Pinter en estado puro
Harold Pinter (Londres 1930), Premio Nobel 2005 y Premio Europa al Teatro, es autor de una treintena de dramas, 24 guiones, 57 ensayos, de un buen número de artículos y poesías y de la novela “Los enanos” (Destino, 2005). “Tornar a casa”, que acaba de publicar el Centre d’Arts Escèniques de Reus (CAER) traducida por Joaquim Mallafré, fue estrenada en 1965 por la Royal Shakespeare Company y en febrero de 2007 por el CAER en un montaje bajo la dirección de Ferran Madico, que pudo verse en el Altre Espai de Valencia el pasado mes de abril.
Teddy regresa a casa como si fuera el hijo pródigo para presentar a su mujer, Ruth, a su viejo padre despótico y a sus dos hermanos. La inteligencia, la carga sexual y la belleza de la esposa generarán en la familia unas pulsiones inesperadas. Como ha apuntado Javier Villán, “Tornar a casa” es una “historia de ramería, cuernos, chulos, infidelidades y desamores, servida por un lenguaje desquiciado”.
La aparente normalidad no logra evitar unas grietas inquietantes en el seno familiar a las que contribuye la postura de la esposa, que acepta las nuevas condiciones de vida en la casa y que convierte el patriarcado en matriarcado, forzando a su marido a retomar su vida armoniosa sin ella.
Admirador de Osborne, Beckett, Proust y Mamet, el autor de “Un ligero malestar”, encuadrado en el grupo de los jóvenes airados del ’56, es un lúcido analista de las sombras de la condición humana, vista bajo un prisma kafkiano, mezclado con el prosaísmo de lo cotidiano.
En esta pieza, una de las más crípticas, hay 224 pausas, que no son tanto un tiempo obligado para dar cabida a la profundidad de la situación, como una mera sugerencia para el director de escena que puede ser rechazada con libertad, puesto que los silencios están en estrecha consonancia con lo que sucede en el escenario. Los componentes básicos del absurdo pueden ser también los del realismo, pero con otra estética deformada, con la poética del silencio amenazado y sombrío.
La ambigüedad entre lo que se piensa y lo que se dice y entre lo vivido y lo recordado, lo verdadero y lo falso, conforma el entramado sobre el que se tejen las relaciones de los personajes. Para Valentí Puig, Pinter pone en escena “un mundo lacónico y amargo, inflamable cuando las nieblas del tiempo entrecruzan el perfil de los personajes, hasta que la realidad de tan efímera pueda ser falsa”.
El británico convierte una situación banal en una parábola sobre la incomunicación y la dificultad de establecer una verdadera relación en el mundo actual. Su teatro marca la disolución del hombre urbano occidental enfrentado a la soledad en compañía, a la incomunicación y su lenguaje reiterativo y aparentemente banal fija en realidad la vacuidad de la vida y las relaciones cotidianas. Pinter retrata al hombre en la cárcel del espacio en el que la contemporaneidad le ha recluido y lo dibuja en la confusión de nuestra época.