Existe una gran diferencia entre la veredicción y la verosimilitud. La veredicción consiste en decir la verdad en la vida. Tiene que ver, por ejemplo, con la respuesta que un jovencito les da a sus padres cuando ha llegado tarde a casa y, sin paños calientes, confiesa que ha estado fumando en el parque o matando gatos en una salvaje cacería. Y, verdaderamente, en el espacio de lo real ese niño estuvo fumando cigarrillos rubios con sus compañeros de colegio y, verdaderamente, en una de las capas de la realidad queda la huella de una imagen en la que ese niño apaleaba un gato hasta matarlo. De ambas experiencias, de la ociosa y humeante y de la aniquiladora, podría quedar constancia fotográfica. La veredicción tiene lugar en el ámbito de los hechos comprobables por los jueces, por los policías, por los investigadores que indagan en las causas de los fenómenos objetivos. Por muy sorprendentes o brutales que parezcan: el número de muertos en la guerra y la posguerra de Irak; el caso de una mujer a la que le extraen un riñón a través de la vagina...
Cuando la veredicción es el resultado de las operaciones lógicas, las maquinaciones del lenguaje pueden deslizarse hacia el sofisma –una modalidad intralingüística de la verosimilitud- y producir la apariencia, la ilusión óptica, de una verdad que a menudo no lo es. Eso ocurre en la literatura cuando nos ensimismamos con los códigos, con su imaginería fascinante, y nos alejamos progresivamente de las cosas que podemos tocar, oler, ver, palpar... Perdidos dentro del espejo de la literatura, no vemos nuestras manos flotando en la bañera, sino las de Margarita Gautier antes de un ataque de tos; olvidamos lo que queremos decir porque la opacidad de la sintaxis, la polisemia de las palabras, la necesidad de recrear un mundo impreciso con un lenguaje preciso o un mundo preciso con un lenguaje impreciso nos atocina, nos enajena, nos encanta...
En otros casos, la veredicción es una categoría que se vincula con la creencia: una categoría de orden moral que se ve relativizada por la posición ideológica de quien esgrime las verdades desde el núcleo del poder o desde su periferia. Entonces, los hechos sobre los que se dice la verdad tampoco pueden pesarse ni medirse ni someterse a un ensayo de laboratorio, pero hay que confiar en la buena fe de quien habla. Se confía en la buena fe del cristiano cuando dice que Dios existe y en la buena fe del ateo cuando dice que Dios no existe. Suponemos que el cristiano y que el ateo hablan desde sus más profundas convicciones y que no tienen intención de mentir. Confiamos en la buena fe de quien asegura que es bueno decir siempre la verdad y en la buena fe de quien asegura que es bueno morderse la lengua, practicar ciertas formas de la cortesía o que, sin la hipocresía o la mentira piadosa, sería imposible la convivencia entre los seres humanos. Cuando se dice la verdad a propósito de una creencia, en función de unos principios ideológicos –y parece que siempre hablamos desde alguna parte y que ni siquiera en la ciencia la neutralidad es posible,- surge la discrepancia y, con ella, la posibilidad del diálogo, la reformulación, la permeabilidad, la intolerancia, la cintura, la ortodoxia, la ceguera, el lavado de cerebros, la aquiescencia, la connivencia, la manipulación, el cabreo, el exabrupto, el cerumen en los tímpanos, la melosidad, las aguas bravas y las aguas mansas...
Por su parte, la verosimilitud es una categoría retórica que, como todas las categorías retóricas, se asienta sobre la base de una categoría moral y/o ideológica: el poeta dadaísta lo es en función de su visión del mundo, igual que el escritor pop o el realista “de pata pesada”, que es el calificativo que Pío Baroja usó para hablar de Flaubert añadiendo: “se nota que es normando.” La verosimilitud se relaciona con la necesidad de que, en el pacto narrativo entre un autor y sus lectores o, más concretamente, entre un narrador y sus narratarios y/o lectores, surja la ilusión de lo verdadero y de que, con cada página que se pasa, el lector esté diciendo interiormente “te creo, te creo, te creo...” Quizá por eso es tan difícil encontrar textos que suenen a vida y no a impostura, a tecnocracia literaria, a moho.
Las posibilidades para construir un texto verosímil son infinitas: de los narradores mentirosos, los fanáticos, los interesados, los seductores, de los narradores a los que se les pone la vena gorda o de los que hablan entre susurros pueden emanar textos verosímiles. De los vivos y de los muertos, aunque todo el mundo sepa que los muertos no pueden hablar porque tienen la boca llena de tierra o de fuego o del aire siempre viciado de los nichos. También los elfos, los trolls, los osos pardos o los ratones vestidos con chaqué y las hadas madrinas pueden narrar o protagonizar relatos verosímiles.
Los escritores no están obligados a decir la verdad ni a confesarse en sus obras, aunque, si lo desean –cómo no-, pueden hacerlo: tienen el privilegio de elegir; sin embargo, sí suelen tener la obligación de ser verosímiles. A menudo, por debajo de las decisiones retóricas que se adoptan para lograr el efecto de verosimilitud existe la intención de despertar una emoción auténtica o de decir una verdad, ya sea de modo asertivo –una opción muy desprestigiada en la narrativa actual- o interrogativo, ya sea desde una perspectiva épica o desde un íntimo interior: en ese caso, los escritores parten de una vocación moral o política esencialmente humana; es difícil, por no decir imposible, sustraerse a tal vocación y olvidar que tomar la palabra es fundamentalmente colocarse en algún sitio. Tal vocación no puede condenarse por el hecho de ser moral o política, sino por el hecho de que estemos en desacuerdo con las tesis de las que se parte o con las incertidumbres que se generen... Un texto no puede ser recusado por pretender intervenir en la realidad. Una novela no puede ser recusada por ser novela de tesis. Un poema no puede ser recusado por querer ser útil o educativo o aleccionador. Un texto, una novela o un poema pueden ser recusados por estar mal construidos, por ser planos, por repetir frases hechas que ya no significan nada, por ser cobardes en sus opciones estéticas y, por tanto, éticas. O porque su afán de intervención en la realidad, sus tesis o sus contenidos educativos sean perniciosos siempre desde el punto de vista del que lee o del que juzga. Ese es el sentido en el que a mí, por ejemplo, Jünger me parece un escritor pernicioso. Se produce un legítimo conflicto ideológico en el que la descalificación genérica de la literatura política no es más que una veleidad de mentes ensimismadas en la fantasía de lo neutro o en el limbo del arte y de las especies protegidas.
Más allá de esta polémica, el problema surge cuando a los narradores, más políticos o menos políticos, la verosimilitud les importa un carajo -es decir, cuando los narradores no conocen su oficio-, o cuando los que no son narradores pretenden articular historias verosímiles que no son verdaderas, quizá movidos por la difusa razón –absolutamente política- de que ellos creen que pueden serlo. El deber, por ejemplo, de la guardia civil es tener como norma de conducta la veredicción y la duda sistemática, y desoír los cantos de sirena de la verosimilitud de un relato nacido de espíritus cavernarios e inquinas. La guardia civil no puede inventar pruebas ni aportar falsos testimonios ni articular oscuras tramas ni trazar la psicología de mórbidos asesinos ni describir imágenes de bebés de ocho meses triturados por máquinas picadoras de carne ni creer en un mundo de almas puras vestidas con albos sayones y de almas negras que abortan a sus hijos porque son crueles, malvadas y egoístas. La guardia civil ha usurpado el espacio del escritor y ha escrito un mal texto que no es verdadero. Ni siquiera verosímil. Tendrían que haber pensado que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo; que los escritores no deberían ser metidos en prisión por sus relatos –malos o buenos-, pero los guardias civiles, sí; que un lugar, en el que los carniceros extrajesen vesículas y apéndices de seres humanos, los médicos vendieran pañuelos de papel en los pasos de cebra y los ministros de economía educasen a los niños en los jardines de infancia, sería un desastre, un lugar intelectualmente inconcebible, incluso inmoral; tendrían que haber pensado que ninguna historia es inocente –ni siquiera las “no políticas”- y que deberían dejarnos a los escritores el sucio trabajo de escribir novelas negras.