borde Sumario. Libros. Reseña.
 

Bestiaria vida

 

Cecilia Eudave

 

México, Ficticia, 2008. Premio Nacional de Novela “Juan García Ponce”

 

Javier Acosta

Cecilia Eudave, Bestiaria vida

Esa gente chiquita que habita en las alfombras

Se suele citar un aforismo Lichtenberg en el que nos asegura que los libros son como espejos, «Un libro es una especie de espejo, cuando un mono se mira en él, no descubre la imagen de un apostol». Pero yo pienso al revés, o suelo pensarlo, que los libros que reflejan como obispos a los obispos y como monos a los monos son espejos, pero no los mejores, no son sino espejos de Medusa, como en alguna página de Bestiaria vida escribe Cecilia Eudave. El ejercicio de la lectura implica más allá que esa relación lineal, biunívoca, del espejo de Lichtenberg. En el espejo literario hay un reflejo que difiere y que transforma la vida, volviéndola escribible, soñable. Hacer soñable la vida es la potencia de la literatura. Por ello la literatura insiste, ha insistido siempre, en la metáfora de fondo, esa que nos revela que la vida, que nuestras vidas, son de la misma estofa de los sueños. Toda obra literaria nos dice eso, la vida es sueño, para ello pule su espejo, pule su espejo hasta que ya no refleja mecánicamente al reflejado. Así, en la Bestiaria vida de Cecilia Eudave se va desenrollando poco a poco ese hilo que nos conduce por el laberinto del sueño, de nuestros sueños, en el que las personas del mundo se convierten en personajes soñados, revelada así su materia profunda, onírica. Es en esta breve historia contada en una luminosa encrucijada de su Bestiaria vida, donde Cecilia Eudave condensa y da una vuelta de tuerca a su relato, ahí donde una mujer atraviesa un espejo y se queda ahí, encerrada con su reflejo, pues todo reflejo es interior, y el reflejo encerrado, el sueño enclaustrado no es sino ese estado en el que nos creemos despiertos, y soñamos que no soñamos. Pensado así, la literatura es como una Medusa al revés, algo así como una mirada que te desfosiliza, reflejados en los ojos de los libros dejamos, acaso por momentos, de ser seres de piedra, dejamos de ser monos u obispos.   

Todo esto no necesitaría ser una novela si no fuera porque para dejar de ser piedras  necesitamos que nos cuenten o nos canten una historia, así es, como una novela para ir a dormir, o mejor, para ir a soñar, esta novela de Cecilia Eudave, contada con un penetrante sentido del humor, con pasión, nostalgia, alegría. Contada como se cuentan los sueños, en un orden no necesariamente lineal, no necesariamente una novela con desenlace, no necesariamente una historia que se cuenta de principio a fin, no necesariamente una historia que avanza o retrocede, no necesariamente una historia, una diégesis.  Sin un orden lineal, como nos dice Schopenhauer que son los sueños, en un orden de lectura aleatorio —sé que esto es una contradicción, pero así es—; en sueños leemos el mismo libro de la vida, pero si en la vigilia lo hacemos de manera lineal, mientras dormimos leemos nuestra vida al azar, hojeando el libro, abriéndolo ora aquí ora allá, muchas veces por la misma página. O quizá tampoco la vigilia sigue un orden lineal, ni abre todas las páginas, a lo mejor hay páginas de nuestra vida que sólo se abren durante el sueño.

La novela de Eudave lo dispone todo de manera precisa, según mi lectura, con una precisión no temporal, no lineal, pues su método no es el azar propiamente, sino el juego, la voluntad de intercalar lo grave con lo cómico –por ejemplo con ese elemento a la vez cómico y terrorífico, la gente chiquita que habita en las alfombras--, esa voluntad de contar una historia de soslayo, casi de reojo, que encuentra una feliz fortuna, en la que la historia es intensamente secundaria y corre como un accesorio de las personalidad, de esas cartas de tarot que son los personajes; estoy de acuerdo con la idea de que no existen los personajes sino las historias, pero esto sólo lo creo cuando tengo una postura teórica, cuando no, cuando estoy lo suficientemente despierto como para ponerme a soñar, entonces opino que no existen las historias sino los personajes (como nosotros, hechos de la misma materia de los sueños). Este es el mérito de la Bestiaria vida de Eudave, este es el objetivo de la palabra, contar y cantar eso que no deja de pasar, aunque uno sea más bien un personaje secundario en la historia, esa historia eterna, que siempre está pasando a otro, a otro que baraja su Tarot y entre sus cartas sale alguien como tú o como yo, que intenta contar una historia que imagina propia.  Por ello menciona un personaje de la novela: «Vivimos en medio de fábulas, cuentos y dramas, somos personajes sin quererlo en las demás historias las que alguien algún día contará como suyas, aunque también sean nuestras»  (p. 80).

Los libros —esos que no reflejan apóstoles a los apóstoles ni monos a los monos—son la lectura de la realidad; la literatura interpreta ese sueño más profundo de todos, que es la vigilia. Soñar el mundo es leerlo. Vivirlo es soñarlo, escribirlo es leerlo. Puede decir entonces el lector o la literatura: «Necesité soñar para enterarme de que todo era un sueño». Necesitamos soñar el mundo para poder tragarlo, aún las pesadillas nos hacen apreciar de una manera estética la realidad, son ya de alguna manera, el grado tolerable de lo terrible, como lo indica la célebre fórmula rilkeana. 

«Acostumbrada como estoy a las pesadillas, pronto comprendí que en cierto sentido, no son tan horribles como la realidad.» (p. 38) 

En cierto modo, las pesadillas, como los sueños son ya una forma de la belleza. O una forma de retirar ese velo terrible al que llamamos realidad. El sueño, la poesía, la pesadilla, la literatura, nos hacen ver más allá de lo que la realidad diurna nos permite, retiran su velo. Soñar la vida es amarla, hacerla retornar a su principio móvil, liberarla del espejo ese de la medusa en que la mente de la vigilia, la mente vigilante, la encierra, la enclaustra.

Para terminar, una referencia más, un verso que me venía a la memoria mientras leía la Bestiaria vida de Cecilia Eudave, un ya casi lugar común de la memoria poética de nuestro país, ese Lento, amargo animal que soy, que he sido. Con el que uno se siente identificado, rendido, desde la primera vez que lo lee o lo oye. Yo, incluso cuando me sube el azúcar, incluso cuando me apresuro, siento que soy (muy) animal. Aunque sé que el verso de Jaime Sabines no hubiera tenido tan feliz solución si hubiese escrito: Veloz y azucarado animal que soy, que he sido. Hube de ser veloz para leer este relato detenido y ágil, simbólico y mundano de Cecilia Eudave. Siendo un bestiario, el libro es una especie de álbum o de baraja. De álbum de estampitas, de símbolos infantiles, familiares, mínimos, pero también una suerte de mazo, del Tarot literario, que podría seguir, comenzar otra vez, con nuevas tiradas, con las mismas cartas, como la vida misma, en la que uno puede descubrirse como una simple carta, como un personaje secundario, un lento y amargo animal que soy, que he sido.

Felicidades a Cecilia Eudave, y a sus lectores, por esta Bestiaria vida.

 

Javier Acosta nació en Estancia de Ánimas (Zacatecas) en 1967. Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense, es profesor de Teoría del Arte y responsable de programa en la Maestría en Filosofía e Historia de las Ideas (UAZ). En 2006 obtuvo el premio nacional de poesía Ramón López Velarde. Actualmente Coordina el taller de Poesía del Instituto Zacatecano de Cultura y codirige la revista de humanidades y literatura Retia. Es Autor de Allen, tómate una tableta de eucalipto (Praxis/Dos filos, 1994), Melodía de la i (Ayuntamiento de Zacatecas/IZC, 2001), Cuadernillo del viento (Ediciones de Medianoche/UAZ 2007), Regla de tres (UAZ, 2007), Schopenhauer, Nietzsche, Borges y el eterno retorno (Universidad Complutense, 2008) y Largo viaje al presente (Mantis, 2008).