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Francisco José Peña Rodríguez
Santander, años veinte. Álvaro Pombo ha iniciado 2009 con la fortaleza intelectual que le da ser el autor del poemario Los enunciados protocolarios y la novela Virginia o el interior del mundo. Y esos años veinte son los que transcurren por las páginas de esta última novela. Pombo es un maestro del lenguaje, que plasma con exquisito cuidado; la estructura oracional, el léxico, la profunda reflexión del filósofo puesta al servicio de una novela que retrata con delicado tacto a una mujer distinta, no convencional, previa al modelo de mujer que surgió de la II República.
Virginia o el interior del mundo es la historia de Virginia Montes, una muchacha de la burguesía santanderina, treintañera, añorante de un viejo amor que quedó sepultado en el Barranco del Lobo, durante las guerras de Marruecos; pretendida por el doctor Anselmo, un galeno eminente pese a su juventud y prima de Gabriel Montes, el muchacho de moda de la capital cántabra. Ella no se conforma con el destino de ser la hija de un acomodado viudo al que le va bien que la hija permanezca soltera como ama de la casa, sino que pretende ir más allá, llegando incluso, desde el principio, a intentar trascender para ponerse en contacto con el novio muerto, Casimiro, gracias a la mediación de exquisitos personajes como los Bárcena, Cayo y Leonora.
Álvaro Pombo no construye un melodrama ni una novela romántica, sino que encauza el análisis de una sociedad, un momento y un perfil femenino dentro de una obra construida en función de un lenguaje al servicio de la historia. El escritor no busca un público mayoritario, sino que pretende generar un tipo (no prototipo) de mujer como el que ya inició en 2006 con Matilda Turpín, que le valió el Premio Planeta de ese año.
La genealogía familiar que descubre el lector en la página 96 permite a Álvaro Pombo sacar a colación a un delicioso personaje secundario, la abuela Sahagún. Una matriarca prendada de la nieta Virginia, interesada en saber de su vida por intuición y acción, como cuando pergeña una comida con el doctor Anselmo que, de una manera decimonónica al principio, pretende a la muchacha. Pero esa no es la ironía, sino la acción. El exquisito sentido del humor del escritor santanderino aparece, por ejemplo, cuando recuerda el narrador que el padre de Virginia sólo pronuncia una cita del poeta Ramón de Campoamor: “Si quieres ser feliz, como me dices, no analices, muchacha, no analices” (página 134).
Está claro, pues, que la fuerza de Virginia o el interior del mundo estriba en la cualidad que ha facilitado a Álvaro Pombo pasar a los manuales de literatura como un clásico de finales del siglo XX e inicios del XXI: el lenguaje. Pero también la selección de los personajes, nada mediocres, nada inoportunos, no dejados al azar, como la citada Matilda Turpín o ‘el Ceporro’ y ‘el Chino’ de Aparición del eterno femenino contada por S. M. el Rey. El narrador sabe dar paso a cada personaje en el momento oportuno (como sucede en la página 123 y las inmediatamente posteriores), pero también ese paso a otra voz modula el lenguaje del que hablo, como cuando se lee la carta que Casimiro envía desde Marruecos a su madre (páginas 142-143).
Álvaro Pombo vivió parte de su vida en Inglaterra, lo cual me hace pensar que ha influido en el modo de capitular, e incluso estructurar, esta obra. Treinta y siete capítulos numerados con romanos que constituyen treinta y siete pequeños compendios de cómo escribir una novela en nuestros días. Pombo, a pesar de que describe el Santander de los veraneos de Alfonso XIII, no politiza; es más, la culpabilidad que tiene el monarca en la muerte de Casimiro (según la íntima y arraigada creencia de Virginia) no sirve para construir un alegato político, sino para marcar un tiempo exacto de la vida de una capital de provincias que, a diferencia de Frómista, el pueblo en que veranean la protagonista y la abuela Sahagún, tiene vida propia que se plasma en diarios como La Atalaya (página 143), con sus crónicas de guerras y ecos de sociedad.
Hay en esta novela un intenso ejercicio de descripción, con tono filosófico y eco poético, de la capital de Cantabria en aquellos años. El narrador no pasa por alto el microcosmos que genera la ciudad, sobre todo cuando Virginia y el doctor Montes caminan en dirección al mar; pero también la atmósfera vital-social de la novela es la de los denominados ‘felices años veinte’, sobre todo para la familia Montes, venida a más por impulso de don Amadeo I de Saboya y un negocio que les permitió establecerse en Santander provenientes de Frómista. Los nietos, Virginia y Gabriel, disfrutan de la posición que ganaron sus ancestros y esa posición es la que hace necesario que se oculte la conocida relación entre la muchacha y Casimiro, el hijo de la criada de la casa. El erotismo sensitivo que emana el recuerdo del joven en la joven (página 140) es incomparable a la corrección formal y social de los paseos con Anselmo, como de igual modo no son recomendables para la familia las amistades con el matrimonio Bárcena (plasmadas singularmente en la segunda mitad de la novela), pero necesariamente útiles para la ruptura que necesita Virginia, entroncada así mismo con el incipiente socialismo que vería su plenitud en España la década siguiente.
Álvaro Pombo es un escritor necesario. Virginia o el interior del mundo puede ser una novela clave de este 2009, por el mérito de crear a Virginia Montes, pero también por la necesidad del lenguaje de Álvaro Pombo, de la ironía, de la filosofía, de la poeticidad y del regusto narrativo de un autor imprescindible y que por algo alcanzó la Real Academia Española en 2004. Así pues, el interior del mundo de Virginia es una lectura amable, pendiente, sugerente, distinta, solvente, soluble y apetente. Un excelente trabajo. |