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Tamerlán

 

Enrique Serrano

 

Seix Barral, 2008

 

Olga Echavarría

Enrique Serrano, Tamerlán

El imperio olvidado

 

Los líderes y los héroes han sido siempre seres inquietantes y atrayentes. Parece que su presencia en el mundo sólo esta justificada por sus embates contra la realidad, contra el derrotero apacible y simple del común que les resulta intolerable. A su vez quienes los rodean, llenos de desconcierto, descubren pronto que estos hombres les inspiran una  profunda reverencia o un  odio  feroz.

La complejidad de sus caracteres y el misterio nunca develado de sus sentimientos profundos y sus motivaciones los hacen objeto de una curiosidad ansiosa que no se satisface ni siquiera con los secretos bochornosos  revelados por amantes en desgracia o subalternos agraviados.

La mayoría de ellos han emergido de la pobreza, el vituperio y la segregación para constituirse en amos de sus semejantes y reducir al vasallaje a sus antiguos opresores, todo ello por supuesto mediante el uso de una violencia sistemática y calculada que es, quizá, la peor de todas. Sus gestas y sus fanfarrias de gloria parecen deslizarse al papel con la misma naturalidad con  que los campos y los pueblos aceptan sus destinos y se incorporan a la historia. La literatura basada en tales personajes es variada y densa.

Timur Leng, el guerrero turco – mongol, quien llegó a ser conocido en occidente como Tamerlán, ha sido mencionado por diversos autores y sus hechos mas relevantes están documentados como en el caso de los caudillos mas sobresalientes, especialmente los caudillos medievales quienes son responsables de las acciones que han delineado nuestro mundo actual. Enrique Serrano en su  novela Tamerlán, recoge aquellos datos esenciales y los incorpora de manera impecable  a un bello relato de ficción, donde el ritmo reposado y reflexivo de su prosa nos conduce a través de la vida del guerrero con delicada precisión.
 
Tamerlán cuyo nombre original Timur Beq (“el que debe resonar” o también “el que esta hecho de hierro”) derivó posteriormente en Timur Leng (Timur: hierro, Leng: Cojo) debido a una herida recibida en el campo de batalla, fue un guerrero rudo y sanguinario a la manera del gran Khan a quien admiró y procuró emular toda su vida. Siendo ésta la índole del caudillo esperaríamos un relato banal, similar a las épicas pomposas donde un héroe imbatible blandiendo su espada y siendo contemplado con ojos lánguidos por bellas cortesanas, es el foco de un relato lineal o circular, figura caricaturesca que transita sin alma por páginas de factura cuestionable que nos dejan finalmente con una leve idea de las glorias del héroe y un gustillo odioso a tiempo muerto, desperdiciado.

Muy por el contrario, al iniciar la lectura de Tamerlán, el mapa celeste del firmamento oriental nos sorprende. La novela comienza con una predicción astrológica, los astros son guías y testigos de los afanes de los hombres de las estepas, así cada una de las cartas que conforman el relato nos hablan de la posición de los astros y su incuestionable influjo sobre el sino del imperio y de sus súbditos, especialmente el de Timur y  de su nieto Ulugh Beg, a quien están dirigidas. 

“El Gran Libro de los Astros marca el comienzo del último otoño de la vida de nuestro Gur Emir. Un Eclipse parcial de luna encabeza la caravana hacia la muerte. Los astros están manchados y opacos, a diferencia de todos los años anteriores de mi vida. No es sangre derramada lo que anuncian, sino la perdida de la esperanza.

De esta manera el inicio de la primera carta nos anuncia la enfermedad y muerte próxima e inminente de Timur.  Mohamed Koagin, antiguo consejero del Emir, ha sido designado por éste como instructor de su nieto  Ulugh Beg, para que a su muerte asuma el mando del enorme imperio. Este se apresta a satisfacer los deseos de su amo y lo hace mediante una serie de cartas en las que  exhorta al muchacho a adquirir la sabiduría y el temple de carácter necesarios para tomar el mando de un imperio que ya empieza a desmoronarse.

Después de ilustrarnos acerca de la suerte del  reino Timurida, Mohamed reflexiona sobre algún tema específico: la muerte, el porvenir, el sufrimiento, etc. La lucidez de su discurso se encuentra bellamente equilibrada con  palabras de inmensa poesía. Leemos en el  exordio sobre la estepa: “La estepa es sagrada y poderosa y su silencio abruma y penetra los poros de la piel y de la mente; se la lleva en el alma y se la extraña irremisiblemente, y al morir se siente alivio de reposar en su seno. No es una compañera amable, pero es la única que junta los placeres de la amante y los dolores de la madre…” (Carta 9 Pág. 58)

Posteriormente el sabio Mohamed procede a narrar algunos episodios de la vida de Tamerlán, con el  propósito de dar una versión fidedigna de hechos en muchos casos atroces y de las razones que impelieron al guerrero a perpetrarlas y al mismo tiempo aleccionar al joven Ulugh Beg en cuanto a los aciertos y errores de su abuelo:

”El  ejercito tomó las riveras del Eufrates antes de regresar al encuentro de Bagdad. Los cascos de los caballos pisotearon las ruinas de antiguas ciudades legendarias en las que se adoraban a diosas impúdicas y se hacían inscripciones en la arcilla con la punta de un cincel. La visión de aquellos ídolos y de sus templos votivos enardeció misteriosamente la sangre en las venas de los soldados y los llenó de una furia incontenible. Al llegar a la cuidad de oro, la capital del mundo, desataron su ira invencible con los ojos inyectados de abrumadores presagios. Masacraron a la población de Bagdad e hicieron ciento veinte pirámides con las cabezas degolladas. Timur no lo impidió. Dos días después del ignominioso desastre, en los vapores del amanecer, dio una vuelta por las ruinas humeantes con el casco en la mano y el corazón compungido. No imaginó que un castigo tan terrible fuera atribuido a su nombre…” (Pág. 132)

Como ocurre en general con toda obra bien  escrita no sólo hay belleza y genio en el lenguaje y construcción del texto, también existe una reflexión profunda sobre la vana y pasajera gloria del poder, sobre el destino de los hombres, aquellos considerados “grandes” en virtud de sus logros militares, la mayoría de los cuales han sido sólo actos de  soberbia y crueldad. La fatalidad del destino de Tamerlán y de su imperio es la confirmación de la inutilidad  de juntar por la fuerza a pueblos heterogéneos bajo el mando de un tirano  dispuesto a todo por experimentar el embeleso del poder.

No sólo la caída de su imperio fue total y definitiva sino que a diferencia de otros imperios que siguen en la memoria de la mayoría de las naciones, el reino de Timur Leng ha sido olvidado a pesar de la terrible destrucción que causó y de la enorme cantidad de sangre que costo su fundación.

Tamerlán se constituye entonces en una de esos libros esenciales, aquellos que guardamos en ese estante especial de nuestra biblioteca o en nuestro sitio de lectura favorito. Como todo lo refinado y deleitable no satura nunca, no cansa ni empalaga. Al doblar la ultima página, tras las palabras finales, sabemos que hemos de regresar a ella muchas veces para contemplar de nuevo las frías llanuras turcas, deleitarnos con la apacible sabiduría de Mohamed o remontarnos a través de los astros fugitivos y las constelaciones hasta los campos llameantes,  hollados por los ejércitos del Emir.

Sería injusto etiquetar la novela bajo un género, puesto que no todas las obras puestas bajo el mismo rótulo tienen necesariamente la misma calidad. A pesar de estar basada en un personaje histórico y llevar una estructura epistolar Tamerlán  es, sin duda,  una novela singular.

 

 

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