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Huida y fin de Joseph Roth

 

Soma Morgenstern (traducción: Eduardo Gil Bera)

 

Pre-Textos, 2008

 

Jordi Corominas i Julián

Soma Morgenstern, Huida y fin de Joseph Roth

Podríamos pensar que no hay peor escritor que el que, por pudor o falsa modestia, decide contar su vida a través de otra. Después de leer Huída y fin de Joseph Roth Soma Morgenstern entraría en ese elenco, pero la lectura del libro nos conduce por la senda de un autor inteligente que mediante las vivencias de su amigo explica las suyas y además glosa la totalidad de su tiempo, cuando Viena dejó de ser un faro, la decadencia avanzaba y la inminencia del nazismo se cernía con su larga y triste sombra de negra noche humana.

Antes del horror, hubo un instante en que la ciudad del Prater vivió una verdadera eclosión cultural-filosófica complementaria a la artística que desde París revolucionaba el mundo. Este glorioso período se narra en la primera parte de la obra y brota de energía por la juventud de Roth y Morgenstern, llenos de entusiasmo y con ganas de discutir para avanzar. El autor edulcora el recuerdo con preciosistas detalles cotidianos y alguna confusión cronológica, pero la lectura no se resiente por ello, quizá por el interesante contexto, quizá por lo imponente de lo narrado; es imposible pasar página sin encontrar un nombre ilustre. Por Huída y fin de Joseph Roth, circulan Robert Musil, Stefan Zweig, Alban Berg, Ernst Bloch y un largo etcétera de personalidades, partículas intermitentes en la vida de Morgenstern y Roth, centro del relato pese a la abrumadora presencia de la voz narrativa, quien desde el principio nos advierte del mal en forma de alcohol, veneno letal del autor de La marcha Radetzky.

Según la visión de su amigo, Joseph Roth fue un ego de primera categoría con el don de la palabra. Ostentaba el primado en su faceta periodística y podía escribir cualquier cosa que desease. Amaba la vida en familia, las tertulias en los cafés y vivir aventuras excéntricas, aunque su verdadera devoción era para el nostálgico recuerdo de Austro-Hungría y su Babel nacional, riqueza perdida con la bala de Sarajevo y la Gran Guerra, tumba de un pasado que simbolizaba con la corona aubsbúrgica, verdadero templo de lo justo y necesario.

Todas las causas por las que luchó Roth se fueron desmoronando con el paso de los años. Al desastre nacional, se sumó el familiar con su mujer gravemente enferma; las conversaciones en los bares se convirtieron en soliloquios alcohólicos agravados con motivo del exilio parisino, donde el escritor vivía acompañado de una especie de corte de los milagros hermanada por el recuerdo del águila bicéfala. No sabemos cual fue la intención de Morgenstern, crítico musical y dramaturgo, cuando redactó las páginas de la agonía de su amigo, pero en ocasiones uno tiene la sensación de sumergirse en un drama bien hilado en que la política devora y el hombre es devorado por su conciencia del fin sin oponerse a sus designios, si bien como en todo drama que se precie un elemento supera la cordura. El alcohol se impone y Morgenstern tiene una actitud morbosa al exhibir sin cortapisas su paulatino camino exterminador, como si su exilio estadounidense le hubiese conferido la pacata visión propia del pueblo de barras y estrellas.

Pese a estos intentos de agitar una vida ya de por sí movida, el autor cumple con su idealización matizada. Morgenstern falleció en Nueva York en 1976. Siempre nos quedará la duda con la que iniciamos este texto, aunque lo intenso de la época oculta pecados y exalta las virtudes casi hasta el infinito.