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José Luis Gómez Toré
Hay quien ha pretendido enterrar la obra de Brecht, como el resto muerto de una época pasada, junto con las ruinas del muro de Berlín. Sin embargo, “el pobre B.B”, como el mismo se denominaba en un poema, sigue muy vivo en nuestros escenarios. Y es que si Brecht ha vivido una reciente revalorización como poeta, cada vez resulta más evidente que su escritura dramática no puede reducirse a su vínculo con una ideología política. Al acercarnos a la totalidad de sus obras, precedidas aquí por un lúcido prólogo de Miguel Sáez, comprobamos una vez más la calidad de Brecht como dramaturgo. Esa admirable capacidad para convertir en teatro todo lo que se le ponía por delante. Su buen olfato para la construcción dramática, su destreza para aprovechar los mejores recursos de la farsa y del arte popular, su interés en aprender todo lo que podían ofrecerle Oriente y Occidente, nos sitúa ante un autor que conoce muy bien el oficio. Incluso en los peores momentos, en los que se deja arrastrar por un didactismo fácil y esquemático, Brecht se muestra capaz de convertir las ideas más abstractas en material escénico. Le acompaña siempre la conciencia de que el destino primero de sus obras no es el libro impreso sino las tablas de un escenario.
Difícilmente, se podría escribir la historia del teatro del siglo XX sin Brecht. Y no sólo por sus reflexiones teóricas sobre el teatro épico o por su famosa estética del distanciamiento o efecto V (aún en sus excesos, los postulados brechtianos sirvieron para abrir un necesario debate en torno al concepto, por otra parte nada fácil, de la catarsis aristotélica). Sin embargo, lo interesante es que Brecht no se limita a teorizar, sino que sus obras encarnan una nueva actitud, constituyen un puente entre el pasado y el futuro, en una asunción muy personal de la tradición y de la vanguardia.
El teatro político no es de ayer: la vida de la polis se dramatizó en los viejos teatros de Grecia y la política no es una preocupación ajena a los dramas de Shakespeare. En autores como Calderón, el absolutismo monárquico y la Contrarreforma encuentran un espejo y una suerte de refrendo ideológico tanto en el teatro profano como en el de tema religioso. La pasión política del teatro brechtiano no es por tanto ninguna novedad para el viejo arte dramático, si bien ahora se plantea una nueva relación entre la obra y el espectador. El público que sueña Brecht no es un mero consumidor de tramas e imágenes: debe mantenerse alerta y no olvidar nunca que se encuentra ante un juego teatral. En Brecht la política se hace comedia y se hace farsa, se aproxima a la tragedia y al vodevil, demuestra sus contradicciones en el hábil manejo de las situaciones y los personajes. En el río cenagoso de lo político, no son suficientes las buenas intenciones: el protagonista de la Vida de Galileo, en buena medida remedo del propio Brecht, es alguien para quien no basta con la fidelidad a los propios principios; quien quiere actuar en el mundo debe aprender a moverse con astucia, aún a riesgo de parecer (o incluso de convertirse en) un cínico.
Probablemente para la mayoría del público actual, buena parte de las respuestas que propone Brecht resulten lejanas. Sin embargo, me atrevo a decir que son más los espectadores que tendrán que reconocer que sus preguntas siguen siendo muy pertinentes. El dramaturgo alemán ya antes de ser marxista desconfiaba de quienes pretendían llegar hasta el espíritu sin pasar por la materia. Por eso tendría mucho que decir en una época como la nuestra, en la que la llamada aldea global abarca demasiados arrabales de pobreza. Como en la célebre Madre Coraje y sus hijos, todavía el río revuelto de la guerra es aprovechado por no pocos pescadores, si bien la mayor parte de ellos ocultan sus navajas tan bien como el siniestro Mackie Messer de La ópera de cuatro cuartos. Acercarnos de nuevo a la obra de Brecht puede ser una buena ocasión para preguntarnos si sigue viva esa relación, en otros tiempos esencial, entre la polis y el teatro, entre el espacio simbólico del escenario y el ágora de los ciudadanos.
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