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Montserrat Terrones es Licenciada en Humanidades por la Universidad Autónoma de Barcelona y en Documentación por la Universitat Oberta de Catalunya. Ha desempeñado toda su carrera editorial en el sector editorial y desde hace cinco años trabaja como editora en Ediciones La Cúpula. Ha traducido diversos cómics y colaborado en diversos medios de prensa escrita. Actualmente trabaja en una tesis sobre narratología y cómic en la Universitat Pompeu Fabra.
Desde la acuñación del término novela gráfica por Will Eisner, en un intento por convencer a su editor estadounidense para que publicase su mejor obra, Contrato con Dios, a pesar de su extensión y su desafío a las convenciones tradicionales del uso del lenguaje del cómic, la etiqueta en cuestión se ha convertido en la esperanza blanca de la industria del cómic.
En efecto, poco es el contenido que diferencia lo que conocemos como novela gráfica de lo que consideramos que no lo es. Tal y como afirma Art Spiegelman en el prólogo que realiza a la edición de Picador de City of Glass, el término novela gráfica tiene como objetivo dignificar al género del cómic emulándolo con las novelas y las artes plásticas. Más allá de este intento, el término es completamente vacuo.
Es cierto que lo que podemos encontrar en las librerías, bajo esta etiqueta, son un conjunto de obras de una extensión más amplia que las del tradicional álbum francés, con una estructura narrativa en muchos casos compleja y con unas técnicas de promoción que cada vez son más similares a las de la industria editorial consolidada.
¿Pero qué se esconde detrás de esta necesidad de acuñar un nuevo término para referirse a unas obras que no son sino cómics? Nada menos que la necesidad de reivindicar y acercar un género culturalmente maltratado a los lectores asiduos, a los lectores habituales de novela, sea cual sea su género de predilección.
El cómic es un género con más de cien años de antigüedad y apareció en forma de tiras cómicas en la prensa estadounidense. Poco a poco fue independizándose de ésta y aparecieron las primeras obras independientes llegando su eclosión a través de la industria montada alrededor de los cómics de superhéroes. En España sucedió algo parecido en la posguerra y los cómics se convirtieron en un producto de consumo masivo por parte del público infantil y juvenil. Se vendían en los quioscos y las ediciones eran de pésima calidad. A esta consideración de subproducto cultural destinado al público infantil, se le sumó una etiqueta de marginal con la eclosión del cómic underground en los años sesenta en los EE.UU. y los setenta en España.
El cómic es un género por descubrir que cuenta con lectores adeptos pero que necesita ampliar su horizonte de lectores. No se trata solo de una cuestión económica que permita a las editoriales que se dedican exclusivamente a este género pasar de ser empresas voluntaristas a empresas rentables, sino de que el lector potencial tenga la oportunidad de conocer un conjunto de obras imprescindibles a las que ya sea por desconocimiento o prejuicio no tiene acceso: Maus de Art Spiegelman, Palomar de Beto Hernández, Blankets de Craig Thompson, Barrio lejano de Jiro Taniguchi y Palestina de Joe Sacco son solo algunos ejemplos. |