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  Editar a H. P. Lovecraft  

Alberto Santos

 
Literaturas Com Libros, 2008  

Literaturas.com presenta un extracto de Editar a H. P. Lovecraft, de Alberto Santos.

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Editar a H. P. Lovecraft, Alberto Santos

Antes de abordar la edición de Lovecraft, quisiera hacer unas consideraciones sobre lo que significa para mí ser editor, y para ello me remontaré a mis comienzos como aficionado a la literatura fantástica.

A finales de la década de 1970 comenzaron a proliferar los grupos de entusiastas por la ciencia ficción, la fantasía y el terror, y de toda la literatura fantástica. A su vez comenzaron las convenciones, llamadas Hispacones, a estos géneros, donde se mostraba el hambre por saber más de aquello que nos entusiasmaba. En una de aquellas convenciones, celebrada en Madrid, surgió la idea de hacer un fanzine (como sabreis esta palabra viene de «fan», aficionado, y «magazine», revista, es decir, revista de aficionados, junto a mi amigo José Mª Nebreda (hoy traductor y colaborador habitual de la editorial Valdemar, y una de las personas que han hecho posible la edición de los cuentos completos de Lovecraft para la mencionada editorial). Así surgió el fanzine Blagdaross, cuyo nombre era un homenaje al título de un relato de Lord Dunsany, uno de los maestros de Lovecraft. Blagdaross era el nombre de un caballito de madera que representaba los sueños y las ilusiones de la niñez (en Cuentos de un soñador, de Francisco Arellano, Editor). Junto a otro entusiasta en Lovecraft, Pedro Calleja (hoy y siempre, uno de los escritores de la modernidad) lanzamos el fanzine en una multicopista de su colegio donde estudiaba. Estamos hablando de un año, 1979, en el cual los medios eran verdaderamente «arcanos»: se creaban los clichés originales de la multicopista con una maquina de escribir y sin usar cinta, y se preparaban los dibujos (que elaboró el amigo Calleja) con un punzón, raspando sobra el cliché. La tinta incidía sobre lo que había quedado hueco en los originales: letras blancas perfiladas y raspado de punzón, y quedaba impresa sobre el papel blanco. La cubierta fue realizada en fotocopias, que para entonces era lo más de lo más, cuando las máquinas estaban popularizándose entonces. Luego llegaría la imprenta rápida y lo revolucionaría todo.

En el primer número de Blagdaross editamos setenta ejemplares, y junto a nuestros propios artículos, aparecía por primera vez en España La búsqueda de Iranón, relato de Lovecraft de su etapa dunsaniana que Nebreda había traducido como buenamente había podido. Pero lo realmente asombroso, y mágico, de aquel momento, fue lo para mí significó el concepto de la divulgación: lo que un día plasmas en papel, en la soledad, ¡podía llegar a setenta personas! Realmente da igual si son setenta, setentamil o setenta millones, la magia está en la idea: un pensamiento es vertido en el papel, en un acto creativo, y dicho acto toma forma de revista o de libro y es difundido hacia el lector. El  pensamiento, el alma del escritor, ha tomado carne y cuerpo en el objeto que es el libro. Luego el libro es difundido, divulgado para encontrar en el lector el pensamiento compartido. Nos estamos refiriendo, sin duda, a la magia que representa la comunicación y que hace del editor un brujo que maneja las palabras de otro.

Pero… qué tiene esto que ver con lo que nos ocupa, con H. P. Lovecraft y la edición de su obra.

Lovecraft defendió siempre sus escritos como si fueran un ejercicio creativo e individual, expresión de su alma y en el espíritu de «el arte por el arte». De él podríamos decir que es el último caballero inmerso en la Ilustración del siglo XVIII, como creador, pensador y viajero. Amaba la creación en sí misma, pero en principio no tenía demasiada pretensión de que fuera trasmitida a otros o que tomara «carne» en las revistas de la época (los llamados «pulps», por el papel de «pulpa», de baja calidad que usaban), a las que siempre criticó su objetivo mercantilista y comercial. Este espíritu hace que realmente la evolución del desarrollo de su obra mantenga una absoluta coerencia, porque está separada de los intereses prácticos y mantiene un fin en sí misma.

Pero a partir de aquí debemos hacemos la siguiente pregunta: entonces, ¿cómo llegó a ser conocida la obra del autor?

Fue su gusto del siglo XVIII y su pose imaginaria de caballero diletante anglosajón la que le llevó a cultivar una profusa correspondencia que el desarrolló a lo largo de toda su vida. De hecho es su obra más extensa (el mito habla de 100 mil cartas) y más interesante para comprender, y disfrutar, de su personalidad. En sus abundantes misivas aparece el Lovecraft humano, el polemista (como devoto aficionado al periodismo amateur estadounidense de la primera década del siglo XX), el satírico materialista y el creador de ambientes malsanos, más preocupado por inquietar por lo que sugiere, que por explicar los hechos que presenta en sus relatos. Pero es en el Lovecraft más humano donde encontramos la respuesta a la divulgación de sus obras. A través de sus cartas, y sus viajes por toda norteamérica, creó un círculo de amigos que cultivó sin descansó a lo largo de toda su vida. Las cartas dirigidas a ellos muestran la complicidad humana, y la atención hacia el destinatario, bien para entablar una opinión polémica o, muchas veces, para ayudar con sus opiniones el desarrollo de la obra literaria de sus corresponsales. Todos este interés por sus conocidos hizo que surgiera lo que medio siglo después de su muerte se llamaría el «círculo de Lovecraft», autores que fueron influidos por su obra y que le ayudaron, por amistad, a que sus textos fueron conocidos. Fue sin duda encomiable la labor que realizaría August Derleth y Donald Wandrei con la editorial Arkham House que hizo posible, sin duda, que ahora podamos conocer su obra.

Comencé esta exposición refiriendome a algunas de las «hazañas» de mi historia como editor, y lo hice para poder contrastar lo que significa el concepto de divulgación de la obra frente a la pura creación de autor. Es decir, Lovecraft podía escribir los relatos pensando en «el arte por el arte», pero sin sus amigos, su obra no hubiera sido trasmitida. El editor, además, debe vivir de lo que publica. Está muy bien la magia que puede significar la creación del libro-objeto para que pueda ser compartida por el lector, pero si no se vende lo que se crea, la magia desaparecerá. Personalmente, lo que yo he considerado mágico alienta mi espíritu como editor, además de explicar el sentido de mi profesión, y es por eso por lo que es necesaria la venta: da sentido a la continuidad mi la labor como editor y satisface mi espíritu. Cuestión que nunca hubiera compartido Lovecraft, para quien el fin comercial de su obra era algo ajeno a su creación, y además era muy diferente a sus verdaderas necesidades. Pero, curiosamente, nunca hubiera podido sospechar que sus obras no parar de publicarse en todo el mundo, convertido el autor en un maestro del género de terror moderno. Esto es debido a la grandeza de sus textos, pero también a la labor de los que él había ganado como amigos y le descubrieron frente al gran público.

En España debemos rendir reconocimiento a Rafael Llopis porque nos descubrió a H. P. Lovecraft, e incluso a sus maestros y continuadores, primero en Cuentos de terror (Taurus, 1963), y finalmente en la antología que revolucionó la visión del terror en España: Los mitos de Cthulhu (Alianza, 1969). Un año antes, 1968, Seix Barral ya había publicado Las montañas de la locura. Pero no sería hasta finales de los años 70, y sobre todo los 80 y los 90, cuando Lovecraft se convertiría en una autor de referencia obligada: El sepulcro, antología del moderno de entonces, Eduardo Haro Ibars (Jucar, 1974); los dos volúmenes de colaboraciones, Horror en el museo y Muerte con alas (Caralt, 1978); la editorial Bruguera en sus colecciones Nova y Libro Amigo publicó en 1980 selecciones sobre los mitos de Ctuhulhu con autores variados y otras exclusivamente del propio Lovecraft, y Alianza comenzó la edición sistemática de las antologías de Arkham House (edición nueva de las obras de Lovecraft por Joshi, años 1963-1965): The Dunwich horror and others (con los mejores relatos), At the mountains of madness and other novels (incluye tres novelas cortas de los mitos) y Dagon and other macabre tales (resto de los relatos no publicados en las anteriores antologías). En los años de 1990 comienzo a colaborar con la editorial Edaf, primeramente dirigiendo una colección de ciencia ficción, Ícaro, no con demasiado éxito. Pero lo más importante es que en esta editorial comienzo mi aprendizaje como editor. Publicamos el primer volumen de Lovecraft con piezas raras de su producción, e inéditas en el momento (La noche del océano, 1991), pensando que algo nuevo puede interesar al lector aficionado. El éxito de la antología me anima a realizar una nueva edición de las colaboraciones del autor, anteriormente en Caralt y entonces inencontrables, en un solo volumen: El museo de los horrores (1993). Comprobado el éxito de las publicaciones, nos lanzamos a la publicación sistemática y cronológica de su obra, y así aparece El intruso, 1995, como primer libro. Pero no acaba ahí la cosa, hace unos años en 2003, realizamos una Biblioteca Lovecraft de obras completas en edición de bolsillo, cronológica y temática a la vez, pensando en el publico sudamericano. Ediciones Valdemar sacó hace unos años, en 2005, el primer volumen de lo que será también la obra completa, y editada también cronológicamente.

En la actualidad, se plantean nuevas antologías del autor de Providence para Edaf, y en mi propia editorial, Alberto Santos, Editor, estoy preparando varias ediciones de su correspondencia y una enciclopedia, que verán la luz en los próximos años.

H. P. Lovecraft es una fuente inagotable de ideas, sensaciones, y, cómo no, un buen negocio editorial.

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