“Lo que perdimos” es el primer libro de Catherine O´Flynn que llega a nuestro país precedido de un halo casi épico: haber vencido todos los obstáculos hasta convertirse en un fenómeno internacional. Historia de fantasmas con intriga detectivesca al servicio de una novela sobre la amistad, la infancia y la búsqueda de nuestro lugar en el mundo.
Llega embarazada de dieciséis semanas del brazo de su marido Peter. Mientras la veo cruzar la calle enfundada en un chaquetón tres cuartos negro y una incontestable pinta de “guiri” me pregunto qué hace una chica de Birmingan, como ella, en un pueblo murciano como Mazarrón. Sólo unos minutos después obtengo respuesta: pese a su profundo acento british y el blanco-fluorado de su piel, sabe fundirse con el entorno. Nuestra larguísima cita transcurre en “La farola”, un barcito de pescadores situado entre la playa y el puerto donde la vecindad de su mirada dice adorar nuestro país. Catherine es cercana. Ostenta una finísima percepción del contrario mientras habla, calla y sonríe peleándose con el idioma de Cervantes que derrama sobre la misma mesa donde despachan todas esas delicatessen que empiezan por “che” -chopito, chanquete, chirrete, chipirón-. Aunque está de vacaciones, quiere hablar de su libro: una novela de destilada melancolía, tejida a ritmo de respiración de tres por cuatro, que estuvo a punto de no ver la luz, aquejada del “síndrome Kennedy Toole”: “no deseo que me vean como una mujer dotada de gran persistencia porque no es cierto. Mi libro fue rechazado por quince atentes y cinco editoriales pero era absurdo pensar que publicarían inmediatamente a una novel”. Superados los obstáculos, la novela desplegó sus alas: llegaron los premios, el reconocimiento de la crítica y el aplauso unánime de los lectores de 25 países.
Una ficción muy real
Venía de trabajar en una tienda de discos, enclavada en un centro comercial inglés, cuando recaló para una larga estancia en Barcelona. De aquella experiencia nacería Lisa –con idéntico trabajo, en la ficción- y el eje central de su novela: un macro centro. “Empecé a escribirla en la Ciudad Condal porque me dio la perspectiva necesaria para hablar de mi mundo”. Como la pequeña Kate -su otra protagonista- la autora también quería ser investigadora y pasó interminables horas en la tienda de dulces que regentaba su familia, “también sé lo que significa el desamparo de perder a tus padres, aunque en mi caso fue a una edad más tardía”. A través de sus páginas, veremos desfilar arquetipos movidos por un trauma acaecido durante la infancia: “quería explorar la niñez porque las experiencias vividas entonces tienen un fuerte impacto durante la madurez. Por eso deseaba trazar una línea entre el mundo infantil y el adulto, para diferenciar donde está la “rotura” del rumbo vital”. Poco importan los porcentajes de hilo verdadero o falso que Catherine utiliza para tejer la urdimbre de su ficción, porque consigue retratar una verdad que funciona a modo de inventario: tres personajes con vidas truncadas por acontecimientos ocurridos veinte años atrás: Lisa, Kurt -vigilante nocturno de un centro comercial- y la pequeña Kate, misteriosamente desparecida en el barrio en que los tres crecieron
Vivir no sólo es perder...
Hay otro vector crucial en el libro de Catherine O´Flynn: las pérdidas... De la infancia, del barrio, del rumbo, del pequeño comercio, de una clase social; “ese es el leiv-motiv, no sé si por resonancia con mi propia niñez, en una barriada industrial de Birmingan, donde un día brotó un centro comercial. Estos enclaves de capitalismo voraz son depredadores que engullen al paisaje y a sus habitantes. Las gentes acaban acudiendo a estos templos del consumo buscando aquello que no se puede comprar: compañía, entretenimiento, cariño, entendimiento con su familia...”. Pero, esta antropóloga de formación es más dickensiana que sartreana y piensa que la situación es reversible, que hay “salvación” para los desnortados, “es posible encontrar el camino de regreso hacia los sueños perdidos”. Porque, como si de un auto sacramental se tratara, la niña Kate desaparecida dos décadas atrás, salvará a los adultos mediante su propia inmolación: “deseaba que fuese mágica; un personaje tridimensional cuya desaparición no sucediera en vano”. Si escribir es una manera de volverse consciente de la propia mortalidad, Catherine ha cumplido con creces. En medio de tanta literatura de templarios, esta inglesa primeriza ha sumado páginas de una innegable calidad para conformar una novela a medio camino entre el realismo social, la intriga, una historia de fantasmas y, sobre todo, un libro de iniciación.
Nos quedamos hablando de Generación Granta, su adoración por Foster Wallace y su reciente descubrimiento de Bolaño. No oculta que está terminando su segundo libro donde, personajes y ciudades, se afanan por reinventarse en el otoño de su existencia. Tras un caluroso abrazo se aleja lentamente del brazo de Peter, con su mirada acuática, el chaquetón negro cubriendo su pequeño entarimado óseo y encuerpada en una indescriptible nostalgia. Si una novela es una madriguera para encontrarse a salvo, acabo de comprender porqué escribe Catherine O´Flynn
“EL SÍNDROME KENNEDY TOOLE… O DEL RECHAZO EDITORIAL”
Barral se lamentó media vida de haber dejado escapar “Cien años de soledad”, y Gide, lector de Gallimard se mofó de “En busca del tiempo perdido”. Verne, Orwell, Nabokov, Joyce o Sartre se suman a la nómina de autores rechazados. Los casos más clamorosos son los de Lamepdusa, que nunca vio publicado su “Gatopardo” o el de Kennedy Toole, que llegó a quitarse la vida en el intento. Desde Sylvia Plath hasta J. K. Rowling -cuyo Harry Potter fue rechazado hasta 10 veces- pasando por el Diario de Anna Frank... Sabedoras de los errores editoriales, dos escritoras jugaron al engaño: Marguerite Durás envió a su editor una novela que él mismo había publicado, cambiándole el título y firmándola con pseudónimo para ver, con sorna, cómo el libro era rechazado. A Doris Lessing le fue devuelta una novela con seudónimo, que se publicó inmediatamente en cuanto se supo su autoría. |