
“Qué raro aspecto, dijo Bernard, tiene el sauce visto en compañía”.
“Es un inmenso alivio poder llamarnos la atención recíprocamente sobre algo. Y después, también el silencio. Seguir las oscuras sendas de la mente y penetrar en el pasado, visitar libros, apartar sus ramas y arrancar la fruta”
La felicidad se halla en horas de descuido. Asumo, por lo tanto, que estaría de más decir que conocí este libro casualmente. Voy a decir, en cambio, que me enamoré. Y recomendar su lectura sería tan absurdo como explicar… el deseo. Tal vez alguien llegará a Las Olas en poco tiempo, y quizás luego eso se hilvane con algo que hará que lo lea y recién después se acuerde de esto, como yo me acuerdo de la persona que al descuido me prestó y presentó a Pessoa, o de la primer persona que me habló de La Maga viajando en colectivo, o de los personajes y personas que me hicieron llegar hasta Clarisse Lispector, Ezra Pound (“y marihuana, con los sobres de sopa y un pescado que sobrevolará olvidado, eso es seguro, en una palangana con esponjas entre supositorios y jamás contestados telegramas”), y de todos y cada uno de los que, por haberme presentado a los que también fuero los amores de mi vida, son mis amores.
Virginia Woolf, su autora, y varios críticos, insistieron en comprar su obra a la de Joyce por el empleo de la “técnica” stream of consciousness, el fluir de la conciencia. De hecho Virginia se preguntaba de soslayo en su diario si acaso algo suyo podría ser, alguna vez, algo más que una mala copia de algo. Estando, como estoy, dispuesta a asumirme enamorada de Las Olas, mi juicio no podría ser parcial al respecto.
Vale decir, por si hubiera dudas, que este libro es el segundo que me enamora de esta forma, y que el primero fue Rayuela, hace diez años. Claro que hubo otros amores, grandes, tiernos, fogosos amores, Nadie Nada Nunca, En el aura del sauce, Ladera Este, Tres Golpes de Timbal; hubo varios, pero éste es recién el segundo en tener antes y después, ser punto de corte, puesta en abismo.
El Club de la Serpiente no es el Grupo Bloomsbury. Horacio y La Maga no son Bernard y Neville, Rhoda no es La Maga. Pero a mi me llegan Las Olas en un cruce de líneas equivalente a los encuentros en el Metro, y el errar buscando a alguien sin haberse dado coordenadas, hasta el sorpresivo y esperado encuentro, siguen llamando mi atención a lo largo de los años. (Alguien pudo haber estado siguiendo este camino? Imaginemos…)
El primer aviso lo dio la película, Las Horas. Una primer intriga en la figura de Woolf, de quien antes suponía demasiado “femenina” o feminista, como encerrada bajo el título de escritora de literatura femenina bajo el cual se engloba lo que deberíamos llamar, sin eufemismos, cursi. A pesar de ser suicida. A pesar de las voces. El segundo fue recibir su diario –íntimo- en préstamo de alguien que casualmente lo tenía en herencia, sin haberlo leído. Después supe del grupo Bloomsbury y encontré que ésta es una historia -de amor- entre esos amigos. El decisivo, un desvío que nunca tomaría un psicólogo si un paciente le dijera que oye 6 voces cada vez que intenta acostarse a dormir, que se pelean, crecen, se entienden de ciertas maneras y se encuentran o caen como pétalos que se balancearan en un cuenco, si el tiempo fuera de agua y sólo de esa forma líquida se contara el paso del tiempo y de los hechos, mientras las imágenes se concentraran en lo que pasa en cada una de las mentes cuando el tiempo queda suspendido en un instante único y el pensamiento toma notas al margen del propio pensamiento: “All these things that happen in one second and last for ever.”
Pero tú, no eres tan terco. “Te dejas invitar porque te das cuenta de que siempre acudes a todos los llamados, porque sería una penosa experiencia la de llamar y que nadie acudiera. Sería algo que dejaría vacía a la noche”. “Entonces, borremos de un golpe el tic tac del reloj del tiempo, y acércate más”. Mucho más: “Para leer este poema, es necesario tener miríadas de ojos. , como una de esas lámparas que giran impulsadas por las raudas aguas, a medianoche, en el Atlántico, cuando quizás tan sólo un puñado de algas asoma a la superficie y de repente se separan las olas, y abriéndose paso con los hombros surge un monstruo. Uno debe tener paciencia e infinito cuidado, y permitir que también se difundan los sonidos leves, sean los de una delicada araña sobre la hoja o el cloqueo del agua en una irrelevante cañería de desagüe. Uno debe ser escéptico, pero prescindir de toda precaución y, cuando la puerta se abre, aceptar sin reservas”.
“Volvamos a aquel libro”, dice Virginia en su diario en mayo de 1929, cuando empezaba a escribir Las Olas llamándolo The moths. “¿Qué cosa tendrá que ser? No estoy tratando de relatar algo, pero tal vez podría lograrse de esta manera. Una mente que piensa. Podría haber islas de luz –islas en la corriente, la vida misma que fluye. La corriente de las mariposas nocturnas que vuelan violentamente en esa dirección. En el centro una lámpara y un tiesto. La flor puede estar siempre cambiando.
Irrealidad. El mundo irreal debe rodearlo todo –las olas fantasmas. ¿Sería posible que en ningún momento puedan dejar de oírse las olas, o los ruidos de la granja?”
“Todos mis buques son blancos”, dijo Rhoda. “No quiero los pétalos rojos de los geranios y de las malvas del huerto. Quiero pétalos blancos que floten cuando inclino el cuenco. (…) He recogido los pétalos y los he puesto a nadar. Aquí pondré un faro. Y ahora voy a balancear mi cuenco castaño de un lado a otro, para que mis barcos naveguen con oleaje. Algunos se hundirán. Algunos se estrellarán contra los arrecifes. Uno navega sólo. Este es mi barco. Penetra en las heladas cavernas en las que ladra una foca, y cadenas verdes pendientes de las estalactitas se balancean. Se alzan las olas. Sus crestas se enfurecen, fíjate en las luces de los mástiles. Se han desperdigado, han naufragado, todos salvo mi buque, que remonta la ola y se desliza en la galerna y llega a las islas en las que los papagayos parlotean y las lianas…”
“Ahora estamos en el bosque limitado”, dice Bernard, “con el muro alrededor. Esto es Elvedoon. He visto carteles en la encrucijada, con un brazo que apunta “A Elvedoon”. Nadie ha estado aquí. Los helechos despiden un olor muy fuerte y debajo de ellos hay setas rojas. Ahora despertamos a las dormidas cornejas que nunca habían visto forma humana. Ahora pisamos las manzanas enrojecidas por el tiempo y resbaladizas. Hay un muro circular alrededor de este bosque. Nadie entra aquí. ¡Escucha” Un sapo gigantesco ha saltado entre la maleza. Por el pie en esta piedra y álzate. Mira por encima del muro. Esto es Elvedoon. La señora está sentada entre dos alargadas ventanas, escribiendo. Con gigantescas escobas, los jardineros barren el césped. Somos los descubridores de una tierra ignorada. No te muevas. Si los jardineros nos vieras, dispararían contra nosotros”.
Las primeras imágenes que dibujan la infancia, son más que signos en su transcurrir a lo largo del “día”, del lazo de tiempo en el vaivén de las olas. En la segunda parte del libro, sobre todo, recoge imágenes y símbolos para usarlos de la manera correcta: no en forma coherente, sino simplemente como imágenes, no agotándolos nunca. Limitándose a sugerir “la presencia subconsciente del prado y el jardín, que realizan su tarea bajo cuerda”.
“Ahora iré a la biblioteca”, dice Rhoda.” Cogeré un libro, y leeré y miraré. He aquí un poema referente a un seto. Descenderé perezosamente por él e iré cogiendo flores verdes, mayas de color de luz de luna, rosas silvestres y repentinos tallos de enredadera. Lo reuniré todo en mis manos y lo dejaré sobre la brillante superficie de la mesa. Me sentaré en la temblorosa orilla del río y contemplaré los nenúfares, anchos y luminosos, que con su aguda luz de luna iluminan en haces el roble que se cierne sobre el agua. Cogeré flores. Formaré con ellas un ramo, lo tomaré en la mano y lo ofreceré… ¡Oh! ¿A quién?”
“Es una obra maestra”, dijo Lorence, marido de Virginia y director de la editorial Hogart Press, al recibir el primer manuscrito. “Y el mejor de tus libros”. Quiero anotarlo, y que agrega además que considera las primeras 100 páginas como sumamente difíciles y se pregunta hasta dónde será capaz de leer el lector común.
“Y mientras tú gesticulas, con tu capa y tu bastón, yo intento revelarte un secreto que ha nadie he comunicado todavía”, dice Neville. “Te pido (ahí en pie y dándote la espalda) que tomes mi vida en tus manos y me digas si es mi destino causar siempre repulsión a quienes amo.
Prefiero ser amado, a seguir el camino de la perfección a través de las arenas. Pero ¿estoy condenado a causar asco? ¿Soy poeta? Tómalo. El deseo que llevo tras de los labios, frío como el plomo, pesado como la bala, aquello con lo que apunto a las dependientas de comercio, a las mujeres, a las ficciones y a la vulgaridad de la vida (porque la amo), sale disparado hacia ti cuando te arrojo –tómalo- mi poema.
“Es un poema, dice la Sra. Holtby en el diario de Virginia, en 1932, con el libro ya publicado, “en forma más completa que cualquier otro de tus libros. Es de la más rara sutileza”. Lo que yo quiero oír es que esto es sólido, y significa algo”.
“Hay un río, dice Rhoda. Hay buques que navegan hacia la India. Pasearé por la orilla del río. Caminaré por esta orilla, donde un viejo lee el periódico bajo una techumbre de vidrio. Pasearé por este muelle y contemplaré los buques descendiendo con la marea. Una mujer, con un perro ladrando a su alrededor, pasea por cubierta. Su falda se agita. Su cabello se agita. Se hacen a la mar. Ahora me soltaré. Ahora por fin libraré el retenido, el violentamente rechazado deseo de ser consumida. Juntos galoparemos por desiertas colinas, en las que la golondrina hunde las puntas de las alas en oscuras lagunas y las columnas erectas se conservan enteras. A la ola que se estrella en la playa, a la ola que lanza su blanca espuma hasta los más lejanos confines de la tierra, arrojo mis violetas”
“Qué largo peregrinaje para alcanzar a este comienzo, dice Virginia en su diario en 1931, “si The waves es mi primer libro en mi propio estilo!”. Y sigue diciendo: “La sangre fluye como un torrente desde el principio hasta el final –no me gusta el desperdicio que suponen las interrupciones”, dice Virginia.. “Si algo he logrado, es eso: una plenitud saturada y sin cortes; cambios de escena, de mentalidad, de persona, llevados a cabo sin que se derrame una sola gota”.
“He de pasar del funeral en sufragio del hombre que murió ahogado a la señora Moffat”, dice Bernard,” intercalando unas cuantas reflexiones aparentemente ocasionales pero de tremenda profundidad acerca de un libro últimamente leído. Un libro un tanto raro. Quiero que la muchacha diga, mientras se cepilla el cabello o apaga una vela: “Dónde he leído eso yo? Ah, sí. En la carta de Bernard!”. Velocidad, ardor, el efecto de plomo fundido, un fluir, como el de la lava, de frase, en frase. ¿En quién pienso? En Byron, naturalmente. En cierta manera, soy como Byron. Quizás un poco de Byron me ayude a entrar en calor. Leamos una página.”
“Lleno esta página con una impresión fatal”, escribía Virginia en su diario cuando comenzaba a escribir el libro. “He comenzado la segunda parte de Las Olas –no sé. No sé. Siento que sólo estoy acumulando notas para un libro, sabe Dios si emprenderé alguna vez el terminar de escribirlo”.
“Has estado leyendo a Byron”, dice Neville. “Has marcado los párrafos en los que parece haber una confirmación de tu carácter. Veo marcas en todas las frases que parecen revelar una naturaleza sarcástica pero apasionada, un ímpetu parecido al de la polilla que se lanza sin vacilar contra la dureza del vidrio. Al pasar la punta del lápiz por aquí, pensabas: “También yo arrojo la capa así, también yo chasqueo los dedos ante el destino”. Sin embargo, Byron jamás preparó el té tal como tú lo haces; llenas hasta tal punto la tetera que, al poner la tapa, el té rebosa y se derrama. En la mesa hay un charquito castaño que se va extendiendo entre tus libros y tus papeles. Ahora lo secas torpemente con el pañuelo que has sacado del bolsillo. No, éste no es Byron. Éste eres tú. Ëste es tan esencialmente tú que si algún día dentro de veinte años pienso en ti, cuando los dos seamos famosos, con gota e inaguantables, te veré en esta escena. Y si has muerto ya, lloraré”.
“No me molesto en poner aquí un poco de orden”, dice Virgina, “o en explicar cómo mi humor fue decayendo hasta que me hundí durante unja hora en la depresión más grande en que jamás me habían visto. Quiero decir que pensé en no volver a escribir nunca más. Tuvimos una fiesta, para congratular a Lytton. ¿Por qué no mencionó siquiera mi libro, que supongo ya ha leído? Si el suplemento literario me hubiera saludado como un misterio, tal vez no me importaría, porque a Lytton le fastidia ese tipo de cosas. Pero ¿y si soy clara como el día pero no vale la pena fijarse en mí?”
“Ahora bien, mi caso también es dudoso”, dice Bernard. “¿Estaré tal vez entregándome a injustificadas emociones? Sí, mientras asomado a la ventana arrojo el cigarrillo, que cae al suelo girando ligero sobre sí, siento que Louise mira incluso mi cigarrillo. Y Louis dice: “Esto significa algo. Pero qué?”
“Es un poema”, dice la Sra. Holtby, “en forma más completa que cualquier otro de tus libros. Es de la más rara sutileza”. Lo que yo quiero oír es que esto es sólido, y significa algo”.
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