|
Julio Espinosa
Antón Castro, a pesar de ser un autor y activista cultural tremendamente conocido y respetado en Aragón, no lo es tanto en el resto del país, seguramente por esa aún provinciana característica de los medios de comunicación, para los cuales es noticia sólo aquello que aparece, que ocurre en Madrid o Barcelona. Otros autores ya han sido condenados a cierto silencio sólo por el hecho de vivir en “la provincia”, tal es el caso de Miguel Delibes, seguramente el narrador vivo más importante del país pese a quien le pese, o poetas como Antonio Gamoneda, que sólo en el último tiempo ha sido valorado con justicia.
Seguramente Antón Castro no es un autor ni como Delibes ni como Gamoneda, pero se trata de un trabajador de la palabra que ya nos ha dejado un puñado de títulos interesantes, como El testamento de amor de Patricio Julve, Los seres imposibles y El álbum del solitario, todos, títulos publicados por la misma editorial que saca estos Golpes de Mar.
Lo primero que nos llama la atención de este libro, es que se trate de un conjunto de cuentos, género que en el último tiempo está teniendo más vida en la península, pero que carece de fama. No hay más que ver los catálogos de las editoriales más importantes, donde casi no tiene cabida. Ni hablar de un autor cuya primera obra sea un conjunto de cuentos: pasará la vida y, por buenos que sean, seguramente no los habrá publicado. Menos mal que Juan Rulfo nació en México y Cortázar en Argentina. Así que Castro ha tenido que ser valiente, puesto que aún tratándose de un autor “de la casa”, al presentar este libro perfectamente le pudieron haber cerrado la puerta a su publicación.
Lo segundo que destaca es el universo tan particular del autor, el imaginario que impregna los textos, llenándolos de la fantasía del folclore gallego, donde adivinas, brujas, aventureros, sirenas, fareros y fantasmas avanzan de la mano, haciéndonos penetrar, naturalmente, en una visión de mundo que alguien podría creer obsoleta, cuestión que no compartimos, pues a pesar de tomar referencias muchas veces ligadas a los “cuentos de hadas”, sirve de soporte a historias de adultos y para adultos. Nada más lejos de estos cuentos que la identificación con literatura infantil o juvenil. Al contrario: se trata de mostrarnos, a través de la metáfora y muchas veces, del desplazamiento temporal, situaciones de la vida cotidiana sobre las que suele recaer un prejuicio social, un tabú que oculta engaños, asesinatos o incestos, y que el buen lector podrá identificar en toda su crudeza más allá del barniz fantástico del que los recubre el autor.
Otro aspecto importante de este libro es la recuperación de la tradición oral, aún sin tratarse de un trabajo de recopilación y recuperación de textos pertenecientes al acervo popular. Me refiero a que Castro logra en su escritura reunir los mitos y leyendas escuchadas muy probablemente de boca de padres y abuelos, adecuándolos a su necesidad literaria y comunicativa. Pervive en toda la obra, por tanto, el olor a tierra, a mar y sal tan propios del pueblo gallego. Pervive su lenguaje. Pervive una mirada de mundo que, si no es por obras como ésta, tiene como destino perderse en el barranco de la globalización. Es por ello que este conjunto de cuentos hay que valorarlo no sólo como una obra literaria cerrada en sí misma, sino también como la extensión y propagación en el tiempo de una tradición, lo que lo dignifica y le da un sentido aún más profundo que el del entretenimiento.
Ligado íntimamente a esto, surge el hecho significativo de la unidad temática del texto. Concebido aparentemente como una serie de relatos independientes, el libro se va desvelando poco a poco como una trama, una compleja red, donde los personajes protagonistas de un cuento vuelven a aparecer como secundarios o terciarios en otros, y las historias acaecidas a los mismos, son verdades inmutables dentro de la compleja sociedad ahistórica que comprende el universo creado por el autor. Esto hace verosímil lo fantástico, puesto que detrás de ello no está la fantasía por la fantasía, sino una mirada que entiende la tradición y las creencias de todo un pueblo, no como una serie de falsedades folclóricas por superar, sino como la base cultural de una manera de entender el mundo. La vocación del autor por mostrarnos esta realidad se transforma, así, en el duro ejercicio literario de ir más allá de la simple anécdota para reflejar una verdad colectiva, una manera de vivir y de sentir.
Llegamos así al que seguramente es el valor más auténtico de Golpes de Mar. Se trata ya no del hecho literario y social del texto, sino de la sinceridad que desprende línea a línea toda la obra. Me refiero a que, para llevar a cabo esta escritura, Antón Castro ha tenido que arriesgarse a nombrar desde un terreno que una serie de críticos y periodistas, muy literatos ellos, suelen identificar como ingenuo y hasta cursi, cuestión con la que no estamos de acuerdo. Por el contrario, si en estos textos opta por dicha faceta es por la imperiosa necesidad del autor de hablar desde la verdad, su verdad, característica que cada vez se echa más en falta en un mundo lleno de textos con altas pretensiones literarias, meras cajas vacías envueltas en preciosos papeles de colorines, que pueden engañar a los cazadores de best-seller, pero nunca a los buenos lectores. En ese sentido, estos cuentos, envueltos en una misma red de sentido común, se desplazan hacia un terreno cada vez menos visitado por los narradores, pero siempre fundamental en una obra de calado literario: el humanismo y la coherencia ética como configuradores del mundo creado.
Es por ello que Golpes de Mar, de Antón Castro, es un libro lleno de claves y de verdades mucho más esenciales de lo que se puede creer en una primera lectura. Nunca se queda en el barniz; su palabra siempre toca el fondo y la trama de relaciones que establece, responde a la voluntad de trasmitir una realidad muchas veces oculta en el pliegue de la tradición. Por eso y porque cuesta mucho encontrarse con un autor tan sincero en el acto de su propia escritura, recomendamos la lectura de este libro.
|