borde Sumario. Entrevistas.

Ronaldo Menéndez

Ronaldo Menéndez

«No tengo casi nada claro cuando escribo, y creo que precisamente por eso entro tobogánicamente en las tramas, que se me presentan de una manera tan oscura e intuitiva»

Á. Vicente Palazón

Cuando Kafka se instaló en Cuba, se desató en la mente del joven Ronaldo Menéndez (La Habana, 1970) la obsesión de abandonar la isla. Presumiblemente, no huía del espíritu del escritor alemán, pero salió de allí desconociendo, quizás, que se lo llevaba consigo, escondido en una de sus maletas. Una y otra vez se han enfrentado el joven cubano, ya convertido en novísimo escritor, y el consagrado autor de El Proceso. La casualidad ha propiciado que el primero imparta un curso práctico de novela en el centro de creación literaria Hotel Kakfa, pero donde mayor constancia ha quedado de esos encuentros es en la obra del isleño; Río Quibú es el último de ellos, una novela negra, erótica, cruda… Una demostración de la irreverencia con la que su autor se enfrenta a los géneros. Conjuga en ella (y en la anterior, Las Bestias) elementos tan dispares como el humor, la sangre y el sexo y supone, además, un viaje de regreso a la isla, a sus calles, al malecón.

À. Vicente Palazón
Hay una frase en Las bestias que me llamó la atención. Casi al principio de la obra el protagonista recuerda “aquella vez en que sí había sido Alguien. ¡Había salido del país!”. Me llamó la atención por lo que pueda haber en ella de autobiográfico.

Ronaldo Menéndez
Después de haber vivido en varios sitios desde hace doce años, merodeado por toda Sudamérica, por más de diez islas perdidas, y haber paracaído en Madrid con esta impúdica manía de exhibirme cosmopolita y sentirme francamente desarraigado, había olvidado a aquel adolescente estrictamente habanero que tenía horror de no poder salir nunca de la isla. Quiero recalcarlo: yo tenía un pánico carcelario y absurdo de que la vida se me pasara confinado entre las malditas fronteras del agua. Lo que tiene esa frase de autobiográfico se parece quizá a lo autobiográfico en Walt Whitman: una suerte de ‘yo cósmico insular’; tengo amigos que se están secando en Cuba y nunca han pisado un avión.

 

À. Vicente Palazón
Es curioso que en Las bestias, aún refiriéndote a ella en varias ocasiones, evitas nombrar la isla. Sin embargo, en Río Quibú es la de El General la figura omnipotente que nadie puede pronunciar. ¿Por qué esa autocensura?

Ronaldo Menéndez
Borges comentaba que la prueba irrefutable de que el Corán era un texto eminentemente árabe la encontrábamos en que nunca se veía ni se nombraba un camello. Las omisiones o sustituciones, en mi caso, no tienen que ver con la autocensura: en ambas novelas hay suficientes perdigones y ráfagas para molestar al aparato oficial cubano si así lo desean. No creo que logre eludir algún conflicto por el hecho de no mencionar la isla, o nombrar ‘General’ a alguien tan ‘particular’. ¿Te imaginas cualquiera de los dos  libros plagados de las palabras ‘Cuba’, ‘Habana’ o ‘Fidel’? Una de las espadas de Damocles que pende sobre el escritor cubano es la lectura reduccionista y sociologista vulgar a que nos someten. Cuando Kafka apareció en la escena literaria algunos dijeron que escribía contra la burocracia del Imperio austrohúngaro o contra su padre. Pero la obra de Kafka es contra la deshumanización y a favor de la condición humana, aunque ahí siguen estando su padre y el Imperio. Yo no soy ni un ojal de la chaqueta de Kafka, pero me gusta soñar con él. Siempre he tenido la sensación de que, dentro de un texto literario, el nombre de Castro, castra.

 

À. Vicente Palazón
¿Cómo se siente el escritor cuando ve su obra enfrentada a una lectura suspicaz y paranoica para la que las cualidades literarias son lo de menos?

Ronaldo Menéndez
De esa lectura hay que alejarse matándola con cierta indiferencia. Intento inflingirle al lector una obra que, a través de una realidad extrema como la cubana, consiga hablar de otras cosas: de la fina capa que separa nuestra confortable noción de ‘civilización’ de la barbarie, intento explorar el Mr. Hyde que todos llevamos dentro, la animalización del individuo que padece un contexto social opresivo (más allá del cubano), y muchas otras cosas ‘oscuras’ que no viene al caso intentar explicar, y ni siquiera sé si podría hacerlo. Julio Ramón Ribeyro tiene un cuento, que luego se llevó al cine, donde un cerdo se come a la vieja que lo ceba tras ser empujada por su nieto dentro del tinglado donde se cría la bestia. La brutalidad de lo que cuento tiene muchos antecedentes, y puede ocurrir en muchos lugares de nuestro perverso mundo. Si alguien intenta quedarse en la lectura según la cual aquello que cuento es estrictamente Cuba y yo estoy criticando un régimen totalitario: allá ellos, como dijo una vez en versos César Vallejo.

 

À. Vicente Palazón
Sobre la redacción de Las bestias has hablado de " un torrente pasando de mi cuerpo al teclado, del teclado a mi círculo de perplejidad." ¿Algo que ver con la tan denostada inspiración?

Ronaldo Menéndez
Creo en la inspiración ¿Cómo no creer en la respiración cuando sentimos nuestros pulmones trabajando o cuando nos ahogamos? A partir de cierto momento empezó a considerarse que hablar de inspiración era tan lamentable como hablar de la torre de marfil: pero la inspiración es algo tan real como los marfiles, las torres y los colmillos. Se empezaron a usar sustitutos: el hábito, la disciplina, la técnica… Pocos autores la han reivindicado: Cortázar hablaba de una especie de coágulo informe que había que arrancarse a jirones de palabras aquí y ahora, incluso en Rayuela hay un capítulo donde se habla de una necesidad rítmica, un swing que es el impulso que empuja a juntar palabras unas tras otras, como en un jaming de jazz. Nabokov hablaba de un brillo preliminar, no del todo diferente al aura que precede al ataque de epilepsia, y que el autor aprende a percibir desde muy joven. Siento que cuando tengo el tono, lo tengo todo, aunque aún no vea claramente la historia. Las bestias, como Río Quibú, se gestaron no sé dónde ni cómo, pero cuando aparecieron las primeras líneas no pude parar porque di enseguida con un ‘tono narrativo’. Tuve esa suerte. Nunca diré cuánto tiempo me llevó cada libro.

 

À. Vicente Palazón
Y en tus clases, ¿cómo enfrentas a tus alumnos a la búsqueda de la inspiración, del tono…?

Ronaldo Menéndez
Dedico una clase a eso que hemos llamado el tono: en mis años de enseñanza, donde he llegado a sistematizar tantas cosas, esa es la clase más difícil. Una vez le pregunté a un gran escritor latinoamericano qué era el tono, y él me respondió citando el siguiente y tan trajinado verso de Neruda: ‘Puedo escribir los versos más tristes esta noche/ escribir, por ejemplo, que el cielo está estrellado y titilan azules los astros a lo lejos’; luego me dijo: el ‘por ejemplo’, esa frase, es el tono. Para mi fue suficiente. Entonces, de una manera ardua o elusiva, intento transmitir que el tono es fundamental. El resto apunta a la parte artesanal, técnica, de la creación. Pero lo que en verdad intento enseñar en mis clases es que, digan lo que digan y pase lo que pase, la Gran Literatura existe, y les doy razones técnicas y misteriosas para entenderlo.

 

À. Vicente Palazón
Aún así, imagino que cuentas con que tus alumnos ya tengan algunos conocimientos previos acerca de esa Gran Literatura, ¿qué lecturas consideras que deben conocer de antemano?

Ronaldo Menéndez
A veces alucino con quienes quieren escribir sin apenas haber leído. Por eso en todos mis cursos me muevo entre Cortázar, Borges, Piglia, Onetti, Yourcenar, los clásicos rusos, franceses, alemanes, algunos norteamericanos. Todo el mundo debería leer a Jack London, Poe, Stevenson, Henry James, Mark Twain, Maupassant, Julio Verne. A casi todos los rusos del siglo XIX…, eso, simplemente, para empezar mostrando algo de respeto. Dejar un poco de lado esas torres de novedades que se amontonan en las grandes librerías de España. Si sigo enumerando, la lista puede ahuyentar a posibles alumnos, puede ser gigantesca, e incluso dantesca.

 

À. Vicente Palazón
Algunos de esos nombres ya aparecen en tu obra, sin embargo, a pesar de no incluirlo en ninguna de tus referencias literarias, es Hemingway y su relato "Los Asesinos" quien antes me viene a la mente cuando entran en escena personajes como Bill y Jack, los miembros de la Sociedad Secreta que planean asesinar al profesoren Las Bestias.

Ronaldo Menéndez
Desde luego, ahí tenemos a ese Hemingway, pues Los asesinos es un cuento que está en varios umbrales: la inauguración de la serie negra, donde ocurre un desplazamiento del ‘quién’ o el ‘qué’ que constituía el centro de lo policial, y en su lugar llegamos al ‘por qué’ del crimen. Esto, inmediatamente, nos lleva a pensar en las causas sociales que propician el crimen organizado y los ajustes de cuentas; en el caso de Hemingway se trata de la corrupción en el mundo del boxeo de aquellos años. También tenemos la inauguración del principio del Iceberg: lo más importante está sumergido. Eso que se sumerge, que no se dice,  es fundamental para leer ciertos libros. Quizá los míos participen de esta concepción.

 

À. Vicente Palazón
Tras publicar Las bestias confesaste que con ésta ponías punto y final a un ciclo de brutalidad y violencia en tus novelas y libros de cuentos. Sin embargo, en Río Quibú no sólo persiste sino que parece haberse superado. ¿Consideras la violencia un elemento indisoluble a tu forma de ver el mundo?

Ronaldo Menéndez
En la propia pregunta está la respuesta: el hecho de haber anunciado aquello y que no se haya cumplido demuestra que la violencia es un miedo y una obsesión que llevo dentro. No soy violento en mi performance cotidiana, pero soy violento en algunas ideas, en algunos deseos, en ciertos sentimientos. Además, creo que la violencia es una de las puertas más directas para explorar el alma humana, que es esencialmente violenta. Y esto no tiene nada que ver con la razón: la supera.

 

À. Vicente Palazón
Toda tu obra está conectada de alguna forma, ya no sólo por la continuidad de temas, personajes, escenarios… sino también por esa especie de juego en el que integras el título de algunas de tus novelas anteriores disimulados en el texto.

Ronaldo Menéndez
Por ahora tengo la sensación de un panorama total, de una unidad. Y no dudo en inventar mecanismos de autorreferencia, pistas endógenas, esfericidad y coherencia. Creo que con estos juegos se refuerza el conjunto sin menoscabo de las búsquedas en otras direcciones. Podría decirse que soy un animal literario bastante onanista (y siempre en celo).

 

À. Vicente Palazón
Río Quibú comparte algo más con Las Bestias, ambas forman un pack por ahora incompleto… ¿Esto de la trilogía se te ocurrió sobre la marcha o lo tenías claro desde un principio?

Ronaldo Menéndez
No tengo casi nada claro cuando escribo, y creo que precisamente por eso entro tobogánicamente en las tramas, que se me presentan de una manera tan oscura e intuitiva. ¿Habrá efectivamente una trilogía? Lo que me hace pensar que esto ocurrirá es la sensación de que todavía no lo he expulsado todo, imagino que es una sensación –metafóricamente hablando- igual de enfermiza a cuando alguien da a luz y queda dentro un residuo de placenta o de lo que sea. La imagen es desagradable, pero también es desagradable saber que la trama oscura no acaba, que los sórdidos personajes siguen merodeando por ahí dentro. La diferencia es que eso que sigue dentro, una vez convertido en libro, si el libro funciona, ha sido una expulsión luminosa. En aquel entonces también dije: el hambre es golosa, sé que volverá: el hambre recargada (y la violencia).

 

À. Vicente Palazón
El hambre queda siempre contrarrestada por otro elemento: la carne, tanto en el sentido porcino como en el antropofágico. ¿A qué se debe esa obsesión?

Ronaldo Menéndez
La candente mañana de marzo del año 1989 en que decidieron racionar el pan y los huevos en Cuba, después de un imperioso rumor, comprendí que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiaba el campo socialista. Y si racionaron estos productos básicos, imagínate lo que ocurrió con la carne. Yo tenía 19 años y vi cómo la gente se convertía en vegetariana por designio superior. Entonces empezó la cría de cerdos en las casas y en las bañeras de las casas y en cualquier sitio de la urbe. Uno se acostaba a dormir escuchando que un horizonte de cerdos chillaba muy cerca de nuestras vidas. La gente le robaba el cerdo al vecino. Se supo de un caso en que alguien se iba comiendo una vaca poco a poco, clínica, veterinariamente, suturando los cortes y suministrándole antibióticos al animal, pues está prohibido sacrificar reses. Unos constructores que trabajaban en el zoológico robaron y devoraron el avestruz. ¿No es como para obsesionarse? Me di cuenta de que, en ese momento, Kafka se había instalado en la isla, y también comencé a intuir las posibilidades literarias de esta circunstancia.

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