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Antonio Ezpeleta
Fácil no es leer y comentar el último libro de Javier Barreiro, Lobotomía, pues a pesar de su brevedad y aparente sencillez, muestra en demasía sentimientos, pensares y recursos léxicos, y todo en apenas veinte poemas. Ya desde el título, tenemos los lectores una acerada propuesta: entender su significado tras leer los poemas que recorren la vida de un lobo, de un ser humano, de un poeta, esto es, toda una constelación de ideas superpuestas que engrandecen el sentido último de este poemario.
Admirado y temido, solitario y gregario, el lobo es signo y símbolo poliédrico y Barreiro lo toma como máscara, precisamente, para hablar del ser, de la persona oculta, un yo poético escondido que nos representa a todos, y también del objetivo de la escritura. Existencial y metapoético, realista y a ratos hermético, libro en que conviven alta costura lírica y habla común, marca de la casa.
El libro toma la forma de variaciones sobre un mismo asunto a lo largo de una vida, mezclando todos los tiempos a la manera de Eliot, también en la senda de Queneau en sus Ejercicios de estilo: unidad orgánica y cambios o perspectivas cambiantes acerca de una vida. A mitad del libro, el poema “Lobo deseante y deseado” marca el ecuador con un “sol cenital” o “mediodía de plomo abrigador”, en el centro de la trayectoria del protagonista, siguiendo la meditada estructuración de un Jorge Guillén. No seguiré descubriendo guiños poéticos, pero tan breve libro contiene muchos y jugosos “privates jokes”, que puede desvelar cada lector.
Esa unidad está marcada en los veinte poemas por una voz exterior que relata la vida de un lobo, de un poeta al fin. El primer poema es el pórtico, retrato de un lobo en “orgulloso apartamiento”, ya perdido en la memoria al inicio, y quizás aquí resida el sentido del título y su dilogía: una lobotomía que ha dejado al ser, que habita entre los versos, quemado por el paso del tiempo, ya sin conciencia. Pero en el segundo poema, clave que sostiene el libro, la voz pide a la experiencia “nombres sutiles” (evoca a J.R. Jiménez), y con ello se entreveran los dos ejes del libro: vida y arte, tiempo y estética, junto a pequeños dardos conceptuales repartidos en todos los poemas.
Éstos van trazando la trayectoria del lobo desde su infancia. Quiere “ser más que nadie”; desea tener buena imagen en “Lobo alobado”; ve en barrocos versos la negación de lo completo; da la vuelta a Hobbes en “Lupus lupo homo” para caer en la misma visión del aserto original. Se hace payaso feriante, fracasando ante los demás (“Lobo en bululú”); le cuesta seguir su destino marcado por el folklore, su aullido se hace “silbidillo” y se apoca, aunque lucha para caer “preterido” en una soledad doliente. Su canto es “cuchillo de luz” y “la estética es su norte y centro”, frente a las asechanzas del mundo. Se entrevé un cachorro, una posibilidad que no se cumple; es expuesto en filmación y siempre en perpetua paradoja y tensión “busca compañía para no tolerarla”, eso sí, con ráfagas de ternura en un poema muy destacable: “Lobo en curda”.
Hacia el final, lobo y voz buscan la indiferencia para sobrevivir, buscan “algo más” como la esperanza, pero de nuevo el giro, el tiro a quemarropa: conocer a algún lobo para “dar rienda a su venganza”. El último poema, “Poética del lobo” es cifra del libro: escribir es aullar, buscar lo inefable y, al modo de la mística, acaba el viaje, la vida y el libro: ”Canta el lobo / y el precipicio se abre”.
Si la poesía es el más amplio campo lingüístico existente en un idioma, Lobotomía cumple con creces este aserto. Ricos en recursos literarios, estos poemas conciertan forma y fondo en cuidado ensamblaje. Las palabras son recias y sonoras, se llaman unas a otras, incluso con rima interna. El vocablo culto acompaña a palabras socarronas y populares, junto a creaciones léxicas (“incertiza”, “sonllorante”). El ritmo, la música, son claves en este libro: el binarismo se da en los títulos, adjetivos, periodos sintácticos y partes del poema, y se condice con la bipolaridad temática (vida/muerte, esperanza/miedo, lobo/hombre, alegría/tristeza, escritura/silencio). Las imágenes y metáforas son las justas y muy bien meditadas, ricas y evocadoras (“campo desplumado”, “ego encrestado”, “cuando canta es un cuchillo de luz”). En este libro de tema tan serio cabe el humor y la ironía, haciéndolo aún más hondo: sello del autor y muy original desde Dientes en un cofre (1988).
De este último libro de hace dos décadas parece salir Lobotomía. Ojala podamos leer más poemarios de la misma mano en los próximos años, así siga aullando.
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