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Luis Antonio de Villena. La prosa del mundo

Balbina Prior  

Visor, 2008

 

Luis Antonio de Villena, La prosa del mundoCon el afán por renovar constantemente su obra, Luis Antonio de Villena ha buscado siempre nuevos rumbos para su poesía. Con tan sólo 19 años publicó Sublime Solarium (Bezoar,  Azur, Madrid, 1971), un libro lleno de “intensidad adolescente”, según sus propias palabras, mezclando surrealismo, cultismo y esteticismo, que ya anticipaba la veta experiencial. En su segundo libro El viaje a Bizancio (Provincia, León, 1978), el esteticismo cede e introduce la experiencia, que ya en Hímnica (Hiperión, Madrid, 1979) incorporará de pleno, no sin las dosis justas de los elementos antes citados. Entre sus últimos libros de poesía se encuentran Las herejías privadas (2001) y  Los gatos príncipes (2005),cuyos poemas fueron escritos al mismo tiempo. Mientras que en el primero se trata de profundizar en la infancia y adolescencia lastradas por la intolerancia sexual; en el segundo libro el yo poemático se rebela contra un orden social que menoscaba la definición del sujeto, además de profundizar en todo lo relativo a la sexualidad. Según Prieto de Paula el libro defiende una propuesta hedonista codificada, donde asoman las señales de un presente dionisiaco y eufórico.
Luis Antonio de Villena ha expresado él mismo su necesidad de buscar otras rutas expresivas en sus entregas literarias. En 2004 Desequilibrios (Visor, 2004) lo construyó completamente a golpe de soneto, la expresión poética por excelencia. Y en su último libro La prosa del mundo, ganador del II Premio de Poesía Viaje al Parnaso, abre otro cauce utilizando la prosa poética en todo el conjunto. Mucho se ha escrito de los límites entre poesía y poema en prosa, y también de la reacia actitud del poeta español en su generalidad a usar esta forma poética. En ella se suelen encontrar las mismas cualidades líricas que el poema, transmitiendo sensaciones, impresiones o visiones del mundo, pero sin los elementos formales de este último. Pero con los distintos ataques a los límites de los géneros producidos por las corrientes más vanguardistas ya no se encuentran diferencias entre las diversas formas de expresión.
Desde los románticos, el poema en verso dejó de ser la forma única de hacer poesía; desde entonces se produjo un proceso de cambio que llegaría a algunas vanguardias del siglo XX, y aún no ha culminado. Para muchos el poema no es ya posible sino como destrucción de sí mismo, pese a la reticencia de numerosos poetas seguidores de la tradición clásica a utilizarla. Octavio Paz señaló que «la modernidad es una suerte de autodestrucción creadora» y estableció el famoso aserto «tradición de la ruptura». Villena, conocedor de esta convulsa relación con la prosa poética, no ha dudado nunca en utilizarla y afianza ésta en la poesía española con La Prosa del Mundo, donde canta y cuenta.
La prosa poética fue introducida en la literatura francesa por Louis Bertrand con su obra Gaspard de la nuit (1842). Encontró poco eco en aquel tiempo, pero su influencia sobre los simbolistas al final de siglo XIX fue recogida por Charles Baudelaire en sus Petits Poémes en prose (1869), posteriormente titulados Le Spleen de Paris. Divagations (1897)de Stéphane Mallarmé y Illuminations (1886) de Arthur Rimbaud establecieron definitivamente la prosa poética en Francia. Otros poetas que usaron esta forma poética al final de siglo fueron Paul Valéry, Paul Fort y Paul Claudel. También los poetas alemanes utilizaron este modo literario como Friedrich Hölderlin, Novalis y Rainer Maria Rilke. Durante el siglo XX se produjo un renovado interés por la prosa poética como Pierre Reverdy y Saint-John Perse. Amy Lowell introdujo en los Estados Unidos un tipo de prosa polifónica al principio del XX como la usada en su libro Can Grande’s Castle.
En España los primeros intentos del poema en prosa se le achacan a Bécquer y sus Leyendas. Según James Valender, el escaso interés de la poesía española por estas formas tiene un singular representante, aunque se produjese de una manera un tanto rudimentaria al compararla con la obra de Bertrand. Aduciendo que muchas de las leyendas no son poemas en prosa, para Valender son solamente pasajes extensos de prosa poética. Y ya en el siglo XX el principal valedor del poema en prosa en nuestro país fue Juan Ramón Jiménez, proveniente del modernismo. Bajo su supervisión se publicaron tres libros Platero y yo, Españoles de tres mundos y Espacio; además del fundamental Diario de un poeta recién casado. Cernuda también aportó, dada su cercanía a las corrientes renovadoras, dos títulos importantísimos Ocnos  y Variación sobre tema mexicano. Este uso poético, que pronto cumplirá dos siglos y pertenece ya a la tradición española, se encuentra si no en etapa de revitalización, al menos, en fase de compensación como se demuestra por la publicación de varias antologías recientes y de este sólido volumen de Luis Antonio de Villena.
La prosa del mundo está compuesto por poemas en prosa en su totalidad, donde las temáticas son muy variadas y los tonos muy diversos. A las temáticas eternas añade realidades nuevas de nuestra sociedad que aumenta el interés de los lectores. Los textos, que están ordenados en orden alfabético por los títulos, no siguen un patrón común en su consecución, pero sí se observan diversos usos recurrentes como la frase hiperbreve. Se trata de una palabra o un sintagma nominal, que produce el efecto rítmico deseado en los momentos de aceleración. Además de la utilización de la interjección como vocativo, propio de la epístola, que atrae la atención del lector, y la constante de los paréntesis, muy propio de la escritura villeniana.
En claro intento por evitar la típica identificación de autor con su obra, Villena advierte en el epílogo que él no es a menudo el hablante poemático. Por ello ha dotado estos poemas de interlocutores. Este recurso propio de la epístola le sirve al poeta para adoptar un tono cercano y vivencial. Se dirige en ellos a Pablo en Carta, Paco en Desprotegido, Pedro o Martín en Viejos y en diversas ocasiones a la madre. En realidad, utiliza la palabra más coloquial mamá, cultivando lo sentimental en estos textos. Con la utilización de los interlocutores nos aproxima a la imagen que a través de ellos se puede extraer del yo poemático. En el caso de Paco, ofrece su propia visión, la de aquel que nunca lo ha creído desprotegido, pese a las continuas ocasiones en que se define a sí mismo en este sentido. O El profesor de Historia en Caída de Imperio que fustiga la vejez con numerosos argumentos.
Cabría preguntarse cuales son los principales temas que sobrevuelan por estos pasajes poéticos. Se pueden encontrar características ya señaladas en anteriores obras como el deseo y la exaltación de lo bello. La contemplación del cuerpo joven en el esplendor de su belleza es material constante en los textos de La prosa del mundo. Canta  al cuerpo masculino como en Delicias facere, pero, sobre todo, la constatación de esa implacable realidad que se impone de imposibilidad de la realización completa del amor y la nostalgia de esa posesión. Tampoco esquiva las realidades más crueles, existe un deseo desesperado por no abandonar la juventud y el terrible paso del tiempo, que se trata también en diversos poemas. Hay un vitalismo por encima de todo que le lleva a afirmar la necesidad de “Agarrarse a la vida, aunque sea con tisanas”. Ahí surge el sentido del humor acotado del escritor, que abunda en este libro, dotado de una exquisita capacidad para la sugerencia.
Numerosos son los textos que abordan la vejez, Caída del Imperio, Bar Nocturno, Carmen, Cotidiano, Cruel y bella, Peter-19 y, sobre todo, el que lleva el mismo nombre Vejez. Estos textos están puestos en boca de distintos personajes, la vieja en el balcón con el pañuelo o el profesor de historia, antes citado. Descripciones de personajes en avanzada edad y decadencia como “la vieja gorda cubana en el exilio” o “el viejito adamado con casquete magrebí”. La vejez es una temática casi omnipresente en un recorrido atento por el libro. En esa reflexión constante se recogen intentos de explicarla, comentarla, o definirla, de los que siempre sale el autor airoso. “La vejez es, sobre todo, límite. Es una cancela”, llegará a afirmar. Se van desmontando en todas las ocasiones que se le presentan las frases de consuelo frente a ella: “Nada en la vejez es noble, patrañas por consuelo”. El autor en sus propias palabras o por boca de otros personajes es valiente en conducirse por los estereotipos adscritos a este periodo de decadencia. No duda en hacer frente a ideas como que la vejez es sabiduría o que la senectud es respeto y dignidad, o equilibrio y templanza. La oposición juventud/vejez se retroalimenta en numerosos pasajes.
Estos poemas están llenos de personajes, que se pueden dividir en históricos y comunes. Entre los primeros podemos destacar Alejandro Magno, al que describe en su etapa de mayor plenitud y con sus luces y sombras. Dotado de sus armas más mortíferas tanto para la guerra como para la batalla sexual. En otro nivel situamos a numerosos escritores que pueblan estas páginas y que son, sin duda, imprescindibles en el mundo docto de Villena. A los personajes se les añade en numerosas ocasiones el vocativo potente de las tragedias clásicas o el adjetivo contumaz. Hemos dado ya ejemplos de los personajes comunes, que están dotados del decadentismo y la estética más underground. Aún podemos añadir el rumano “de ojos dulces”; Joaquín, “al filo de la vejez”, la vieja del balcón; Muki, la diva, el muchacho travestido y esteta. Son personajes del lumpen, bebedores, borrachos, gigolós, inmigrantes, gente en el límite de la supervivencia pero que complementan perfectamente la voluntad por dibujar el mundo de la marginalidad, o mejor dicho, los microcosmos que Luis Antonio de Villena consigue describir con altas dosis de realidad y sin paños calientes. En definitiva, La prosa del mundo es un ensayo global sobre la vida, que indaga en las imperfecciones del sistema humano, enfrentándose con la dureza de sus planteamientos y la resistencia como método.

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