| Literaturas.com presenta por cortesía de Libros del Asteroide el primer capítulo de Postales de invierno, de Ann Beattie, en traducción de Marta Alcaraz Burgueño y prólogo de Rodrigo Fresán.
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—Permettez-moi de vous présenter Sam McGuire —dice Charles.
Sam está de pie en la entrada con una caja de cervezas. Desde que su perra murió, Sam bebe mucha cerveza. Llueve y el cabello de Sam le chorrea sobre la cara.
—Hola —dice Susan sin mirarle.
—Hola —responde Sam. Se quita la gabardina y la extiende sobre la moqueta. Atraviesa la sala, entra en la cocina y mete una docena de cervezas en la nevera. Charles lo sigue.
—La que no habla es una amiga de Susan, de la universidad —susurra Charles.
Sam mira a Charles, se lleva las manos al pecho, las ahueca formando dos copas y las mueve arriba y abajo.
—Hola —Sam saluda a Elise cuando regresa a la sala.
—Hola —responde Elise sin moverse del sofá.
—Hazme sitio —dice Sam, y se sienta a su lado—. ¿Qué tal la universidad? —Ahora se dirige a Susan.
—Me tiene harta.
—Mejor que patearse las calles —dice Sam.
Elise se echa a reír y le pregunta a Sam.
—¿Haces la calle?
—¿Yo? ¿De qué hablas?
—¿No estabas hablando de hacer la calle?
—Era un decir —responde Sam.
—Me pregunto cómo habrá repercutido la crisis económica en la prostitución —dice Elise.
—Ni te lo imaginas, ¿eh? —dice Sam golpeándola suavemente en el hombro.
Elise parece aburrida.
—¿No habías traído unas cervezas? —pregunta.
—Sí, pero no me caes bien. Como tú no has hecho sitio para que me sentara, yo no te doy cerveza.
Elise ríe. Haga lo que haga, Sam siempre tiene mucho éxito con las mujeres.
—¿Y qué tal si la cojo yo? —dice Elise.
—¡Ah! —dice Sam—. Una mujer agresiva. ¿Eres una mujer agresiva?
—Cuando Susan y yo nos echamos a la calle somos muy agresivas —dice Elise.
—No lo dudo —dice Sam—, los universitarios de hoy están locos. Tal vez sí que hacéis la calle.
—¿Estás borracho? —dice Susan.
—No. Sólo intento alegrarme, se me ha muerto la perra.
—Comemos en cinco minutos —grita Charles.
Elise va por una cerveza a la cocina.
—¿Que le ha pasado a tu perra? —dice Susan.
—Le dio un ataque al corazón. Tenía ocho años; los perros de los demás viven más tiempo.
—¿Estás mal del corazón? —pregunta Elise cuando entra en la habitación. Deja la lata de cerveza en el suelo, se sienta y apoya la cabeza en el pecho de Sam.
—¿Cuánto cobras por hacer un poco más? —pregunta Sam.
—Apuesto que piensas que como soy estudiante de enfermería, no cobro nada —dice Elise.
—Nada de guarradas —grita Charles desde la cocina.
—Sam está borracho —dice Susan.
—A comer —dice Charles. Ha preparado chile con carne; deja la cacerola en la mesa.
—¿Qué diría Amy Vanderbilt de esto? —dice Sam.
—A estas alturas, no mucho —dice Charles, sirviendo el chile con carne.
—¿De qué estáis hablando? —pregunta Susan.
—De Amy Vanderbilt —dice Sam.
—¿Quién es? —dice Elise.
—¿Estás de broma? —dice Sam.
—No. ¿Quién es?
—Una mujer muerta —dice Charles.
—Saltó por una ventana —dice Sam—. Perdón: se cayó.
—Te sonará el nombre, ¿no? —le dice Charles a su hermana.
—No —dice Susan.
—Mierda —dice Sam—, vaya con estas dos.
Pero durante la cena todos están de buen humor. Están de buen humor hasta que suena el teléfono, justo cuando han terminado. Charles está poniendo a hervir agua para el café.
—¿Sí? —contesta con el teléfono calzado entre la barbilla y el hombro mientras intenta destapar el bote del café.
—Me alegro de encontrarte.
—¿Qué pasa, mamá?
—De no haberte encontrado, me habría suicidado. Me he metido en la bañera intentando que el dolor se fuera, pero no se va.
—¿De qué estás hablando? ¿Donde está Pete?
—Charles, ¿el apéndice está del lado izquierdo o del derecho?
Creo que debe ser eso.
—Susan —dice Charles. Le pasa el teléfono y se aleja, tratando aún de abrir el bote.
—Por supuesto que te creo —dice Susan.
Charles se dobla por el esfuerzo con el bote bien agarrado y una falsa mueca de agonía en el rostro. Susan agita el brazo que le queda libre como si espantara una mosca.
—No has tomado ninguna medicina, ¿verdad? —pregunta Susan—. ¿Dónde está Pete?
—Debajo de una piedra, seguramente —dice Charles.
—No te tomes nada, estaremos ahí en un minuto —dice Susan, colgando el auricular, y luego a Charles—: Vamos.
—¿Dónde diablos está Pete? —dice Charles.
—Pues ahí no. ¿Vienes o qué?
—Mierda —dice Charles, y le pasa el bote de café todavía cerrado a Sam.
—Está sufriendo, Charles. Vamos, por favor.
—No está sufriendo. Pete habrá salido por ahí con algún borrachuzo y ella sólo está montando un numerito.
Charles avanza indignado hasta el armario, a través de la cocina, y coge su chaqueta. Susan se pone la suya sin abotonarla y sale por la puerta de la entrada.
—Mierda —le dice Charles a Sam—, hasta tu perra tuvo la sensatez de morirse tranquilamente.
Charles abre la puerta que Susan había cerrado de golpe y se adentra en la lluvia. Sabe que el Chevrolet no arrancará, nunca arranca cuando llueve. Rebusca en los bolsillos las llaves del coche, las encuentra (no puede perder un segundo) y pasa al otro lado para abrirle la puerta a Susan.
—No puedes dejar que siga afectándote, Susan. Estará borracha o de mal humor porque él se fue con alguna mujer.
Ha hecho esto cientos de veces.
—¿Vas a soltarme un sermón o vas a llevarme hasta allá? —pregunta Susan.
—Mierda —dice Charles. Cierra de golpe la puerta y camina hasta el lado del conductor. El coche arranca a la primera.
—¿Por qué te preocupas? Sabes que está fingiendo. ¿No es lo que hace siempre?
Conduce rápido, la luz indicadora de «frío» aún está encendida. El coche dobla la esquina derrapando. Susan se come las uñas.
—Sabes que todo está en su cabeza —dice él.
No hay respuesta. Enciende la radio y frena un poco. Si trata de desdramatizar, quizá Susan se tranquilice. No soporta que su hermana se ponga nerviosa. No soporta que su madre haga llamadas demenciales. En la radio suena «My Sweet Lord» de George Harrison. Charles hurga en el cenicero
en busca de un cigarrillo, lo encuentra, rebusca en el bolsillo de su abrigo en busca de un fósforo. No encuentra nada. Vuelve a tirar el cigarrillo en el cenicero.
—No te pongas nervioso —dice Susan.
Tardan cinco minutos en llegar a la entrada. Todas las luces de la casa están apagadas, a propósito, para que les cueste más encontrarla.
—¡Arriba! —grita su madre. Corren escaleras arriba y la encuentran desnuda sobre la cama, con la bata hecha un ovillo a sus pies. Una manta eléctrica apagada cuelga de la cama. Hay una lamparita, pero en lugar de reposar en la mesilla de noche, está tirada en el suelo, a saber por qué.
Hay cosas por todo el suelo: el Reader’s Digest, los calcetines de Pete, paquetes de cigarrillos, cerillas. Charles coge un caja de cerillas y dos paquetes de cigarrillos. Vacíos.
Tira las cerillas al suelo.
—¿Dónde está Pete? —dice Charles.
—Me duele aquí —dice Clara deslizando la mano a lo largo del costado—. No me tomé ningún laxante. Sabía que no debía tomármelo.
—¿Dónde está Pete? —dice Charles.
—En Chicago.
—¿Qué hace en Chicago?
—Déjala en paz —dice Susan—. Me parece que deberíamos llamar a un médico.
Su madre tiene el cabello despeinado y teñido de rojo. Charles enciende la luz y ve que la almohada está toda manchada de rojo. Pintalabios. Usa uno rojo tirando a púrpura, incluso para acostarse. Lleva implantes de silicona desde antes de casarse con Pete. Ahora tiene sesenta y un años y unos pechos mejores que los de Susan. Charles observa los pechos de Clara. Siempre va desnuda. La televisión
está encendida: pura imagen sin sonido.
—Te pondrás bien —le dice Charles automáticamente.
—¡Me odias! —dice ella—. No quieres que me ponga bien.
—No tengo esperanzas de que algún día actúes con normalidad, eso no, pero sí quiero que te recuperes.
—El costado —dice ella.
—Te pondrás bien. —Charles sale de la habitación y se dirige al teléfono del pasillo.
—La bañera —le dice Clara a Susan.
—¿Qué pasa con la bañera? —dice Susan.
—Está llena de agua, traté de remojarme para que se me pasara el dolor.
—Que se quede llena de agua, no importa.
—Vacíala —dice ella.
—¿Qué más da que la bañera esté llena, mamá?
Clara parece a punto de llorar. Susan le suelta la mano para ir a vaciar la bañera. Charles está al teléfono. Pide una ambulancia.
En el baño hay otra manta eléctrica: está conectada y la perilla de potencia indica «alto». Susan tira del cable para desconectarla. Hay revistas de cine por todos lados. Se abre paso entre ellas para alcanzar el tapón y tirar de él. Un cigarrillo flota en el agua. Busca el tapón con cuidado, no quiere que el cigarrillo
húmedo le toque el brazo. En el fondo de la bañera hay otra revista. Susan saca el brazo del agua con una sacudida.
—Ya vienen —suspira Charles.
—¡Ayúdame! —grita Clara.
Charles enciende la luz del pasillo, entra en la habitación y sujeta la mano fría de su madre. Ella se aferra con fuerza, le hunde las uñas postizas. Él la cubre con la bata.
—Iba a matarme —dice ella.
—Ya lo sé —dice Charles.
—Por supuesto que no ibas a matarte —dice Susan.
—¿Qué me harán? —dice Clara.
—Unas pruebas en el hospital. Te llevaría en mi coche, pero sé que prefieres la ambulancia.
—¿En qué lado queda el apéndice? —dice ella.
—Me parece que en el derecho —dice Charles.
—Me parece que en el izquierdo —dice Susan—. Quizá en el diccionario…
—¡No te vayas! —grita Clara.
—Como quieras.
Se sientan uno a cada lado de su madre. Charles le coge la mano; Susan le acaricia el pelo.
—¿Qué día es hoy? —dice ella.
—Jueves —dice Susan.
—¿Qué día?
—Jueves —repite Susan.
—Pete dijo que volvería a casa el jueves —dice Clara.
—Me encantaría que ya estuviera aquí, créeme —dice Charles.
—Sé que es el apéndice —dice Clara. Cambia de postura; la bata ya no la cubre.
Susan la acompaña en la ambulancia. Charles las sigue en el coche. Conduce demasiado deprisa, adrede, para no perder de vista la ambulancia, aunque conoce el camino al hospital. Durante unos instantes, el coche casi vuelca. Cuando llega al hospital Charles está temblando: una emoción adecuada para el momento, al menos. Se sienta junto a Susan, esperan. Ella se muerde las uñas. Él echa monedas en
la máquina de tabaco. Nada. Aprieta el botón del cambio. Nada. Al cabo de un rato aparece el médico y les explica que su madre no tiene ningún problema físico. Le han dado un sedante; el doctor que la atiende está de camino.
Charles y Susan salen del hospital, se meten en el coche y se van de vuelta a casa. El doctor no tardará en llamar para insinuar con vehemencia que su madre debería volver al psiquiátrico.
Ha dejado de llover. Charles enciende la radio. Elvis Presley canta «Loving You». Elvis Presley tiene cuarenta años. Charles apaga la radio. Susan se enjuga las lágrimas.
Cuando vuelven a casa de Charles, las luces están apagadas. Charles entra en la cocina con el abrigo aún puesto y busca una cerveza en la nevera. Susan entra en el comedor y se sienta frente a él.
—Ojalá tuviera cigarrillos —dice Charles—. Tú no fumas, ¿verdad?
—No.
—¿Tampoco bebes?
—Vino, a veces.
—¿Ni siquiera te gusta la cerveza?
—No —dice ella.
Charles se termina la cerveza, le da las buenas noches y entra en su cuarto. Enciende la luz y ve a Elise y Sam desnudos en su cama. Apaga la luz, cierra la puerta sigilosamente y se queda de pie en el pasillo mirando a Susan, que sigue sentada a la mesa.
—Debí de habérmelo imaginado —dice Charles mientras se dirige al salón. Coloca dos almohadas en un extremo del sofá, una al lado de la otra, y se acuesta con el abrigo puesto.
—Sí, debiste de habértelo imaginado.
—Si no fumas ni bebes, ¿lo otro lo haces?
—Sí.
—Ya decía yo. Voy a apagar las luces —dice Charles. Se levanta y las apaga.
—Perfecto.
Aún está sentada a la mesa cuando él se queda dormido.
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