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  La jauría y la niebla  

Martín Casariego

 
Algaida, 2009  

Literaturas.com presenta en exclusiva a sus lectores, por cortesía de la Editorial Algaida, el capitulo 1 de La jauría y la niebla, II Premio Logroño de Novela, del escritor Martín Casariego.

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Martín Casariego, La jauría y la niebla

1

Aire para respirar. Por la boca levemente abierta
entraba el justo para seguir viviendo. Se detuvo
ante el arranque de la escalera. Era como un pez
en un pantalón. Un poco mejor: a un pez fuera del agua no
le entra ni siquiera ese mínimo oxígeno. Cada escalón era
un gran obstáculo. Había leído en un periódico que en
cada bocanada de aire que respiramos hay cerca de mil
ochocientos microorganismos diferentes, entre microbios
y bacterias. Reuní fuerzas. Un peldaño. Luego otro. Intenté
respirar más hondo, infectarse, pero no lo conseguí. Le
faltaban diecinueve. Empezó a cantar en su fuero interno la
canción del prehistórico disco de vinilo de su padre, Wish
you were here. So / So you think you can tell, dieciocho…
Las piernas le dolían. Diecisiete, blue skies from pain, dieciséis,
quince, un equipo de rugby, catorce, la edad que tenía.
Seguí subiendo. Cada movimiento era una tortura que debía
infligirse sin ánimo ni esperanza, trece, sin un fin que
justificara tanto dolor. Le faltaban doce, once, un equipo
de fútbol. Intentó concentrarse en sus cordones. Desde
hace cuánto los tenía? Uno estaba ya roto, pero su largura
aún permitía hacer una lazada. Eran los que venían con
los zapatos. Tenían, pues, un año apenas. Y quién había
comprado los zapatos? Él, acompañado por su madre,
diez. O más bien su madre, seguida a regañadientes por él.
Un número mayor que el suyo, para que le duraran más,
nueve, y ya empezaban a quedarle pequeños. Los muslos
le dolían horriblemente, ocho, pero lo importante era no
pensar en ello y no quedarse paralizado. Siete, ¿Cómo has
entrado?, un equipo de balonmano, seis, cinco, un equipo
de baloncesto, los dedos de una mano o de un pie, una
bocanada de aire, si pudiera llenar los pulmones. Cuatro,
tres, Tengo muchos poderes, dos, un doble de tenis. Miró
con una mezcla de odio y aprensión el último peldaño.
Avanzó el pie derecho hasta posarlo en el piso superior.
únicamente le restaba cargar su peso en la pierna derecha,
impulsarse con el muslo, inclinar el cuerpo hacia delante
para apoyar el movimiento, y desplazar el pie izquierdo
hasta ponerlo en el suelo. Había llegado al final, la cumbre
del Everest. Volvió a detenerse para recuperarse del esfuerzo,
risible y titánico a la vez. Se le ocurrió un chiste
macabro para montañeros, Ever rest, descanso eterno, si
su pobre inglés no le fallaba. Unos metros más allá estaba
la puerta de su clase, la primera del pasillo. Un nuevo sacrificio,
un pie después del otro, un pie después del otro,
un pie detrás del otro, un pie delante del otro, y alcanzó la
puerta de madera pintada de blanco. Otra vez esa sensación
en la nuca, en los hombros, como si algo le chupara
las escasas energías que le quedaban. Logró que en los
pulmones entrara más aire. Abrió la puerta y,
mirando hacia el suelo, viejas losas agrietadas, se dirigió hacia su pupitre.
—Hola, Ander.
—¿Qué tal, Ander?
—Buenos días, Ander.
—Llegas tarde, Ander.
—Hola, hola, hola, Caminero, contesta, mal educado,
hola, barrendero.
Sin levantar la vista, se quitó la mochila (al hacerlo,
notó que sus hombros se liberaban, que el dolor del cansancio
ascendía y escapaba por el cuello, como si su espalda
hubiera soportado un gran peso), y ocupó su asiento, en la
segunda fila, junto a la ventana. Escuchó la voz del profesor,
a escasos metros, áspera, hostil, esa voz que no había mandado
callar a los alumnos que habían roto la disciplina de la
clase para zaherirle con sus burlones saludos.
—¿Otra vez tarde, Muñoz Caminero? ¿Tan poco te
gusta estar con nosotros? Te recuerdo que mañana hay
examen, y el que no llegue en punto, no entra.
Se había puesto el despertador media hora antes de
lo normal para llegar a tiempo, pero no contestó. Continuaba
sin alzar la vista. Sentía la del profesor clavada en
él, en su frente, en su flequillo, en sus hombros caídos. El
despertador había sonado cuando él llevaba ya tres horas
despierto, ¿Cómo has entrado? Tengo muchos poderes. Sacó
el libro de la cajonera. Se lo había olvidado la víspera, y ya
fuera, a la puerta del instituto, al acordarse de él, había
preferido no volver a entrar. Miró de reojo al de Asun,
para ver por qué lección estaban. Su compañera tapó el
título, pero pudo ver el número de la página. 48. Abrió su
libro. Entre las páginas 48 y 49 alguien había puesto dos
cabezas de anchoa.
Mucho peor que un pez en el pantalón.
Porque el pez boqueaba buscando la vida, y él tenía
ganas de morir.

 

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