borde Sumario. Nuestro novel
Javier Alonso Benito

Javier Alonso Benito

«Lo mío es la estética del perdedor»

 

Entrevista de Gabriel Ruiz Ortega

 

Javier Alonso Benito (Logroño, 1977) es autor de la muy buena novela Sueños y Cadáveres (Pre-Textos, 2002) y del dietario Síndrome (AMG Editor, 2002), con el cual ganó el X Premio de Narrativa Café Bretón. Tanto la novela como el dietario comparten la búsqueda de los instantes de iluminación por medio de la escritura, alimentada de referentes populares y de un humor fino y corrosivo. Alonso Benito es el coordinador literario del Premio Logroño de Novela, convocado por el Ayuntamiento de Logroño, Fundación Caja Rioja y Algaida Editores, cuya II Edición se falló el pasado 9 de octubre en favor del escritor madrileño Martín Casariego por su novela La jauría y la niebla.

 

Tanto tu novela Sueños y Cadáveres y el dietario Síndrome comparten la búsqueda de una suerte de liberación, personal y creativa, a través del proceso de la escritura.

Lo importante no es tanto que sea así como que lo parezca. Uno de los mejores elogios que haya podido leer sobre Sueños y cadáveres venía a decir que se notaba que el libro estaba “escrito con las vísceras”. Decodificada la metáfora del reseñista, se entiende que en él, como lector, la lectura del texto suscitaba una emoción visceral, virtual reflejo de la del autor en su propia relación con el texto: la escritura. Y sí, si se logra generar esa clase de transmisión –siempre a través de los mil artificios de la ficción narrativa-, está claro que la obra literaria ha tenido éxito, tanto en su dimensión artística, como en la de medio que sirve para establecer una comunicación entre dos subjetividades –escritor y lector-, y que, en consecuencia, el silencioso y solitario trabajo del artesano de las palabras ha merecido la pena. Pero todo este análisis, evidentemente, sólo tiene sentido dentro de una muy concreta concepción de lo que uno busca en la literatura –reitero: tanto en el papel de lector, como en el de autor-. Porque, si estuviéramos hablando de otra, como por ejemplo la que concuerda con el consumo de best-sellers sobre templarios, novias de Cristo, etc., nada de esto resultaría pertinente. Y en todos los sentidos, es evidente que yo estoy radicalmente alejado de esa clase de éxitos para las masas. Lo mío es la estética del perdedor.

La novela encierra muchas historias que se canalizan bajo el soporte de personajes que están hartos de la rutina.

Rutina, sí, pero también, quizás, destino, o identidad, o vida, o mundo, o sociedad... Como dejó escrito Vargas Llosa en su libro La verdad de las mentiras, en un mundo caracterizado por la especialización intelectual, y encorsetado dentro de los compartimentos estancos de las diversas disciplinas del conocimiento, parece que sólo en el género de la novela permanece vigente un escenario donde poder pensar al ser humano en su dimensión global, más íntegra. Y a tal efecto, no es necesario –e incluso puede que estorbe- urdir una trama repleta de peripecias, exotismo, suspense y golpes de efecto. De hecho, da la impresión de que hubiera un cierto hartazgo con respecto a todo ello en los lectores de este siglo, tras el empacho producido en el anterior.

También he notado un fuerte influjo de la cultura popular, la cual considero uno de los grandes soportes de la novela.

Si se busca pensar la realidad, estamos hablando de realismo –dejémoslo sin apellidos, realismo a secas-. Así que, del mismo modo que Galdós podía referirse a la zarzuela, o Balzac a la ópera, pues, un servidor, desde su modestia y su propia realidad, introduce referencias a Kraftwerk o los Ilegales. Por supuesto, no sé hasta qué punto con mayor o menor acierto. Extrapólese esto, desde lo estrictamente musical, a los más diversos campos del horizonte referencial de cualquiera de nuestros contemporáneos, y creo que, más o menos, la mecánica será la misma.

¿Te fue difícil perfilar a los protagonistas Lucio y Benjamín?

No. Y el hecho de que al menos dos personajes surjan –o se te aparezcan, cual ectoplasmas- con absoluta nitidez, ya de inicio, es un cimiento más que sólido para poder afrontar la construcción de una novela. O sea que Madame Bovary soy yo, y que estos dos personajes son como una especie de Jekyll y Hyde de mí mismo. Salvando las distancias, sin el menor afán por compararme –salvo en términos de inferioridad-, y desde la más absoluta modestia, reitero.

Es notoria también la crítica explícita, del narrador omnisciente, a la historia española última.

La crítica histórica, o incluso cierto planteamiento historiográficamente disidente -versado tanto en el ámbito español como con respecto a otro más amplio-, arranca ya desde la cita de Walter Benjamin que abre la novela. Cita que, por cierto, tiene mucho que ver con el por qué no estoy muy de acuerdo con definir la voz que la relata mediante la etiqueta de narrador omnisciente. Existe ahí una trampa, un enigma, cuyo desvelamiento es esencial en la trama y la propia interpretación de la novela.

Percibo que detrás de la novela hay muchas novelas de la que es deudora.

Hay referencias explícitas a Paul Auster y Bohumil Hrabal en mi novela, pero, no obstante, supongo que mi inmersión en aquel momento en la literatura de Michel Houellebecq, a partir del deslumbramiento ante su primera novela, Ampliación del campo de batalla, pudo influirme decisivamente. Aunque bien es verdad que, a posteriori, sí me he dado cuenta, por ejemplo, de cómo, digamos estructuralmente, Doktor Faustus, de Thomas Mann, es otra referencia bastante clara. En cualquier caso, la literatura bebe de la memoria, que es lo que queda –o lo que se trata de recuperar a partir de- la experiencia, que, a su vez, procede tanto de lo vivido como de lo leído. Así que, en última instancia, la red novelesca de la que soy deudor ha de resultar, por fuerza, una telaraña vasta e inextricable.

Síndrome es un libro no muy común en cuanto a la producción de un escritor joven. ¿Qué es lo que te seduce de los dietarios?

En realidad, el dietario clave en el siglo XX español, que a mi juicio es El cuaderno gris, de Josep Pla, está escrito a partir de las anotaciones de juventud del autor -cuando apenas había comenzado a preparar, si no recuerdo mal, los cursos previos a su entrada en la universidad-. A lo cual podría añadirse, hablando de estrictos contemporáneos y compatriotas míos, algún que otro libro significativo, como La fascinación de los extremos, de Pablo Martínez Zarracina. Aunque, en el fondo, para los incipientes autores de mi edad, creo que está clara la influencia de la generación de dietaristas españoles nacidos en torno a la década de los ’50 y que comenzaron a publicar diarios alrededor de 1990. Ellos, que desde luego han revitalizado el género de manera inusitada, a su vez no dudan en asumir el magisterio, por así decirlo, de Pla, a cuyo reconocimiento han contribuido decididamente.

Cuando lo leí noté un delirio por la escritura que solo puede darse en un texto, de espíritu íntimo, como el dietario. Recoge la intención de la novela en cuanto a abarcarlo todo, pero en especial de la poesía en relación a la vena verídica o verosímil proyectada en la sensibilidad.

Efectivamente, en el sesgo experimental de la prosa de Síndrome hay una clara intención de beber, a la vez, de esas tres fuentes que tú señalas. Incluso diría que no es casual que la edición del libro, su diseño, remitan a la estética de un poemario. Quizá yo sea un poeta frustrado, quién sabe. Aunque lo cierto es que la práctica totalidad de los escasos poemas que he escrito a lo largo de mi vida –malos, peores, pésimos, hasta alcanzar la categoría de abominación lovecraftiana- ha tenido como objeto la lisonja lírica de mis ex novias. De hecho, el último que escribí –a la última que me dejó, hace apenas mes y medio- consistía en un engendro erótico-festivo dedicado a sus pies. Aunque el hecho de que ella no me lo haya devuelto todavía quizá signifique que no se trate de un ripio tan completamente despreciable como creo recordar. O que acaso, con buen tino, ella lo haya tirado ya, directamente, a la basura.

¿Quiénes son los dietaristas que han influido en ti?

Aparte de Pla –y también Francisco Umbral y su particular literatura del yo-, creo que convendría citar al núcleo de los integrantes de esa generación de dietaristas nacidos en la década de los ’50 a la que antes aludía: Miguel Sánchez-Ostiz, José Luis García Martín, José Carlos Llop, Eduardo Jordá y, sobre todo, al más brillante y prolífico de ellos, Andrés Trapiello, que con sus ya quince tomos de diarios publicados bajo el título colectivo de Salón de pasos perdidos está construyendo una de las más grandes y presumiblemente perdurables obras de la literatura española actual.

Algo muy patente en tus dos libros es el natural influjo del humor.

Sí, cierto. La lástima es que no me suceda igual con las entrevistas, como la presente, donde mis respuestas acaban siendo plúmbeos y abstrusos discursos egotistas sin pizca de gracia.

¿Y  qué es lo que estás escribiendo ahora?

Dicen que da muy mal fario hablar de las novelas que uno va a escribir o está escribiendo: tienden a malograrse, y a acabar en el cajón o la papelera. Yo, antes, no era nada supersticioso, pero estoy empezando a verle el sentido práctico a serlo. Es como lo de no pasar nunca por debajo de una escalera: tanto si lo haces por puro miedo a la mala suerte, como si es el resultado de un muy racional proceso hipotético-deductivo, lo cierto es que rodear una escalera hace que disminuyan exponencialmente las probabilidades de que te caigan en la cabeza las herramientas o materiales estropeados que manipula el tipo que siempre suele estar encaramado a ella reparando lo que sea.

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