borde Sumario. Opinión. Repóquer de damas

Repoquer de Damas, cinco escritoras españolas Care Santos, Pilar Adón, Eugenia Rico, Cristina Cerrada y Elena Medel se turnan mes a mes para escribir y dar su opinión, puntos de vista y sensaciones personales sobre las cosas de la vida. Un autentico panorama de la narrativa hecha por mujeres de hoy. Sólo en Literaturas.com

 

Palomas

Marta Sanz

 

 

Doy un respingo. Entre dos coches, al ir a cruzar la calle, un bulto grisáceo me roza la pierna. Pienso en una rata, pero es una paloma. Me aparto. Temo que la paloma me contagie enfermedades pulmonares, diarreas, pulgas. Las palomas defecan contra la ropa tendida –siempre la más blanca-, y los arrullos de las que han hecho nido en los alfeizares de los pisos desocupados no dejan dormir a la vecindad. Sobre el asfalto, en tinta roja, destacan los cadáveres de palomas aplastadas por las ruedas de los coches: bodegones de pollería sucia. Un conductor pisa el acelerador, al avistar una paloma yonqui, que bebe algo parecido al agua en el hueco que separa dos adoquines. Por los parques se observan palomas cojas, tuertas, cada día más estúpidas. Las mamás les advierten a los niños: “No las toques.” Las espantan a manotazos. Los transeúntes insultan a los viejos que las alimentan, ensuciando las calles con granos de maíz o con papillas de miga de pan. En ciertas capitales de provincia, los vanos de los edificios se rematan con pinchos que atraviesan las alas, las pechugas y los muslos de las palomas que lentamente se desangran sobre los paseantes. Las palomas, en las terrazas de verano, se lanzan sobre los platillos de cacahuetes. Tienen hambre, las palomas, y los bebedores de aperitivos temen que les piquen o les contagien enfermedades pulmonares, diarreas, pulgas. El terror es una forma de la mala conciencia. Hay vergüenza en la prevención de los bebedores de aperitivos. Los excrementos de las palomas son la causa principal de la degradación de las fachadas de nuestras catedrales.

En pocos lugares se ve volar todavía una bandada de palomas, con las alas pintadas de colores, para saber quién se empareja con quién. A los niños las palomas ya no se les suben a los hombros, sin que les atenace un repentino ataque de histeria: se van a poner malos; van a ensuciarse. Las estatuas ya no quieren estar rodeadas de palomas y, quizás, dentro de no mucho, el símbolo de la paz deje de ser una paloma blanca. Olvidaremos las utilidades de las palomas mensajeras y las manos de las bailarinas ya no se moverán como palomas. El enamorado no le dirá a la enamorada “paloma mía”, y Paloma será un nombre desaparecido del santo oral.

Las palomas son animales mutantes, tóxicos e intoxicados, tuertos, pobres, numerosos, fecales, parasitarios, pedigüeños, una población que hay que mantener alejada... Me pregunto, al sobresaltarme por el roce de un ala en mi tobillo, al restregármelo compulsivamente, quién ha hecho de las palomas lo que son y quién será mañana paloma: necesitamos que existan palomas parias y, cuando no haya palomas, ya se nos ocurrirá otra cosa.

 

 

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