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Crónicas de la Bohemia

Seducción y belleza. Hoffmann: la sensualidad y el rol de la mujer en tiempos de crisis



Lucía C. Di Salvo

 

 

 

El nombre de una mujer me delata

«El nombre de una mujer me delata, me duele una mujer en todo el cuerpo» [Borges, El Amenazado]… ofuscación, terremoto, ira… ¿Hay acaso previsiones a tomar? ¿Y esa fuerza inhóspita tiene cura?, religiones, talismanes, runas, ¿a quién recurrir y cómo matar algo que lo llaman fuego y no es, que perturba y no es enfermedad, que desconcierta y no es anarquía?

Tuvo que pasar mucha agua bajo el puente, y aunque antes de la Revolución Francesa ya existían mujeres que plantearon la reivindicación en pro de la igualdad de género, el escenario más turbulento se dio a partir de dicho levantamiento.

Existían quienes abogaban por la integración total de la mujer en el seno de la sociedad, por la igualdad en cuestiones ocupacionales y educativas, por librar al género femenino que había sido subsumido a la “prisión doméstica”, en definitiva por deshacer aquel vínculo tan estrecho entre la mujer y lo sentimental, por desbaratar aquella relación que se había vuelto casi una “afinidad electiva”, y que no sólo habría colaborado con la subestimación de la porte intelectual femenino sino que también habría contribuido con la disminución de sus capacidades, cuestión que condenaba a la mujer a permanecer en el más hondo de los niveles, lo que equivaldría, sin temor de exagerar, a situarla en un status similar al de un animal.

Por otro lado, pensadores como Humboldt señalaban que al hombre le concierne la acción mientras que a la mujer le corresponde la receptividad, él exponía que las mujeres son pacientes, y poseen mayor tolerancia ante los de cambios abruptos. Las privaciones del género femenino parecían ser mucho más evidentes que las carencias del hombre; en resumen, éste último estaría dotado de un alma activa capaz de imponerse al cuerpo receptivo de la mujer.

Ante esta impronta histórica y poco afortunada, al género femenino, pocas armas le quedaban disponibles… sus palabras habían sido literalmente “decapitadas” durante el siglo XVIII, y si por medios concretos de lucha la reivindicación no encontraba terreno de batalla… la seducción podía ser remedio y enfermedad al mismo tiempo.

 

La venganza no se sirve fría

La seducción es un sentido del aquí y el ahora, y si bien existen varias formas de atrapar un cuerpo en el tiempo (cirugías, filmaciones, fotografías), el libro es y ha sido una réplica de la memoria, cuyos inventarios y laberintos, reveces e hitos, yacen como monumentos históricos incorruptiblemente más allá de los años.
Leyendo algunos relatos de Hoffman (1776 -1822), escritor y compositor alemán, que participó activamente en el movimiento romántico de la literatura alemana,  veo escombros subversivos de una sociedad femenina que quiso sublevarse y no encontró medio más propicio para hacerlo que la sensualidad: En La casa vacía, así como en tantos otros relatos, los personajes varones quedan prendados de una fuerza alucinante que se halla dormida en los ojos de las mujeres, esta fuerza borra distancias e instaura pulsión y desenfreno, finalmente, la pulsión se vuelve locura, y en estos casos, como afirma Todorov [Introducción a la Literatura Fantástica, Tzvetan Todorov. Pág, 132], el deseo, así como la tentación sexual producen sentimientos malignos; existe una intención por alejarse del objeto de codicia (en este caso, la bella joven), pero a la vez, desviarse de dicho objeto resulta imposible.


Algo similar ocurre en la mitología griega con Narciso, quién cayó en el castigo de Némesis, la diosa de la venganza, y de este modo se enamoró de su propia imagen reflejada en un estanque, tal fue su encanto que se arrojó a las aguas para abrazar su retrato vuelto espejismo... su destino fue incierto... lejos de abrazar su reflejo sólo pudo abrazar la muerte.

La seducción es justamente la venganza, es aquello que nos lleva prendados y maniatados... Narciso cae, caemos todos, en el bajo pero inevitable hambre del instinto. Cuando los interrogantes parecen no hallar respuestas racionales, es al menos reconfortante recibir una dosis de alivio físico; esta resignación, esto de conformarse con un mero aliciente material es comprensible si se tiene en cuenta que durante el siglo XVIII, los modelos que parecían haberse asentado para perdurar por muchos años (sino eternamente) podían  desvanecerse de un momento a otro y sin previo aviso.

A partir de la Revolución Francesa, los tiempos se aceleran, el hombre se encuentra escindido, fragmentado, y mantener el orden resulta casi imposible, entonces, ante la ruptura de imperios racionales que se figuraban infinitos, aferrarse a la seducción, es decir, a lo desbordante, a lo irracional, parece ser el más afortunado de los caminos.

 

Un elemento más en el inventario

Parece no ser casual que en las obras artísticas de aquella época la mujer haya sido ese lugar común, esa encantadora criatura de sensualidad enfermiza [Así denomina a la mujer uno de los personajes de la Casa Vacía. Pág 143]queproduce rechazo y atracción, es misteriosa y amenazante al mismo tiempo. En los relatos de Hoffman, por ejemplo es constante la aparición de cuadros de mujeres, reflejos de facciones femeninas... hechos, como la repetición en el espejo o en un retrato denotan la necesidad de la mujer de ser presentada y re-presentada; su repetición habla de la ambición por buscar un lugar en la sociedad, y en definitiva, por construir su identidad con independencia de la del hombre, por lograr  la uniformidad social teniendo en cuenta que el contexto del siglo XVIII era la viva representación del fragmentarismo. Integrar a la mujer o no al seno social era la cuestión; ignorar la irrupción del género femenino en esta época es imposible así como también es imposible para todo ser humano no caer en lo irracional, en la seducción.

En éste contexto histórico de quiebre, la irrupción del género femenino se escabulle por entre los escombros que la Revolución Francesa había propiciado, en medio del caos lo aconsejable era eliminar a la mujer del plano principal… con esto entendemos que la naturaleza del género femenino era estar naturalmente limitado. En este punto, la mujer es sólo ese material que el hombre necesita para hacerse a sí mismo, funciona como ingrediente, como mero objeto de un inventario junto a otros tantos objetos… por lo tanto, ella existirá en función a las necesidades del hombre.

Algunos estudiosos afirman que en esta época el hombre cesa de utilizar la percepción con vistas a la acción (…) y soporta la presencia opaca, abrumadora y pesada de las cosas. El “misterio femenino” expresa la confusión del hombre ante su compañera a quien ya no “comprende”  [Arte y Literatura Fantásticas, Louis Vax. Pág 28], otros que el género femenino no tiene significado por sí solo, no puede entenderse a sí mismo de no ser por la presencia del masculino [Rash ] … pero todas las premisas desembocan en conclusiones comunes:  son las oposiciones las que dan forma a esa materia inerte, que es la mujer, ella cobra sentido al lado del hombre así como éste no puede ignorar la impronta de lo femenino… luchar contra la mujer y su seducción es análogo a luchar contra la naturaleza.

 

Dos prisiones, un castigo

¿Qué entendemos por seducir?, por un lado se puede decir que se trata de atraer físicamente a alguien con el propósito de obtener de él una relación sexual, pero también cabe la posibilidad de pensar a la seducción como la acción de embargar o cautivar el ánimo… ¿Y qué entendemos por cautivar?, según el diccionario de la Real Academia Española, cautivar es aprisionar al enemigo en la guerra privándolo de su libertad… en un sentido metafórico podemos pensar que la misma prisión que el hombre edifica en la sociedad, en lo concreto, la mujer la construye en lo espiritual.

La cárcel de la mujer en el siglo XVIII es el mundo, pero el hombre también es cautivo y los barrotes de su celda se llaman seducción… la prisión que instaura la seducción no entiende de épocas ni espacios físicos, situados en el contexto de la Revolución Francesa o en cualquier otro contexto, la pulsión no puede evitarse así como tampoco pueden obviarse otras tantas fuerzas internas intangibles.

¡Mucho más terrible sería si la pulsión se multiplicara de un modo infinito! ¿habría a caso manera alguna de huir?... en La Casa Vacía de Hoffman, el personaje, Teodoro, se enamora de una mujer retratada en un lienzo, como si esto no fuera lo suficientemente absurdo, un anciano italiano le vende a Teodoro un espejo, entonces, éste no solo debe controlar el deseo irrefrenable de ver el retrato de la joven por la ventana sino que ahora deberá combatir las multiplicaciones sensuales que se desprenderán del espejo; así, el personaje queda sumido en una rueda incesante: en primera instancia, al adquirir el espejo, lo envuelve una sensación de ansiedad que lo inmoviliza, aún así no puede quitar sus ojos ni un solo minuto del cristal azogado; aquello que le resulta horroroso y espantoso genera en él una curiosidad muy fuerte, hace mención de unos ojos “brillantes y horribles” que fueron culpables de su enfermedad pero luego habla de los mismos ojos adjudicándole el calificativo “celestiales”,  en este caso, la ambigüedad entre deseo y espanto es evidente; y vemos, que como menciona Todorov, la figura de la mujer funciona como una suerte de fuerza demoníaca y a su vez el demonio es la representación de la libido.

 

Fantasía: una esperanza para la realidad

Como muchas de las cosas que se reprimen, lo sensual también anhela escapar y lo hace de un modo dual, con su mitad angustiosa y su mitad encantadora [E. T. A Hoffman, El huésped siniestro. Pág. 23]; la primera se relaciona con la ruptura de los límites que impone el inconsciente, la segunda tiene que ver con el alivio que produce la total entrega a lo instintivo, a lo animal. Aún vedado, el sentimiento no puede contenerse, se desborda, sale entre las grietas que el fragmentarismo ha propiciado, es venganza y enfermedad pero es también un elemento subversivo, por eso no es casual que escritores como Franz Kafka argumenten que una de las formas de seducción del mal más efectivas es la incitación a la lucha.

Puknus, un teórico literario, afirma que Hoffmann se encuentra inserto en un contexto muy propicio para la aparición de antagonismos, así pues, entre sus personajes aparecen, por un lado el racionalista y por el otro al romántico, el primero analítico y calculador, el segundo dotado de un carácter de protesta. En otras palabras, el racionalista reprime su deseo, el artista actúa. Por medio de la dualidad, Hoffmann, representa a este hombre escindido (del mismo modo que estaba escindido el escenario del siglo XVIII) con sus dos mitades que se oponen, una de ellas puede controlarse y la otra no, es decir, hay un artista que pide salir, un burgués que lo restringe; el enfrentamiento es la única variable constante en este panorama de inconstancias.

Lo interesante de Hoffmann es la intención unificadora que subyace en sus relatos, él quiere conciliar opuestos, remendar antagonismos, solucionar un problema de la vida cotidiana por medio de la fantasía.

El siglo XVIII fue siglo de rupturas, el temor comenzaba en el mismo lugar donde comenzaba el cambio; todo era voluble, todo podría mutar, incluso aquellas las instituciones que prometían ser duraderas, de repente se desmoronaban: en otro de los relatos de Hoffman, El huésped siniestro, uno de los personajes, el general, menciona cómo, de un momento a otro y en medio del altar, su prometida opta por irse a los brazos de un siciliano, de este modo comprendemos que, como afirma Puknus, Hoffman se vale del amor para la eliminación de contradicciones, y carece de sentido aspirar a la verdad cuando de amor se trata, no hay misterio alguno.

 

 

Sin antídotos

En suelos arenosos, en la cuerda floja, a la deriva, sin rumbo... tantas figuras metafóricas para definir algo que no entiende de metáforas... hablo del instinto, estímulo que nace en el interior y actúa sin remedio alguno sobre lo psíquico, hablo de la pulsión, esa energía psíquica profunda que orienta el comportamiento con un objetivo y se descarga al conseguirlo y hablo también de lo externo, de lo abolible, es decir... el estímulo. Mientras haya belleza y ojos ávidos, mientras haya hombres, mujeres, y espejos o retratos que los multipliquen hasta las últimas consecuencias, la seducción seguirá siendo una empresa fatal así como la muerte, el amor y  tantas otras cosas inevitables.

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