borde Sumario. Opinión. Repóquer de damas
Denominación de origen
Elena Medel
Repoquer de Damas, cinco escritoras españolas Care Santos, Pilar Adón, Eugenia Rico, Cristina Cerrada y Elena Medel se turnan mes a mes para escribir y dar su opinión, puntos de vista y sensaciones personales sobre las cosas de la vida. Un autentico panorama de la narrativa hecha por mujeres de hoy. Sólo en Literaturas.com

 

Para Yolanda Morató, que tenía razón

Yo nací en Córdoba, de padres también cordobeses, de abuelos maternos igualmente cordobeses y abuela paterna gaditana; el abuelo paterno llegó del norte, murió siendo yo muy pequeña, y jamás se adaptó a los rigores del verano, ni de la primavera, ni de casi todo el otoño en esa tierra-parrilla. En Córdoba he vivido hasta que cumplí veintiún años, cuando abandoné una ciudad en la que nunca —de no ser por aquellos a quienes aprecio, y que resisten allí— me he sentido cómoda del todo, bien por mi forma de ser, bien por eso que mi madre califica de circunstancias de la vida, y menea la cabeza en señal no sé si de pesar o de razón. Allí, en Andalucía, en Córdoba, continúan viviendo mis padres y mi hermana, mi pareja, unos pocos de mis amigos más queridos, y allí me desplazo alguna que otra vez cada mes, un fin de semana, cuatro o cinco días, para regresar saciada de Córdoba, al borde del empacho. Año y medio de idas y venidas me ha ayudado a calibrar la medida perfecta: nunca menos de tres días, jamás —bajo ningún concepto— más de siete seguidos, visitar más que vivir.

También reconozco ser una andaluza extraña, o al menos no cercana a los lugares comunes y las etiquetas que se empeñan en colgarnos: por ejemplo, no me gusta el flamenco. Nada. En absoluto. Y de Federico García Lorca, quizá mi poeta favorito —o, al menos, el que más me marcó en mi adolescencia—, los poemas que menos me gustan son aquellos que crítica y lectores reconocen como más andaluces; sí adoro, en cambio, dramas como Yerma o La casa de Bernarda Alba, que reconstruyen el tópico y nos presentan a unas mujeres andaluzas sin faralaes, sin bromas ni alegrías, serias, rebosantes de tristeza y sobriedad. No se me da bien contar chistes, mi piel es tan blanca que muto en gamba con dos rayos de sol, y el mundo vegetal provoca en mí —alergia mediante— una tortuosa sucesión de estornudos y moqueos. Viajar no ya al extranjero, sino a cualquier ciudad, me activa el chip del símil, y coloquen ustedes los puntos suspensivos.

Sin embargo, pese a mi escaso andalucismo, me enorgullece un rasgo legado por mi lugar de nacimiento, y por el entorno en que me crié: el acento. Un deje que me permite devorar consonantes, unir vocales en hiatos mágicos, economizar y reinventar mi propio idioma, una lengua que me permite cruzar el charco y hacerme comprender, pero que al mismo tiempo —gracias a ese acento— es mía y de los míos, es particular. Y que, pienso con orgullo, y aun consciente de lo odioso de las comparaciones, comparto con Luis de Góngora, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y buena parte de la Generación del 27: un listado apabullante frente a los tópicos que nos peinan con moño y flores, gastando bromas, arrancándonos a bailar y sin dar palo al agua en todo el día. Si en mis primeras intervenciones en público procuraba eliminar cualquier deje que revelase mi origen, ahora no me preocupa: leo o hablo, sin más. Ese acento forma parte de mí, es tan mío como el color de mis ojos —verdes—, el tamaño de mis pies —talla 39—, mi novio —Jose— o las canciones que más me gustan —La culpa, de Astrud, por ejemplo, o Cinnamon girl, de Neil Young, y dos mil más—. Por eso no acepto que, alguna vez, alguien se me haya acercado lamentando no haber captado todo el mensaje: algunas palabras se les escapaban, y eso cuando no bordeaban la mala educación, abrazando eso de es que estos andaluces. Quizá no se me entienda porque, a mis años, no logro vocalizar —denme el teléfono de un logopeda, en ese caso—, pero no por mi acento, que es igual de válido que el de una nacida en Buenos Aires, Managua, Valladolid o Las Palmas de Gran Canaria, y que para mí es —disculpen el sentimentalismo— el más hermoso, porque en él hablan muchos de los míos. Pongámonos zen: abramos nuestra mente y admitamos que podemos decir diferente para decir lo mismo. Sencillo, ¿verdad?

 

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