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Las manos cortadas

 

Luisgé Martín

 

Alfaguara, 2009

 

Francisco José Peña Rodríguez

Luisgé Martín, Las manos cortadas

La cuarta novela del madrileño Luisgé Martín irrumpe estéticamente, de nuevo para la narrativa actual, en el medio camino entre la novela y el ensayo o, como en el caso de Las manos cortadas, entre pensamiento y la reflexión acerca del pasado más inmediato.

El motivo, la excusa, el pretexto o el ingenio, según lo enfoquemos, es que un escritor español (¿un alter ego del propio autor?) recibe al azar unas antiguas cartas del presidente chileno Salvador Allende (trágicamente fallecido durante el golpe de Estado pinochetista de 1973) en las que se viene a poner de manifiesto una personalidad distinta del político, desconcertante y dinamitadora de la esencia histórica que tenemos del político; una intrahistoria personal que no es la que los libros de historia habían dejado, a modo de poso, en el escritor que asiste perplejo, en un hotel de Santiago de Chile, a la muerte de uno de los mensajeros que le hacen llegar las susodichas cartas y comienza, asustado, al periplo de una investigación que entronca la novela con el género detectivesco.

Luisgé Martín es un autor joven e implicado en una narrativa muy del siglo XXI, puesto que no apuesta por un lenguaje demasiado fácil, pero sí aderezado de una suerte de lengua literaria que atrae al lector desde el principio. Bien es cierto que el inicio de esta obra confunde al lector, hasta que la pormenorizada y bien trazada biografía de Allende introduce al lector en la dicotomía años setenta-siglo XXI. Se adivina, detrás de esta novela, que el autor proviene del mundo de las letras y que en él no domina, precisamente, lo comercial o el generar morbo a través de la historia ficción.

Las manos cortadas no es una novela histórica por cuanto lo que se transmite es una profunda reflexión e incluso una madura visión (sucinta, eso sí, y por tanto atractiva) de Chile. Las voces del pasado que se entrecruzan con el escritor, así como la presencia de su compañero-protagonista-taxista, tiñen de literariedad aquello que podía haber sido un panegírico o una obra de compromiso con América Latina y uno de sus protagonistas más eminentes del siglo XX.

Recomiendo al lector una seria reflexión sobre lo que Luisgé Martín dice de Cuba, en ese inicio desconcertante y de género que no es más que un reflejo fiel de una realidad tangible, solo que el autor tiene madera literaria y ha sabido plasmarlo y recuperarlo para el lector.

No es fácil convertir a personajes históricos como Salvador Allende, Augusto Pinochet o Patricio Aylwin, salvando las distancias, en personajes literarios, en protagonistas de una novela madura y con un intenso ritmo narrativo que mantiene activo el interés por la misma desde el principio. Tampoco es fácil generar una acción narrativa a partir de unas cartas, intensas, políticas, militantes, que trastocan el ritmo literario del lenguaje de la obra, pero sin las cuales el sentido mismo de la novela no sería, sencillamente no sería o, lo que es crucial en esta obra, no serviría para introducir a protagonistas más o menos relevantes que provienen de la realidad social chilena de principios de los años setenta.

Esa primera persona narrativa que confunde a Luisgé Martín con el narrador omnisciente no es más que un recurso inteligente del autor para dar vida a una acción que, de lo contrario, recaería en personajes menos activos que nos llevarían a ese otro tipo de novelas históricas que uno deja a medio por la profusión de fechas y batallas campales de nuestros ancestros que poco tienen que ver con nosotros. Pero Allende está reciente y su recuerdo aún prevalece en un amplio sector de la sociedad chilena post-pinochetista. Allende pudo, aunque dudemos, escribir cartas como la de la página 433-434. Y digo dudemos porque lo que nos ha mantenido en vilo en Las manos cortadas es el interés de su autor porque pensemos. No escribe al azar, sino que ha sido consciente de que, detrás de toda novela, existe, sin duda, un lector.

Pero hablamos de una autor madrileño que escribe una obra publicada en una editorial madrileña. Sin embargo, desde mi punto de vista, no creo que ningún chileno (lector habitual, actual y contemporáneo) se sienta ofendido ni por lo que se dice ni por cómo se dice. Esa es otra de las virtudes de Luisgé Martín: trufar con elegancia un tema político (¿Allende es historia o política aún?) y transformarlo en una excelente novela con un extraordinario final que reservo al gusto del lector. Una cotidiana e insistente pregunta que el escritor-narrador-protagonista resuelve (no responde) justo en el momento en que la reflexión del lector, al hilo del texto, llega a esa misma conclusión. ¿A favor o en contra de Allende? Recomiendo que se lea.