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  Sal  

Manuel García Rubio

 
Lengua de Trapo, 2008  

Literaturas.com presenta en exclusiva un fragmento de la ultima novela de Manuel Garcia Rubio, Sal, finalista del Premio de Novela Fundación Lara a la mejor novela del 2008

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Manuel García Rubio, Sal

Sal

[Fragmento]

1

 

El caso es que todavía mantengo las ilusiones intactas, es cierto, no me ruborizo ni siquiera ahora que lo escribo para la posteridad, pero, cuando me miro desde esta esquina del tiempo, tan cerca de los cuarenta que me espeluzno, me asalta una inquietante pregunta: ¿y si me hubiera quedado estancado en una adolescencia infinita? Como Peter Pan, pero sin Campanilla, entiéndaseme bien. Se supone que, a estas alturas de mi existencia, debería ser un individuo maduro, con el presente bien forjado y el futuro listo para administrar. Sin embargo, me basta con recordar a Humphrey Bogart en Cayo Largo, por ejemplo, para sospechar que aún me falta un buen hervor si quiero estar a su nivel. Ese sí que era un tipo hecho y derecho. Y, encima, su personaje le suelta al de Lauren Bacall

Frank Mccloud
(mirando a Gaye)
Cuando la cabeza te dice una cosa y todo en tu vida dice otra, la cabeza siempre pierde.

Por fortuna, además de la ilusión, también tengo la historia, una historia que probablemente comience en Madrid, Secuencia 1, habitación del hotel Ritz, interior, noche, Urbano, o sea, yo, que se pasea por el dormitorio con la ansiedad de un recluta a punto de ejecutar su primera práctica de tiro mientras la señora Gladstone se acicala, o se desnuda, en el cuarto de baño anexo, y habla en off con tono sugerente. Se me ocurrió así, de pronto (escribir la historia, me refiero, no la historia misma), contemplando la foto de mi mesita de noche, esa en la que mamá sonríe a cámara entre mi hermano Selmo y yo. Mamá viste un traje chaqueta de espiga, gris, muy elegante. Selmo, el prota de la instantánea, parece un pánfilo, rígido, embutido en su uniforme de marinerito en trance de primera comunión. Yo, por mi parte, exhibo una mueca agria debajo de mi bigotillo de jovenzuelo que acaba de librarse de la mili por ser hijo de viuda, gesticulando como para dejar constancia de mi rechazo a la pose, tal vez avisado por el pálpito de que, años después, Selmo emprenderá la vida por libre, siempre a lo suyo, y sin entender qué coño pinto yo ahí, como un pasmarote, acoquinado ante la señal del fotógrafo, en cruel función de extra.
Así que será una historia cabrona, claro, con algo de morbo y de divertido, y que termina mal, un final triste, de los que gustan a la gente. Como película estoy seguro de que funcionaría. Así se lo explicaré a la Simondebovuá, Simone en abreviatura, la directora del taller de escritura creativa en el que me matriculé hace un par de años con el fin de arrancar algún día con un texto que me redima de tanta mediocridad. Me responderá, seguro, que, si no estoy convencido de lo que hago, mejor es que lo deje (el taller). Pero lo veo diáfano como el cristal: escribo el guión, se lo doy a Almodóvar para que lo firme y lo filme, y no digo que arrase y que se lleve otro óscar, pero que la peli se coloca entre las más taquilleras, me juego los huevos. Claro que yo no soy Almodóvar, ni ganas. A mí me gusta el cine más sobrio, tirando a clásico; la tragicomedia de manual, aunque puesta al día. En el fondo, siempre volvemos a Aristóteles, que diría Julián Avellaneda, el traidor. ¿Que por qué triunfa Almodóvar, entonces? Porque se lo sabe hacer. Es bueno, no digo que no; un poco sainetero, pero arma bien los tinglados; al final te cuenta una de marcianos, pero te ríes, y hasta te emocionas, y nadie pide más. De todas formas, el truco no está ahí. En este país, en esta España que sigue siendo la de Machado, para triunfar en el mundo del celuloide no basta con tener un peliculón entre las manos. Es más, ni siquiera es necesario. Lo importante es andar en el meollo, alternar con los que tienen los contactos y caerles bien, o sea, ofrecerte de intermediario para cobrar y dar el pase, y que todo el mundo sepa quién eres y a quién representas, pero que nadie se dé oficialmente por enterado. La peli tiene que salir de antemano con los costes cubiertos. La taquilla es lo de menos, viene a mayores. Lo que cifra son las subvenciones y los derechos de antena, y un poquito de lo que te pagan las distribuidoras, que necesitan productos nacionales para cumplir con la cuota que les impone la ley y que les permiten las multi­nacionales americanas. Para llegar ahí tienes que pagar peaje, pero en este caso la pasta tampoco es imprescindible, porque ya te llegará cuando entregues el copión debidamente empaquetado. Lo que se precisa, entonces, es la financiación, poder hacer de puente, unir los contra­rios con los afines y viceversa, y eso sólo se consigue con el contrato. ¡Ay, el contrato! ¡El contrato cierra el círcu­lo! Con el contrato consigues dinero de los bancos, la cuota correspondiente de las ayudas para el fomento de la calidad en el cine y la garantía de que te pasarán la película unas cuantas veces en uno o dos canales de televisión. El guión no es la causa de la papela, sino su pretexto. De pronto, uno da con una idea maravillosa y dos personajes fortísimos. Entonces se vuelve loco durante un par de años escribiendo sinopsis y argumentos, desarrollando escaletas, equilibrando los tiempos de las secuencias, apurando la tensión para llegar al clímax en el momento exacto, ni un segundo antes ni un segundo después, y en la coda te dejas el alma y una melancolía de posparto que te dura dos meses más, y todo eso no vale para nada porque no estás en el circuito ni entrarás en la puñetera vida, a no ser que consigas colarte en él de milagro o de matute, qué sé yo.
Y ya veo que me he perdido, aunque sea, Simone, por causa justificada. Porque lo cierto es que esto tiene toda la pinta de no llevarme a ninguna parte. Y eso que no he hecho más que empezar. Al final me dirán que lo mío es puro rencor, basura emocional, mala baba de quien necesita explicarse su propio fracaso. Y no, no hay resentimiento, sino justa indignación por la ausencia de oportunidades para alguien que quiere abrirse el camino honradamente. Pero... ¿de qué otra forma puedo decirlo? Ya no hablo de mí, sino por tantos talentos que, me consta porque lo leí en alguna revista, acaban tirados en la cuneta, muertos de asco, mendigando para que los inviten al cocktail al que asistirán los productores de moda, hechos a la idea de tener que disputar su atención a unas cuantas play girls que van a lo mismo pero con otras artes, a pecho descubierto.
Y ya vuelvo a perderme de lo que me proponía, y esto me demuestra que no sé escribir, o que me cuesta más de lo que me dijeron, y que tal vez la Simondebovuá tenga razón, y que quizá sea una mala idea esa de renunciar al cine para probar con la novela, ahora, a mis años, más cerca de los cuarenta que de los treinta, después de lo que luché para hacerme con los rudimentos del guión cinematográfico y cuando mi vida está tan próxima a la cima de su madurez, que suena muy bien si no fuera porque hasta este jodido momento no he hecho nada, absolutamente nada, porque no he podido, porque no me dejaron, y que a partir de entonces (de los cuarenta, quiero decir) todo será decadencia, y cada día peor que el anterior.
Pero al fin tengo una historia y quiero contarla, para que la conozcan y me reconozcan, para darme la oportunidad que nunca tuve, para salvarme de la miseria laboral a la que me vi abocado y disponer de los años que me quedan para mí y mi vocación, que ya no sé si es vicio, de amargas que me las ha hecho pasar, con lo bien que me habría podido ir de haberme gustado el trabajo bancario, por ejemplo, o la mecánica de automóviles, o la hostelería, y no esta desazón de artista aficionado que no me deja ni un minuto a solas por encontrar narraciones donde sólo hay anécdotas y ruido. Tengo una historia, sí, y la certeza de que jamás será llevada al cine, porque por muy bien que la escriba según las mejores pautas del guión, nadie le dedicará un minuto, porque no intereso, porque soy un pobre diablo al que se le pasó el arroz, una excrecencia del sistema que un día intentó ser feliz haciendo lo que le gustaba y que salió centrifugado sin catar un plató, siquiera fuera como script. Tengo una historia y la contaré, porque es mía, y lo haré con forma de novela aunque no sepa, aunque me cueste el alma y el ridículo, porque no tengo otro remedio, porque se la debo a mi madre, que aún conserva un poco del calor que tantas veces me regaló, y porque llenar quinientos folios de garabatos mal trabados es más fácil que conseguir que Amenábar acepte dirigir la película, y que la Paramount la compre, y que la pasen en Cannes y en los centros comerciales del país. Y, si es preciso, me la edito yo, que para eso tengo mis ahorrillos, o la cuelgo en Internet, y quién sabe si, entre tanto lector ocioso, no hay alguien que repare en ella, no por su calidad, que me costará alcanzar por mucho que la Simondebovuá me ponga las pilas, sino por su sinceridad y transparencia, que para eso hablaré de lo que me pasó a mí mismo, por dentro y por fuera, para bien y para mal, y prepárense todos, por mucho que os siga queriendo, que pienso dejar las cosas claras y en su sitio. De modo que no erraré, al menos en lo que toca a mi corazón.

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