Cuando la joven Beatrix escuchó las noticias acerca de la catástrofe que se avecinaba en forma de meteorito letal que chocaría contra la Tierra en el plazo de dos días no se sorprendió lo más mínimo. Llevaba meses observando cómo las líneas de la vida de todos sus clientes se iban acortando de forma drástica. Así que se dirigió a su consulta de quiromántica, contempló su propia mano con la objetividad con que analizaría la palma de un extraño y, sin necesidad de dedicarle mucho tiempo, comprendió que tampoco ella era una excepción.
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Tortugas
Las ruedas giraban sobre el camino que lleva al río de las enormes tortugas de orejas rojas traídas de América, devoradoras, capaces de terminar con todos los peces y plantas hasta hacerse dueñas del territorio. Aquellas tortugas temibles de bocas alargadas y caparazones sólidos y resistentes tenían un único punto débil: sus hipnóticos y laberínticos ojos que, dispuestos a verlo todo y comprenderlo todo, hacían de ellas los seres más solitarios y tristes del cosmos.
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Silencio, se ama
Adoraban el silencio: el propio y el ajeno. Se quitaban los zapatos al entrar en casa para no molestar. Escuchaban la televisión con auriculares. Mantenían las ventanas siempre cerradas. Se hablaban en susurros llenos de amor y de mensajes estudiados: “Esta noche, amor…” Hasta que una mañana de domingo, tras cerrar la puerta de su piso con el mayor sigilo, percibieron el indiscreto comentario de sus vecinos (“qué nochecitas… Es que no paran...”), captaron su mirada cansada, algo turbia, y comprendieron que, tal vez, no eran tan silenciosos como creían.
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Cuando Scott regresó a Inglaterra no entendió la ausencia de vítores. ¿Es que sus compatriotas habían olvidado cómo se recibe a los héroes? Nadie había ido a esperarle. Así que tomó un coche y, de camino a casa, empezó a preocuparse.
El inmenso silencio de su hogar hizo madurar esa semilla inicial de preocupación. Vagó por la salita y, súbitamente, dio con la portada del periódico vespertino. En ella aparecía una fotografía que ilustraba la hazaña que él mismo había consumado. Se acercó, contempló la imagen y parpadeó repetidas veces. Aquel titular estaba equivocado. Todo aquello era un terrible error… Leyó: “El noruego Amundsen regresa a casa sano y salvo. La Historia le reserva ya el inmenso honor de ser el primer hombre en llegar al Polo Sur.”
Scott cerró los ojos y se dejó caer en una silla.
Segundos más tarde volvía a abrirlos. El frío extremo no había disminuido. Y tampoco su agotamiento. Nevaba. Scott recordó que Evans y Oates habían muerto, y ahora sabía que tampoco él regresaría jamás a Inglaterra. Buscó su diario y, en el interior de su tienda, escribió: “Si hubiéramos sobrevivido, habría podido narrar la historia de la audacia, la resistencia y el valor de mis compañeros; una historia que habría conmovido el corazón de cualquier inglés.”