borde Sumario. Opinión. Repóquer de damas

Repoquer de Damas, cinco escritoras españolas Care Santos, Pilar Adón, Eugenia Rico, Cristina Cerrada y Elena Medel se turnan mes a mes para escribir y dar su opinión, puntos de vista y sensaciones personales sobre las cosas de la vida. Un autentico panorama de la narrativa hecha por mujeres de hoy. Sólo en Literaturas.com

 

La viajera

Marta Sanz

La viajera se pregunta cómo pasea su propia ciudad recordando que, cuando está de viaje, mira hacia un lado y hacia el otro. Busca puentes que, de noche, dan miedo. Fachadas modernistas. Puertas de museos y de teatros de la ópera. Admira los parterres de flores y las fuentes monumentales y los comercios estrafalarios. Se fija en la morfología cambiante de las farolas y lee las placas conmemorativas: aquí Dostoyevski escribió El idiota, este palacio fue construido por un descendiente de Isabel de Moctezuma, aquí vivió Carlos Marx entre tal y tal fecha, en este café Apollinaire se sentaba en esta silla... La viajera se asoma al interior de los cafés. Visita las tumbas de los cementerios del centro y de las conurbaciones, busca lápidas de seres que podría haber amado, compra entradas para pasear por los jardines botánicos y por los zoológicos. Tira fotos. Come y bebe alimentos y sustancias que jamás pediría en casa: cerveza de jengibre, hormigas, hamburguesas. La viajera se detiene y, por una pedantesca deformación profesional, toma notas en un cuadernito. De viaje, se reconoce en lo mejor de sí misma, en su lado más alegre. En la boca abierta y el corazón jadeante. Se percata de su tamaño. Se ve como una figurita superpuesta sobre el perfil del paisaje. La viajera goza con lo que no le pertenece, con lo que sería incapaz de poseer: le duelen las piernas, extraña su cama, experimenta un ansia enorme de regresar. Es tontamente feliz. Teme ponerse enferma y ser incapaz de pronunciar el nombre de un medicamento en la apotheke. No podría vivir en ninguna de las ciudades que visita. Está deseando coger el avión.

Por su propia ciudad la viajera camina a una velocidad exagerada para no sentirse sola. No mira hacia arriba. Su propia ciudad no la pasea, sino que la recorre. La viajera no sabe tampoco cómo es exactamente el dibujo del pavimento: lo nota bajo las plantas de los pies, pero no lo conoce. A veces, ha de pararse para comprobar dónde está y no perderse en un punto repetido de su itinerario. La viajera ignora cuántos meses lleva abierto un comercio en el que antes no había reparado. También ha olvidado las tiendas que ocupaban los locales comerciales, las plantas bajas, no hace mucho. La viajera se desorienta en el espacio y en el tiempo. Los edificios altos le hacen perder la perspectiva. No conserva archivados en la memoria los nombres de las bocacalles. No sabe responder a preguntas. A los requerimientos de transeúntes de otra parte. Se duerme en los trenes de cercanías sin buscar el encanto de las escombreras ni las estaciones fantasma. El perfil poético de las periferias. Sólo algunas veces imagina, inspirada por la intensidad de la luz –la cantidad de vatios de una bombilla, un precio- o por el estado de abandono de las persianas, qué personajes habitarán dentro de las celdillas de ciertas ventanas pequeñas. La viajera calcula a cuánto estará el metro cuadrado en esas casas con los calentadores y las bombonas de butano en los balconcillos. No sabe dónde están enterrados sus difuntos. Quizá es que los quemó a todos. La viajera carece de control sobre sus propios pasos: siempre va hacia alguna parte por razones distintas de su propio aburrimiento. De su deseo. La fealdad le asalta, aunque lo hermoso debe de estar ahí, como en cualquier otra parte. A la viajera no suelen gustarle los nuevos monumentos ni las plazas remodeladas con hormigón o granito. Hay salas de museos que no ha visitado nunca. Sin embargo, conoce bien las direcciones de las delegaciones de Hacienda y de los hospitales. El lugar en el que se renuevan los pasaportes y los carnés de identidad. La viajera siente que el paisaje es suyo y que, al mismo tiempo, no lo es. Desconoce las estrategias que debería utilizar para apropiárselo y echa de menos elegir ropa de invierno o de verano, meterla dentro de un baúl, emprender un viaje, habitar una alcoba de hotel.  

La viajera no sabe qué situación le abruma, le cansa, le sorprende, le enseña más; en qué situación es más ella misma: si dentro o fuera. No se acuerda de qué comió ayer. Contempla las imágenes de su última salida: recuerda exactamente qué hizo en cada espacio congelado de las fotos. Quizá el viaje es una huida o una forma de arrebujarse, de meterse el dedo dentro del ombligo. Quizá moverse es un modo de estarse muy quieto. Como un pajarito amenazado por la garra del gato. La viajera reflexiona sobre si es bueno distraerse o si lo mejor es quedarse. Para escarbar. Para descubrir una verdad que casi siempre está pintada de oscuro. La viajera no puede sacarse los ojos y volvérselos a meter dentro de las órbitas para mirar de otra manera: con luz hacia dentro. Duda incluso de si esa transmutación es conveniente.

 

 

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