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  Las horas infames de Pancho Marambio  

Alfredo Bryce Echenique

 
Planeta, 2007  

Literaturas.com presenta, por cortesía de la Editorial Planeta, un capitulo de la última y esperada novela de Alfredo Bryche Echenique, Las horas infames de Pancho Marambio. Una nueva ocasión para disfrutar del mejor Echenique, abanderado junto a Vargas Llosa de la mejor literatura peruana.

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Alfredo Bryce Echenique, Las obras infames de Pancho Marambio

LAS PUERTAS DEL CIELO

Gentuza —dijo Aníbal, pensando en Pancho—, no sabe ni saludar.
Julio Ramón Ribeyro

 

Y por fin aterrizó en Barcelona. Atrás quedaban, en Lima, Perú, su ciudad natal, dos largos años de dudas y de consultas, primero, y luego otro par de interminables años liquidando su estudio de abo­gado sumamente exitoso y tratando de conven­cerse de que la Ciudad Condal sería una elección más fácil de concretar que Roma, Bolonia o París, las otras ciudades en las que Bienvenido Salvador Buenaventura había pensado como lugar de resi­dencia en Europa, su gran sueño. El Viejo Conti­nente, mucho más que los Estados Unidos o la Re­pública Argentina, había sido el principal destino de los varios viajes que hizo con sus padres y herma­nos, en sus años estudiantiles, y más adelante ya por cuenta propia.

Y ahora, muertos ya sus padres y también sus dos hermanos, varones ambos, Buenaventura había he­redado un patrimonio nada desdeñable, al cual se añadía el suyo propio, fruto de veinticinco largos años de un muy exitoso ejercicio del Derecho. Sus clientes sí que lo iban a extrañar, y mucho, pero esto era algo que a él le importaba poco, o, más bien, ab­solutamente nada, para ser sinceros. Es cierto que por un puñado de ellos sentía verdadero afecto y es­tima, pero ninguno de ellos lo entretenía ya, ni sus problemas lograban interesarlo como antes. Y, en cuanto a la gran mayoría de sus clientes, no eran más que una panda de majaderos y de candelejones, para decir íntegra la verdad.

«Adiós a las armas», se dijo por fin un día Bienve­nido Salvador Buenaventura, poco antes de ponerle punto final a una profesión que a menudo había ejercido como un hombre armado, aunque sin per­der nunca los estribos ni dar jamás de voces y conser­vando siempre sus excelentes maneras y unos moda­les ya de vieja usanza que en él eran fruto de la más esmerada educación y de su pertenencia a una fami­lia de muy distinguida aunque ya bastante fatigada estirpe peruana. La suya era en realidad una estirpe que se extinguía, ya que su padre y su madre eran hi­jos únicos y ni él ni sus hermanos se casaron nunca, por muy diversos motivos, aunque sin duda alguna el principal entre estos motivos fue evitar el devastador efecto que el alcohol causó en su familia a lo largo de generaciones, tanto entre los hombres como entre las mujeres. En realidad, Bienvenido Salvador Bue­naventura, a quien ya podía calificarse de solterón empedernido, por más larga y apasionada que hu­biera sido su relación con una hermosísima compa­triota llamada Mariana Zañartu, era por entonces la gran excepción a la regla, el único miembro de la fa­milia que, al menos hasta entonces, se había librado de la maldición familiar. Cabe incluir aquí también, pero sólo a título de recuento, el episodio amoroso, claro que sí, con la inenarrable y pastoril arqueóloga Palmira de la Vega, la del inefable y bucólico her­mano Horacio, pero éste tuvo más de farsa y de treta, ya que estuvo destinado a convencer al ya casi mori­bundo y muy querido hermano Andrés Felipe de que entre su hermano menor Bienvenido y Mariana Zañartu hubiese existido algo más que una amistad de futuros cuñados y no el amor que él sospechaba en sus delirios finales de alcohólico ya destrozado.

Y así, a sus cincuenta y cuatro años de edad, «el úl­timo de los Buenaventura», como solían llamarlo sus amigos, desembarcó por fin en Barcelona, dispuesto a establecerse en esta ciudad y a no hacer absoluta­mente nada más que disfrutar de ella y, a partir de ella, de todo el Viejo Continente. Había tenido muy buenos clientes en Cataluña, importantes hombres de negocios con grandes inversiones en el Perú, pero la verdad es que jamás trabó amistad con ninguno de ellos, y más bien sí con un pequeño grupo de cuaren­tones, solteros todos y a cuál más simpático, excep­ción hecha, eso sí, del pícaro Pancho Marambio, por más divertido e inteligente que pudiera ser, o pare­cer, las más de las veces. Aquella patota de cuarento­nes, a la que Bienvenido conoció de pura casualidad en uno de sus viajes a Europa, aprovechó luego esta circunstancia para visitar el Perú, casi en plan mochi­lero, ya que ninguno de ellos disponía entonces de una muy solvente cuenta bancaria. A cada uno lo atendió con sincero afecto Bienvenido, aunque al que más cariño le tuvo desde un primer momento fue a Gérard, un francés cuya vida estaba indisoluble-mente asociada a Barcelona y a Cataluña toda.

O sea, que lo primero que hizo Bienvenido Sal­vador Buenaventura al aterrizar en Barcelona, en enero de 2003, fue llamar a Gérard. Almorzaron juntos ese mismo día y su amigo francés le dijo que se dejara de tonterías, que nada de andar gastando en un hotel mientras buscaba un lugar donde insta­larse, para luego traer esos muebles y enseres que por el momento esperaban muy bien empacados en un depósito del Callao, el puerto de la ciudad de Lima. Gérard lo invitaba a compartir su casa hasta que estuviera instalado del todo y, en sus ra­tos libres, él mismo lo acompañaría en su búsqueda del departamento que deseaba comprar lo antes posible.

—Esto empieza con muy buen pie —le dijo Bien­venido a su amigo.

—No por nada te llamas Bienvenido Salvador Buenaventura —le comentó Gérard con su ende­moniado acento, una mezcla de catalán, francés y español, que ni él mismo lograba desentrañar a ve­ces, y que además se castellanizaba, afrancesaba o catalanizaba, según quién fuera su interlocutor.

Al escuchar aquel increíble cóctel de lenguas, que sólo Gérard era capaz de hablar y entender ca­balmente, Bienvenido recordó la historia de cómo éste había conocido a André, su mejor amigo desde la infancia, durante unas vacaciones montañesas con sus respectivas familias en Camprodón, un pueblo de apenas dos mil habitantes situado en los Pirineos orientales, y lugar de veraneo o de temporada de es­quí de muchos barceloneses. Los pobres niños —Gé­rard y André— se pasaron días enteros haciendo de­nodados esfuerzos por entenderse en catalán o en español, antes de descubrir que los dos eran fran­ceses.

Buscar en la prensa local avisos de departamen­tos en venta fue la única ocupación de Bienvenido Salvador Buenaventura durante las primeras sema­nas que pasó en Barcelona. Buscaba sobre todo en­tre aquellos pisos en que no había una agencia inmo­biliaria de por medio, y no sólo porque éstos solían ser casi siempre más caros, sino también porque le resultaba insoportable la verborrea de los empleados de esas empresas mientras mostraban una vivienda en venta. Era gente pesadísima, a la cual bastaba con escuchar un instante para sospechar que gran parte de lo que decían era puro blablablá destinado a con­fundir al comprador y a impedirle ver lo que real­mente le interesaba ver. La verdad, su llegada a Bar­celona había sido tan auspiciosa y la acogida de Gérard tan llena de afecto como la de toda aquella patota de cuarentones unidos por una amistad que muy a menudo se remontaba a la infancia. Eran casi todos ya unos solterones que huían del matrimonio como de la peste, y en ello había sin duda cierto re­chazo no sólo a sentar cabeza y asumir responsabili­dades, sino también cierta inmadurez combinada con un afán de continuar siendo eternamente una patota de adolescentes. Comparada con esa cálida acogida y con ese afecto, la paliza diaria que signifi­caba visitar departamentos en compañía de los más cargantes agentes inmobiliarios no tardó en hartar a Bienvenido, que, luego de tomarse unos días de re­poso, optó por seguir los consejos de Gérard y pres­cindir de los avisos en la prensa para consagrarse únicamente a aquellos que veía por calles y plazas de Barcelona, generalmente pegados a una pared o col­gando de un balcón. Y, como al cabo de unas sema­nas Gérard ya se sabía de paporreta qué era exacta­mente lo que su amigo buscaba, una tarde se le apareció con un letrero impreso en letras rojas y azu­les que había arrancado de la corteza de un árbol en la plaza de Tetuán.

—Esto es lo que andas buscando —le dijo con su aterrador acento—. Tiene la ventaja de que se vende de particular a particular, y creo que está muy bien ubicado para una persona como tú, a quien tanto le gusta ir a pie de un lugar a otro. Además, está situado en la parte derecha del Ensanche, que siempre te gustó, y por ahí cerca encuentras de todo, desde cines y tiendas hasta excelentes restau­rantes. Y nada lejos tienes, además, un excelente mercado, aunque ya sé que tú jamás has puesto un pie en un mercado, salvo como turista.

—Pues parece que sí me conviene —le comentó Bienvenido tras haber leído detenidamente el aviso. Y al menos podré visitarlo sin que un agente inmobi­liario me vuelva loco.

—Hoy ya no podemos ir, porque se visita sólo por las mañanas, pero podemos llamar y concertar una cita. Mañana, sábado, yo te puedo acompañar. Y si estás de acuerdo, le damos la voz a Pancho Ma­rambio para que venga con nosotros y nos dé su opi­nión. Él se ocupa de estas cosas, como sabes.

—Y de mil cosas más, por lo que recuerdo —lo interrumpió Bienvenido.

Cómo olvidar, en efecto, a este miembro de la patota de Gérard, por el que Bienvenido sintió siem­pre un particular afecto, y con el que siempre man­tuvo una relación sumamente cordial. Con los años, sin embargo, el rechoncho Pancho Marambio se ha­bía convertido en un tipo bastante ostentoso y vul­gar, al que ya sólo le faltaba pintarse con esmalte ne­gro las uñas de las manos y de los pies, según le habían contado algunos de los amigos comunes. Y, más que en un gran mentiroso o un tipo falso, re­sulta que el rechoncho Pancho Marambio se había convertido en una mentira que camina, en todo un caso de falsificación humana. Bienvenido lo recor­daba como un tipo bastante gordinflón y suma­mente simpático y alegre, pero ahora, de regreso a Barcelona, lo que había encontrado era más bien un tipo profundamente pagado de su personita y enamorado perdido de los automóviles ostentosos.

Además, el tal Pancho Marambio se había teñido el pelo de negro retinto para ocultar unas canas que él llamaba mis mechas ingratas, sin un ápice de pudor. En realidad, el inefable Pancho se lo había teñido absolutamente todo de negro retinto. Falsos eran, pues, el color de sus cabellos, el de su bigote, y hasta el de esos pelos hirsutos que exhibía a gritos en su pecho lechoncito, dejando sus negras y entalladísi­mas camisas abiertas casi hasta la pancita, imposible de disimular, por lo demás, y por mucho que el im­presentable se cortara casi la respiración apretuján­dola al máximo con una fajita que uno fácilmente imaginaba teñida de negro, cómo no. Por supuesto que las camisas negras las llevaba siempre con los puños abiertos y remangaditos, de tal manera que tintinearan a la vista del mundo entero sus mil cade­nitas de plata dudosa, llenecitas de esclavas, de dijes y de mil colgajitos más, de toda una verdadera sona­jera, en fin. También los pelos del pelo en pecho se los había teñido el gran Marambio de negro, y a esto se añadían unas botas retintas y con alza, ya que el tipo hasta retaco no paraba, unas botas retintas y ex­cesivamente brillantes, además, con unas puntas bien far west y hasta con unas espuelitas Midnight cowboy, como quien no quiere la cosa, pero que por ahí se divisaban y excesivamente brillantes, por supuesto, también. La verdad, nadie sabrá nunca qué habría querido parecer, el tipo, pero lo que en primer lu­gar saltaba a la vista era su inconfundible pinta de fracasado proxeneta de luto, y también, cómo no, uno tenía todo el derecho del mundo de pregun­tarse, por ejemplo, si el culo de Pancho Marambio era suyo o era prestado. Y encima de todo, tanto tinte negro, y más bien baratieri, realmente amenazaba con chorrearse íntegro y salpicar a medio mundo, por lo que la gente tenía que tomar las precaucio­nes del caso y medir sus distancias, especialmente los calurosos días de intenso verano o los de lluvia torrencial, de los que gracias a Dios el tipo huía como de la peste, no fuera a ser que...

El «resultado Pancho Marambio» era, pues, atroz, una verdadera enciclopedia ilustrada de lo que no se debe ser, hacer, ni parecer, ya que, además, la autén­tica tintorería que llevaba encima no parecía en ab­soluto ser producto de un salón de belleza, sino más bien de un puesto de lustrabotas. Pero, bueno, ésta no es más que la primera parte de Pancho Maram­bio. Y no la peor, como se verá.

La segunda parte es que absolutamente todo lo que hacía en esta vida Pancho Marambio también era falso, desde hacía ya un buen tiempo. Porque tra­bajaba de arquitecto, pero sin serlo ni lo más remota­mente, ya que con las justas había terminado la pri­maria, cosa requeteconocida por sus amigos y ex compañeros de escuela primaria, precisamente, aun­que, eso sí, había tenido el increíble cuajo de publicar nada menos que dos libros de títulos francamente inefables, sobre todo tratándose de él: El castillo y su restauración, y El palacio y su restauración. Sí, señores, tal cual, y sin jamás haber restaurado castillo ni pala­cio alguno, por supuesto. Y, para colmo de colmos, resultó que andaba ya muy metido en la misteriosa escritura de un tercer tomazo, de esos llenecitos de ilustraciones a mil colores y en el papel más fino, ti­tulado nada menos que Vocabulario de la construcción y la arquitectura, cuando el arquitecto Ignacio Pari­cio, autor de un excelente Vocabulario de arquitectura y construcción, lo pescó con las manos en la masa, y a punto estuvo el gran forajido de Pancho Marambio de acabar entre rejas. En lo que sí había incursio­nado de veras, el Rey del Tinte, aunque muy fugaz­mente, debido a su estrepitoso fracaso comercial, era en el diseño y fabricación de unos muebles que él llamaba futuristas, para los que nunca encontró lugar ni comprador alguno, ni siquiera entre los ami­gos de la patota de Gérard, que preferían sentarse en el suelo de su casa u oficina, o dormir en la mismí­sima alfombra o moqueta, antes que tener que posar nalgas y espalda sobre la incertidumbre absoluta que generaban, por ejemplo, los resbaladizos sillones y si­llas del Tintado, que, de veras, no siempre atajaban a los usuarios en su resbalón de tobogán.

Y así, tal cual, o sea, con su mejor look de angelito negro, apareció Pancho Marambio, la mañana si­guiente, en el departamento que Bienvenido Salva­dor Buenaventura empezaba a visitar en ese mismo momento, situado en la calle Provenza, bastante cerca de Rambla Cataluña y en la parte derecha del Ensanche, una amplia zona de la ciudad construida de acuerdo a un avanzado diseño urbanístico de fi­nales del xix. Era un departamento de techos muy altos, realmente amplio y sumamente luminoso, con acceso al techo del edificio que, según le dijeron los propietarios, nadie visitaba nunca. Al subir a verlo, Bienvenido no tardó en pensar que a ese espacio se le podría sacar muy buen provecho, pero ahora en lo que realmente se tenía que concentrar era en el departamento mismo, hasta su último detalle. Es­taba pensando que habría que hacer más de un cambio, como cerrar alguna puerta inútil y derribar un par de paredes interiores, pero la gran amplitud del vestíbulo y el hecho de que los vendedores fue­ran una pareja con dos hijos pequeños, niño y niña, que dormían en habitaciones separadas, lo conven­ció de que el espacio era más que suficiente para él y para su muy valiosa biblioteca —había eliminado, eso sí, como quien pretende borrar de un plumazo toda una larga época de su vida, hasta el último de sus libros de Derecho, antes de abandonar Lima—, para su formidable discoteca y para la excelente fil­moteca que empezó a formar en los tiempos en que el terrorismo de Sendero Luminoso hizo que los pe­ruanos abandonaran prácticamente del todo las sa­las de cine.

Lo malo es que, mientras Bienvenido Salvador Buenaventura trataba de observar minuciosamente cada rincón del departamento, la cháchara atroz de Pancho Marambio le impedía cada vez más concen­trarse a fondo en su firme propósito de verlo todo muy detenidamente y de no precipitarse en su elec­ción. Pues sí, era lo que él temía: en menos de lo que canta un gallo, el Tintado había descubierto en la vendedora del departamento una alma gemela, aunque en este caso embetunada tan sólo por den­tro, ya que por fuera se trataba de una mujer de pelo sinceramente rubio. Pero en todo lo demás, se parecían como dos gotas de agua sucia, ambos espe­címenes. Ana, se llamaba la panchificada propieta­ria, y también para ella fue cosa de un abrir y cerrar de ojos descubrir en cuerpo y alma a quien desde ese momento se convertiría en su cómplice abso­luto, sin que Gérard y Bienvenido hubiesen imagi­nado aún que por ahí iban los tiros, aunque sí el po­bre esposo de Ana, sin duda debido a una larga y triste experiencia conyugal. Se llamaba Sergi y fue mandado a callar las tres veces que opinó, en su cuá­druple calidad de padre de familia, esposo, propie­tario y vendedor. Bienvenido se había aliado con él momentos antes, aunque muy mala alianza la suya, sobre todo si tenemos en cuenta que Pancho Ma­rambio hacía rato que había penetrado también en cuerpo y alma a la tal Ana, en lo que era ya un verda­dero alarde de compenetración. En cambio, el gran Gérard, noble y leal como siempre, se puso de parte de Bienvenido y del oprimido y silenciado Sergi. En fin, la peor alianza que imaginarse pueda.

Bienvenido Salvador Buenaventura era un gran observador, a pesar de todo, por lo que muy rápida­mente llegó a la conclusión de que, por más que fingiera lo contrario, la pareja formada por la pan­chificada Ana y san Sergi tenía una gran urgencia en vender su departamento. Ella misma se delató cuando dijo que al principio lo habían dejado todo en manos de una agencia inmobiliaria, pero que en vista del precio tan alto que ésta pretendía cobrar y lo mucho que tardaba en conseguir quien lo pa­gara, habían optado por prescindir de esa empresa y venderlo directamente entre su marido y ella, para que el asunto no se eternizara, y por más que el celestial Sergi no desempeñara papel alguno en la transacción. Pensándolo bien, y comparándolo con otros departamentos que había visitado, el pre­cio de éste no le parecía nada mal a Bienvenido, y, además, tanto él como Gérard hacía rato que se ha­bían dado cuenta de que la despiadada y el aureo­lado andaban bastante mal de dinero. Antes de reti­rarse, Bienvenido y Gérard le echaron una última mirada al departamento y se despidieron diciendo que lo iban a pensar durante el fin de semana, y que el lunes o martes, por la mañana o por la tarde, harían una oferta. La del alma sucia se quedó de­mudada al escuchar lo del lunes o martes, por la ma­ñana o por la tarde, y Bienvenido y Gérard se hicie­ron un guiño cómplice antes de salir en busca del ascensor.

Como era de esperarse, el Tintado Pancho Ma­rambio les dijo que no los acompañaría. Según él, prefería quedarse un buen rato más, mirar más aten­tamente cada habitación y medirlas todas, una tras otra, sumando luego las áreas comunes para compro­bar que la superficie del departamento era la misma que figuraba en el cartel arrancado de un árbol que Bienvenido conservaba en un bolsillo de su saco.

—Éstos se van a compenetrar como locos —le dijo Bienvenido a Gérard mientras esperaban el as­censor.

—Qué duda cabe. Y el pobre Sergi...

—Créeme que, si no fuera por él, no llamaría hasta el miércoles o jueves. O incluso dejaría pasar una semana entera, antes de dar señales de vida.

—Ojo, Bienvenido, no vaya a ser que se te escape una excelente ocasión. Es cierto que tendrás que ha­cer varias reformas, pero el piso es cojonudo, y el precio también lo es. Yo no me arriesgaría a per­derlo, francamente. Barcelona es una ciudad súper de moda en este momento...

—Por lo que me cuentan, Barcelona es una ciu­dad súper de moda desde hace ya una buena década.

—Sí, pero la demanda de pisos en venta o en al­quiler sigue aumentando.

—Pues bien, entonces no dejaré pasar ni un día. Llamaré el lunes mismo, por la mañana, y ya vere­mos qué pasa entonces.

Pasó que el departamento había subido de pre­cio, por obra y gracia de los compenetrados, por su­puesto, y pasó también que, cuando el pobre Sergi opinó que no era correcto pedir una suma el sábado y otra superior el lunes, sin razón alguna, el Tin­tado y la malvada simple y llanamente le aplicaron el silenciador. Pero, por último, pasó también que Bien­venido Salvador Buenaventura desapareció y no dio más señales de vida a lo largo de una semana entera, durante la cual se fue de paseo a la costa. A su re­greso, el contestador automático, que nadie apagaba nunca en casa de Gérard, estaba llenecito de ruegos y de súplicas. Primero eran sólo de la tremebunda Ana, luego también de Sergi, porque ella lo man­daba a suplicar, y de rodillas, qué duda cabe, el tono lo decía todo, y finalmente eran ruegos y súplicas y hasta lamentos de cante jondo del propio Pancho Marambio, que, tras hacer toda una demostración de su cultureta, recurriendo al refrán aquel de «La ocasión la pintan calva», instaba desesperadamente a Bienvenido, mi directo amigo, en vez de mi dilecto amigo, a no perder una ocasión de compra tan pero tan calva como ésta, la más calva de todas, la madre de todas las ocasiones calvas, Bienvenidazo, y que se ofrecía, postrado también, como el pobre Sergi, a hacerle los mejores trabajos de restauración que en el mundo han sido, por favor te lo ruego, mi súper directo Bienvenido, y Bienvenido seas también a Bar­celona, que además de todo, hermano, es algo más que una ciudad, de la misma manera que el Barça es algo más que un club, ¿lo sabías?

Que Pancho Marambio fuera capaz de hacer las mejores obras de restauración del mundo era, por supuesto, imposible, aunque la verdad es que Bien­venido prefería moverse entre el círculo de amigos de Gérard. Todos conocían a Pancho Marambio, y varios de ellos habían sufrido las consecuencias de sus artes, pero todos reconocían también a un amigo de infancia, y, además, en esto de las obras, era me­jor malo conocido que bueno por conocer, aunque tratándose del Tintado, afirmar tal cosa era sencilla­mente un craso error, como tan triste y hasta trágica­mente se vería pronto, muy pronto.

Sí, pronto, muy pronto se vería todo, y se vería, también, de todo. Porque finalmente Bienvenido asintió a lo que él, entonces, craso error, consideraba buenas razones y compró el departamento a pesar de la burda y absurda estafa que, en las narices del propio notario, le montaron cual golpe de estado los compenetrados. Y es que hasta le alteraron el precio, cuando ya todo entre ellos estaba convenido, este par de almas que en el mundo había unido el diablo, para nada Dios, según afirma la letra de Angelitos ne­gros, que tan lindo cantaba Antonio Machín, un mo­renazo afincado precisamente en Barcelona. Por supuesto que san Sergi no tuvo derecho a estar pre­sente en aquella reunión notarial, y, por su parte, desde el instante mismo en que decidió pasar por alto la pestilente estafilla de la panchificada Ana y el anificado Pancho, Bienvenido Salvador Buenaven­tura supo que estaba permitiendo que se pusiera en marcha esa tan feroz y autodestructiva capacidad suya de observar a un canalla en total silencio, muy atentamente y sin decir ni pío, por inmensa que fuera esa ruindad y por mucho que le doliera. Siem­pre, siempre desde que lo recordaba, lo obsesionó la idea de ver a alguien ser inmundo, pero su profesión de abogado lo había obligado a controlar perma­nentemente esta extraña inclinación, por el riesgo que corría de que alguno de sus clientes resultara perjudicado. En fin, las atroces incoherencias del ser humano.

Pues con la compraventa del departamento de la calle Provenza tenía una oportunidad realmente única de dar rienda suelta a esa vieja y enferma ob­sesión —suicida, en este caso, como se verá—, aun­que Ana salió muy pronto de su campo de observa­ción, tras haber sido muy bien acompañada en todo momento por el inefable Tintado. Ana fue reptil, primero, y rapaz, después, aunque concluida la ope­ración de compraventa lo invitó incluso a cenar y le propuso que se siguieran frecuentando. Era una mujer ilimitadamente desagradable, y san Sergi un hombre culto y fino, del que habría valido la pena ser amigo, pero, terminada aquella insoportable co­mida familiar, en la que además ella fue atroz hasta con sus dos hijos, muy niños aún, Bienvenido deci­dió que sólo los volvería a ver cuando se mudaran y le entregaran las llaves del departamento. Después cambiaría su número de teléfono y se olvidaría de aquella tan desigual pareja para siempre.

Todo esto ocurrió unos días antes y, cuando, tras haberle echado una última mirada al departamento, esta vez sólo en compañía de Pancho Marambio, Bienvenido Salvador Buenaventura dijo que deseaba comprarlo, pero siempre y cuando le hicieran una pequeña rebaja. Lo hizo únicamente porque el com­prador ofrece siempre en estos casos una suma in­ferior a la que le piden, aunque la verdad es que la diferencia entre esas sumas era en este caso tan pe­queña que resultaba ya sólo simbólica, y Ana no tuvo inconveniente alguno en aceptar, sin mirar siquiera al esposado Sergi, silenciado y anulado por completo finalmente. Por ello, sin duda alguna, aunque el de­partamento pertenecía a ambos por igual, el menos­preciado ni siquiera asistió a la cita con el notario, el día que se firmó el contrato de compraventa.

En cambio, sí asistió Pancho Marambio, aunque al verlo llegar Bienvenido estuvo a punto de pregun­tarle qué vela tenía él en ese entierro. Pues mucha vela, sin duda alguna, como se vería en seguida, por­que llegado el momento en que el notario lee la es­critura, antes de proceder a la firma de la misma, re­sultó que el precio no era el convenido en la última visita que Bienvenido hizo al departamento, sino el que la tal Ana le había pedido el día en que fue por primera vez, llevado por el aviso que Gérard arrancó de la corteza de un árbol en la plaza de Tetuán. Él es­tuvo a punto de intervenir, de negarse a pagar ese precio y decir que habían quedado en una suma me­nor, pero la verdad es que no era precisamente di­nero lo que le hacía falta, y en cambio sí sentía una imperiosa necesidad de mirarlos a ambos cara a cara, de mirarlos muy detenidamente y de verlos más su­ciamente desnudos que nunca, aquel extraño y sin duda muy malsano placer que siempre se había ne­gado a lo largo de toda su carrera de abogado triun­fal. Después, firmó la escritura sin mirar siquiera la cláusula en que figuraba el precio, a sabiendas de que corría el riesgo de que algo más pudiera ser inexacto. Tanto la panchificada como el anificado exhalaron el ventarrón que hasta el momento habían contenido, pero no soportaron la sonrisa tan irónica, tan de arriba abajo con que Bienvenido, más que observando, ahora, los estaba diseccionando, e incluso tal vez enterrando ya en un lodazal. Y ahí estaban los po­bres, deformes y como chapoteando en inmundas, en asquerosas aguachirles, hundiendo al máximo sus mi­radas en su propia miseria, y deformes, como si sus ojos buscaran desesperados sus retorcidas bocas, y por ahí desaparecer para siempre, desaparecer de una vez por todas con toda su pestilencia a cuestas. Casi se quedan bizcos, también, claro está, pero no adivinaron nunca, sin embargo, el profundo e in­menso placer, el gustito imperial que Bienvenido se estaba dando. La penetración psicológica y el refina­miento mental y moral era algo que a ambos les es­taba absolutamente negado, y ahí andaban ahora, los pobres diablos, hundidos en la peor de las miserias y como chapoteando en su humano estercolero para dos, hechos realmente el uno para el otro o hechos, el uno y el otro, uno. Y así, sí, así, porque lo de Pan­cho y Ana era la más pura y dura compenetración, la más pura y dura e inmunda complicidad para los más bajos menesteres. Era eso, eso y nada más. Tras haber decidido que ya estaba bien de rebajarlos, de conver­tirlos en dos oxidadas tachuelas sin punta, al menos momentáneamente, Bienvenido hizo el gesto de al­guien que se limpia una mancha sobre el hombro y se incorporó para despedirse únicamente del nota­rio. Para él era mucho más que suficiente.

Pocos días después, Pancho Marambio, simple y llanamente, no podía resistir ya más el silencio a que lo había sometido Bienvenido, tras la escenita donde el notario, y empezó a dejarle, uno tras otro, toda una serie de mensajes exactos en el contestador automá­tico de Gérard. Muchas veces esos mensajes fueron escuchados por su destinatario, que se hallaba pre­sente en el momento mismo de la llamada, pero que había optado por darse el placer de ir comprobando cómo evolucionaba el tono de voz del Tintado a me­dida que pasaban los días sin que nadie le respon­diera. Por fin, un día, Bienvenido decidió concretar un proyecto que desde hacía siglos el ejercicio de su profesión le había impedido llevar a cabo. Para algo se había jubilado, después de todo, y mucho antes de lo que el común de los mortales suele hacerlo. Un viaje por Europa, de país en país y sin que nada lo obligara a abandonar un lugar, salvo el deseo de ha­cerlo, había sido siempre su gran proyecto, el sue­ño de su vida, ahora que lo pensaba bien. Y nada le impedía concretar ese sueño ya, salvo llegar a un acuerdo con Pancho Marambio sobre las reformas que deseaba introducir en el departamento recién adquirido.

O sea, que le devolvió la llamada, finalmente, y quedaron en verse ese mismo día para mirarlo todo de cerca y fijar un precio que incluyera, hasta donde fuera previsible, naturalmente, todos aquellos de­talles que fueran surgiendo a medida que avanza­ban las obras. El departamento debía quedar como nuevo, eso sí, por más tiempo y dinero que hubiese que invertir. Lo malo es que, llegado el momento de la visita y de los acuerdos a los que deseaban llegar, Bienvenido tenía la mente puesta en su viaje por Eu­ropa y había prescindido por completo de su tan fi­luda e incluso malsana capacidad de observación.

Y la verdad es que Bienvenido se encontraba como ausente durante aquella agotadora visita, y apenas si se fijó por ejemplo en la inefable pinta que traía Pancho Marambio, que para aquella calví­sima ocasión optó no retocarse en absoluto, a fin de evitar toda sospecha de que venía más que reto­cado por dentro, negro retinto de cuerpo y alma, acicalado al máximo en lo más profundo de su ser, para ser breves. Y así, lo primero que anunció el Tintado al entrar en el departamento fue que ha­bía llegado en ómnibus y no en su BMW rojo, y que no sólo se había olvidado de acicalarse, según pro­pia expresión, sino que además ni siquiera había pensado en lo de sus mechas ingratas. En realidad, lo único que observó aquella mañana fatal Bienve­nido fue que el Tintado venía menos pasado por un lustrabotas que otras veces, sobre todo por fuera. Finalmente, convinieron en un precio, y fue entonces cuando Bienvenido Salvador Buenaven­tura, en un absurdo e irresponsable afán de liqui­darlo todo antes de irse de viaje, cometió el treme­bundo error que tantísimo le iba a costar: le pagó a Pancho Marambio por adelantado. O, para decirlo con todas sus letras: le pagó nada menos que a Pan­cho Marambio en contante y sonante. «La incohe­rencia de los seres humanos, el estado de ánimo tan especial en que me encontraba en aquellos días», se dijo más de una vez a sí mismo, pero no.

No había explicación alguna que le resultara sufi­ciente. Nunca la habría.

Al regresar a casa de Gérard y encontrarlo tum­bado en una vieja mecedora, leyendo tranquila­mente una revista, le contó que había decidido viajar por Europa mientras Pancho Marambio remodelaba su departamento, que ya todo lo que había que re­formar ahí estaba decidido de común acuerdo, y que hasta lo había dejado íntegramente pagado también todo, pues sí, por adelantado, para poder viajar en paz y ya no tener que preocuparse absolutamente de nada.

—Eso sí que es un grave error, muy grave —le dijo su amigo, reaccionando, incorporándose casi de un salto, e insistiendo—: Has cometido un gravísimo error, Bienvenido. A Pancho Marambio hay que vigi­larlo muy de cerca, mientras trabaja, y sobre todo no se le debe adelantar jamás un centavo. Obras como ésa no se pueden pagar nunca jamás por adelan­tando, Bienvenido, y mucho menos a un tipo tan poco formal y claro como Pancho Marambio.

—La verdad es que el Tintado y la claridad poco o nada tienen que ver, sí...

—No, Bienvenido. Yo no bromearía con esto, ¿sabes? Y, perdóname, pero no entiendo cómo un hombre con tu experiencia profesional puede co­meter un error tan tremendamente grave. No, no lo entiendo, Bienvenido... Porque es gravísimo lo que acabas de hacer y me parece que está más que can­tado: lo acabarás pagando, y muy caro, si quieres mi opinión.

—No puede ser para tanto, Gérard...

—¡Coño, Bienvenido! ¡Claro que puede ser para tanto! ¡Y para mucho más...!

—Bueno, vendré de vez en cuando para ver cómo van las cosas.

—Es plata perdida, te lo repito. Plata perdida y un millón de disgustos a la vista...

Gérard movió repetidamente la cabeza en señal de total desacuerdo, mientras Bienvenido Salvador Buenaventura optaba por el más total optimismo, aunque a sabiendas de que tanta confianza se debía enteramente a la necesidad de viajar por Europa sin preocupación alguna. Pensó incluso que su gran ca­pacidad de observación era algo que también se po­día poner en práctica estando lejos, muy lejos de todo, aunque la verdad es que no sabía muy bien cómo. Y la verdad es que, además, Bienvenido se daba muy bien cuenta de que esto último, esto de convertirse en un observador tan distante como agudo, no dejaba de ser una tremenda insensatez, un total contrasentido, en fin, toda una gigantesca cojudez, y en absoluto digna de un tipo como él.

Por otro lado, sin embargo, su confianza e ilu­sión eran inmensas, desde que aterrizó en Barce­lona, y ni por un momento pensó siquiera en el de­moledor alcoholismo que había sido la gran enferme­dad hereditaria de su familia, y que precisamente se había desencadenado siempre a raíz de alguna gran desilusión. Su abuelo, su padre, sus dos hermanos ma­yores, literalmente se habían matado bebiendo, pero en cambio él, a sus cincuenta y cuatro años de una vida de total equilibrio y sobriedad, se sentía ya ciento por ciento a salvo de aquella devastadora maldición familiar.

Pasaron dos largos meses antes de que Bienve­nido Salvador Buenaventura hiciera su primera rea­parición en Barcelona. Nuevamente se alojó en casa de Gérard, pues pensaba quedarse tan sólo tres o cua­tro días, echarle un buen vistazo a las obras de Pan­cho Marambio y reemprender su feliz vagabundeo por toda Europa, de un país a otro y de ciudad en ciu­dad, sin más límite de tiempo que el que sus propios deseos y caprichos le señalaban. La verdad, el hom­bre había confiado en la buena suerte que lo acom­pañaba desde que puso los pies en Europa y, sin duda llevado por ella, había borrado por completo de su memoria la pequeña y estúpida felonía del rechon­cho y renegrido Pancho Marambio cuando la com­pra del departamento. Y Bienvenido se regodeaba incluso recordando la pinta del tipo, más emperifo­llado que rey de baraja fina, la mañana aquella donde el notario, caray, realmente iba vestido para la oca­sión, el gordito, o sea, sobrevestido Marambio-style, o, más exactamente aun, ya disfrazado de sí mismo. Sí, sí, aquello sí que fue el colmo de los colmos, y sin duda por eso mismo no pudo retenerse y, en vez de preguntarle qué diablos hacía él metido en una reu­nión notarial en la que normalmente sólo se requería de la presencia del comprador y del vendedor, optó por mirarlo de pies a cabeza y por soltarle la siguiente frasecita, aunque sin que el Tintado entendiese en absoluto la sutileza, desgraciadamente:

—Por lo que veo, Pancho, hoy, más que acica­lado, te has venido de lo más acicatado.

Fue impresionante la cara de retrasado mental con que lo miró Pancho.

Esta vez, sin embargo, la felonía del Tintado era de mayor cuantía, y encima de todo recién acababa de empezar. El desconcierto de Bienvenido fue total, desde el instante mismo en que puso los pies en su recién adquirido departamento de la calle Provenza.

Merde —fue el primer y único comentario de su amigo Gérard, no bien vio aquello.

Y es que aquello no era una obra inconclusa, ni siquiera pésimamente mal hecha, sino un verda­dero e inmenso desastre, sólo comparable al resul­tado de una terrible explosión. Así lo sentía, lo es­taba viviendo Bienvenido en el preciso momento en que Pancho Marambio hizo su detestable y acicala­dísimo ingreso en compañía de tres harapientos operarios que lo acompañaban tan sólo para arre­glar y explicar un poquito un par de pequeños deta­lles, según anunciaron, autosuficientes hasta decir basta, ya que el señor Marambio venía ocupadísimo en dar de alaridos por un teléfono móvil y no an­daba para bromas, a pesar de que sus destrozos tam­bién habían tenido nefastas consecuencias en los departamentos de varios vecinos.

No, señor, no andaba para bromas, don Pancho, agregaban los impresentables operarios, sin que na­die les preguntase absolutamente nada, además, y a la vez corifeaban la gritería de su arquitectísimo, di­rigida sabe Dios a quién, o mejor dicho, dirigida a nadie, según el gran truco que el tipo se inventaba cada vez que lo pescaban en toda su verdadera di­mensión de embaucador nato. Y seguía grita que te grita, acicaladísimo, como siempre, y como siempre también llenecito de pulseritas en ambas muñecas, con las mangas de su negra camisa ligeramente do­bladitas y recogidas, precisamente para lucir su col­gante y tintineante joyerito, íntegro de cadenitas con y sin medallitas. Y así, grita que te grita, reman­gadito y tintineante, continuaba, y sin mirar ni si­quiera a Bienvenido, el muy hijo de la gran flauta.

—¡Nadie cumple! ¡Nadie trabaja! ¡Nadie en­tiende, maldita sea, que aquí el arquitecto es el que manda! ¡La puta que los...!

Fue devuelto a la realidad, pero tan sólo por un instante, ya que en seguida se desplomó, por su­puesto que a sabiendas de quién era su agresor.

—Esto es para que aprendas a mirarme, cabrón.

Los harapientos operarios se habían quedado es­táticos y Gérard había logrado controlar finalmente a Bienvenido, que temblaba atrozmente. Lo mejor era sacarlo de ahí lo antes posible, impedirle ver un instante más los destrozos de Pancho y de su gente, y descubrir que aquello, más que unas obras de res­tauración, parecía el resultado de una explosión controlada cuya finalidad había sido principalmente traerse abajo los departamentos más altos del edifi­cio. El ruido y la gritería habían convocado a los ve­cinos de aquellos departamentos, y uno tras otro em­pezaban ahora a congregarse en el descanso de la escalera, y literalmente bramaban, todos a una. Y es que llevaban semanas quejándose, tratando de ha­blar con el incapturable sinvergüenza del arquitecto ese que se cree el Zorro y que no es más que un ca­brón que no da la cara...

—Ha perforado el comedor de mi casa —se que­jaba la vecina de enfrente, y el del departamento de arriba resulta que tenía un verdadero forado en el suelo de su vestíbulo y, el de abajo, lo que tenía, ade­más de todo lo demás, eran dos forados en el techo de su sala y otro más en el baño de su dormitorio.

—Pues pasen y vean lo que me queda a mí del departamento que compré —dijo Bienvenido, pre­sentándose con todos sus nombres y apellidos y sor­prendiendo por completo a todos los ahí presentes, o sea, los perjudicados directos, más sus padres, hi­jos, y hasta algún abuelo. Gérard se había quedado realmente turulato, pero su amigo continuaba invi­tando a todo el mundo a pasar y ver—. Es un favor que me hacen —iba repitiendo a medida que el temblor de su cuerpo se agudizaba, se hacía anor­malmente visible, causaba preocupación y temor.

Al final él mismo fue el guía, seguido muy de cerca por un muy vigilante Gérard, eso sí. Tirado en el suelo, para satisfacción general, Pancho Maram­bio se frotaba el pecho y la quijada, mientras sus operarios aprovechaban para darse a la fuga. El Tin­tado fingió un nuevo desmayo al ver el aterrador pa­norama, pero Bienvenido lo recogió de los pelos y, mientras el otro empezaba a incorporarse esbozando algo que se pareciera a una sonrisita con saludito, le asestó un nuevo golpe feroz.

—Miren cómo se le queda a uno la mano toda te­ñida de negro —dijo, estirando el brazo y agre­gando que sólo había regresado para ver eso, aun­que sin imaginarse nunca que además lo iba a hacer en tan grata compañía, y que, bueno, que también deseaba aprovechar las circunstancias para alzar ín­tegra con toda la documentación del archifalso ar­quitecto.

Los vecinos no lograban creerse lo que veían, o sea, que Bienvenido les dijo que continuaran con su visita y que muy desgraciadamente, dadas las cir­cunstancias, claro está, él no podía decirles que queda­ban en su propia casa.

—¿Y qué hacemos si vuelve en sí? —le pregunta­ron de por ahí.

—Pues traten de devolverlo en no, porque ahora mismo este amigo y yo nos vamos a tomar una copa en el mejor bar de Barcelona —les dijo Bienvenido, señalando a Gérard, al ver que ya se abría la puerta del ascensor. Por último, y ya a manera de despe­dida general, agregó—: Llevo toda la vida, señoras, señores, esperando una oportunidad como ésta para tomarme siquiera un par de copas en un gran bar. Un largo medio siglo, señoras, señores, un largo me­dio siglo...

La puerta del ascensor se había cerrado detrás de Gérard y de Bienvenido sin que ninguno de los dos sospechara siquiera del tremendo alcance de esas pa­labras, de su gravísimo significado, de su abismal di­mensión. Sin embargo, tanta rabia y sobre todo aquel incontrolable y feroz temblor, más la insoportable an­siedad que lo ocasionaba, no le ocultaba a Bienve­nido que aquel atroz descenso en el ascensor en com­pañía de Gérard, que todo lo ignoraba acerca del alcoholismo congénito y atroz de la familia Buena­ventura, era también consecuencia del gran cariño que siempre había sentido por Pancho Marambio, por más que siempre se hubiera reído de su pinta ine­fable y de sus embetunadas andanzas, y por más que últimamente lo hubiese mirado tanto de arriba abajo. Impotencia, rabia, desprecio, pero también una pro­funda tristeza y un viejo y sincero afecto eran los prin­cipales ingredientes del endemoniado cóctel al que ahora, perdido en Barcelona, ciego y perdido en la ciudad escogida entre todas las ciudades de Europa, fatalmente le iba a agregar whisky en un vaso de cris­tal tallado, cristal de roca, con dos cubitos de hielo, como Dios manda, claro que sí.

«Más dura será la caída», se dijo Bienvenido Sal­vador Buenaventura al día siguiente, pensando en el título de una vieja película protagonizada por Hum­phrey Bogart, aunque recordando tan sólo vaga­mente que era una de esas historias de boxeadores sin ángel, de golpes que hacen daño y de empresa­rios que matan, todo en un habitual blanco y negro gangsteril, aunque sin recordar mayormente los de­talles de la trama. Acababa de abrir los ojos y de darse cuenta de que estaba en el departamento de Gérard, pero solo. Su amigo, sin duda alguna, se había ido a trabajar, y su amigo, sin duda alguna, lo había arras­trado hasta su casa, primero, y hasta la cama, después.

Y ahora Bienvenido se miraba aterrado en el es­pejo del baño, aunque sin lograr verse bien, nada bien, y sin embargo aquella opaca imagen le dolía tanto como si en realidad lo que estuviese viendo, y clarísimo, y noche tras noche y año tras año, fuese la diaria y atroz escena en que él arrastraba a su padre hasta la primera cama que encontraba en el ca­mino, siempre con ayuda de su hermano mayor, y luego, tras la muerte de su viejo, un hombre tan des­trozado como maravilloso, arrastrando también a su hermano mayor, igualmente viejo, igualmente des­trozado e igualmente maravilloso, devorado también por la bebida. Y en seguida le tocó ver e incluso es­cuchar a Andrés Felipe, el segundo de los tres her­manos Buenaventura, mientras le decía:

—Yo no creo en enfermedades congénitas, Bien­venido. A mí que no me vengan con cuentos pseu­docientíficos y estupideces hereditarias.

—¿Y entonces qué? —le preguntó Bienvenido, que empezaba por entonces sus estudios de Derecho.

—Es una maldición familiar, si quieres, pero que nos excluye a nosotros dos.

Diez años después, Andrés Felipe terminó de ma­tarse bebiendo, y veinte años después de aquel ho­rror Bienvenido continuaba sin saber qué diablos era el alcohol. Pero ahora estaba con su amigo Gérard, a quien nada en absoluto le había contado nunca de aquel horror familiar, por la sencilla razón de que Bienvenido jamás había hablado con nadie de aquel cotidiano espanto, ni siquiera pensaba en aquella ver­dadera maldición familiar. El alcoholismo de sus se­res más queridos había sido una más entre las mu­chas cosas que él logró borrar, erradicar por comple­to de su mente, y de tal manera que ahora, nueva­mente de pie ante la barra de un bar, de un bar cual­quiera, al pie, sí, al pie de un bar sin vasos de whisky como Dios manda, pero en cambio cerca, muy cerca, en la esquina misma del portal en que vive Gérard, sólo piensa en la película de Humphrey Bogart y se repite una y otra vez: «Más dura será la caída.»

Bienvenido Salvador Buenaventura paga, y, sin avisarle a Gérard ni subir tampoco por su maleta, sale disparado de Barcelona. Pero días después salía también disparado de Palermo y de Agrigento y de Nápoles y de Génova y de Verona, y pocos días des­pués salía también disparado de un hotel en Biarritz y de otro hotel en Cannes y de otro hotel en Marse­lla y de otro hotel en Aviñón, y días después salía también disparado de un bar en una esquina en Bruselas y de un bar en Brujas y de un bar en Ams­terdam y de un bar en Estocolmo, y días después comparaba una barra de bar en Ronda con una ba­rra de bar en Sevilla con una barra de bar en Cádiz y con una barra de bar en Almería. Y se sentía real­mente limpio, muy bien afeitado y peinado, incluso, cuando de tiempo en tiempo veía un vaso de whisky de cristal tallado, de cristal de roca, y con dos cubos de hielo bien compactos e instalados en el fondo, pero ya casi nunca veía un vaso de whisky de cristal tallado, de cristal de roca... ¿Qué bebía él...? Pues un asqueroso orujo. ¿Qué bebió anoche y qué está be­biendo ahora? Pues un asqueroso orujo. ¿Y por qué? ¿Para matarse mejor, o sea, más rápido? Nunca ha­bía encontrado la respuesta completa a esta última pregunta... Piensa, sí, que aquélla realmente era una pregunta de lo más metafísica, y ríe, se ríe, sí, de la cantidad de bobadas que se le vienen a la cabeza, y ese mismo día llama a Gérard...

—Metafísico parece que estoy, Gérard...

—¿Qué te ocurre...? Esa voz... No tienes voz de...

—¿Tengo una voz metafísica...? Debe de ser eso. Debe de ser que hasta tengo ya una voz metafísica de tanto hablar y pensar en huevadas...

—Hace cinco meses que desapareciste, Bienve­nido. Y hace semanas que Pancho me entregó las llaves y dio las obras por concluidas.

—¿Concluidas...?

—Bueno, a mí no me lo parece, la verdad, pero ya tú verás. En cualquier caso, lo mejor es estar ahí y ver...

—¿Concluidas, Gérard...?

A Bienvenido le había dado por pensar que a Bar­celona sólo regresaba para beber whisky en un vaso de cristal tallado. Era una idea fija y muy dañina, algo inconcebible, incontenible y tan autodestructivo como una obsesión mortal. Soñaba mientras dormía y soñaba despierto sólo con vasos de cristal tallado lle­nos de whisky, siempre llenos de whisky con dos cu­bos de hielo en muy hermosos vasos de cristal de roca. Y soñaba con esos mismos vasos, siempre llenos, siempre limpios, y muy, muy fríos, incluso cuando te­nía uno entre sus cada vez más temblorosas manos.

—¿Concluidas, Gérard? ¿Tú dices que concluidas?

—Pues ya te digo que a mí realmente no me lo parece, pero insisto, eso sí, en que lo mejor es estar aquí, mudarte a tu departamento y traer tus cosas del Perú. Y después ya irás viendo, poco a poco...

Ahora el desastre era, en lo que al amplio vestí­bulo y al salón se refiere, era verdes. Verdes, sí. Y ver­des de mil maneras de no ser el verde inglés que Bienvenido le indicó a Pancho Marambio, con tre­menda muestra en sus narices y todo. ¿Me entien­des, Pancho? Por ejemplo, aquí donde hubo un fo­rado, lo verde inglés como que se vuelve irlandés, por decirlo de una manera, e incluso esto es un ex forado verde galés y de lo más Lady Di. Pues sí, por­que el pobre Bienvenido Salvador Buenaventura te­nía que explicárselo todo de mil maneras suma­mente asociativas a aquel acicatado forajido para no enloquecer del todo. Y al final el desesperado bebe­dor hasta brindaba por este forado verde y por ese verde forado y por aquel forado verde, todos muy Commonwealth, eso sí, aunque ya quisiera su Britá­nica Majestad que hubiese tantos países y naciones Commonwealth como verdes hay en estas paredes y forados pésimamente mal pintados, pésimamente mal pintados y tapados, y esto incluye también las paredes, cómo no, porque la verdad es que ya uno no sabe muy bien dónde empieza lo pared ni dónde acaba lo forado. Y no me digas que no eres capaz de entender lo que te digo, Pancho.

Sólo había una manera de escapar de aquel tor­mento de verdes Pancho Marambio, y era probar lo rojo. También sobre este asunto Bienvenido prefirió no explayarse demasiado, aunque sí recordaba ha­berle explicado que, además de un verde, podía ha­blarse también de un rojo inglés, tipo escena de caza en Inglaterra. Pues de ese rojo deseaba él que le pin­tara las paredes del comedor. El Tintado parecía es­társelas viendo negras para dar con ese rojo, o para dar con la misma Inglaterra, posibilidad nada descar­table en él, por supuesto, pero en todo caso lo que su­girió fue pintar el baño de visitas de color negro.

Rojo y negro —asoció Bienvenido.

—A cuadritos no puede ser, Bienvenido, salvo que tú lo desees. Ya sabes: La voz de su amor —citó el emperifollado, pésimo, por supuesto.

—Sólo estaba pensando en el título de una gran novela.

Sin duda alguna, Pancho Marambio en absoluto había olvidado aquel par de uppercuts demoledores de la primera visita que Bienvenido hizo a su depar­tamento. Y sin duda alguna, también, por eso el po­bre diablo bailaba cual boxeador perseguido en el centro del ring, aunque al mismo tiempo como que agitaba una especie de colita, de lo más canina y pa­radita, y no tan en sentido figurado como uno tende­ría a creer, porque el aterrado Marambio como que andaba con el culo de lo más alegre, en esta tensa ocasión. Esto era, en todo caso, lo que Bienvenido Salvador Buenaventura, vaso de whisky en mano y algo tambaleante, lograba ver, sobre todo ahora que había decidido evitar la locura de lo verdes, aunque tan sólo para entrar en la demencia de lo rojos.

Porque también los había para todos los gustos, menos para el suyo, por supuesto, y a pesar de que también en este caso se había valido de una muestra tan contundente como un retrato muy bien enmar­cado de una escena de caza en la campiña inglesa. Pero lo rojos de Pancho más tiraban a rojo paso­doble, y como tal brillaba y hasta sonoro no paraba. A su pregunta acerca del origen de aquel cantarín relucir, la respuesta de Pancho Marambio fue:

—Es que también he pintado el vidrio del re­trato. Y un vidrio brilla, Bienvenido.

El de los vasos de whisky de cristal tallado reforzó nuevamente su trago, le ofreció uno a Pancho, pero éste le informó de que no bebía en sus horas de faena, porque no era lo correcto y...

—Tu mejor faena ya la has hecho —lo interrum­pió la aguardentosa voz de Bienvenido, que a cada color imposible le aplicaba además el cristal defor­mante de su vaso—. Más que pasodoble, Pancho, tu rojos es una verdadera tauromaquia, mientras que yo quería tan sólo el rojo de una escena cualquiera de caza en Inglaterra.

Una por una, le fue enseñando a Pancho toda la variedad de rojos de su pobre comedor, y muy parti­cularmente la del inmenso forado que, hasta no ha­cía mucho, desembocaba en la sala de la vecina de enfrente.

—¿Y a este rojo cómo le llamarías tú, Bienve­nido? —inquirió el Tintado, como quien realmente desea aprender—. Y es que a mí me parece que algo de inglés sí que tiene.

—Tal vez, pero de un rojo que yo más bien califi­caría de rojo Camilla Parker.

—La verdad...

—La verdad no existe para ti, Pancho. Sólo lo falso existe para ti. Y lo muy, muy falso, lo reque­tefalso, lo quintaesencialmente falso... En fin, para qué hablar más de algo que tú nunca jamás com­prenderás... De algo que, como suele decirse, escapa por completo a tu entendimiento... Pero, bueno, no te canses tratando de comprenderme. Eso en ti es algo absolutamente imposible... Y, además, apostaría todo lo que tengo a que ni siquiera lo intentarías.

Pero, en fin, ni sé ya a qué diablos se debe toda esta cháchara en este maldito momento.

Bienvenido sentía un gran hartazgo, pero, más que nada, lo que sentía era que el whisky se le estaba subiendo a los puños. O sea, que prefirió pasar al co­lor gris en el que Pancho esta vez sí que se había es­merado, sobre todo porque le había servido de color consuelo o color refugio, como él mismo lo calificó, al entender que de ninguna manera se le iba a acep­tar su propuesta de pintar algo, siquiera, de negro, aunque fuera tan sólo el baño de visitas. Vaya que dio la lata, el tipo, con su color predilecto, y acababa de hacerlo por última vez, ese mismo día, aunque ya sin cargosear ni nada, porque así le había enseñado su muy dolorosa y no muy lejana experiencia uppercut.

El más oscuro de los grises, el marengo, domi­naba el nebuloso aspecto de la cocina y los baños del departamento. Pisos, losetas, muebles, todo era ma­rengo y más marengo. Esta vez sí que el Tintado se había esmerado, y sólo por un pelo había evitado el negro en aquella suerte de autorretrato de cuerpo y alma. Los acabados eran perfectos, y sólo los sanita­rios eran blancos en los baños y la refrigeradora en la cocina, ya que todos los demás artefactos, empe­zando por la lavadora y terminando por el lavavaji­llas, habían quedado ocultos en los muebles de color gris marengo, y en los baños con las justas se habían librado de un encierro también marengo los sanita­rios. Pero, además, con una osadía casi suicida, muy disimuladamente, eso sí, Pancho Marambio había pintado de negro el marco de las ventanas, en la co­cina y en los baños, y ahora miraba aterrado a Bien­venido, que aún no lograba distinguir bien lo negro de lo marengo, pero que de todos modos levantó un brazo amenazador, aunque antes de que terminara de cerrar el puño, el Tintado ya estaba de rodillas, enteramente canino, con su colita sobona y vibrátil congelada entre las nalgas, diciéndole adiós a este mundo de los automóviles muy caros y ostentosos, la gran chifladura de su vida.

—Mano Triste —fue lo único que se le ocurrió decir a Bienvenido, a manera de nuevo apodo para el Tintado, mientras éste, incorporándose muy de a poquitos, por si las moscas, reconocía que, la ver­dad, eso de Mano Triste no le venía nada mal como apodo. Y hasta agitaba psicológicamente su colita para celebrarlo.

La verdad, lo de Mano Triste le venía como ani­llo al dedo, reconocieron, primero, los amigos de la patota, después los amigos de los amigos, luego los familiares de esos amigos, también los amigos de és­tos, poco a poco, más adelante, y así, al final, el Tin­tado logró que uno de sus numerosos apodos —fru­tos todos de la febril imaginación de Bienvenido Salvador Buenaventura, el tan desaventurado amigo peruano que llegó, vio a Pancho, y se jodió, en con­secuencia—, hiciera larga y merecida carrera en la ciudad de Barcelona, cuando menos.

Y precisamente ahora, el flamante Mano Triste acababa de incorporarse y de decirle a Bienvenido que, por favor, le aceptara el regalo sorpresa que con inmenso afecto había adquirido para él. Pues el re­galo famoso venía nada menos que en una inmensa caja, y, cuando Bienvenido la abrió y vio su negro con­tenido, no tuvo más remedio que sonreír, alzar su vaso y brindar por él: tres juegos de toallas negras de gran calidad. Pero había aún más, debajo de las toa­llas: tres juegos de sábanas negras, ni más ni menos. Y al fondo de todo había una pequeña caja negra en­vuelta en papel negro, también, cómo no. Cuando abrió la caja y vio su contenido, Bienvenido lo encon­tró ya perfectamente lógico. No esperaba otra cosa, tampoco, la verdad: una pequeña talla de reluciente cerámica, nada menos que del cantante negro Anto­nio Machín, vestido de gala, o sea, de negro, y con alas de angelito negro, para variar, como en la más re­cordada de sus canciones. La canina colita de Mano Triste se agitaba por todo el departamento, de lo más feliz, nerviosa y fiel, pero Bienvenido prefirió no mos­trar demasiada complacencia y optó por despedirse, apurando su vaso de whisky y poniendo en las manos del Tintado las muestras de color rojo y verde.

—Concéntrate ahora en dar con estos colores —le dijo, por toda despedida.

Gérard, Bienvenido y varios amigos más de la vieja patota catalana comieron esa noche en el res­taurante Casa Julia, de la calle Enrique Granados, un lugar muy cotizado por la alta calidad y variedad de sus carnes. Fue una reunión amena, llena de anécdotas acerca del gran Pancho Marambio, alias el Tintado o Mano Triste, o también, a partir de esa noche, el Acicalado Señor Acicatado. La noche ter­minó en el Ideal, un frecuentado bar de la calle Ari­bau, donde literalmente el amigo peruano enterró pico. No había llegado en buena forma al restau­rante, pero a lo largo de la noche había seguido vaso tras vaso de whisky, y ni siquiera había interrumpido su racha para probar el excelente tinto con que acompañaron esa comida. Nunca antes aquellos ami­gos lo habían visto así, con excepción de Gérard, para quien aquella sorprendente y creciente adic­ción a la bebida había nacido como consecuencia de los problemas con Pancho y sus infames obras en el departamento de la calle Provenza.

—Y es que no hay otra manera de calificarlas —dijo Gérard, esta vez más en catalán que en espa­ñol o francés, y añadió—: Todo lo que está ocu­rriendo es doblemente infame, porque las obras son realmente una catástrofe y porque es inmenso el daño moral y psíquico que todo esto le está ha­ciendo a Bienvenido. Llegó a Barcelona con una ilu­sión y un optimismo que nunca antes vi en él, confió tanto en Pancho que hasta le pagó por adelantado, y ahora se ha dedicado a observarlo con una curiosi­dad realmente de entomólogo.

—Pues se equivocó por completo al pagar por adelantado —dijo Robert.

—Y más a Pancho —comentó Manel—. De Pan­cho no se puede fiar nadie, y mucho menos para esas cosas.

—Pero eso ya está hecho, y no hay vuelta atrás —in­tervino nuevamente Gérard—. Ahora lo que habría que impedir es que Bienvenido se torture observando detenidamente todos los pasos en falso que da Pan­cho. Si hasta lo ha apodado Pancho el Fatal, ahora que me acuerdo, y finge estar feliz con su hallazgo.

—Que no deja de ser genial —comentó Toni.

—Sí, pero miren, en cambio, el estado en que anda. Yo mismo le insistí en que regresara a Barce­lona para controlar las obras de su piso, pero ahora estoy esperando el momento en que se vuelva a ir a pasear por Europa. Se lo digo, día a día, pero él sigue copa en mano y por toda explicación responde que le encanta observar a una persona ser ruin, que es un lujo que como abogado nunca pudo darse antes, y que ésta es la primera gran oportunidad de su vida.

—Pero basta con mirarlo, Gérard. Esa ruindad, por el contrario, parece estar acabando con él. O por lo menos eso es lo que me parece a mí —dijo Xavi.

—Sí, lo sé, lo está matando, e incluso me atreve­ría a decir que lo está matando a pasos agigantados. Y, sin embargo, él insiste, insiste y se pasa horas cada día metido en el departamento, mirándolo todo una y mil veces. Y uno diría que, a pesar de las copas y del daño atroz que se está haciendo, su capacidad de observación es cada día más aguda.

—¿Y cómo podríamos evitarlo, Gérard?

—Por el momento, llevándolo a dormir. Vamos, ayúdenme a meterlo en un taxi. Me lo llevo a casa, aunque por momentos lo que me provoca es me­terlo en un tren y mandarlo lejos de Barcelona. Creo que sería lo mejor que se puede hacer por él, en estas circunstancias.

—Yo diría que es una excelente idea —opinaron las chicas, casi a coro.

Pues dicho y hecho: de patitas y en un tren lo metieron sus amigos, íntegra la patota, chicos y chi­cas, y tan pronto como pudieron. Y lo hicieron de forma tan improvisada, sobre todo para él, que cuando les hizo adiós desde la ventanilla, vaso de whisky en mano, aunque no de los que él hubiera es­cogido, de cristal de roca tallado, les preguntó, de lo más sonriente, que adónde iba.

—A Roma —le dijeron—. Tienes todas las ins­trucciones en el bolsillo posterior derecho del pan­talón, con tu billetera y tu pasaporte. La dirección del hotel y todo eso. Y ahora espera al revisor para que te instale en tu compartimiento y descansa, por favor. Es un compartimiento individual. Y estás en primera clase.

—Favor que ustedes me hacen, damas y caballe­ros, aunque de poco o de nada les va a valer ya... No, de muy poco o de nada...

Apenas movía los labios, Bienvenido, vaso de whisky en mano y asomado muy torpemente a la ven­tana del tren. Y sonreía mientras el ruido de los vago­nes se tragaba por completo sus palabras, a medida que la locomotora se iba poniendo en marcha, allá, muy adelante, ya casi fuera de la estación de Sants.

Del Perú llegaron algunos muebles antiguos, de gran belleza y valor —más de uno era de fabricación inglesa, francesa e italiana—, una importante biblio­teca, en la que brillaban por su ausencia los libros de Derecho, como si se hubiese pretendido borrar de un plumazo toda referencia a la profesión de abogado de su propietario, una formidable disco­teca, y una muy selecta filmoteca. Y llegaron tam­bién numerosas cajas que contenían ropa y sobre todo una muy variada cantidad de objetos que Bien­venido Salvador Buenaventura no recordaba ha­berse traído y que en más de un caso ni siquiera re­conoció. Eran, eso sí, demasiadas cosas para el departamento de la calle Provenza, por más amplio que éste fuera. En fin, poco a poco se iría desha­ciendo de lo menos importante, pero sus libros, su música y sus películas sí que cabrían perfectamente.

Cambiar las cerraduras de varias puertas lo antes posible era, eso sí, una inmediata prioridad, en vista de que esas chapas miserables que le había instalado el tal Pancho provenían sin duda de la misma cerra­jería vecina en la que él pensaba comprar las nue­vas, dotadas de un sistema de blindaje anti Pancho Marambio y sus operarios, por supuesto, y en prime­rísimo lugar. Colocaría cerraduras especiales en la puerta principal y en la de servicio, que daba a una escalera bastante oscura de crujientes escalones, y a un pequeño montacargas, que, la verdad, sólo utili­zaría la empleada que pensaba contratar, aunque únicamente durante el día, por más que el departa­mento tuviera también una habitación destinada a esta persona, con su baño propio, bastante amplio, cómodo y renovado de pies a cabeza, aunque por obra y gracia de Pancho Marambio, de paredes co­lor marengo, cómo no.

Bienvenido optó por dirigirse personalmente a la cerrajería, consultó larga y detenidamente con la per­sona que le pareció más indicada, y al final optó por unas cerraduras que blindaban todo tipo de puertas, unas más y otras menos, según su importancia y ubi­cación. Las llaves de estas cerraduras provenían de Holanda, y únicamente se podía obtener copias de ellas en aquel país. Aceptó ese modelo de inmediato, y pidió que las fueran a instalar lo antes posible. Al regresar a su departamento, Bienvenido pudo com­probar que Pancho Marambio no le había dejado facturas de nada, ni siquiera de los carísimos electro­domésticos que adquirió, entre los cuales sobresalía un microondas, de color gris marengo, por supuesto, del que poco después su recién contratada empleada doméstica diría que era más difícil de manejar que un Boeing 747. Y por ninguna parte dejó tampoco los certificados de garantía de cada uno de esos artefac­tos. ¿Contrabando, mercado negro, robo? Bienvenido decidió llamarlo e interrogarlo acerca de estas caren­cias, tan sólo con ánimo de divertirse un poco, ya que el tipo jamás había logrado darle una explicación clara acerca de nada, y, de paso, insistir también un poco más en los colores rojo y verde Marambio, como él los calificaba, en vista de que ni el restaura­dor de palacios y castillos, ni su muy experimentado pintor —Pancho dixit—, lograron jamás dar con los tonos de las clarísimas muestras que él les había facili­tado. Las muestras las encontró tiradas en el suelo, y a Bienvenido le parecían la prueba más simbólica de la gran estafa de que había sido víctima. Llamaría a Pan­cho, sí, pero más que nada para aterrarlo un poco y divertirse a su costa, y también como único medio de no pegar alaridos de rabia e impotencia. Pero, al fi­nal, resulta que el tal Pancho, enterado ya de su re­greso y de su muy precaria instalación en el departa­mento de la calle Provenza, muy prudentemente ha­bía optado por tomar las de Villadiego, sin revelarle a nadie adónde iba, ni mucho menos cuándo tenía en mente regresar.

Poco tiempo después, el departamento de la calle Provenza empezaba a parecerse, un poquito siquiera, a lo que realmente llegaría a ser algún día, cuando al­guien muy serio, muy profesional, muy bienintencio­nado y sobre todo muy honesto, se ocupara de corre­gir y hasta de destruir y volver a hacer, de cabo a rabo, las obras infames de Pancho Marambio. Éstas salta­ban a la vista en cada habitación del departamento, como una permanente acusación contra su autor y sus secuaces, pero además había también aquellos pequeños y medianos desastres y carencias que con el paso de los días Bienvenido Salvador Buenaventura iba logrando detectar. Y a éstas habría que agregarle muchísimas más, por supuesto, como todas aquellas que los encargados de la reforma y restauración final del departamento irían descubriendo con verdadero espanto, y también con verdadera preocupación por los estragos que, a medida que avanzaba el horror, iba sufriendo la salud física y psíquica del señor Bue­naventura, y con ésta su estado de ánimo y su muy creciente adicción al alcohol.

Por supuesto que esta vez Bienvenido sí podría ha­berse ido de Barcelona, alejarse del gigantesco desas­tre que lo rodeaba, y confiar esta vez sí en las excelen­tes refacciones que se irían haciendo en su departa­mento, hasta olvidar por completo todo lo que para él habían representado las pésimas, las realmente infa­mes obras del gran embaucador que resultó ser Pan­cho Marambio, aquel mal amigo que superó con cre­ces hasta las más pesimistas predicciones de amigos y conocidos. Las nuevas obras, en cambio, terminarían por dejarlo todo a la altura de sus sueños, porque de sueños se trataba ya, nada menos. Sin embargo, Bien­venido optó por quedarse en su departamento, por encerrarse en vida y seguir paso a paso las diversas eta­pas de una increíble transformación.

—Y pensar que el tipo que causó este desastre dice que es arquitecto y autor de dos libros, nada menos que sobre la restauración de palacios y casti­llos —le dijo Bienvenido a Medardo Sánchez, un co­lombiano proveniente de la ciudad puerto de Bue­naventura («Pues sí, caballero, Buenaventura, como el apellido de usted»), y en cuyo vocabulario se mez­claban un catalán sin aprender, un castellano en vías de extinción y una variedad de arcaísmos prove­nientes sin duda de piratas y bucaneros de las costas del mar Pacífico.

Medardo Sánchez era un verdadero manitas de plata, un aprendiz de brujo, un muchacho serio y de una asombrosa destreza y capacidad para entender e interpretar cada una de las manías y de los caprichos que Bienvenido le iba sacando al paso. Era, además, profundamente religioso y de una honestidad a prue­ba de balas, y encima de todo llegó recetado, más que recomendado, por Luis Ferrer Vidal, un joven psi­quiatra por el que Bienvenido sentía un profundo afecto y admiración, y cuya consulta había remode­lado enteramente, a la perfección, el colombiano. Medardo Sánchez, mulato, altísimo, pintoncísimo y de muy esmerados modales, no tenía la menor idea de quién diablos podía ser García Márquez, su ilustrí­simo compatriota, y, cuando Bienvenido le regaló uno de sus libros, lo más que dijo fue que lo iba a conser­var en su casa, pero ni siquiera lo abrió. Casi mostró más interés en conservar la bolsa de la librería La Cen­tral en que venía el obsequio, y con el señalador de li­bros que venía adjunto la verdad es que no supo en absoluto qué diablos hacer, y para qué empezar a en­señarle ya, tampoco, si aquí no había venido a com­pletar su educación, sino a trabajar.

En cambio, después de echarle una breve mirada al departamento, tan breve que Bienvenido incluso le pidió por favor que mirara las cosas con mayor de­tenimiento, Medardo Sánchez le dijo que ese horror ya estaba más que visto, que una sola miradita bas­taba para saber que quien metió mano en esa casa sin duda era restaurador de castillos y palacios, pero castillos y palacios de purita mierda, con su perdón, caballero. Y encima de todo el tal Medardo hasta le hizo notar que el verde inglés del vestíbulo y el de la sala bastante poco tenían que ver entre sí, y que tam­poco ninguno de los dos era cabalmente inglés. A Bienvenido se le veía tan emocionado, tan anona­dado por estas últimas palabras de Medardo, que, sin duda alguna, a manera de consuelo, éste le dijo que en cambio sus muebles sí que eran muy guapos. Vaya con el gran Medardo, cuando uno pensaba que aún hablaba en su buen castellano de Colombia, juácate, de golpe le soltaba una de esas palabras tan propias del castellano que se habla en Cataluña. «Pero, en fin —pensó Bienvenido—, yo a este muchacho no lo he contratado como lingüista.»

—Puedo empezar mañana —le dijo Medardo, tras haber llegado a un acuerdo con Bienvenido so­bre sus honorarios y los de los dos compañeros que iba a llevar—. Primero será uno y luego serán dos, caballero, agregó.

—Perfecto —le dijo Bienvenido—. Mañana mis­mo empezamos y, si a usted no le importa, lo pri­mero que haremos será instalar unas cerraduras que acabo de comprar y que lo blindan todo, menos a mí, parece ser, y cuyas llaves se fabrican única y ex­clusivamente en Holanda. Me han dicho que son lo más seguro que existe en el mercado. En fin, míre­las usted mismo y dígame qué le parecen.

—Con su perdón, señor Buenaventura —le dijo Medardo, tras haberles pegado una rápida ojeada a las cerraduras recién adquiridas por Bienvenido—, con su perdón, sí, señor, pero yo conozco otras ce­rraduras bastante más seguras que éstas. E incluso le diría que mucho mucho más seguras. Y mire usted, caballero, que, además, se compran en Barcelona, se fabrican en Londres, siguiendo unos modelos di­señados por Scotland Yard, según indica la docu­mentación adjunta, y las llaves las venden única y ex­clusivamente en Milán. Yo acabo de conseguirle dos, señor Buenaventura, como medida de precau­ción. Y mire usted qué casualidad, también, porque estas cerraduras le calzan a sus puertas y a sus necesi­dades como un guante.

—Como un guante en Milán —recitó un descon­certadísimo y muy nervioso Bienvenido.

—Ya lo ha dicho usted mejor que nadie, señor —lo tranquilizó Medardo mientras se despedía, abría la puerta y la cerraba detrás de sí.

En la refrigeradora lo esperaba un vaso de whisky que Bienvenido había escondido con las jus­tas cuando llegó el espigado colombiano, y a él re­gresaba ahora a la carrera, con el pulso bastante tembleque, además. «Como un guante en Milán», se repetía, una y otra vez Bienvenido mientras to­maba los primeros sorbos y pensaba, mirando fija­mente el vaso: «Estoy en mi casa y voy a hacer lo que me dé la gana con el whisky, estén o no aquí los ope­rarios, y aunque nunca vea terminada restauración alguna. Es mi destino, qué duda cabe.»

Una inmensa culpabilidad lo invadió a la mañana siguiente, cuando abrió la puerta con el mismo vaso en mano, y sobre todo cuando trató de explicar, a quien quisiera escucharlo y además creerle, que aquél no sólo era el mismo vaso del día anterior, sino también el mismo whisky que se sirvió entonces...

—El señor tiene entonces una marca preferida —le dijo Medardo, complicándole inmensamente las cosas.

—Pues sí, Medardo, pero lo que yo quiero decir es que éste es el mismo vaso de whisky que me serví ayer, y que aquí sigue...

Lo de los flamantes e intactos cubos de hielo, eso sí, imposible que lograra explicarlo Bienvenido, y ahí quién no era consciente del tremendo callejón sin salida en que se había metido, y de lo mucho más que se hundió en él cuando dijo que lo de esos hielos, así, tan perfectos, no era más que una broma muy común en su familia. Se fue a la mismísima mierda, en realidad, el pobre, porque ahora además estaba metido en el callejón sin salida de su historia familiar. Era la primera vez, desde que llegó a Barce­lona, que aquel pasado peruano, ante el cual había puesto todo un océano de distancia, reaparecía así, en bloque, sin que un lapso de tiempo entre sus di­versos períodos, sus momentos, sus años y cada uno de sus motivos, de sus particularidades y de sus deta­lles, le permitiera establecer un mínimo de orden o al menos alguna jerarquía en él. En cambio, aquel pasado le caía ahora inmenso y sin orden ni con­cierto alguno, entremezclando casas, calles, épocas, bisabuelos, abuelos, padres y hermanos hasta trope­zar con su segundo hermano, el pobre Andrés Fe­lipe, apenas dos años mayor que él y el caso más re­ciente de todos, el que más le tocó soportar y sufrir a él, Andrés Felipe, el muchacho emprendedor y de gran corazón que tan a salvo creyó estar del espan­toso destino familiar que también a él acababa de al­canzarlo ahora, fatalmente, en Barcelona.

—Este par de cubos de mierda sí que acabo de estrenarlos —sonrió, ya sin reservas para nadie, ni siquiera para ese otro muchacho, sin duda colom­biano también, que acompañaba por primera vez a Medardo.

—Mi compañero se llama Gonzalo Peláez —le

dijo Medardo. —¿Y es de Buenaventura también? —Pues mire usted que no, señor... —Buenaventura, como la ciudad puerto... —Pues mire usted, señor, que yo soy más bien de

Pereira. Pero por más que buscó en su mente Bienveni­do, a Pereira no lo encontró por ninguna parte. —Instrúyame usted sobre Pereira, Gonzalo... —Pues mucho turismo y mucho tabaco... —¿Y de whisky qué tal andamos?

—Pues yo de eso la verdad es que no entiendo, don Bienvenido, aunque el turista seguro que bebe...

—Buena respuesta, Gonzalo. ¿Y qué más?

—Pereira es la capital del departamento de Risa­ralda, pero yo no soy de ahí. Yo soy del campo, más bien.

—¿O sea del tabaco?

—Ni mi compañero ni yo fumamos, don Bienve­nido.

—¿Y desde cuándo son yunta, ustedes dos?

—Pues nos juntamos para el trabajo, señor...

—Muy bien, Gonzalo. Pero, cambiando de ter­cio, ¿qué hubo de las cerraduras, Medardo?

—Llamé hoy a la tienda, antes de venir, y ya han llegado. Vine para que usted me acompañe a com­prarlas.

—Yo le doy el dinero, Medardo. Prefiero que va­yan ustedes.

—No vale la pena que vayamos los dos, don Bien­venido. Gonzalo puede ir comprando otros materia­les. Y sobre todo necesitamos tapar todo aquello que va quedando por hacer, para que ni los escom­bros ni el polvo lo cubran todo. Sus muebles, en es­pecial, tenemos que protegerlos muy bien.

—¿Ustedes van a reducir estos escombros a es­combros, Medardo?

—Así es, don Buenaventura.

Bienvenido necesitaba brindar por eso. Le en­cantaba la precisión con que Medardo le iba enten­diendo cada detalle, cada matiz. Les dio un buen cheque al portador, y lo primero que hizo Medardo fue entregarle un recibo por el monto exacto del cheque.

—Ya poco a poco le iré trayendo las facturas de todo, señor, y en su debido orden.

—La verdad es que no estaba acostumbrado a tanta consideración, Medardo. Cómo se nota que estoy en manos de dos personas serias... Se lo digo con total sinceridad, amigo.

—Se agradece muy sumamente, caballero. Y de parte de mi compañero, pues también.

«Toda comparación es una ofensa», se decía Bienvenido Salvador Buenaventura, evocando pala­bras de un vals criollo, muy popular en la Lima de su infancia y adolescencia. Pensaba sobre todo en la abismal diferencia entre los operarios de Pancho y estos colombianos que le había enviado su gran amigo Luis Ferrer Vidal, animándolo ahora a irse de Barcelona por un tiempo y olvidar por completo los horrores sufridos, su enorme y muy dolorosa decep­ción. Pero él se negaba, y como que se hundía más y más en el recuento de las calamidades encontradas en el departamento, cada vez que regresaba muy ilu­sionado para ver los progresos de las obras. Pancho Marambio, además, le pedía constantemente nue­vas sumas de dinero, con lo cual hacía tiempo que aquella cifra máxima que él mismo le pidió, y sobre la que llegaron a un total acuerdo desde el comienzo, muy pronto terminó casi por duplicarse. ¿Quién ob­servaba a quién, entonces? ¿El Tintado a Bienvenido, o viceversa? En todo caso, hacía rato ya que Bienve­nido no encontraba placer ninguno en ir penetrando la inmunda catadura moral de aquel mal amigo y de sus operarios. El día aquel en que el tal José Lopera, por ejemplo, del que Pancho le dijo siempre que era un carpintero de lujo, único en Barcelona, co­locó, a manera de zócalos, unas tablitas chatas y lar­gas, que además siempre se quedaban cortas y ni si­quiera tenían entre sí junturas en los ángulos de las paredes, esas tablitas de mierda que quedaban siem­pre incompletas y que, por supuesto, no tenían ab­solutamente nada de zócalos.

—Pero José —le dijo Bienvenido al ver aquello.

—Como se ve que usted acaba de aterrizar en Barcelona, Bienvenido. Aquí ya nadie utiliza zóca­los. Eso ya no se lleva...

Bienvenido observaba a aquel gran artista, aquel gran cantante de jotas, boleros, pasodobles y alguno que otro fandango o bulería, según afirmaba un chusquísimo casete que le había regalado, propo­niéndole que algún día se fueran de juerga por ahí. La pinta de chulo la llevaba retratada en unas largas y ensortijadas patillas, y era tan barata como la cali­dad de sus interpretaciones, con las que sin duda se ofrecía a animar fiestas de barrio, aquel asqueroso y ondulado carpinterucho. En cambio, eso sí, en Bar­celona ya no se llevaba eso de los zócalos. Aquello era cosa del pasado... Una tras otra tenía que so­plarse cosas como ésta, Bienvenido. Y había también otro operario, de inconfundible aspecto magrebí e imposible acento analfabeto, al que Pancho le dijo un día que le debía unos quinientos euros, o sea, unos quinientos euros por tercera o cuarta vez con­secutiva. Bienvenido ya no escuchó, ya ni observó, y tampoco miró ya a nadie de arriba abajo. Hacía tiempo que simple y llanamente lo aceptaba todo.

—Pues dime su nombre, para hacerle un cheque nominal —se limitó a decir aquella enésima vez.

—¿Su nombre? Pues mira, su nombre es una se­rie de sonidos cuyo resultado es Rafael. Con eso basta y sobra.

Rafael fue también el tipo que instaló una noví­sima terma a gas, de marca Junkers, más resistente que un búnker, según Pancho, que, por supuesto, la encerró en una especie de celosía color gris ma­rengo. Una tarde, el del sonido Rafael concluyó su faena de instalación, justo cuando también acababa su faena del día, con un atraso que exigía un extra por horas suplementarias, pero, maldita sea, al tipo se le ocurrió probarla antes de marcharse. En menos de lo que canta un gallo, la cocina ya se había inun­dado, ahora también el pasillo que la comunicaba con el comedor, después también el comedor mismo, y ahora las aguas se acercaban peligrosamente a la sala y por ahí al vestíbulo y por ahí a la mismísima puerta principal, a la escalera y al ascensor. El chorro que despedía la terma era realmente incontenible.

—Quédese usted ahí con todos los trapos que en­cuentre y con una buena fregona —fue todo lo que se le ocurrió decirle al onomatopéyico Rafael, que ahora se despedía sugiriéndole que llamara a los bomberos.

—¡Bomberos!

—Pues no se me ocurre otra cosa.

Y ya se dirigía a la puerta, el sonido Rafael, de­jándole el encarguito de contener esa inundación, cuando Bienvenido agarró un enorme cuchillo de cocina y, mientras lo sujetaba de una mano doblada en mil por la muñeca, se lo clavó casi en el cuello.

—De aquí no te mueves mientras esto no esté to­talmente seco.

Y así, en grave peligro de que le metieran un tajo de oreja en oreja, uno de esos que degüellan, el ma­grebí cuyo nombre sonaba a Rafael corrió hasta la llave del agua, la cerró y arrancó con la intermina­ble faena de dejar todo aquello completamente seco. Hacerlo le tomó horas de horas, en las que Bienvenido lo observaba cómodamente sentado, cu­chillote de cocina en mano, y como quien se limpia las uñas con él. Era la una de la mañana cuando el tipo por fin se largó, y era la una de la tarde del día subsiguiente cuando los vecinos de los bajos se pre­sentaron para quejarse de una tremenda humedad en el techo de su departamento.

—Rafael —le dijo Bienvenido—, baja y píntales íntegramente y a la perfección el techo de todo el departamento. El cuchillo y yo te esperamos aquí.

»A estos extremos hemos llegado —les dijo Bien­venido a sus espantados vecinos. No entendían nada, los pobres, pero no les quedó más alternativa que darle las gracias, cuando les dijo—: Tanto para Ra­fael como para mí es cuestión de vida o muerte que el techo de ustedes quede hecho un verdadero pri­mor, señoras y señores.

Se despidió muy educadamente, cerró la puerta y salió disparado en busca de un whisky. Cada día empezaba más temprano con lo del whisky y sus cu­bos de hielo perfectos en un vaso de cristal tallado, de cristal tallado de roca. Una semana más tarde ya estaba totalmente probado por un técnico de esa empresa que la flamante terma Junkers de flamante no tenía un pelo. Le faltaban algunas piezas, otras estaban rotas, tenía ya unos quince años de uso, y había sido pintada enteramente por algún sinver­güenza del mercado negro tan sólo para engañar a cualquier novato. Con razón el Tintado se esmeró tanto en encerrarla con gran prisa en una celosía de color gris marengo.

Y así era la vida cotidiana con los operarios de Pancho Marambio, y por supuesto que también para total asombro de Vicky, la empleada filipina que su amigo Manel Bosoms le había recetado, más que re­comendado, por las mismas razones que otro amigo, médico aquél, le recetara antes a los operarios co­lombianos.

La llegada de la empleada filipinísima, una mujer sin edad y casi sin ojos, de lo rasgados que los tenía, fue todo un espectáculo. Porque la pobre entró, vio el descalabro general reinante y huyó despavorida, tras haber abierto unos gigantescos ojos negros y de lo más andaluces, y luego una bocaza emisora que a punto estuvo también de alcanzar los tremebundos decibeles del genial pintor noruego Edvard Munch, en su célebre y aterrador cuadro El grito.

—¡Vicky! —le gritó, a su vez, Bienvenido, pero la fina filipina ya había huido despavorida. Felizmente que lo llamó tres días más tarde, para disculparse y para decirle que, tras haber hablado nuevamente con el señor Manel Bosoms, estaba dispuesta a vol­ver y a enfrentarse absolutamente con todo.

—Yo llevo así ya mucho tiempo, Vicky, créame, pero esto se tiene que acabar algún día. O, de lo contrario, acabará muy pronto conmigo.

Por eso, cuando Medardo Sánchez y Gonzalo Peláez se pusieron realmente en marcha, tras haber acumulado todo tipo de herramientas y de materia­les, se olvidaron por completo de él. Bueno, tam­poco se les podía exigir que además de todo se ocu­paran también de su estado de ánimo, o sea, que ahí seguía él, copazo tras copazo en mano, y cada día se sentía y se parecía más a un escombro, uno más entre los muchos escombros que dejó Pancho Marambio.

Lo único positivo era que los ojos de Vicky ha­bían recuperado su muy rasgada calidad oriental, algo que al menos a Bienvenido le daba una cierta li­bertad para servirse sus whiskies, porque a la cuarta o quinta copa incluso llegaba a convencerse de que con esos ojitos tan chinitos era realmente imposible que su empleada filipina se diera cuenta de que sus vasos se llenaban uno tras otro. «En efecto —se de­cía—, un vaso es algo ya bastante pequeño para unos ojitos tan Extremo Oriente.» Y ya por el sexto whisky, Bienvenido actuaba con el pleno convenci­miento de que, además, tampoco él era visto. Y con ello su libertad de acción crecía aún más.

Y crecía aún más, todavía, con la manera en que Vicky realmente se las arreglaba para dar siempre la impresión de no estar presente, nunca, ni muchí­simo menos de estar al alcance de la vista, cual gue­rrillera vietnamita en silenciosa y tupida maleza, y con ese puntitas de pies tan suyo al desplazarse y cumplir meticulosamente con las tareas que ella misma decidía realizar, cada mañana y cada tarde.

En fin, que ya más de una vez Bienvenido la había lla­mado Ida, en vez de Vicky, mientras que en otras oca­siones había sentido incluso que la empezaba a ex­trañar, a fuerza de no verla ni oírla nunca. Y, en cuanto a Medardo Sánchez y su compatriota Gon­zalo Peláez, a menudo caía en la fácil trampa de com­pararlos con los atroces tipejos que le trajo Pancho Marambio... «Toda repetición es una ofensa», se de­cía en estas ocasiones. En efecto, le bastaba con ob­servar la meticulosidad de Medardo y de Gonzalo: lo que se dice el cielo y la tierra. O, mejor dicho, el cielo y el infierno, se decía una y otra vez Bienvenido, co­pazo en mano.

—¿Cree usted que dará con los colores verde y rojo de mis muestras? —le preguntaba, a veces, a Medardo, sólo por decir algo. Y añadía—: Porque, según el restaurador de castillos y palacios, y según su pintor, esos colores sólo existen en Inglaterra. Y debido al clima, además. Por supuesto que no es verdad, Medardo, pero...

—No hay color imposible, señor Buenaventura, sino mal trabajado. Y mire usted que los colores pueden ser millones. Pero siempre y cuando se mez­clen debidamente, es posible dar con cada uno de ellos.

—¿Y cree usted que podrá armar mi biblioteca, Medardo? —le preguntó más de una vez, sólo por mantener un mínimo de contacto con el mundo.

—Nada más fácil, señor. Se procede con lógica, y asunto terminado.

—Y aquí, en este rincón de mi baño, el carpin­tero cantaor que trajo el tal Pancho Marambio me dijo que era imposible poner unas pequeñas repisas.

—Por supuesto que sí es posible, señor Buena­ventura. Y yo se las mandaré hacer de un vidrio grueso y ahumado, porque le pueden ser muy útiles para colocar algunos objetos de su higiene personal, por ejemplo. Créame, además, que es la única ra­zón por la cual no le sugiero quitar este absurdo ta­bique que divide su baño en dos. ¿Para qué quiere usted dos espacios compartimentados en un baño que no es tan grande y que tan sólo usa usted?

—Cosas del genio llamado Pancho Marambio, Medardo.

—Ya, pero sin unas repisitas triangulares ese rin­cón que le ha quedado a usted para el váter y el bi­det no tiene razón alguna de ser.

—¿Qué hay en esta casa que tenga razón de ser, Medardo?

—Cuídese, señor Buenaventura. Cuídese, por favor.

Estas palabras de Medardo realmente conmovie­ron a Bienvenido. Lo conmovieron hasta tal punto que se sintió en la obligación de invitarlo a almorzar con su colega Gonzalo. «Es lo menos que puedo ha­cer», pensó, porque también el tal Gonzalo, cada vez que iba al baño, le pedía permiso antes, y eso que sólo entraba al baño de visitas. Resultaba deses­perante, porque el tipo, o meaba mucho o real­mente tenía una colitis aguda y permanente, pero por más urgencia que tuviera siempre le pedía per­miso antes. No había comparación con la gentuza que trajo Pancho Marambio. O sea, que ¿por qué no tomarse unas copitas con ellos, además?

Pero no hubo copita alguna, a pesar de la alta ca­lidad del restaurante al que los llevó Bienvenido, ahí mismo en el barrio. Tanto Medardo como Gonzalo lo encontraron todo excelente, opinaron que las mesas, las sillas y muchas cosas más eran muy gua­pas, luego sacó cada uno su teléfono móvil de un bolsillito obrero, y al final como que se redujo cada uno a purito amor, un par de tórtolas en sus ramitas que le cantan y le cuentan a su novia hasta el último detalle, pasito a paso, y con las justas tomaron un par de limonadas.

—Ustedes son el colmo de los colmos —les dijo Bienvenido—. A veces me pregunto si son verdad o mentira, si son un sueño o una muy grata realidad.

—Favor que usted nos hace —le respondió Gon­zalo, y al pobre Bienvenido no le quedó más reme­dio que apurar su enésimo vaso de whisky y pedir otro, mientras Medardo y Gonzalo devoraban agra­decidísimos y, entre plato y plato, llamaban una vez más a sus respectivas novias para contarles detallada­mente lo bien que continuaban comiendo, de lo más rico, mi amor, y ya esta tardecita te lo cuento to­dito mejor, mi cielito lindo.

Momentos después, de regreso al departamento, ambos operarios se transformaron una vez más en dos ocupadísimos genios pintarrajeados y prescin­dieron por completo de Bienvenido.

—De ahora en adelante, jamás les faltará limo­nada bien heladita en la refrigeradora —les dijo Bienvenido, casi a manera de despedida.

—Se agradece, señor. Se agradece, y mucho.

—De nada, muchachos. De nada...

Ya no lo oyeron, por supuesto, y lo único que a Bienvenido se le ocurrió fue recuperar un empol­vado tocadiscos portátil y hurgar entre los discos que continuaban guardados en unas cajas perfecta­mente bien embaladas, en espera de mejores tiem­pos. Por fin, tras haberse pasado tres whiskies busca que te busca, encontró un CD de purita cumbia co­lombiana. Lo puso, y además a todo volumen, pero por nada de este mundo lo oyeron ya, de lo concen­tradísimo que andaba cada uno con su tarea de esa tarde. «Son angelicales —se dijo Bienvenido—. Son realmente perfectos. Y a lo mejor demasiado perfec­tos para un tipo como yo.»

En su vida se habría dicho semejante cosa él, él, que había sido siempre un dechado de corrección, de orden, de disciplina, de energía. Pero los tipos arreglaron la calefacción, cuando, al probarla, ésta no funcionó. Y los tipos hicieron funcionar el aire acondicionado recién instalado, cuando sospecha­ron que, al igual que la calefacción y la nueva terma que dejó el Tintado, tampoco funcionaría, y más bien sí podía estallar o cortocircuitar, porque en casa de don Bienvenido cualquier cosa es posible, qué duda cabe ya.

O sea, que también fue posible que llegara el exasperante Ricardito Salinas, en calidad de pintor de brocha muy fina, y que hasta finísima no paraba, cuando de detalles y acabados se trataba, don Bien­venido. Ricardito Salinas, que venía a trabajar bajo las órdenes de Medardo Sánchez, pero que no era de Bogotá ni de Pereira, sino de Caracas hasta la muerte, don Bienvenido, afirmaba, además, que, en efecto, a puntito estuve de morirme de una hambre bien mala desde que llegué a Barcelona en calidad de inmigrante, pero gracias a Dios y a la Virgencita santa me encontré en el camino a Medardo Sán­chez... Y así continuaba Ricardito, dale que te dale y rosquetísimo, que él de brocha gorda pues nada na­dita, don Bienvenido, y en cambio ya verá usted, don Bienvenido, lo finísimamente bien que le pinto sus paredes y techos y le voy interpretando uno tras otro sus deseos al milímetro con mis brochas de arte y con mi finura caraqueña, don Bienvenido, pues sí que sí y ya verá usted, además, don Bienvenido, todi­tito lo que se puede obtener de mí cuando se me trata bien y yo me lo propongo, pero tiene que tra­társeme bien, eso sí, don Bienve, porque de lo con­trario, de lo contrario...

—Ricardito —lo tuvo que frenar Medardo—, el señor Buenaventura tiene otras cosas que hacer, y tú con el único que tienes que hablar aquí es con­migo.

—Pero, ah —continuó él, todo él y sin mirar si­quiera a Medardo—: ¿No tendrá usted por ahí una foto o un póster de Audrey Hepburn, pregunto yo?

—¿De Audrey Hepburn...?

—De ella mismita, sí, señor. Y si fuera además en Breakfast at Tiffany’s, muchísimo mejor. Porque para mí verla en esa peli es como si me invadieran mil duendecillos de lo más inspiraditos y como si fueran ellos, no yo, pobre humano, pues sí, como si fue­ran ellos mismitos los que deslizan y remueven mi brocha feliz tan delicadamente. ¡Ay, señor, si viera usted lo maravilloso que pinto yo bajo la mirada tra­viesa e inspirada de mi Audreycilla! Porque ella es mi divinidad, y una divinidad es muchísimo más que una diva, don Bienve. ¿Me entiende usted?

—Ya basta de tanto palique, Ricardito —inter­vino nuevamente Medardo—. No te he traído aquí para que molestes al señor Buenaventura, sino para que trabajes en silencio. Además, ¿no te das cuenta de que el señor aún tiene todas sus cosas guardadas en cajas cerradas y selladas? ¿De dónde crees tú que te va a poder andar sacando fotos ni pósters ni nada? Tú concéntrate en lo tuyo y deja al señor Buenaven­tura en paz.

El tal Ricardito se convirtió en una enloquecida anguila y se alejó ofendidísimo y entonando con voz de soprano agónica la que era sin duda su canción favorita: Señora tentación. La verdad, no cesó de can­tar o silbar Señora tentación durante todo el tiempo que permaneció en el departamento, y a medida que iba dejando primorosamente bien pintado, eso sí, hasta el último detalle de cada habitación. Por su­puesto que fue él mismo quien utilizó la palabra pri­morosa para referirse a la calidad de su pintura bajo el hechizo de Audrey Hepburn, mi diosa flaquita, señor Buenaventura.

A medida que todo esto iba ocurriendo y las se­manas pasaban, una tras otra, día tras día, la reclu­sión de Bienvenido era cada vez mayor. A Vicky se le abrían inmensos los ojos cada vez que el señor le decía que fuera por otra botella de whisky, y cada vez que encontraba sin probar los platos que muy puntualmente le llevaba hasta su dormitorio. El se­ñor ya no comía, no probaba ni un bocado de nada, el señor, y en cambio continuaba metido en una cama cubierta de polvo, día y noche, semana tras semana. Y el señor, según parece, según creían ha­ber oído Medardo y Gonzalo, a veces incluso deli­raba. Y en todo caso no cesaba de hablar de aque­llas obras infames —esto sí que les constaba a ellos, cómo no: infames— y de ese tal Pancho Marambio, al que unas veces llamaba el Tintado y otras Mano Triste, y que, con la ayuda de unos operarios atro­ces, era sin duda el autor de tamaña felonía, de tan evidente estafa, vaya que a ellos dos esto sí que les constaba, ellos dos eran testigos del estado en que esa mala gente había dejado el departamento del señor Buenaventura. Vicky abría de golpe unos ojos casi andaluces, se detenía a encajar y a procesar tanta y tamaña información, tan evidente, por lo demás, y desaparecía nuevamente en su maleza oriental, recuperando sin duda entonces la abso­luta rasgadura de sus ojos.

Gérard era el único entre todos sus amigos que el señor Buenaventura aún recibía, aunque cada vez menos frecuentemente, y además el señor Gérard se ausentaba de Barcelona cada día más, por razones de trabajo. A Vicky le aterraba pensar que algo grave ocurriera en cualquier momento, y sin que ella tu­viera a quién llamar. Pero incluso llamar era difícil últimamente, porque a Bienvenido le había dado por desconectar todos los teléfonos, aunque des­pués ni cuenta se daba cuando ella los volvía a en­chufar, haciéndose la desentendida.

—La señora Mariana, del Perú, amiga de usted —le repitió Vicky, por tercera vez, una de esas tardes sin más vida aparente en el departamento que el eterno canturreo maricón de Ricardito Salinas, su incesante Señora tentación, unos días en la cocina, otros en algún corredor, en un baño, en algún dor­mitorio. No se hartaba jamás el tipo de aquella can­ción, que, sin que lo sospechara siquiera, estaba hun­diendo al pobre Bienvenido aún más en la miseria, si es posible. Y ahora, además de todo, pues nada me­nos que una llamada telefónica de Mariana...

—Dígale a esa señora que me deje su número, por favor.

—La señora Mariana está en Barcelona, señor, y quiere verlo.

—La señora Mariana está en Barcelona, y ade­más quiere verme. Lo que me faltaba. Maldita sea. Mire, Vicky, usted dígale a esa señora que me deje su teléfono y que yo la llamaré mañana.

—La señora dice que tiene su dirección. Dice que se la ha dado el señor Gérard y que ahora mismo viene a verlo.

—No, eso no puede ser, Vicky. Eso sí que no puede ser. Mire, Vicky, escúcheme bien, por favor. Usted dígale a esa señora...

—Está en camino, señor...

—¿Cómo que en camino, Vicky?

—La señora Mariana ya colgó, señor. Y dice que llegará dentro de una media hora. Tiene usted tiem­po para afeitarse y ducharse. Y, por favor, usted no se preocupe, señor, que yo la atenderé si llega antes de que usted esté listo.

—Esa persona no puede entrar a esta casa, Vicky, ¿me entiende usted?

—Medardo y Gonzalo están despejando la sala, y yo voy a ordenarla un poco y a quitar el polvo. Ade­más, la señora Mariana entenderá que usted se en­cuentra en plena mudanza, señor.

—Vicky...

—Usted dese prisa, señor, por favor. Ya le he puesto ropa limpia en su baño. ¿Prefiere una camisa de corbata o una de cuello abierto?

—Una piyama limpia bastará.

—Perdóneme, señor, pero yo no pienso como usted.

Nadie, absolutamente nadie piensa como yo, Vicky.

—Entonces, seguramente es usted el que está equivocado, señor. Perdone, pero...

—Tal como están las cosas, yo creo que lo más apropiado para recibir a la tal señora Mariana sería una piyama con corbata.

Vicky sonrió muy ligeramente y desapareció una vez más en su maleza oriental, mientras que, en su baño, a Bienvenido lo esperaban ya unas toallas im­pecables, una impecable camisa blanca y una selec­ción de corbatas a juego con el mismo terno que él habría escogido en ese momento.

—Maldita Mariana y maldita Vicky —fue todo lo que atinó a decir Bienvenido Salvador Buenaven­tura mientras se disponía a afeitarse y ducharse.

La verdad, jamás imaginó, jamás soñó siquiera con que Mariana pudiera aparecer en Barcelona y dar con él. Borrar toda posibilidad de contacto con su pasado, familiar, personal o laboral había sido una obsesión para Bienvenido, y también la base misma sobre la cual quiso apoyarse para comenzar toda una nueva vida en Europa. Pero por algún lado se le había filtrado ahora Mariana, nada menos que Mariana. Y qué diablos importaba ya que Gérard le hubiera facilitado sus datos, sin duda alguna en un desesperado afán de lograr algo positivo, algo bue­no. Lo terrible ahora era que Mariana llegara en este momento, en plena atroz caída de un Buenaventura más, el último de todos, el que realmente creyó y has­ta pareció ser invencible.

Mariana... ¿Llegaba sencillamente contra sus de­seos o llegaba, además, contra todo pronóstico? ¿No era aquello un verdadero desatino, por parte de una mujer que había visto y sufrido ya demasiado? Y, ¿ha­bía deseado él que Mariana llegara, aun ahora y a como diera lugar, o nada deseaba él menos ya que una repentina aparición de Mariana? En todo caso, lo único que Bienvenido tenía muy claro, en este momento y en estas circunstancias, era que Mariana estaba llegando demasiado tarde.

Con un vaso de whisky al alcance de la mano, Bienvenido se afeitaba, y, con otro vaso de whisky en una mano, se duchaba, momentos más tarde. Se fijó en que ya casi no le temblaban esas malditas manos, o sea, que con un vaso de whisky más se secó, lenta­mente, y con otro vaso más de whisky empezó a ves­tirse, aún más lentamente. Había hecho instalar un minibar en su amplio vestidor, un pequeño mueble que en un primer momento estuvo destinado a la sala del departamento, pero que luego, a medida que se fue recluyendo y encerrando más y más hasta terminar metido casi día y noche en su dormitorio, optó por colocar en su vestidor, ya que tenerlo ahí le resultaba bastante más cómodo, al menos mientras tuviese operarios moviéndose de un lado a otro y pa­sando siempre por la sala.

Y cuánto más cómodo y práctico le estaba resul­tando aquel minibar, sobre todo ahora que ya estaba bien vestido y encorbatado, pero en cambio se sen­tía totalmente incapaz de asomarse por la sala en que Mariana lo esperaba desde hacía un buen mo­mento. Bienvenido había oído el timbre, la voz de su empleada al abrir la puerta y recibirla muy ama­blemente, y ahora oía aquella voz tan de Mariana, una voz realmente adorable y que sí deseaba una taza de té, muchas gracias, Vicky.

Mariana Zañartu fue la gran pasión de su her­mano Andrés Felipe, sí, pero fue también, antes que nada, el gran amor de su vida, la verdadera razón por la cual Bienvenido había cumplido ya los cin­cuenta y cuatro años de edad sin haber pensado ja­más en contraer matrimonio, incluso después de haber fallecido aquel hermano suyo, con el que Ma­riana tampoco llegó a contraer matrimonio, por lo demás. Aun así, Bienvenido y ella nunca se atrevie­ron a correr el riesgo de encontrarse a solas, y en los encuentros familiares se las arreglaron siempre para mantenerse algo alejados y fingir una prudente cor­tesía, temerosos siempre de despertar alguna sospe­cha. Pero Bienvenido y Mariana supieron que se amaban desde la primera vez en que Andrés Felipe la llevó a casa de sus padres, y sabían que continua­ban amándose cuando aquel desdichado hermano terminó de matarse bebiendo, y ahora mismo, mien­tras Mariana lo esperaba en la sala y él dudaba abso­lutamente de todo, con un vaso de whisky muy firme en la mano, como un verdadero imbécil, tanto él como ella sabían que se amaban más que nunca, y que ese amor, que desde hacía algún tiempo nada prohibía ya, más un inmenso temor, que al menos Mariana parecía por fin dispuesta a enfrentar, preci­samente con esta visita, habían sido la verdadera ra­zón, la razón última por la cual Bienvenido decidió abandonarlo todo en el Perú y trasladarse definitiva­mente a Europa.

Y ahora, pero ahora, ¿estaba Bienvenido aún a tiempo de dar marcha atrás, de frenar en seco su in­contenible necesidad de bebida, de un whisky más, día y noche, día tras día, en un vaso de cristal de roca, de cristal de roca tallado, o fatalmente había empezado ya para él la larga y muy dura, la implaca­ble caída?

—Mariana, ya estás aquí —susurró Bienvenido, cerrando la puerta de su vestidor, detrás de él.

La llegada de esta maravillosa mujer morena y enormes ojos azules era sin duda alguna lo mejor que le había pasado en su vida, pero tenía un vaso de whisky en la mano, también, y dos cubos de hielo que se veían tan nítidos ahí, en el fondo de ese vaso realmente hermoso, realmente hermoso y en tan perfecto equilibrio.

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