro negro que, con instinto rítmico, se mantenía siempre a la misma distancia respetando sus pausas, tambaleos, síncopas. El viejo iba abrigado, si no es mucho decir, con un capote pardo y una capa traslúcida. Se detuvo en un costado de la plaza. Acomodó sus cosas con extrema parsimonia, como ensayando la mímica de lo que haría más tarde. Al terminar de instalarse levantó el maltrecho paraguas que llevaba atado al mango de la carretilla. Lo abrió cuidadosamente y lo colocó sobre el organillo, para que la nevisca no le cayera a su instrumento. Este último gesto conmovió a Hans, que se quedó esperando a que el organillero empezase a tocar. El viejo no tenía ninguna prisa o disfrutaba de la demora. Bajo sus barbas se insinuaba una sonrisa de complicidad con su perro, que lo miraba alzando las orejas triangulares. El tamaño del organillo era modesto: encaramado a la carretilla apenas superaba la cintura del viejo, por lo que él debería encorvarse incluso más para tocarlo. La carretilla estaba pintada de verde y naranja. La madera de las ruedas había sido roja. Recubiertas por un aro que a duras penas las mantenía compactas, esas ruedas no eran redondas sino de otra forma más accidentada, golpeadas como el tiempo que llevaban rodando. El frontal del instrumento había sido decorado con un paisaje de primor infantil, que figuraba un río con árboles.

Cuando el organillero empezó a tocar, algo rozó el límite de algo. Hans no añoraba nada: prefería pensar en el siguiente viaje. Pero al escuchar el organillo, su pasado metálico, le pareció que alguien, otro anterior a él, se estremecía en su interior. Siguiendo la melodía como se lee un papel al viento, a Hans le sucedió algo infrecuente: sintió cómo sentía, se contempló emocionándose. Su oído atendía porque el organillo sonaba, el organillo sonaba porque su oído atendía. Más que tocar, a Hans le pareció que el viejo hacía memoria. Con una mano de aire, los dedos ateridos, movía la manivela y la cola del perro, la plaza, la veleta, la luz, el mediodía giraban sin interrupción, porque cuando la melodía rozaba su final la mano relojera del organillero hacía no una pausa, ni siquiera un silencio, apenas una rasgadura en un manto, le daba la vuelta y la música volvía a comenzar, y todo seguía girando, y ya no hacía frío.

Regresando a sus pies, Hans se extrañó al notar que nadie parecía atender a la música del organillo. Los transeúntes pasaban sin mirarlo, acostumbrados a su presencia o demasiado apresurados. Por fin un niño se detuvo frente al organillero. El viejo lo saludó con una sonrisa a la que el niño respondió tímidamente. Dos zapatos enormes se posaron detrás de sus cordones desatados y una voz se agachó diciendo: No mires al señor, ¿no ves cómo va vestido?, no lo molestes, vamos, vamos. Delante del viejo relucía un plato en el que de vez en cuando alguien depositaba una monedita de cobre. Hans observó que quienes tenían esa deferencia tampoco se tomaban un minuto para seguir la melodía, lo hacían como dejando caer una limosna. Pero el organillero no perdía la concentración, la cadencia de la mano.

Al principio Hans se limitó a contemplar al viejo. Después, como despertando de un sueño, cayó en la cuenta de que él también formaba parte de la escena. Se acercó con sigilo y, procurando transmitirle su atención, se agachó para dejarle una recompensa que dobló la cantidad que había en el plato. Entonces el organillero, por primera vez desde que había llegado, alzó del todo la cabeza. Le dedicó una mirada franca, de reposada alegría, y siguió tocando sin inmutarse. Hans pensó que el viejo no había detenido la manivela porque sabía que él estaba gozando de la música. Con más sentido práctico, el perro del organillero sí pareció hallar conveniente algún tipode protocolo: entrecerró los ojos como si hubiera salido el sol,abrió desmesuradamente la boca y desplegó su larga lengua rosada.

Cuando el organillero se tomó un descanso, Hans decidiódirigirse a él. Conversaron un rato ahí mismo, de pie,empapados por la nevisca. Hablaron del frío, del color de losárboles de Wandernburgo, de las diferencias entre la mazurcay la cracoviana. A Hans lo cautivaron los modales cuidadososdel organillero, y a este le agradó el timbre profundo de la voz deHans. Consultando el reloj de la Torre del Viento, y calculandoque le quedaba una hora antes de regresar a la posada pararecoger su equipaje y esperar el coche, Hans invitó al organilleroa beber algo en una de las tabernas de la plaza. El organilleroaceptó el ofrecimiento con una inclinación y dijo: En esecaso tendré que presentarlos. Le preguntó su nombre a Hansy añadió: Franz, te presento al señor Hans, señor Hans, le presento a Franz, mi perro.

Hans tuvo la impresión de que el organillero lo seguíacomo si esa mañana hubiera estado esperándolo. A mitad decamino el viejo se detuvo a saludar a unos mendigos. Intercambiócon ellos unas frases que denotaban familiaridad y al despedirseles entregó la mitad del contenido de su plato, reanudandola marcha sin mayores ceremonias. ¿Siempre hace eso?, le preguntóHans señalando a los mendigos. ¿El qué?, dijo el organillero,¿lo de las monedas?, no, no podría permitírmelo, hoy leshe dado lo que usted me dio para que vea que no acepto su invitación por interés, sino porque me cae simpático.

Cuando llegaron a la puerta de la Taberna Central, elviejo le ordenó a Franz que esperase fuera. Entraron custodiandoel instrumento, Hans delante, el organillero detrás. La TabernaCentral estaba repleta. La suma de las estufas, el horno y eltabaco formaba un tejido caliente donde las voces, las respiraciones,los olores quedaban atrapados. Las volutas que despedíanlos fumadores adquirían forma de costilla, un animal de humodevoraba a los clientes. Hans torció el gesto. Con dificultad,procurando que el organillo no sufriera ningún daño, ganaronun pequeño lugar frente a la barra. El organillero mantenía unasonrisa distraída. Más incómodo, Hans parecía un príncipe espiandoun carnaval. Pidieron cerveza de trigo, brindaron conlos codos apretados, continuaron su charla. Hans le comentó alviejo que ayer no lo había visto. El organillero le explicó que eninvierno iba a la plaza del Mercado todas las mañanas, pero porlas tardes no, que refrescaba. Hans seguía teniendo la sensaciónde que faltaba el primer tema, de que ambos conversaban comosi ya se hubieran dicho todo lo que no se habían contado. Pidieronotras dos cervezas y más tarde otras dos. Qué rica, dijoel viejo con la barba teñida de espuma. Vista a través de su jarra, la sonrisa de Hans se combó.

Ha venido un cochero preguntando por usted, anuncióel señor Zeit, lo esperó unos minutos y se fue muy molesto.Después, pensativo, como si se tratase de una ardua conclusión,exclamó: ¡Hoy ya es martes! Por seguirle la corriente, Hanscontestó: Martes, exacto. El señor Zeit pareció complacido y lepreguntó si iba a quedarse más noches. Hans dudó, esta vezsinceramente, y dijo: No creo, tengo que ir a Dessau. Y como había vuelto de buen ánimo, añadió: Aunque nunca se sabe.

Hundida en el sofá de la sala, anaranjada frente al fuego,la señora Zeit zurcía calcetines de un tamaño desmesurado: Hansse preguntó si serían de su marido o suyos. Al verlo entrar, ella sepuso en pie. Le comunicó que su cena estaba lista y le pidió queno hiciera ruido porque los niños acababan de acostarse. Casien el acto Thomas la contradijo irrumpiendo a la carrera con unpuñado de soldaditos de plomo. Al toparse con su madre sefrenó y dejó en el aire, temblando, un pie pálido y pequeño.Y con la misma velocidad con la que había llegado, se perdió endirección contraria. Se oyó un portazo dentro de la casa de losZeit. De inmediato una voz adolescente y aguda chilló el nombrede Thomas y algunas quejas más que no alcanzaron a entenderse. Demonio, murmuró entre dientes la posadera.

En el catre, con la boca medio abierta como si esperaseuna gota del techo, Hans se escuchó pensar: Por supuesto mañana,a más tardar pasado, junto mis cosas y me marcho. Mientrasperdía la consciencia le pareció que unos pasos livianos sedesplazaban por el pasillo y se detenían frente a su habitación.Incluso creyó percibir una respiración algo agitada al otro ladode la puerta. Tampoco podía estar seguro. A lo mejor se tratabade su propia respiración, cada vez más profunda, de su propia respiración, de su propia, de su, de.

Hans había ido a la plaza del Mercado a buscar al organillero.Lo había encontrado en el mismo rincón, en la mismapostura. Al verlo llegar, el viejo le había hecho una señal alperro y Franz había salido a recibirlo haciendo oscilar el rabocomo un metrónomo. Habían almorzado juntos sopa tibia,queso de oveja duro, pan con paté de hígado, varias cervezas.El organillero había terminado su jornada y ahora caminabanjuntos por el Paseo del Río hacia la Puerta Alta, límite entre elnúcleo urbano de Wandernburgo y el campo. Tras haber protestadocuando Hans había pagado el almuerzo, el viejo había insistido en invitarlo a merendar a su casa.

Marchaban a la par, esperándose mutuamente cada vezque el organillero se detenía para tomarse un respiro con lacarretilla, Hans se entretenía curioseando en alguna calle o Franzhacía un alto para orinar aquí y allá. Y hablando de todo unpoco, dijo Hans, ¿cuál es su nombre? Verás, empezó a tutearloel viejo, es un nombre feo, y como nunca lo digo ya casi nime acuerdo. Llámame organillero, sin más, es el mejor nombreque tengo. ¿Y tú cómo te llamas? (Hans, dijo Hans), esoya lo sé, ¿pero cómo es tu nombre? (Hans, repitió Hans riéndose),bueno, qué más da, ¿no?, ¡eh, Franz!, haz el favor, ¿podríasno mear en cada piedra?, hoy tenemos un invitado en casa,compórtate, va a oscurecer y todavía no hemos llegado, muy bien, así me gusta.

Atravesaron la Puerta Alta. Pasaron a un camino de tierramás angosto y el campo se abrió ante ellos liso, blanqueado.Hans vio por primera vez la inmensidad de la pradera, quedibujaba una U al sur y al este de Wandernburgo. A lo lejosdivisó los cercos de la zona de cultivos, los pastos yertos parael ganado, los trigales sembrados en su helada espera. Al finaldel camino distinguió un puente de madera, la cinta del ríoy detrás un pinar con colinas rocosas. Fue entonces cuando Hans,extrañado de que no hubiera casas a la vista, se preguntó adóndelo estarían llevando. Intuyendo los pensamientos de Hans,y a la vez incrementando su confusión, el organillero soltó lacarretilla un momento, lo tomó de un brazo y dijo: Ya estamos llegando.

Hans calculó que desde la plaza del Mercado habríanrecorrido más de media legua. Si hubiera podido escalar lascolinas rocosas que veía tras el pinar, habría oteado la extensióndel campo y la ciudad completa. Habría podido avistar el caminoprincipal por el que había llegado la primera noche, querozaba el extremo este de la ciudad y que en aquel momentotransitaban unas cuantas diligencias hacia el norte, en direccióna Berlín, o en dirección a Leipzig, hacia el sur. En el extremoopuesto, al oeste del campo, removían el aire las aspas de losmolinos alrededor de la fábrica textil, cuya chimenea de ladrillosenvenenaba el cielo. Dentro de los terrenos cercados, lospuntos diminutos de algunos campesinos se dispersaban ejecutandolas primeras labores de alza, arañando la tierra lentamente.Y discurriendo entre todo, sigiloso testigo, serpenteaba elNulte. El Nulte era un río anémico, sin caudal para ser navegado.Sus aguas parecían viejas, resignadas. Custodiado por doshileras de álamos, el Nulte surcaba el valle como pidiendo ayuda.Visto desde lo alto de las colinas, era un rizo de agua dobladopor el viento. Menos un río que el recuerdo de un río. El río de Wandernburgo.

Cruzaron el pequeño puente de madera que pasaba porencima del Nulte. El pinar y las colinas rocosas eran lo únicoque parecían tener por delante. Hans no se atrevía a preguntarnada, en parte por educación y en parte porque, fueran adondefuesen, le había gustado conocer las afueras de la ciudad. Atravesaronel pinar casi en línea recta. El viento zumbaba entre lasramas, el organillero contestaba a los zumbidos silbando y Franzcontestaba a los silbidos ladrando. Cuando estuvieron al pie delas primeras rocas, Hans se dijo que la única alternativa que les quedaba era traspasar las piedras.

Y, para su sorpresa, eso fue lo que hicieron.

El organillero se detuvo frente a una cueva y empezóa descargar su carretilla. Franz entró corriendo y salió con untrozo de arenque entre los colmillos. Lo primero que pensóHans fue que aquello era un disparate. Lo segundo fue que,bien mirado, era una maravilla. Y que hacía mucho tiempoque nadie lo asombraba tanto como ese viejo, que ahora volvíaa sonreírle. Adelante, dijo el organillero estirando un brazo enseñal de bienvenida. Devolviéndole una teatral reverencia, Hansse alejó unos pasos para apreciar mejor el entorno de la cueva.Estudiada con atención, y olvidando que aquello no tenía elmenor parecido con una casa, la cueva no podía estar mejorsituada. Estaba rodeada de pinos, los suficientes para suavizarlas corrientes de aire o las lluvias sin obstaculizar el acceso. Seencontraba a poca distancia de un recodo del Nulte, así que elagua estaba garantizada. A diferencia de otros sectores del piede la colina, desprovistos de verde y embarrados, una hierbacompacta agraciaba la entrada de la cueva. Como corroborandolas conclusiones de Hans, el organillero dijo: De todas lasgrutas y cuevas de la colina, esta es la más acogedora. Al agacharsepara pasar, Hans comprobó que el interior conservabauna temperatura más agradable de lo que había imaginado, sibien era muy húmeda. El viejo prendió una yesca, unos velonesde sebo. El interior quedó alumbrado y el organillero fue presentándolecada rincón de la cueva como si se tratara de unpalacio. Es una gran ventaja que la casa no tenga puertas, empezóa decir, así Franz y yo podemos disfrutar del panorama sinsalir de nuestras camas. Como verás, las paredes no son muylisas que digamos, pero estos salientes le dan variedad a lavivienda y crean un interesante juego de luces, ¡oh, qué luces!(el viejo alzó la voz girando con sorprendente destreza: la velaque sostenía dibujó un tenue círculo en las paredes, amagó conapagarse, permaneció encendida), y además, cómo decirlo,ofrecen una gran cantidad de rincones donde se puede tenerintimidad o dormir protegido. Lo de la intimidad (susurró elorganillero guiñando un ojo) te lo digo porque Franz es unpoquito entrometido, siempre quiere saber qué estoy haciendo,a veces parece que el dueño de casa es él. ¡En fin, no he dichonada, sigamos! Por aquí tenemos el fondo de la cueva, que comoves es sencillo, pero fíjate qué tranquilidad, qué silencio, sólo seescuchan las hojas. Ah, y sobre la acústica déjame decirte que losecos son impresionantes, tocar el organillo aquí dentro te hacesentir como si te hubieras bebido una botella de vino de un solo trago.

Hans lo escuchaba fascinado. Aunque lo incomodabanla humedad, la penumbra, la suciedad de la cueva, pensó quesería una idea estupenda pasar ahí la tarde e incluso la noche. Elviejo encendió una fogata con algo de retama, restos de forraje,papeles de periódico. Franz había bajado al río a beber aguay había vuelto helado, con el pelaje erizado y las manchas de laspatas un poco más pálidas. Cuando vio la fogata, corrió juntoa ella y casi se quema el rabo. Hans soltó una carcajada. El organillerole ofreció una damajuana de vino que guardaba en unrincón. Sólo entonces, con el resplandor del fuego que acababande encender, Hans pudo ver la cueva en toda su altura y observarsu peculiar mobiliario. A la entrada, una soga cruzaba la cuevade lado a lado con unas cuantas prendas tendidas. Debajo de lasoga, el paraguas se hundía de punta en el suelo. Junto al paraguasse veían dos pares de zapatos, uno de ellos casi deshecho, conbolas de papel dentro. Ordenados por tamaños y pegados a lapared se alineaban vasijas de cerámica, platos, botellas vacías concorcho, jarritas de latón. En una esquina había un jergón de paja,encima un conglomerado de sábanas y trenzas de lana roñosa.Alrededor del jergón, como un tocador devastado, se dispersabancuencos, tijeras, cajitas de madera, trozos de jabón. Un hatillode periódicos se sostenía entre dos salientes. Al fondo se apilabancajas de zapatos llenas de púas, tornillos y un buen número depiezas, utensilios, herramientas para el mantenimiento del organillo.En el centro, impecable, maravillosamente fuera de contexto,resplandecía una alfombra donde posarlo. No había un solo libro a la vista.

La temperatura de la cueva se había dividido. En unradio de medio metro alrededor de la fogata, el aire se habíaentibiado y acariciaba la piel. Un centímetro más allá, el recintose enfriaba y endurecía los objetos. Franz parecía dormidoo concentrado en calentarse. Hans se frotó las manos, soplódentro de ellas. Se ajustó el birrete al cráneo, le dio un par devueltas más a su pañuelo, se levantó las solapas de la levita. Sefijó en el capote raído y sin espesor del organillero, en la flacidezde las costuras, en la erosión de los botones. Oiga, dijo Hans,¿no tiene frío con ese capote? Bueno, contestó el viejo, ya no eslo que era. Pero me trae buenos recuerdos, y eso también abriga, ¿no?

La fogata se encogía poco a poco.

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