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El caso Tuláyev, de Víctor Serge

Jesús Aller

 

 

 

El caso TuláyevUn acercamiento a la trayectoria política de Víctor Serge es inevitable que comience por la sorpresa ante las militancias diversas y contradictorias que despliega ante nosotros a lo largo de su biografía. Comprometido en cuerpo y alma con la revolución durante toda su vida adulta, que abarca casi completa la primera mitad del siglo XX, el hecho de que en etapas sucesivas se le pueda considerar socialista, anarquista, bolchevique, trotskista y socialdemócrata parece implicar una extraña deriva ideológica y es fácil que desconcierte a alguien amante en exceso de las etiquetas. Sin embargo, una observación atenta de estos cambios muestra que la multiplicidad de rostros oculta en realidad la trayectoria no exenta de coherencia de un eterno desengañado de las limitaciones y errores de los movimientos revolucionarios y un crítico implacable de las distintas estructuras opresivas que le tocó sufrir. Su obra literaria, que tanto ayuda a explicar los avatares de su vida de lucha, está penosamente olvidada hoy en el mercado hispano, aunque vuelve a la actualidad estos días con la versión de El caso Tuláyev que acaba de publicar Alfaguara en una traducción de David Huerta y con introducción de Susan Sontag. Es ésta una de sus novelas fundamentales y hemos de esperar que su reaparición atraiga la atención hacia un hombre y una obra que ciertamente la merecen. Una gran cantidad de escritos de Víctor Serge  pueden leerse en Internet en inglés en la web del Marxists' Internet Archive (http://www.marxists.org/archive/serge/index.htm)

Víctor Serge nace en 1890 en Bruselas con el nombre de Víctor Lvóvich Kibálchich en una familia de exiliados antizaristas entre cuyos antepasados se encuentran importantes personajes del movimiento de los narodniks, que luchaba por la emancipación de los campesinos, e incluso uno de los responsables de la ejecución de Alejandro II en 1881. Su actividad política comienza en 1905 en el Partido Socialista de Bélgica, formación que pronto abandona para colaborar con grupos anarquistas y escribir artículos en publicaciones de esta tendencia. Expulsado de Bélgica, se establece en Francia, donde su relación con la banda de Bonnot lo lleva a la cárcel en 1912. Cuando es excarcelado en 1917, viaja a España y participa en los intentos revolucionarios de ese año, pero en 1918 regresa sin permiso a Francia y acaba de nuevo entre rejas. Un intercambio con presos anticomunistas detenidos en la Unión Soviética lo lleva a Petrogrado en 1919, donde fascinado por las transformaciones sociales que observa comienza a colaborar activamente con los bolcheviques.

La carrera de Víctor Serge en la Unión Soviética está marcada por un distanciamiento progresivo de las políticas oficiales, que se manifiesta ya en 1921 en su crítica a la represión de los marineros de Kronstadt. Posteriormente se alinea con la "oposición de izquierdas" ligada a León Trotski y en 1933 es arrestado. Tras una campaña internacional en su favor, en 1936 se le permite abandonar la Unión Soviética y se establece en Francia. Con la ocupación de este país por los nazis, Serge emigra a América, donde tras diversas peripecias se le concede asilo político en el México de Lázaro Cárdenas. En el D. F. fallece en 1947 de un ataque cardiaco tras unos años de frenética actividad literaria amargados por el acoso de los agentes de Stalin.

La obra  de Víctor Serge comprende siete novelas, cuentos, diarios, memorias y una gran cantidad de textos políticos, y contiene datos y observaciones de gran valor para entender la historia de la primera mitad del siglo XX. El caso Tuláyev, escrita entre 1940 y 1942, y considerada una de sus más sólidos trabajos narrativos, describe la represión estalinista y proporciona un genial retrato psicológico de sus protagonistas, víctimas y verdugos. Más allá de esto, la obra resulta también y sobre todo la  reivindicación de un extraño concepto que todos los regímenes políticos parecen tener un enorme interés en despreciar, algo que en esta época de confusión postmoderna apenas nos atrevemos a nombrar, nada menos que la vieja "verdad", afortunadamente poderosa siempre para surgir de las cenizas a que casi todos quieren reducirla.

Lo que se nos describe en la novela es un caso extremo de esa manipulación tan grata al poder político. El asesinato en una fría noche moscovita del camarada Tuláyev, un alto funcionario del Partido, es en realidad una acción aislada e impredecible, resultado sólo del resentimiento momentáneo del joven Kolia contra el responsable de dolorosas deportaciones y purgas en las universidades. Kolia que casualmente circula con un revólver en el bolsillo, encuentra casualmente a Tuláyev y lo mata, pero este crimen es el desencadenante de una ola de represión que permite al sistema desembarazarse de elementos incómodos y culminar la tarea en que ya llevaba tiempo empeñado. Estos hechos presentan afinidades con un acontecimiento real, el asesinato de Serguéi Kírov en 1934 en Leningrado. Sin embargo, hay dos diferencias esenciales. La primera es temporal, pues la novela se ambienta en 1939, en una etapa muy posterior del terror estalinista. Por otra parte, hoy día no está nada claro que el asesinato de Kírov fuera tan impremeditado como lo es el de Tuláyev, ya que se ha especulado ampliamente sobre la participación en él de los servicios secretos e incluso del propio Stalin.

El caso Tuláyev nos aproxima a los hechos a través de una multiplicidad de voces y escenarios, y esto la diferencia de la otra gran obra sobre las purgas estalinistas, El cero y el infinito de Arthur Koestler, centrada en un pequeño grupo de personajes principales. Serge nos muestra tipos humanos enormemente diversos arrastrados por un mismo absurdo, que se convierte así en el protagonista de la narración. Kolia y Romashkin, su amigo y vecino, un oscuro funcionario con inquietudes místicas que es quien le proporciona el revólver, desaparecen en seguida del relato para volver sólo al final. Tras la descripción del asesinato, se nos presentan las vidas de los llamados a ser culpables de éste: el Alto Comisario Erchov, devorado por la máquina burocrática que el mismo ayudó a crear, Makéyev, un campesino trasformado con las luchas del Guerra Civil en gran preboste del partido en una remota región, y Rublev, un intelectual disidente sometido a un penoso exilio interior. Éste último es el primer elemento de una generosa galería de héroes que también nos regala la novela, tipos de auténticos revolucionarios enfrentados al horror, como Rishik, deportado en las costas del Ártico, que encarcelado después en Moscú, encuentra la forma de emprender ocultamente una huelga de hambre que le permite morir con dignidad, el atormentado Kondrátiev, presentado al principio como agente estalinista en España y después lúcida y bufonesca estampa de disidente suicida abandonado al noble vicio de la sinceridad, salvado al fin por su vieja amistad con el Jefe (nombre de Stalin a lo largo de toda la obra), que lo envía a Siberia a organizar las explotaciones de oro, o la joven Xenia, hija de un jerarca del partido, arrastrada por su admiración a Rublev a una campaña  en favor de éste que acaba comprometiendo a toda su familia.

Tras la descripción de los tipos humanos en que puede encarnar el horror, víctimas sobre todo, pero también verdugos que con sorprendente facilidad tienden a engrosar el grupo de las víctimas, el final de la obra regresa a la oscura vida de Kostia, que vuelve de un largo peregrinaje recién casado e irónico como siempre, y Romashkin, ascendido en su trabajo y feliz con sus elucubraciones. La conversación que mantienen al final pone en evidencia cómo el sufrido pueblo, auténtico protagonista siempre de la tragedia, es también culpable de ella, pues su docilidad ante las mentiras del poder es en realidad lo que lubrica el perverso funcionamiento del sistema. Una lúcida frase de uno de los últimos escritos de Rublev acierta a barruntar el sentido profundo de toda la historia: "Adquirimos un grado de lucidez y de desinterés inquietante para los intereses antiguos y nuevos. Nos fue imposible adaptarnos a una fase de la reacción; y como estábamos en el poder, rodeados de una leyenda verídica, nacida de una hazaña, éramos tan peligrosos que ha sido preciso destruirnos más allá de lo físico rodeando nuestros cadáveres con una leyenda de traición."

Penetrando en lashistorias de la Historia, El caso Tuláyev exhibe una diversidad de voces, caracteres y personajes sometidos a una misma locura, y nos ilumina sobre algunos de los errores que una revolución no puede permitirse cometer. Por otra parte, aunque el poder de fabulación y análisis del narrador omnisciente disecciona en este caso los mecanismos y las miserias del poder de Stalin, no es difícil darse cuenta del significado universal del conflicto que el libro plantea. Más allá de sus circunstancias concretas, Víctor Serge, hombre sin patria y revolucionario sin dogma, nos regala en El caso Tuláyev elementos para una reflexión imprescindible sobre esa eterna manipulación de la realidad que parece estar en la esencia misma del poder.

Jesús Aller

Literaturas.com