borde Sumario. Libros. Lectores Reseñan.  
 

Los monstruos políticos de la Modernidad

 

María Teresa Glez. Cortés

 

Ediciones de la Torre, 2008

 

Miguel A. Díaz Paniagua

María Teresa Glez. Cortés, Los monstruos políticos de la Modernidad

Hace unos meses apareció en Ediciones De la Torre un estudio histórico titulado Los Monstruos políticos de la Modernidad. De la Revolución francesa a la Revolución nazi (1789-1939). El libro de María Teresa Glez. Cortés tuvo eco en Internet, aunque no
se explicó lo suficiente su temática.

Los Monstruos políticos de la Modernidad es una historia de los movimientos utópicos de Occidente, una historia que abarca de 1789, punto de arranque de la Revolución francesa, a 1939, momento cenital de la Revolución socialista nazi. Y a lo largo de las cinco partes en que se divide el recorrido por 150 años del pasado de Europa, su autora, la filósofa Glez. Cortés, procede no solo a revisar todo el andamiaje barroco edificado conceptualmente en torno a las ideologías revolucionarias contemporáneas, sino a demostrar (por medio de textos filosóficos, discursos políticos y estudio de legislaciones) cómo el culto a dichas ideologías entrañó, y desde su base, unos elevados umbrales de déficit democrático, causantes, en el siglo XX, del curso asesino del Estado.

Pero ¿por qué hacer hincapié en la deriva genocida de las ideologías contemporáneas? Porque el despotismo y la tiranía no fue solo un recurso en el que cayeron con facilidad los líderes del pasado. Asimismo, constituyeron el ideal político de la clase intelectual europea, pues durante 150 años buen número de pensadores y filósofos prefirieron, como demuestra la autora, adentrarse en los caminos platónicos de la ficción y materializar sus proyectos políticos de transformación al margen y por encima del respeto a la vida de las personas. De este modo, “desde Campanella a Weitling, desde Morelly a los sant-simonianos, desde Winstanley a Marx, desde Robespierre a Nin..., la dictadura ha sido un elemento consustancial de las utopías revolucionarias” [María Teresa Glez. Cortés, Los Monstruos políticos de la Modernidad. De la Revolución francesa a la Revolución nazi (1789-1939), Ediciones de la Torre, Madrid, 2007, p. 495].
     

Similitudes ideológicas

La tesis central del libro giraría, pues, en torno al colectivismo despótico de la Revolución bolchevique y de la Revolución socialnacionalista, colectivismo que tiene sus antecedentes en la Revolución francesa. Y es que, en Los Monstruos políticos de la Modernidad,se muestran los casos, muy abundantes, de afinidad entre el gobierno jacobino francés y el gobierno revolucionario de Lenin y Hitler. (A algunas de dichas semejanzas puede cualquiera asomarse leyendo el artículo de Glez. Cortés editado por El Catoblepas y titulado «Los peligros de la Ilustración. A propósito de los nacionalismos»). Pero existieron más similitudes que las propiamente nacionalistas. Recordemos el uso de la violencia tanto en la Revolución francesa como en la Revolución rusa y alemana y siempre, en todos los casos, en nombre del “Estado del Pueblo”. Recordemos también que la legislación jacobina contra sospechosos reaparecerá con éxito en la jurisprudencia leninista, estalinista y hitleriana pudiendo el despliegue del Terror “democrático” de Robespierre resucitar en los crímenes contra la ciudadanía cometidos desde la pragmática “socialmarxista y socialnazi”.

¿Pragmática socialista de Hitler? Sí, por supuesto, pues como escribe la autora, Hitler (que, no olvidemos, admiraba a Mussolini y que inició su carrera política afiliado al Partido de los Trabajadores) en sus conversaciones con Herman Rauschning “no solo se declaraba un socialista de pro, sino el genio político que iba a hacer posible la encarnación del marxismo. “No soy únicamente el vencedor del marxismo, [...] soy su realizador”, le decía Hitler a Rauschning. Y por lo mismo, no es un simple capricho  histórico que Kurt Malaparte, un declarado defensor de Mussolini, escribiera un libro con el título El buen Lenin (1931), y tampoco es una eventualidad sin más que el nazi Woltman hubiera sido marxista, o que Battisti que comulgaba con el ideario ultra derechista de D’Annunzio fuera socialista, o que Sorel que elogiaba a Mussolini llegara a admirar a Lenin, o que Pierre Eugène Drieu la Rochelle que se declaraba socialista acabara abrazando el fascismo como tabla de salvación, [o ...] que Máximo Gorki saliera de la Italia fascista en donde plácidamente vivía y se acomodara en la Rusia comunista con idéntica placidez para convertirse en el vate, en el rapsoda, en la voz del régimen de Stalin, [o ...]  que Enrico Fermi, un intransigente defensor de la ortodoxia marxista, se afiliara al fascismo, o que Mussolini cuyo nombre, Benito, le fue adjudicado en recuerdo del revolucionario mexicano Benito Juárez fuera un antiguo militante del partido socialista italiano” [María Teresa Glez. Cortés, Los Monstruos políticos de la Modernidad, o. cit.,  pp. 472-473].

La Dogmatomaquia de Glez. Cortés

Allende cualquier “logomaquia”, es decir, lejos  de cualquier debate que se queda en la superficie atendiendo solo a las palabras y nunca al fondo del asunto, Los Monstruos políticos de la Modernidad constituye un texto imprescindible si queremos entender los movimientos políticos contemporáneos y si asimismo queremos arqueológicamente rastrear los orígenes tan antidemocráticos como  elitistas de las ideologías revolucionarias contemporáneas. Es más, haciendo un ejercicio muy brillante de “dogmatomaquia”, de combate contra los principios doctrinalmente cerrados, la autora se atreve a abrir los baúles del pasado, a quebrar las trincheras del falangismo ideológico y a proponer la vuelta al ideal ilustrado del “sapere aude”, pues “son muchas, quizás demasiadas, las ocasiones en que creemos estar ubicados en la franja de lo correcto. Y, lo que es peor, sin necesidad de razonamiento alguno. También son numerosas las veces en que aceptamos que defendemos la opinión más elevada, más justa y más adecuada. Al margen increíblemente de cualquier evidencia en contra. Y mientras nos movemos en medio de tales excesos de megalomanía, resulta que apenas nos permitimos salir del espacio de la autocomplacencia y, por lo mismo, apenas sentimos la obligación de poner en entredicho la tierra de nuestras ideologías. Pero tanto orgullo, tanto ensimismamiento, tanto napoleonismo, lejos de enriquecernos, deshumaniza y hiere, además de que la pereza y el miedo a pensar nunca pueden formar parte de ningún proyecto político serio. [...] Es, pues, necesario volver al espíritu crítico que, por diversos motivos históricos, hemos dejado durante años que permaneciera enterrado bajo las zanjas de las cunetas” [Ibídem, p. 552].

Estamos, pues, ante un libro historiográficamente muy completo, un libro que por la visión novedosa que aporta puede compararse con la perspectiva rupturista que, en su momento, dio el historiador alemán Götz Aly sobre La Utopía nazi (2005). Y, finalmente, por citar algunas de las figuras con las que entronca su trabajo, podríamos decir que la labor de Glez. Cortés se sitúa en la tradición de esa izquierda crítica y desmitificadora, en la que espléndidamente sobresalieron Bernstein, Jan Waclaw Makhaiski, Eleuterio Quintanilla, Orwell, Camus, Simone Weil o Margarete Buber-Neumann, entre otros.

(www.elconfidencial.com:80/cache/2008/05/10/10_otras_novedades.html; http://www.tiempodehistoria.com/modules.php?name=News&file=article&sid=1044; http://www.ateneodemadrid.com:80/abril08.htm)

 

Literaturas.com