borde Sumario. Libros. Reseña.
 

Casi nunca
(Premio Herralde de Novela)

 

Daniel Sada

 

Anagrama, 2008

 

Fernando Menéndez

Daniel Sada, Casi nunca

Corazón loco

Supongo que el jurado que decidió otorgar el Premio Herralde de Novela a Daniel Sada por su “Casi nunca” recordó, en algún momento de sus deliberaciones, que en el principio era el verbo. Y digo esto porque la historia que nos presenta el mexicano, por encima de peripecias, vicisitudes y anécdotas, es un prodigio del lenguaje; un monumento verbal que supedita el “qué” a la inapelable rotundidad del “cómo”. Demetrio Sordo es un hombre gris, agrónomo alto y flacucho que, consciente de ser un desaborido, decide elegir el sexo, el placer “como un encomio que vaya justo en sentido inverso a lo que se vive.” Tal es así que desde la primera página de la novela, el protagonista se marca para sí mismo un peculiar camino de perfección. Enredado en un prostíbulo, se encapricha de una de sus chicas: de nombre Mireya. Y ya se sabe que del capricho al amor a veces hay tan solo un paso. Entre medias, y acompañando a su madre a la boda de un pariente, conoce y se enamora perdidamente de Renata: virtuosa muchacha que no conoce varón, que  no probará carne alguna hasta su noche de bodas.

La encrucijada, el dilema, queda entonces trágicamente planteado. Demetrio se inclinará entonces hacia el ardoroso interrogante que plantea el conocido bolero de Richard Dannemberg “Corazón loco”: “Yo no puedo comprender / cómo se pueden querer / dos mujeres a la vez / y no estar loco.” Sin embargo, Demetrio, aunque le cueste una buena parte de la novela, logra diluir el interrogante tomando partido definitivo por una de las dos. ¿Mireya? ¿Renata? Mejor que sea el lector quien descubra la elección. Con este planteamiento, toma la novela un aire que viene de la tradición y de los tópicos. Vista así, abstrayéndonos del lenguaje, la propuesta de “Casi nunca” podría ser la propuesta de cualquier culebrón o novela televisada: el varón dubitativo entre el amor villano y el amor caballeroso. Lo que rezuma a tragedia chusca, logra a través del estilo Daniel Sada convertirla en una tragicomedia donde en los aledaños de cada frase y de cada palabra palpitan las numerosas texturas y registros que el autor mexicano demuestra conocer. “Casi nunca” es el pulso de un escritor a su herramienta. A ello le ayuda un narrador que, más que omnisciente, es un dislocado director de orquesta dispuesto a detener la narración y a acelerarla según su caprichoso gusto. Y nunca una debilidad personal tuvo más visos de ser una virtud. Digresiones, paréntesis, esporádicas alusiones al curso de la Historia (la novela transcurre en los años 40). “Casi nunca” abre la puerta también al lenguaje floreado de las cartas; a la jerga poco especulativa del lupanar; a la cháchara cursilona de las clases pudientes y al lenguaje escaso, elusivo pero directo de la vida en el campo. Es tal el poder que Sada fía a lo verbal, que en este caso son las palabras las que generan relato y no al contrario.

Así de principio a fin, sin tregua ni fragmentos prescindibles, discurre este exuberante novelón: ocurrencia desmedida de un verborreico urdidor que incendia de Lezamas los desiertos.