Hay algo que me produce más pavor que el desorden: el desorden póstumo. Pasar a la posteridad con mi mesa hecha un desastre o sin haber tenido tiempo de ordenar mis papeles, de modo que entre mis cosas aparezca la lista del supermercado o el calendario donde alguna vez marqué mis ovulaciones. No hace mucho tuve ocasión de echar un vistazo a la mesa que ha sobrevivido a Camilo José Cela. Está intacta, recorte por recorte, como él la dejó. Hay una pila de papeles justo en el centro —como si el autor tuviera previsto atenderlos antes de su siguiente jornada de trabajo—, notas tomadas en pequeños papeles, un número del ABC Cultural, ya amarilleando, con una portada de Mingote dedicada a él y algunas chucherías sin mayor gloria que la de pertenecer a la mesa póstuma del Nobel. No es que quiera comparar, pero si me muriera en este instante, en mi mesa me sobrevivirían los restos del café de ayer tarde, dos pilas alcalinas que ayer saqué del ratón inalámbrico, un diminuto adminículo que sirve para montar y desmontar las piezas de Playmobil con que juegan mis hijos, dos libros sobre el buen morir —de un autor vergonzante llamado Raymond Moody—, tres monedas de dos euros, el cable de mi i-pod y diversos libros y cuadernos de mayor gloria que todo lo dicho. Si en este momento presintiera que puedo morirme, me apresuraría a lanzar a Moody por la ventana, junto con la taza, las pilas y el cable, y traería a la mesa, para dejarlos con un descuido parecido al que traza el azar, una edición en inglés del Quijote, la poesía completa de Sor Juana Inés de la Cruz y el Ulyses de Joyce.
De hecho, lo ridículo no es conservar la tabla de ovulación. Lo ridículo es que después haya alguien que busque tesoros entre algo tan vulgar y cotidiano como los papeles de un escritor. Eso ha ocurrido ahora con Augusto Monterroso y el legado que dejó a la Universidad de Oviedo. Entre sus apuntes, entre las muchas páginas con notas que cabrá revisar, los catalogadores encuentran radiografías de pulmón, fotos del Che Guevara o calendarios de pin-ups. Tal vez dentro de cincuenta años, cuando ya la cultura de la organización “a la sueca” que Ikea impone en todo el mundo, estas cosas ya no ocurran, pero por ahora, los escritores somos muy poco suecos en esto del orden. Las mesas de los colegas que he tenido ocasión de ver me dan la razón en esto. Lo cual significa, a modo de conclusión, que ninguno de nosotros podemos morirnos aún.
Claro que una vez muerto el desorden genera agradables sorpresas. Y es que si todos fuéramos tan ordenados como Ikea quiere que seamos, dentro de algunos años ya no podría haber hallazgos como los que últimamente aparecen por doquier: un cuaderno de Van Gogh en Grecia, una acuarela de Picasso en un pequeño pueblo de Inglaterra, una partitura de Bach o unos discursos de Agustín de Hipona en dos bibliotecas alemanas... Qué alegría ser capaz de sorprender a la posteridad con este tipo de regalos póstumos. Me produce tanto alborozo que estoy por lanzar una propuesta entre mis amigos escritores. Propongo que metamos en una carpeta un cuento o unos poemas inéditos (mejor escritos a mano) junto con un viejo cuaderno de notas (mejor si contiene dibujos), un mechón de pelo (así facilitamos la autentificación: el ADN no miente) y alguna fruslería mundana: el envoltorio de un kinder-bueno o la factura de un hotelucho de carretera. Luego buscaremos en qué rincón de qué biblioteca del mundo podemos esconderlo. Tal y como evoluciona el mundo, dentro de poco nadie entrará en ellas a consultar nada, de modo que nuestro legado dormirá en ellas un número indeterminado de siglos, esperando a la mano de nieve etcétera. ¿No es hermoso?