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Raúl Quinto (Cartagena, 1978) es licenciado en Historia del Arte por la Univ. de Granada. Ha publicado los libros de poemas Grietas (Dauro, 2002; reeditado en 2007 por La Garúa junto a Poemas del Cabo de Gata) y La piel del vigilante (DVD, 2005), premio Andalucía Joven de 2004. Aparece en numerosas antologías y ha sido traducido al inglés, italiano y árabe. Co-dirige la revista electrónica Oniria (www.revistaoniria.com) y la colección de poesía de la editorial La Garúa.
1.
Cuando Literaturas.com se puso en contacto conmigo para colaborar en este especial sobre novela gráfica, me sugirieron que podía abordar aquellos aspectos de Watchmen que me llevaron a escribir La piel del vigilante (DVD, 2005). Me pareció una buena opción, sobre todo porque me libraba del tormento de tener que elegir el tema de mi artículo, y es que realmente habría sido duro decidir entre tanta obra imponente. Decida usted, elija en qué cuadro, en qué libro centra su aportación en un especial sobre pintura o literatura, inabarcable, me dirán, sino me cierran algo más el campo de intervención. El cómic, en la vertiente que se ha venido a llamar novela gráfica es un universo pleno de posibilidades, un género riquísimo, hermano y padre del cine, que para muchos arranca en el Antiguo Egipto o en las secuenciaciones temporales de los relieves romanos, pasando por las miniaturas medievales, los emblemas, los libros totales de William Blake o los grabados de Goya. Demasiado. Entonces bienvenido sea este acotamiento que me ofrecen. Ahora bien, si sondeo mi memoria en busca de momentos clave en mi vida como lector de comics, o lector en general, compruebo, sin un gramo de sorpresa, que si no hubiera sido Watchmen habría sido otra obra, pero siempre de Alan Moore: la ambigüedad radical con la que trata el tema del terrorismo y la libertad en V for Vendetta, la reconstrucción minuciosa, a ratos desbordante del Londres de 1888 y los crímenes de Jack el destripador en From Hell, o la mezcla entre pesadilla y delirio ecologista de su SwampThing, por citar sólo tres casos muy representativos.
¿Que existen otros autores y otras novelas gráficas sobre las que también podría uno escribir, no un artículo, sino una colección de ensayos? Ciertamente . Pero la elección ya está hecha.
2.
Así que Watchmen, escrita por el maestro Alan Moore y dibujada por un mejorable aunque insustituible Dave Gibbons en los años 80, y La piel del vigilante, escrita por mí como un acto reflejo tras leer dos veces seguidas las 430 páginas del tebeo en enero de 2002. ¿Por qué ese eco inmediato? Podría reseñar mi interés por la disolución del yo poético en multitud de máscaras y personajes, y que el mosaico descrito en esta historia me venía como anillo al dedo. Sí, pero digamos que antes de esa integración de las posibilidades estructurales y discursivas del cómic en mi poética (mi libro anterior Grietas, ahondaba en esas mismas obsesiones pero desde otra óptica), Watchmen me planteó un universo de matices, una base, la de los personajes, donde se encontraban esbozadas actitudes y modos de ser y actuar tan interesantes, complejas y profundas que permitían desarrollar con garantías un discurso introspectivo de segundo grado. No dejaban de se arquetipos, cimientos sobre los que podía construir edificios que pudieran prescindir de Moore y su historia para ser habitados: todos y cada uno de los poemas del libro se corresponden con uno de los personajes de Watchmen, aunque el libro intenta no ser una poetización del cómic, como ya he apuntado; hay personajes que Moore desarrolla de manera magistral y con mucho detalle, otros son tratados de manera más oblicua mientras que son muchos los personajes, no determinantes en la trama, que apenas son esbozados en el tebeo y que en La piel del vigilante adquieren el mismo protagonismo, en un esfuerzo por rellenar elipsis. El libro está ahí, en las librerías o en las bibliotecas, para el que lo quiera leer, y les aseguro que no necesitan conocer de antemano Watchmen para disfrutarlo, “entederlo” o aborrecerlo. Ahora bien, Watchmen es necesario, no para leer un poemario de 70 páginas escrito por un autor semidesconocido, sino para comprender mejor la condición humana, que eso es lo que define a los clásicos.
3.
Yo sitúo este cómic, sin miedo de parecer hiperbólico, a la altura del Quijote o de Ciudadano Kane, no sólo por su excelencia sino porque cumple una misma función fundacional en su género. Watchmen genera un nuevo modo de entender los comics, de construirlos, y lo hace partiendo del interior del mainstream y sus iconos más representativos: los superhéroes; del mismo que Cervantes re-creaba la novela desde su vertiente más “comercial” la de los caballeros andantes. Autores tan celebrados por la crítica y por las cuentas corrientes de sus editoriales como Neil Gaiman o Grant Morrison, por citar dos muy conocidos y británicos como Moore, no serían concebibles sin el gesto revolucionario que supuso este cómic, que fue publicado, no hay que olvidarlo, por una de las grandes multinacionales del medio, la DC. La misma que exportaba y exporta las eternas simplificaciones de Superman o La Liga de la Justicia, simplificaciones que Watchmen dinamita sin contemplación. La forma en que lo hace es ya conocida, y no responde sino a la pregunta de ¿cómo serían en un mundo real, como el de la Guerra Fría de los años 80, una serie de personas que se disfrazasen para impartir justicia fuera de la ley? La respuesta está en Watchmen, y es evidente, por mucho que el cómic tradicional quisiera verlo de otra forma: serían psicópatas, fascistas, megalómanos, sádicos, fetichistas, etc. en un mundo real que no está tan lejos del nuestro. Y es que, como el clásico que es, lo que esta historia nos muestra sigue estando tan de actualidad como las guerras preventivas, la paranoia persecutoria de los gobiernos democráticos, o las delicadas relaciones entre violencia, poder y control de la información.
Hay ligeros matices que en el cómic pretendían alejar el mundo representado de su correlato real, que lejos de ahondar en el elemento fantástico acaban desnudándolo a una realidad mayor. Por ejemplo, Moore plantea que Nixon nunca pasó por el Watergate y que los EEUU ganaron la guerra de Vietnam, todo gracias al arma definitiva, el único y verdadero ser sobrehumano de la historia (el Dr. Manhattan, más cercano a un hierático dios post-nuclear que a Superman). Esa descripción de los EEUU como gigante sin prácticamente rival en el mundo, que silencia y reprime a los disidentes o a los que escapan a su control (como los superhéroes, prohibidos por la ley en el cómic) está más cerca de la América posterior a la caída del Muro de Berlín, el 11-S y la política imperialista e involucionista de George W. Bush, que a la de la era Reagan que pretendía reflejar en su particular espejo empañado.
Watchmen no sería más que otra escala de un largo grito de protesta de Moore contra la implantación del neoliberalismo, piénsese en V for Vendetta como sombra de la era Tatcher en Reino Unido. Pues bien, ese modelo es el que ha triunfado, barriendo del mapa al oponente comunista y arrinconando en el proceso globalizador a algunas realidades que ahora patalean ruidosa y dolorosamente. Ese mundo, pues, es más parecido al nuestro, puede que no tengamos la sensación cotidiana de que al fin del mundo le resten cinco minutos, pero hay Apocalipsis más pequeños e indiscriminados aguardando en los transportes públicos.
Cuando comencé a escribir La piel del vigilante, hacía muy poco tiempo que los aviones del 11 de septiembre había provocado una cesura en el plácido desarrollo del Fin de la Historia, Afganistán había sido invadida por el ejército estadounidense, y las libertades comenzaban a recortarse en aras de la seguridad; no creo que sea necesario comentar la situación que hemos vivido desde entonces. Ese aspecto político-histórico, tan presente en el cómic, también se proyecta en los poemas, y pongo como ejemplo Ozymandias, que sería el equivalente del discurso maniqueísta de Bush y su Operación Justicia Infinita (más tarde Libertad Duradera), donde no importa destruir medio mundo si con eso se consigue el simulacro de salvar al otro medio; evidentemente esa visión parte del supuesto, ingenuo y claramente rebatible, de que Bush cree en su misión mesiánica y no en los dictados de las grandes corporaciones petrolíferas de su país; o el poema de El informador, que tanto tiene en común con algunas formas periodísticas actuales, con la famosa teoría de la conspiración del 11-M como ejemplo paradigmático.
4.
Esos y otros matices, que por espacio no puedo glosar, son los que hacen de Watchmen una obra soberbia, desde la secuenciación de las viñetas y sus imágenes que encajan como un sofisticado mecanismo de relojería (y no podía ser de otra manera, teniendo en cuenta la importancia de estas máquinas en la historia) hasta la inmisericorde deconstrucción de un género que llevaba en pie desde los años 30.
Sé que podría estar siglos hablando sobre el tema, de hecho escribí un libro, dirán ustedes, pero los límites son sagrados, y no se me ocurre mejor manera de terminar este pequeño artículo que con una de las tantas escenas memorables que podemos encontrar en el cómic, precisamente la última del primer capítulo. En ella la joven Sally Júpiter (el espectro de seda) charla con Daniel Dreiberg (el búho nocturno) tras una cena después de muchos años sin verse, la noche anterior alguien ha asesinado al Comediante. El pasado, evidentemente está llamando a sus puertas. Sally: ¿Recuerdas a ese tipo? ¿el que quería ser villano para que le pegaran? A partir de aquí a cada frase le acompañan risas, carcajadas. Daniel: Sí, el Capitán Masacre jajaja era un caso único. Sally: Recuerdo cuando lo cogí en la joyería, no sabía cuál era su juego, empecé a pegarle y pensé “¿se está riendo o es que tiene asma?” Más risas. Daniel: Intentó eso conmigo pero yo lo sabía y me fui, él me siguió por toda la calle pidiéndome “pégame” y yo le decía “no, piérdete”. Más risas. Sally: ¿qué le ocurrió? Daniel: uh, se encontró con Rorscharch, que le tiró por el hueco de un ascensor. Un estallido de carcajadas sin control. Tal vez ese era el chiste que el Comediante había conseguido entender, que entre el fuego y la quemadura, el vértigo y la luna, la frontera siempre es muy tenue si acaso existe; puede ser, ahora mismo sólo me pregunto por qué no escribí también un poema sobre el Capitán Masacre.
Desde aquí no puedo más que recomendar la lectura de algunas de ellas que considero capitales, sólo unas pocas y siempre de fácil acceso, para no hacer de esto un goteo de nombres sin sentido ni fundamento: el Sandman de Neil Gaiman, el clásico Maus de Art Spiegelman, Enki Bilal y su Trilogía de Nikopol, El Incal de Jodorowsky y el insuperable Moebius, la Doom Patrol y el Aimal Man de Grant Morrison, Black Hole de Charles Burns y un larguísimo etcétera.
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