borde Sumario. Libros. Reseña.
 

Cuentos completos

 

Leopoldo María Panero

 

Páginas de Espuma, 2008

 

Diego Medrano

Leopoldo María Panero, Cuentos completos

Los dragones fuman despacio

 

Los “Cuentos completos” de Leopoldo María Panero (Editorial Páginas de Espuma), único maldito de nuestras letras, me generan un reguero de vivencias, todas ellas de índole personal y, si se quiere, “numismáticas”. Lo que decía Borges de Cansinos Assens: “Dice mi maestro Cansinos que tengo un estilo numismático”. La primera vivencia es aquella pensión cutrísima de la madrileña calle Hortaleza, donde Leopoldo fumaba sobre la cama, acompañado de su asistente, una guapísima argentina de veinte años,  más amiga que asistente, que a todos nosotros encandelaría. Aquella minúscula pensión donde Leopoldo aseguraba que había etarras y tíos nacionalistas, Caballeros del Cristo Rey. Una señora, casi en rulos, que venía cada poco a ver si estaba todo correcto y a la que Leopoldo repetía con insistencia: “¿Qué estabas escuchando a Paquita Rico?”. Los humores de una vieja cuando la cosa se pone un poco fea y Leopoldo comienza con sus calificativos: “¡Chotacabras! ¡Venderuedas!”. Incluso algún huésped, de lo más siniestro, jorobado él y su paraguas, tocando con insistencia a la puerta a ver si allí se hospeda o no Leopoldo María Panero, que él lleva muchos años estudiando para asesino y no se cuántos, que él tiene todos los libros de Leopoldo María Panero en una pequeña repisa y le gustaría que se los firmase, si no hay inconveniente, si pudiera ser. A lo que Leopoldo responde con un grado de gentileza superlativo, casi de cuento de hadas: “¿Por qué no te haces una paja y luego te lo extiendes por la jeta como si fuese gomina?”. A lo que el hombre, agarrado a su paraguas como metralleta, arquea las cejas y me susurra: “¿Desde cuando cojones se echa la gomina por la cara?”.

El gnomo, el héroe, el zascandil, Leopoldo, fuma y fuma sobre la cama, las piernas cruzadas y en alto, la ceniza galopando por la camisa a título de unicornio, la mirada perdida y sólo repite: “Los dragones fumamos despacio. A continuación, masticando un humo que es ya chicle o pollo al ajillo, me habla de sus “Cuentos completos”, de lo mucho que espera de ellos, de lo mucho que ha puesto en ellos. La fe que tiene en la providencial labor (también numismática, especialmente numismática) en el caso de Túa Blesa como compilador y encargado de la edición. Asegura que en este libro está lo mejor suyo (los años en que escribía “El lugar del hijo” para Tusquets muy centrado en la escritura, casi como geómetra del delirio, con pocos asuetos en la consumación del texto) y los años en que era un vagabundo, o poco menos, en el metro de París (tiempo al que pertenecen cuentos como “Paradiso” o “Revenant”). El verso de Leopoldo que tantos cantantes repetirían (“Hago semen de mi ruina”) puede, con toda extensión, aplicarse a la literatura, a su metaliteratura, pues en este libro, que es la mitad de su vida y cuesta unos veinte euros, siempre la literatura es línea de salida y máximo panegírico. Le gustaba a Leopoldo que se leyera la primera línea, el justo comienzo, de su relato “Revenant”, que se le leyese como hechicería y encantamiento, como fábula y milagro; y yo, en aquella pensión deliciosa, eso hacía: “Amaba el metro más que a una mujer”. Aquí, en esta sola línea, tenemos condensados todos los años de vagabundaje del genio: años en los que su obsesión es puto libro, texto, pasaje y su proyección; por así decirlo, aunque no es exactamente así, discurre en síndrome stendhaliano pleno hacia todo lo que puede ser entorno, alguien que se le acerca, alguien que pasa como el rayo, alguien en quien conviene fijar la atención por algún secreto o público motivo.

Sigamos con el comienzo de este cuento, que dice tanto de Leopoldo María Panero al momento actual: “Amaba al metro más que a una mujer: sus laberintos, sus encrucijadas, sus dobleces, sus sorpresas, el jeroglífico de sus flechas, el misterio de sus hombres, la infinita aventura de vivir siempre la otra vida: amaba al Metro más que a toda mujer. Era algo así como el “juego de la oca”, Le noble jeu de l´oie, en aquella antigua edición que me regalara mi madre, tan improbable, tan lejana, ya, tan insultada y tan violada por el tiempo: pero había días en que Havre-Caumartin era la cárcel, o el poco en que se está tres jugadas, otras en que Étoile-Nation era un puente para ir lejos, más lejos”. Este pasaje, a priori tan poco relacionado con el resto del libro, selvático como un paraíso, jugoso como una vianda, nos dice mucho, demasiado, acerca del héroe. Ese “juego de la oca” del que habla es en que vive al momento actual: bares cutres que son casillas, editores y más editores, en una huida siempre hacia delante, y una velocidad para consigo mismo y para con sus textos, que sólo puede venir del juglar, del yonqui sin tiempo que perder, de aquel que elabora los textos en sueños diurnos intensísimos y luego los vomita, restalla el texto sobre el papel como oro bruñido al sol (Quevedo: “Oro bruñido al sol relumbra en vano...). ¿Cuántos años de Leopoldo María engloban este libro? ¿Toda su vida?. No es que Leopoldo María espere mucho de este libro, o más que cualquier otro, sino que es Leopoldo quien va en busca significativa de este libro porque aquí, de una forma rabiosamente fugaz y especialmente incendiaria (Lo que decía Pitigrilli: “Uno nace incendiario y está llamado a morir bombero”) se encuentra a buen recaudo, especialmente inmóvil, todo su pasado. Avancemos un poco más en “Paradiso” o “Le revenant” (tan importante para Leopoldo en aquella pensión, tan decisivo para nosotros en el momento actual): “Luego estaban los personajes: aquella mujer húngara que hablaba siempre sola en su idioma extraño, el clochard demasiado gigantesco que llenaba con su voz todo el vagón, el hombre que tenía en su frente la media luna. Al salir afuera, llovía siempre, era la noche eterna, y los hombres vagaban como extraviados, libres de aquellos hilos que en el Metro les unían como para un baile o un rito antiguo; así: las trenzas de esa chica que no puede sino sobrellevar el nombre de Madeleine, me llevan directamente, como una flecha, al cabello enrarecido de la Vieja, porque ambos emblemas significaban lo mismo, en aquella sobrenatural lotería: a la primera, y a todas las que como ellas debían por fuerza llamarse Madeleine, yo le había puesto el nombre de “la blanca”, dispensadora de suerte; a la segunda, el de “la gracia”, como la Parca antigua de los griegos, que por la muerte la donaba”. El Leopoldo narrativo (desconozco si alguien, ya, lo ha puntualizado) nos introduce en su propio mundo mental, clásico, iridiscente, mucho más que el poeta. No es que su narratividad sorprenda o fascine; es que es una secta: nos atrapa, nos engulle, nos acerca despacio a su propio mundo, siempre filtrando una información (o trasunto cultural, literario) que él sabe administrar a la perfección en todo su misterio. Este libro lo tiene todo de obra maestra: testamento del genio, burla consumada, ejercicio de la memoria, desajuste de los sentidos. Es el Panero trágico y bello: aquel que perora sin interlocutor, echándose toda la lefa por el morro, y aquel que es geómetra/filósofo de una literatura que en su caso (mil veces lo ha repetido) es siempre ciencia. A la salida de aquella pensión de Hortaleza, ya con entrevistas con EL MUNDO, dijo algo que nos sorprendió a todos: “Yo no me muero ni a tiros”. Es difícil expresar lo que me pasa ahora por la cabeza: Leopoldo ha hecho metodología de su ciencia. Hay fórmulas muy claras, muy visuales, que ya todos han puesto de relieve en su literatura. Pero hay un “caos organizado”, duro como una piedra de hachís, que funciona por ecuaciones en su prosa (en su prosa, más que en cualquier poética o poesía) y cuyo ensamblaje no es sensible al bisturí. He ahí el armazón metálico de sus textos más filosóficos, más extraños, más vividos. Una lectura que es pura técnica, lenta como el humo de los dragones, que sólo puede convulsionar, un poco al sesgo, en los ojos que la recogen del suelo como lágrima y no la sueltan. No es el arte de abrir las aguas, sino el de abrir la noche para comerse la luna como caramelo y luego reír en vano. Cuidado, mucho cuidado.