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La fea burguesía

La fea burguesía

José Eduardo Tornay losobservatorios@hotmail.com

 

 

 

Hay que admitir que no está de moda utilizar un concepto tan antiguo como el de clase social para basar un argumento, pero es necesario manejar los recursos a nuestro alcance para comprender lo que nos rodea. Y si hay una razón lógica, si hay algo que podamos llamar ciencia social, con sus condicionantes y sus relatividades, con su instrumental impreciso de arenas movedizas, también podemos hablar de una razón narrativa: un modo de construir el mundo a base de historias, de entrelazar las visiones y las propuestas por medio de argumentos, de asumir que la verdad se compone en parte de ética, de estética y hasta de asentimiento.

No creo que otra haya sido la intención del novelista Miguel Espinosa. Su vida apartada en Murcia, su trabajo como asesor jurídico de empresas –la muerte le asaltó en forma de infarto a la salida de una Junta de cooperativistas-, su normalidad familiar, no le impidieron –acaso fueron el caldo de cultivo perfecto- desarrollar una de las obras narrativas más importantes del siglo pasado en nuestra lengua.

Es preciso leer con tiempo sus libros: ensayos y sobre todo novelas, Escuela de Mandarines, La tríbada falsaria y La tríbada confusa, pero probablemente el pórtico de entrada más idóneo a los mismos sea La fea burguesía: un retrato feroz –y por eso aparentemente inocuo- de las clases mejor asentadas en un tiempo y un espacio que puede confundirse con la España franquista de los años 60, pero que realmente es trasladable a cualquier época de cualquier lugar,  por ejemplo ahora y aquí.

Pues basta sustituir vocablos y donde dice fea poner inmoral, donde figura burguesía poner clase satisfecha. El mismo narrador habla en el texto de clase gozante y clase media, dando por supuesto que, en lo tocante a funciones sociales, un grupo se sirve de todos los resortes para implantar su dominio, mientras otro más numeroso pero también minoritario actúa como su látigo frente a las mayorías a cambio de privilegios y superioridades, de bienestar y calma. El resto vive, malvive o sobrevive. Consume, va a la escuela pública, vitorea las procesiones, delinque, paga a plazos sus deudas, se sacrifica por sus hijos, celebra las victorias de sus equipos, critica a sus vecinos, vota y muere.

No hace falta leer novelas de prosa tensa para darse cuenta de lo que hay: basta con mirar la tele, visitar un centro comercial o ir al trabajo a la hora punta. Y querer ver. Tanto los teóricos marxistas como los liberales lo dicen con claridad en sus manuales: poder, dinero, ambición, estructuras de comunicación. Pero hay que tener ganas y paciencia para leer a Milton Friedman o a Luckács. En cambio, las novelas nos entretienen –ese consumir las horas en calma que impone el rol atribuido-, nos forman –del mismo modo confuso que las familias, las religiones, los grupos de autoayuda, las películas- y nos permiten sacar conclusiones fundamentales manteniendo el gesto de pertenencia.

Miguel Espinosa, por supuesto, no es el único narrador que nos ayuda en ese empeño. Manuel Longares –su Romanticismo, memorable-, Isaac Rosa –El vano ayer, sobre corrupción y favoritismo en la universidad franquista, por ejemplo- y sobre todo Belén Gopegui –La conquista del aire, Lo real- son ejemplos de que todavía hoy se puede trabajar la reflexión social crítica desde los más elevados planteamientos artísticos.

Pero si La fea burguesía nos parece una obra importante no es porque lleve la razón, desde luego. Sino porque la lleva del modo necesario, con las palabras precisas, desde la atalaya ética que permite sacar el máximo partido al diccionario, desenmascarar a los verdugos.

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