| Literaturas.com presenta en exclusiva a sus lectores, por cortesía de la Editorial Seix Barral, las primeras paginas de El teorema de Almodóvar, de Antoni Casas Ros, una deslumbrante obra de un no menos inquietante autor.
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Imagino el cosmos entero compuesto de suspensiones heterogéneas. Una naranja se cruzaría con una ecuación, un árbol con una mariposa, un rinoceronte con una bailarina de flamenco, y yo, mientras mis quarks bailasen, desparramados, disfrutaría de esos encuentros fortuitos. Si no existiera la gravedad, los cuerpos no experimentarían la menor fatiga. Las articulaciones mantendrían su elasticidad. Veríamos a nobles ancianos enamoriscarse de un feto que oscilaría, todavía andrógino. Las posibilidades de encuentros se multiplicarían hasta el infinito. Todo ello podría reducirse a una ecuación. Podría escribir la obra que pusiese en solfa los principios sociales, políticos y relacionales más elementales: «Sobre la flotación de los cuerpos.» ¡La aventura, la de verdad! Toda la problemática psicológica se pondría en tela de juicio. Desaparecería el monstruoso ombliguismo. La misma posibilidad de entablar una relación de más de una milésima de segundo haría que toda relación fuese tan liviana como una pluma de albatros. Los seres sabrían por fin que no existe soledad, deber, destino, pasado ni futuro. Una suspensión de los sentimientos y de los deseos, los sexos disfrutarían de hallarse siempre rodeados de extensión. Los filósofos se expresarían con levedad, algo por lo que no se distinguen precisamente. ¡Ah, esa levedad que tan poco conocen, los filósofos y los demás, y a la que yo aspiro! Sería en cierto modo el Edén matemático. A eso dedico mi tiempo. Esa clase de ensoñación me exalta sobremanera. A veces paso siete u ocho horas en mi terraza, orientación sur, vista al puerto de Génova, sin hacer un solo movimiento, salvo el ir y venir del brazo hacia una botella de coñac.
Esta noche me he despertado a eso de las tres de la mañana embargado por una alegría que no había sentido nunca. La alegría de Newton cuando la manzana cayó e intuyó la atracción terrestre: pero yo iba a escribir la autobiografía de una mente, no la de un cuerpo. Al parecer Newton jamás mencionó ese episodio de la manzana, probablemente inventado por Voltaire, pero tanto da. La atracción terrestre, la atracción que todo cuerpo ejerce sobre otro, un coche contra un árbol, por ejemplo, son las que han trastocado mi vida.
Nadie me ha visto desde hace quince años. Para tener una vida, hace falta un rostro. Un accidente destruyó el mío y todo se detuvo una noche, a mis veinte años. Mi primer encuentro con Newton. Desde entonces, he leído con pasión, aparte de eso no he tenido gran cosa que hacer. Desde la Vita nuova hasta Los detectives salvajes, ningún escrito autobiográfico se me ha pasado por alto. Representan una parte importante de mi biblioteca, invadida por la novela latinoamericana, española y catalana. No tengo nada contra los poetas. Juarroz me inspira una devoción total. He soñado mucho con escribir estos últimos años, como si quisiera intercalarme entre dos libros de mi biblioteca, Casanova y Celan, pero me lo ha impedido una superstición. Un hombre sin rostro es un pronombre indefinido.
Una autobiografía es en principio el relato de una vida muy llena. Una sucesión de actos. Los desplazamientos de un cuerpo en el espacio tiempo. Aventuras, fechorías, alegría, sufrimientos y fin. Mi vida de verdad comienza con un fin. Veinte años no cuentan cuando se ignora que todo va a detenerse ahí. Con todo, no tengo intención de escribir una primera novela para relatar mis amores, mis angustias inconsistentes, mi agitación o mis noches de borrachera. Para eso es preferible leer la vida de Jackson Pollock o la de Newton. Escribo únicamente para comprender cómo puede haber otra fiesta en el centro del espacio vacío.
Al principio creí a los médicos, pero la cirugía reparadora no pudo quitarle a mi rostro su estilo cubista. Picasso me habría odiado, pues soy la negación de su invención. Cualquiera diría que él también me vio en la estación de Perpiñán, el centro del universo según Dalí. Soy una foto movida que puede recordar un rostro.
Desde el accidente, nadie, salvo los niños, cuya fascinación por los monstruos es de todos conocida, me ha mirado durante más de tres segundos.
Sandra murió aquella noche, cuando el coche se estrelló contra un plátano. Su piel fue la última que tuve contra la mía, su mirada, la última mirada de amor que agrandó mi pupila. En el momento en que se desabrochaba el cinturón de seguridad para adormecerse con la cabeza apoyada en mi muslo derecho, apareció un ciervo, tan hipnotizado por los faros como yo lo estaba por su apariencia mítica. El 4L dio un bandazo fatal. Estábamos borrachos, acabábamos de celebrar mi tesina de matemáticas. Cuando salí del coma, comenzó una nueva vida. Una larga experiencia de la soledad, ¡y todo por culpa de un ciervo que salió del bosque con los ollares humeantes!
Lo tenía todo para triunfar. Mis profesores me auguraban un brillante futuro, tenía una suerte de facilidad matemática que me permitía acceder en ocasiones a un nivel bastante superior al de la tesina.
Actualmente doy clases de matemáticas en la red y hago algunos trabajillos de contabilidad. Ello me permite vivir sin imponer mi rostro a nadie.
Esta mañana, 4 de septiembre, comienza mi nueva vida. Uno de mis pocos placeres hasta ahora era mudarme de casa con frecuencia. Descubrir una nueva ciudad. He vivido en Barcelona, en Niza, en Nápoles y ahora vivo en Génova. Mi padre nació en Cataluña. Mi madre es piamontesa. Mi éxodo hacia el sur es genético. Basta un elemento: un olor, un paisaje o un sonido, para que me sienta en mi casa. Mi madre era profesora de matemáticas, mi padre ingeniero. No dieron con la ecuación de su vida. La pasión no sobrevivió a sus divergencias políticas. Mi madre regresó a vivir a Turín, mi padre a Perpiñán. Yo necesito ver el mar, el infinito, los transatlánticos.
Vivo cerca del puerto. Pero hubiera debido vivir en Venecia. Allí podría llevar una máscara casi todo el año. Me tomarían por un excéntrico, un ser que se ha abandonado a la locura del carnaval y la prolonga hasta que su máscara de cartón se arrugue con la lluvia. Recuerdo haber visto un espacio de televisión en que Aragon llevaba una máscara blanca. Siempre me ha impresionado esa combinación de futilidad y de valor.
Todo cuanto poseo, aparte de los libros, cabe en una maleta. Cuando se me gasta la ropa, la tiro y compro otra. Para mudarme de casa, alquilo una camioneta que se transforma en biblioteca. Hubiera podido ser traficante. Nadie se atreve a hacerme preguntas o a dirigirse a mí. Mis alumnos me escuchan sin saber que me desplazo sin cesar. Actualmente, aspiro a una mayor ligereza. ¡Si pudiera dejar mi biblioteca a una institución y marcharme tan ligero de ánimo como de equipaje! La próxima etapa de la renuncia.
Una vez evaporada la necesidad de poseer un ser, los objetos pierden su valor afectivo. Aun así tengo algunos: fotos mías de niño y de adolescente; la hermosa mirada sombría de aquel que ya no parecía creer en el mundo que le tejían, ese mundo en el que lo imprevisto estaba proscrito. Esa triste línea derecha deja de existir cuando se contempla el mar cuya curvatura se percibe a simple vista. Tal vez sea ése el motivo de mi devoción a las vastas extensiones de agua y de cielo. Mi padre era una línea recta, mi madre una curva.
Un antiguo catalejo de cobre, comprado en una tienda del puerto, es la pieza fundamental de mi tesoro. Siempre he dado gracias al cielo por no haber perdido ninguno de mis sentidos. Tal vez sea ésa mi suerte. Cuando no se puede hacer nada, la sensibilidad se exacerba y abre otro territorio, menos preciso, donde se puede sentir, saborear, ver y soñar deleitándose con sangre frita con cebolla, plato bárbaro donde los haya, con el que los catalanes tienen a gala disfrutar.
Me siento a gusto con mi ropa. Es elegante. Dos trajes oscuros de buen corte. Dos pares de zapatos, uno de cuero flexible que favorece la marcha. Llevo camisa y corbata aun en la soledad. En casa no hay espejos, sé afeitarme al tacto y me veo obligado a mirar al mundo desde mi terraza por encima de los tejados. A veces me paseo de noche, sobre todo en invierno, en que el sombrero y la bufanda, objetos preciosos donde los haya, me permiten pasar relativamente desapercibido. A veces entro en un bar. Los borrachos me miran dos veces, no muy seguros del brumoso territorio que separa la alucinación etílica de la realidad objetiva. Pero mi lugar predilecto es el cine. La libertad de ser un cuerpo no escrutado y de sentir el calor de los humanos proyectados por entero hacia la pantalla donde nacen los sueños. Me gusta también la música repetitiva y obsesiva.
Bebo más de lo razonable, por épocas en cualquier caso, sobre todo en verano. Mi padre era alcohólico, lo llevo en la sangre. Dicen los cirujanos que eso obstaculizó la cicatrización. Surfeo por la red, iniciando romances que nunca abocan en nada. La necesidad de seducir todavía no me ha abandonado, pero no puedo enviar ni fotos ni descripciones de mí mismo. Esos intercambios me cautivan. La chispa del lenguaje se libera y conduce en ocasiones a momentos intensos. Más de una vez he soñado que le contaría mi rareza a una mujer, que ella vendría a buscarme y se atrevería a mirarme y a amarme. Pero entiendo el miedo y el asco, por más que todo rostro acabe deteriorándose con el tiempo. No sé si existen seres liberados del miedo visceral a ver a alguien que parece ya en la tumba.
En el instituto, tenía un amigo contrahecho. Su cuerpo parecía haber quedado deformado por las torturas de un verdugo franquista o de un inquisidor de la Edad Media. No obstante, poseía un encanto, su rostro no dejaba indiferentes a las estudiantes. Se casó y tuvo hijos. Sólo la ausencia de rostro parece nsoportable.
Con él, podía hablar de mi sufrimiento. Él lo entendía. Cuando se separaron nuestras vidas, lo eché de menos. Actualmente enseña en una universidad belga. Me habló de un excelente cirujano que creía poder hacer algo por mí, sobre todo por mi desastrosa nariz, pero mis experiencias pasadas me quitaron para siempre las ganas de volver a intentar nada. Mi amigo llegó a decirme que me gustaba mi aislamiento y que me faltaba valor. Sorprendido por su perspicacia, ahora pienso que tenía razón. Hay una especie de desidia en mi soledad, o lo que es peor, un orgullo, un hábito. Odio esa palabra. Nadie puede comprenderlo de verdad. Así y todo, nunca me ha obsesionado la idea del suicidio. Una sola vez pensé en ello. Incluso llegué a comprar un arma después de que ocho meses de correspondencia por Internet con una joven se cortaran en seco ante mi negativa a verme con ella. Pudo más el pudor de no decir nada. Mutismo y muerte. Así veía yo las cosas.
Pienso con frecuencia en Pedro Almodóvar. No sé por qué, pero me lo imagino dentro de diez o quince años, ya mayor, cansado de retratar su mundo, totalmente desengañado, vagando por la ciudad en busca de algo nuevo. Me crucé con él una vez en Barcelona, estaba rodeado de gente y no me vio, pero aquella noche tuve la certeza de que un día sería el protagonista de una de sus películas. Aparecería esa mirada dilatada con la que sueño, que se percibe a través de la desesperación y la energía de sus personajes. Y yo estaría allí, ante el ojo implacable de su cámara. Él habría escrito la historia de ese hombre invisible. Wells debió de hacerle soñar en su adolescencia. O Bogart cuando se quita las vendas tras haberse hecho un nuevo rostro para escapar a la justicia y demostrar su inocencia, apoyado por Lauren Bacall. La primera media hora de la película muestra el mundo visto por Bogart en cámara subjetiva. Luego se quita las vendas ante el espejo y se descubre, se palpa, en esa mágica escena de Los pasajeros de la noche de Delmer Daves.
Almodóvar me escribe un guión. Filma el violento combate de un esbozo de mujer, toda ella sangre y fuego, que poco a poco se transfigura merced al amor de un hombre deforme. He visto todas sus películas. Sé que soy su postrera creación, si bien en cierto modo ya existo. Se vería mi rostro a través de su rostro. Se comprendería que las formas arrojadas al espacio se transforman en átomos. Cada átomo sería autosuficiente, tan sólo existiría deseo de uno a otro átomo. Sería el ámbito de un goce sideral en el que todo podría participar.
Aparte de eso, toda armonía es utópica. Nos hallamos sumergidos en el horror. En este instante, mi felicidad obedece al hecho de que me he sustraído a la masa atómica designada con el nombre de cuerpo. La sensibilidad de un átomo todavía no puede ser olfateada ni percibida por los físicos. Yo la estoy tocando en el instante en que escribo estas líneas. Es la magia del pensamiento desprendida de las amalgamas provisionales, de todos esos cuerpos que no parecen saber que son la punta más acerada de la ilusión. Mi afición a la pintura proviene también del hecho de que los pintores han observado suficientemente el cuerpo como para saber que no existe. Los escritores se ven obligados a practicar el realismo porque sacan de la cartera imágenes mentales, mientras que el pintor posee el derecho magnífico de violentar nuestro imaginario.
Tengo la paleta en la mano y pinto este libro. No percibo la sujeción del realismo. Sé que los pintores pueden reflejar el espacio con un solo color, incluso a veces con un tajo en una superficie. Almodóvar es un pintor.
Él y yo caminamos por las estrechas callejas de Génova, por donde deambulan los más guapos transexuales que existen. Compartimos esa fascinación. ¡Qué fascinante juego engañar a los cromosomas e inventarse un sexo hasta el punto de atraer a los hombres! Ofrecen la experiencia de ese espacio, están ya flotando. Siempre he soñado con hacer el amor con uno de ellos. No con uno que se haya operado sino con aquel que fuera lo bastante alquimista en el sentido newtoniano de la palabra para producir la ilusión y la presencia del órgano indiferente a las denominaciones. El principio de incertidumbre resulta más excitante que toda realidad definida.
Almodóvar no me maquillaría. Me filmaría tal cual, con los trazos rosas caligrafiados por el paso de los planos invisibles. Le cuesta un poco arrancar. Tengo que llevarlo al infinito.
—Pedro, ¿me sigues?
—Sentémonos en esta terraza. He escrito las diez primeras páginas del guión.
—¿Qué problema tienes?
—El ciervo... No veo al ciervo... ¿Puedes describírmelo? —La cornamenta era como las raíces de un árbol del revés.
—Ah... vale... ahora ya veo.
—¿Quieres sacarlo al principio?
—No, la cronología nos importa un rábano. El ciervo es un elemento importante. Cuando Lisa descubra tu rostro la primera vez, quiero que esté en la habitación. Tendrá un poco de color. Rosa, quizá... Es como un personaje mítico... Aparecerá en los créditos...
—¿Sigues bebiendo agua?
—Cuando trabajo.
Alzamos los ojos. Un joven transexual nos enseña la lengua. Una bonita lengua sonrosada y vibrante. Pedro lo mira asombrado.
—¿Cómo te llamas?
—Lisa
—Sí, es ella, la sentía llegar. ¿Estás de acuerdo?
—¿Y tu actriz fetiche, Bibi Andersen?
—Ahora estamos soñando. Esta chica me inspira, eso es lo fundamental.
—Lisa, ¿follarías con mi amigo?
Almodóvar saca un fajo de billetes de los vaqueros y se lo alarga a Lisa, que me mira de manera extraña. Coge el dinero. No es que dude. Sucede otra cosa. Comunica con mi mirada. Busca el espacio en mi pupila.
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