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  Tatami  

Alberto Olmos

 
Lengua de Trapo, 2008  

Por gentileza de la Ediciones Lengua de Trapo, Literaturas.com presenta en exclusiva a sus lectores las primeras páginas de la novela Tatami, de Alberto Olmos, un joven valor literario ya consolidado.

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Alberto Olmos, Tatami

Lo que más me gusta de los aviones es el cinturón de seguridad. Sé que esta afirmación no encontrará muchos adeptos. De viajar en avión casi todos destacan las vistas desde la ventanilla, o al menos eso deduzco de la mayoría absoluta que esta opción consigue siempre en la urna alargada de los mostradores del aeropuerto.

¿Pasillo o ventanilla?

—¡Ventanilla!

Mayoría absoluta.

A los pasajeros les gusta entretenerse durante el viaje. Ver, por ejemplo, el patch work de los campos, ese puzle inmenso de trigales y tierras en barbecho, rastrojos, bosques y maizales. Les divierte observar ciudades vueltas maquetita, con sus tejados decorosos, pluviales, que una mano diablesca podría alzar para encontrarse coitos incorrectos o cristiana intimidad, o las sillas vacías porque todos fueron al cine, o a cenar en un restaurante del centro. Y, claro, les encanta contemplarse despegando, o aterrizando, en ese juego de distancias con la pista del aeropuerto, cuando el ala del avión es una regla torcida que mide el miedo, la sorpresa, el entusiasmo.

A mí todo eso me da igual. No soy juguetona. No soy pueril. El avión me lleva y eso es todo. Me basta con que lo haga de manera efectiva y, sobre todo, cómoda.

Mis pechos.

Esa es la comodidad que preciso. Tengo los pechos enormes: si mis pechos no son felices yo no soy feliz. Si mis pechos sufren la laceración de un cinto, acabáramos. Por eso, de volar en avión, lo que más me gusta, con diferencia, es que dejen en paz mis pechos.

Tener los pechos turgentes es una cualidad estimable: claro. Pero tenerlos descomunales carece de ventajas. Los chicos no te miran con deseo, sino con cierta curiosidad circense. La ropa te queda siempre mal. Las amigas se ríen de ti, te llaman tetona, y la mayoría de tus familiares no te respeta, como si la tetona de la familia hiciera que el árbol genealógico se tambaleara.

Además, está lo de los cinturones. Para mí es una tortura viajar en coche, sobre todo si conduzco. El cinto de trayectoria diagonal que tantas vidas dicen que salva, a mí me mata. Poco a poco. Se me clava en uno u otro pecho como el muro de Berlín; mi pecho queda políticamente invalidado: no se reconoce a sí mismo, no se sabe uno. Me siento con tres tetas, en los coches.

Mis viajes en automóvil son escasos. Casi siempre tomo el autobús o el taxi. O voy a pie o me quedo quieta. Por supuesto sigo con nerviosismo las nuevas normativas sobre seguridad vial. ¡Cin-turón en los autobuses! ¡Qué disparate! La tortura del cinturón me persigue. Estaba pensando en comprarme una bicicleta e irme a vivir a Ámsterdam.

Sin embargo estoy en este avión. Destino: Tokio.

Y estoy feliz.

El viaje tiene una duración de catorce horas. El cinturón, como casi indica su propio nombre, recorre mi cintura amablemente. No sufro. Mis pechos florecen a su sabor sobre la bandeja reclinable. La ausencia de dolor me permite pensar, calibrar mis expectativas. Necesito saber exactamente lo que hago.
Voy a Tokio a dar clases de español. Eso hago. Acabo de licenciarme en Filología Hispánica. Quiero ser profesora de literatura en un instituto de prestigio, pero antes me apetece viajar un poco. He sacado siempre muy buenas notas y no he tenido tiempo de conocer mundo. Mis amigos visitaron otras ciudades del país y algunas capitales europeas. Alquilaban un coche y conducían por turnos. Yo decliné sus invitaciones una tras otra. Tenía que estudiar y proteger mis pechos. A mis amigos solo les decía que tenía que estudiar.

El trabajo en Tokio es el premio por todos estos años de abnegado estudio. Visitar Japón no era mi sueño pero estoy dejando que lo sea. Japón: es exótico, es interesante, está lejos. Espero ganar mucho dinero y divertirme, hacer amigos de distintos países y perder mi virginidad. Tengo un año para conseguir mis objetivos, aunque no me importaría demasiado conseguirlos en un mes y después inventarme nuevos objetivos.

De momento desconozco ampliamente cómo va a ser mi vida allí. La escuela que me ha contratado me buscó ya un apartamento. Domiciliaré mi perplejidad en él y solo me preocuparé de hacer mi trabajo mejor que nadie y de encontrar un novio. La primera preocupación no será tal: mi labor es fácil. Enseñaré mi idioma a estudiantes primerizos y apenas llegaremos al subjuntivo. Ya he decidido no prorrogar mi estancia en Japón más allá del año en curso, aunque tengo contactos que aseguran que muchos profesores con idénticas pretensiones acabaron residiendo allí de por vida. Casi todos se casaron con un ciudadano japonés y formaron una familia. Seguramente fueron al archipiélago nipón sin saber a qué iban. Seguramente eran flojos de carácter, faltos de ambición, glabros de orgullo. En Japón encontraron un trabajo bien pagado, y un ambiente amigable (no me extrañaría que incluso excesivamente amistoso con los profesionales extranjeros), y decidieron ser el tuerto de ojo redondo en el país de los ciegos rasgados. Es fácil dominar el castellano entre salvajes; no tanto en tu propio país, donde no vale con llegar al subjuntivo, sino que el conocimiento se espesa y hay que abrirlo a machetazos de pundonor y esfuerzo.

Vamos, yo.

Además, que no me imagino casada con un japonés y formando una familia japonesa. Yo tengo los pechos enormes. No hay color.

 

Después de una hora y media de vuelo, el pasajero de mi derecha se ha despertado. Quizá ha sido culpa mía. Ocupo el asiento junto al pasillo y, al volver de los aseos, me he dejado caer en mi sitio con excesiva indolencia. Eso ha provocado una vibración en la estructura de la fila 45 (sección A, B y C) que muy probablemente ha sacado a mi vecino de su duermevela.
Lo lamento profundamente porque ahora, cuando ya me he puesto los auriculares y visiono con meridiano placer los primeros compases de una película de Tom Cruise en la pantalla superior, noto la mirada de mi vecino sobre mí.

Yo creo que es un sexto sentido, aunque también puede calificarse como paranoia: el caso es que percibo con bastante puntería cuándo alguien me está mirando los pechos. Llevo puesto un top de color naranja, con un trébol de cuatro hojas estampado en el centro. La prenda está algo vieja, y dada de sí, por lo que el escote que me suministra es mucho más generoso que el estipulado de fábrica. Precisamente me he puesto este top para el viaje de catorce horas porque voy más cómoda. No esperaba encontrarme con un pasajero tan lúbrico.

Tom Cruise acaba de llegar a su casa después de un largo día de grúas. ¡Qué guapo es! Se quita la ropa como si no tuviera botones ni cremalleras. Luego se tira sobre la cama y se dispone a dormir...

(Sé que me está mirando los pechos desde hace veinte minutos. Sé que no aparta la vista ni un instante).

Llegan los marcianos. Extraterrestres, mejor. Los marcianos vienen de Marte y estos ovnis no tienen matrícula de Marte ni de ningún planeta en concreto. Así que extraterrestres. Empiezan a destruir la ciudad. Tom Cruise corre y corre con sus hijos a cuestas. A su lado la gente se convierte en confeti gracias al festival aniquilador de los extraterrestres...

(Estoy harta. Pesado. La película apenas me interesa en estos momentos).

He apartado los ojos de la pantalla. Los dirijo ahora hacia una revista que reposa sobre la bandeja reclinable. Miro la portada sin verla en absoluto. Respiro hondo.

No quiero crear un conflicto con alguien que va a estar a mi lado durante tantas horas. Pero tampoco quiero aguantar su morbosa mirada. La única solución es girarme y darle a entender que estoy pendiente de mi eslora, y que mi escote no es algo que se pueda mirar como un paisaje pirenaico.

He vuelto el cuello y he sonreído. Él no me ha devuelto la sonrisa pero sí la mirada. Es un hombre un poco serio. Tiene los ojos diminutos, como un topo. No lleva gafas pero da la impresión de que sí las lleva, invisibles. No se ha quitado la chaqueta y observo su corbata muy tensa. Bajo los ojos un instante y noto que la punta de la corbata se le ha quedado atrapada en el cinturón de seguridad. Ahora temo que crea que su interés sexual es correspondido.

—Hola —me dice.

—Hola —contesto.

A continuación dice algo más, pero no tan simple que pueda leer sus labios sin necesidad de quitarme los auriculares.

—¿Perdón? —he puesto los cascos sobre mi regazo—. ¿Perdón?

—Digo que si es la primera vez que viajas a Japón. ¿Es la primera vez?

—Sí. ¿Se nota?

—No. No sé. Yo no lo noto —el hombre me mira los pechos descaradamente y añade—: Yo es la segunda vez que viajo a Japón.

—Ah —tengo que decirle que deje de mirar mis tetas.

—Supongo que el hecho de que te lleve un viaje de ventaja no significa nada. No significa que pueda adivinar cuántas veces has ido tú. Me gustan tus pechos.

—...

—¿Sabes? Las japonesas los tienen muy pequeños. De algunas podemos decir que carecen de ellos. Son muy delgadas. En todo caso yo soy virgen de japonesas.

—...

—Aunque es cierto que tuve mis escarceos con una, hace tiempo, en mi primer viaje. Es una historia muy triste. Te la cuento.

—...

—Perdona, ¿te incomodo?

De pronto he recuperado mi capacidad lingüística. Eso me alegra porque la necesito para dar clase de lengua española.

—A ver... señor. No sé si se da usted cuenta de...

—Tutéame.

—Bien: tú. Tú. ¿Contento? —miro a mi izquierda para comprobar que el incidente no me acarreará además la lacra de la curiosidad ajena—. No sé si te das cuenta de que mirarle el escote a una mujer, de esa manera, es terriblemente maleducado.

—Me doy cuenta.

—Entonces, por el bien de nuestro viaje juntos, te pido sin mayor escándalo que dejes de hacerlo.

—No puedo.

—No puedes.

—No. Me gusta mirar.

Sonrío. Me subo el escote del top naranja. Es inútil. Enseguida vuelve a abrirse sobre mis pechos. Pienso en levantarme y sacar una rebeca de mi equipaje de mano. Pero me da pereza.

—Estoy enfermo —dice.

—¿Y cómo se llama tu enfermedad, si puede saberse?

—No tiene nombre. Espero que tras mi muerte le den el mío.

—Qué es...

—Zurbarán.

—Como el pintor.

—No, me lo he inventado. En realidad me llamo Luis. Gómez. López. ¿Y tú?

—Olga. García. Márquez.

—¿Como el escritor?

—Pues sí. Como el escritor.

—¿Te lo has inventado?

—No. García y Márquez son mis apellidos. Y no puedo decir que esté encantada. De conocerte.

Me pongo los auriculares. Miro a Tom Cruise salvar el mundo. Sé que estoy fea con los labios fruncidos, pero no puedo evitar la mueca. Luis Gómez López. El enfermo.

—¿Y de qué estás enfermo tú?

Lo cierto es que estoy indignadísima. Hasta he dejado caer los cascos al suelo del pasillo.

—¿Quieres que te lo cuente?

—Si contarlo supone mirarme a los ojos: sí, quiero que me lo cuentes.

—¿Cuántos años tienes?

—Eh... ¿Por qué? Veinticuatro. ¿Por qué?

—Yo también tenía veinticuatro.

—Claro. Todos a tu edad tuvieron la mía en algún momento, por si no te das cuenta.

—Eres lista. Olga.

—Gracias.

—Yo también tenía veinticuatro la primera vez que fui a Japón.

—Ah, sí que es casualidad.

—¿A qué vas a Japón?

—¿A qué fuiste tú a Japón cuando tenías mi edad?

—A hacer turismo no.

—Yo tampoco.

—A ligar no exactamente.

—No exactamente.

—A dar clases de español, sí. A eso fui.

—...

—¿Tú también?

—Increíble pero sí: tenemos eso en común.

—Espero que no más.

—Yo también lo espero —una azafata sonriente me tiende mi auricular y me dice que se me ha caído. Dudo si ponérmelo, pero al final lo cuelgo de un ganchito que hay en el respaldo delantero—. ¿Por qué esperas no tener nada más en común conmigo? ¿Eh? Soy la primera de mi promoción.

—Yo no lo fui. Seguramente. Por cierto, ¿qué es una promoción?

—Tus compañeros de curso son tu promoción.

—¿Te sientes orgullosa de tus compañeros de curso?

—No. No me siento nada orgullosa de mis compañeros de curso, por supuesto.

—¿Entonces qué mérito tiene ser la primera?

—Pues... La... ¡Déjeme en paz!

—Tutéame, por favor.

He perdido el hilo: ignoro de qué va la película. No entiendo la trama y hay varios personajes que no sé de dónde han salido. Además, mi vecino de asiento me ha puesto tan nerviosa que, al colocarme los cascos de nuevo y tratar de subir el volumen al máximo para acorazar mis nervios, le he dado a los botones equivocados y ahora Tom Cruise me está hablando en japonés.
Me quito los auriculares.

—Yo también despreciaba a mis compañeros —Luis Gómez López.

Me pongo los auriculares. Sintonizo un canal de radio. No me gustan las canciones que van sonando. Cambio de canal varias veces, hasta que una melodía me resulta lo suficientemente familiar como para agarrarme a ella como Ulises a aquel mástil. Pero, cuando termina, todo lo que sigue me resulta insípido. Tan insípido que el ruido de mis pensamientos es la única radio que sintonizo. Mis pensamientos acampan alrededor de una palabra, un adverbio: también. Él también despreciaba a sus compañeros. No quiero tener nada que ver con este señor. En realidad yo no desprecio a mis compañeros, me limito a no viajar con ellos en coche y a diagnosticar el evidente deterioro de sus cerebros a causa de sus insanos hábitos nocturnos. Eso es todo.

Me quito los auriculares.

—Escapé a Japón por algo terrible —Luis.

—Yo no desprecio a mis compañeros.

—No me importa tu vida. La mía es más interesante.

Me río.

—Seguro. Nada más verte he pensado, qué tipo tan interesante —hago amago de tomar de nuevo los auriculares; lo dejo en conato. Interrogo, altiva:—¿Y qué fue eso tan terrible que te llevó a Japón?

—Mi novia murió.

—...

—Fue mi primera chica. La primera chica sigue siendo la primera chica para siempre; pero además ha sido la única.
Me remuevo un poco en el asiento. He pensado en subirme el escote (no sabía qué hacer con las manos), pero al final lo he dejado allí abajo.

—¿Cuántos años tienes? —pregunto.

—Treinta y nueve.

—Yo soy virgen.

No sé por qué he dicho esto. ¿La culpa, policíaca? Sí, me ha dado pena Luis. Pero no sé por qué he tenido que decir eso.

—Tenía un tumor cerebral. Se llamaba Marta. La habían dado diez años de vida pero duró solo cinco. Yo la quise tres. ¿Eres virgen?

—¿Un tumor?

—Sí. Estudiábamos Filología. Yo, Románicas. Ella, Hispánicas.

—Yo soy de Hispánicas.

—Ella sacaba muy buenas notas y yo también, pero desde que nos enamoramos dejamos de preocuparnos por esas cosas. Éramos muy felices hasta que ella me dijo lo del tumor. Me lo tomé muy mal. Nunca había estado en una situación así. Había visto en las películas la clásica escena dramática en la que a un hombre se le anuncia que le restan tres meses o un año o dos de vida. Y, sí, lo había pensado. Había considerado qué hace uno cuando sabe que va a morir y qué haría yo con mi tiempo si lo tuviera contadito. Lo que nunca me había imaginado es qué hacen los demás, las personas que te quieren o te rodean, cuando saben que tu tiempo está contado, porque ellos también hacen algo con tu tiempo, ¿entiendes?

—Sí. Creo que sí.

—Claro. Todo el tiempo que yo no pasaba con Marta se convirtió en un tiempo que ya nunca jamás volvería a pasar con Marta. Una ocasión perdida. Pero, por el contrario, pasar tiempo con ella porque tiene un tumor era hiriente, porque en realidad pasaba el tiempo con su tumor y no con ella. Al final me daba la impresión de que salía con un tumor.

—Tremendo.

—Y una persona no es su enfermedad.

—¿Tú tienes un tumor?

—No. Claro.

—Me dijiste que estabas enfermo... ¿Qué tienes?

—Me gusta mirar a las mujeres. No puedo evitarlo.

—Yo a eso no lo llamaría enfermedad. Lo tuyo es falta de tacto. O de habilidad. Trata de hacerlo con más cuidado, ¿no?

—No. Eso ya pasó. Esconderse. Ya pasó.

—¿Te consideras osado, o por encima de las convenciones sociales, algo así?

—No. Soy un cobarde. Por eso solo miro.

—Solo miras. Ya veo. Marta: la primera y la única.

—Sí. Pero no fue culpa suya. Fue de Japón. Por culpa de Marta me fui a Japón. Punto. Por culpa de Japón no me acosté con nadie más que Marta. Final.

—¿Te fuiste a Japón porque tu novia falleció?

—En efecto. Tras su muerte yo también me quería morir. Traté de suicidarme pero no pude. Ya te digo que no soy valiente. Luego un amigo me habló de esta posibilidad y la acepté.

—¿De qué año hablamos exactamente?

—1992.

—Ah. Juegos Olímpicos, Expo...

—Sí, toda la vaina. Por eso pude ir. Mis notas no eran espectaculares pero el español se puso de moda en Japón y todos allí querían aprenderlo. Había muchas escuelas nuevas y tampoco se miraba tanto el currículum como ahora. No importaban los máster ni los doctorados en español para extranjeros ni todas esas postrimerías estudiantiles que en realidad no sirven para nada. Un buen profesor de español sólo tiene que ser simpático.
Me río. Luis Gómez López es de otro tiempo: sin duda. No se puede ser docente sin un mínimo (diría que un máximo) de preparación. Esto no es charlatanería de pueblo en pueblo: esto es una profesión muy seria.

—Veo que no estás de acuerdo, Olga.

—Ummm. No importa. Sigue con 1992.

—Sí. Al igual que tú, me subí a un avión y me encaminé hacia lo desconocido... Lo cierto es que ahora también voy hacia lo desconocido porque hace quince años de mi primera visita a Tokio. No sé qué voy a encontrar.

—Viejos amigos, quizá.

—No hice amigos.

—Perdona que te diga que no me sorprende. ¿Cuántos años pasaste en Tokio?

—Uno. Impartí clases en la escuela Salamanca, y también hice trabajos puntuales para otros centros. Durante unos meses, además, recorrí el país como asesor cultural.

—Suena interesante.

—Lo era, por los hoteles donde me alojaba. Iba de feria en feria con manuales de lengua española y exponía sus características y virtudes.

—Ah, vaya. Eso suena muy especializado. ¿Qué opinas del estructuralismo? ¿No crees que Chomsky...?

—No sé de qué me hablas.

—De Noam. De estructuras. Es algo muy básico. ¿No has leído los trabajos de Bosque?

—No leo, normalmente.

—Y ¿cómo hacías tu trabajo de asesor cultural?

—Bueno: los libros estaban ahí, sobre una mesa, y antes de que se abrieran las puertas del evento hojeaba un poco el índice. Y ya está.

—Y colaba.

—Sí. Pero dejemos eso. Me aburre. Quiero ha-blarte de algunas mujeres que conocí. Y también de alguna que otra niña.

—¿Niña?

—¿Dije niña? Bueno, chica. Mejor chica. Una colegiala.

Tiemblo. Realmente no estoy preparada para compartir presurización con un pedófilo.

—¿A qué te dedicas ahora?

—En la escuela, todos los alumnos eran mujeres. Sobre todo amas de casa.

—¿Y tú qué haces ahora?

—La edad media rondaba los cuarenta, aunque casi todas parecían tener veinte.

—¿No me quieres contestar?

—No. Quiero contar mi historia.

—De acuerdo. Pero no quiero saber nada de ninguna colegiala. Eso díselo a los policías cuando los encuentres esperándote en Narita.

—No soy Polanski, Olga. Nunca la toqué. No supe su nombre ni su edad.

—Y por qué hablas de ella como de la colegiala.

—Porque cada noche la veía quitarse el vestido de colegiala y ponerse el pijama.

—Qué indecente. Mirar mi escote debe saberte a poco, en comparación.

Luis baja la vista y mira mi escote.

—Sigo. No sé si has dado clases alguna vez. Yo, en 1992, era un principiante. Tenía bastante miedo de hacerlo mal y de que me mandaran de vuelta a casa. Pero me gustó. De hecho, me entusiasmó. ¿Sabes por qué?

—Porque es fácil. Si eres simpático.

—Por la dominación.

—¿Usabas un látigo?

—Sí. No. ¿Un látigo? Jo.

Suspiro profundamente. He notado mis pechos ascender hasta mi barbilla. Y tengo hambre. Miro por el pasillo y veo a las azafatas preparando el carrito del almuerzo. Espero que Luis guarde sus más salivosos asuntos para después de comer.

—El profesor domina: ese es el quid. Yo estaba deprimido, se supone que por la muerte de Marta, aunque en realidad creo haber sido depresivo y triste toda mi vida. En Tokio estaba solo y odiaba a todo el mundo. No era capaz de hablar con nadie y nadie se atrevía a dirigirme la palabra. Pero en clase, obligado por el rol de maestro, cambiaba mi modo de ser, y encima tenía el control sobre mis alumnos.

—Los alumnos son clientes, Luis. Desde ese punto de vista son ellos los que te controlan a ti.

—¿Tú crees? Te veo muy verde, amiga.

Pasemos lo de «amiga».

—En absoluto. Para pagarme mis estudios he dado clases particulares desde segundo de carrera. Los alumnos son zotes, negados, cabezas de chorlito. Pero pagan. Bueno, sus padres pagan. Y exigen y tú eres apenas un sirviente, o una institutriz. No creo que Nabokov tratara mejor a sus institutrices que al ama de llaves.

—¿Nabokov es el que escribió ese libro tan guarro sobre una niña?

—Nabokov es el que escribió una obra maestra sobre la imposibilidad del amor. El libro guarro sobre la niña deberías escribirlo tú.

La azafata con el carrito se pone a la altura de nuestra fila. Es japonesa. Lleva el pelo recogido y sus pendientes de perlas parecen alargar su sonrisa, que resulta espléndida. Nos ofrece comida occidental y comida nipona. Yo opto por el menú nipón. La azafata interroga ahora a Luis. Nos está hablando en inglés y mi acompañante no responde. Me vuelvo y le veo obnubilado. Está mirando a la azafata de arriba abajo. Lleva una falda azul marino muy ajustada, abierta por delante. Se le ven las rodillas flexionadas. También viste chaleco del mismo color y blusa blanca. Como lleva un pañuelo de seda al cuello, no se le ve el arranque de los pechos por mucho que se inclina hacia Luis.

—¿Quieres el menú occidental o el japonés? —intercedo.

—Me da igual. ¡Qué piernas tan bonitas!

Me vuelvo hacia la azafata y le digo que mi amigo quiere el menú japonés. Yo sólo quiero que la azafata pase a la siguiente fila.

Ya tenemos los dos nuestras bandejas de comida sobre la mesa reclinable. He levantado la tapa de la mía como si fuera un regalo de bienvenida a Japón. Adoro los palillos y sé usarlos perfectamente porque, durante los últimos dos meses, practiqué en casa con unos que compré al efecto. Luis también parece tener hambre. Comemos en silencio.

 

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