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Exploradores del abismo

 

Enrique Vila-Matas

 

Anagrama, 2007

 

Fernando Menéndez

Enrique Vila-Matas, Exploradores del abismo

 El equilibrista discreto

Escribir un cuento es viajar en autobús y escribir una novela, seguir por la ciudad a un desconocido o a una desconocida. Esta fue la primera conclusión que saqué después de leer Exploradores del abismo de Enrique Vila-Matas. En febrero del año 2000, en una conversación mantenida con el crítico Ignacio Echevarría, el autor barcelonés contemplaba la posibilidad de “restituir el equilibrio entre el placer de contar historias y el experimentalismo tan denostado y del que yo procedo.” Casi toda su obra, y sobre todo a partir de Bartleby y compañía, es un cuestionamiento acerca del suceso mismo de escribir. Tal vez el infatigable reseñismo y los señores de la trama inclinen la narrativa de Vila-Matas hacia el rincón oscuro de lo metaliterario. Sin embargo, nada menos solemne y adusto que la escritura del “viajero más lento”. Su afecto por lo lúdico (llámese “experimentalismo” o como se quiera) nos retrata a un autor que, volviendo a Echevarría, vive “en” literatura. “Café Kubista”, el cuento que abre Exploradores…, tiene, además de la pretensión natural de contar una historia, la voluntad de iniciar un nuevo periodo a través de una serie de nuevas propuestas. El narrador de “Café Kubista”, un escritor en el que es fácil de ver al propio Vila-Matas, llega a Praga para romper consigo mismo (que es la manera más honrada de seguir siendo el de siempre): “yo me limité a avanzar hasta el borde del camino y cambiar. Si él era más bien orgulloso, yo tiendo a la modestia, y mis emblemas son: discreción, geometría, elegancia y calma.” A las ya conocidas Seis propuestas para el próximo milenio del italiano Calvino, hay que añadir estas cuatro del autor shandy. No es de extrañar este guiño al creador del Barón rampante. Calvino, como Perec o Queneau, forman parte de la rama más juguetona de la genealogía literaria de Vila-Matas.

Pero es Kafka, un escritor alejado de dicha rama, el que vertebra y sostiene toda la aspiración de Exploradores… Vila-Matas recuerda en el primer relato el deseo de Kafka de “seguir siendo un explorador del vacío, y así seguir dándole a mis palabras sentido.” A partir de este marco trazado por el autor checo, asistiremos, relato a relato, a un desfile de exploradores del vacío, equilibristas vitales.

La actualidad, empeñada algunas veces en corroborar las visiones de los artistas, ha reforzado la importancia y oportunidad del libro de Vila-Matas: hace unas semanas, el escritor Vicente Verdú publicaba en la prensa un artículo titulado “El actual imperio de la ausencia” y cuya entradilla rezaba así: “La hueca condición de la política, la canalización del sexo, la indiferencia del arte y la trivialización del saber tiñen a nuestra época de una atmósfera de vacío. La existencia tiende sólo a durar más y mejor.” Diagnósticos como el de Verdú interpelan a escritores que hacen poética de la incertidumbre y se empeñan en interpretar los signos de los tiempos. Es el caso de Vila-Matas, siempre más sensible a las anomalías del mundo que a sus consensos. ¿Cómo responder estoicamente, desde la escritura, a una cartografía cada vez más agujereada? Un personaje de “Vida de poeta”, uno de los cuentos de Exploradores…, tiene la respuesta: “- Las obras de arte, escasas, dan contenido intelectual al vacío.”

Es, efectivamente, esa dependencia del arte (la literatura en este caso) la que inscribe al autor de El mal de Montano en esa ilustre hermandad de lectores que escriben; presidida, desde su infinita perplejidad, por Jorge Luis Borges. El mejicano Juan Villoro resume certero el pedigrí literario del barcelonés: “Su estética depende en primera y última instancia de la lectura. Hechas de comentarios, reensamblajes, parodias y atribuciones apócrifas, sus historias se postulan como una segunda realidad. Vila-Matas llega después; observa lo ya narrado con ojo insólito, y discute lo ocurrido.”

Reensamblajes como el que ofrece Peter Handke para Exploradores del abismo: rebelarse contra los gestos mecánicos, desviarse hacia donde todavía no hay nada.