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Fernando Menéndez (Oviedo, 1966) es autor de los siguientes libros: "En la misma piedra", "Estambul / Estocolmo", "Las estaciones desordenadas", "Historias somalíes", "Las formas del mundo", "El habitante de las fotografías" y "Un hombre por venir" (en prensa). Ha publicado fragmentos de sus trabajos en revistas como "Zurgai", "El signo del gorrión", "Los infolios", "Letras libres", "Hablar / Falar de poesía" o "Paralelo sur". Ha sido miembro fundador de la colección de poesía "Nómadas", además de formar parte del consejo de redacción de la revista "Solaria". Colabora habitualmente con las revistas digitales " Literaturas.com" y "7de7.net"
“Luto Perpetuo”, Ted Mckeever
a Chus
Amparado por la aséptica intimidad de una sala de autopsias
El hombre es un animal sincero cuando está a solas. En la tarjeta atada a la cremallera pone 30 años. Llego después de todo el trasiego. Mi diagnóstico es un remordimiento. Ya sé que Gordon es un experto en arrimar el ascua a su sardina. Tal vez tenga razón. Tal vez sea la impotencia mi principal poder. ¿Pero qué clase de poder es éste que arrasa por igual el camino correcto y el camino equivocado?
A pesar de todo, soy un hombre con suerte. Aunque sospecho que, en mi caso, la suerte sólo es una forma cicatera de olvidar mi infancia. A pesar de ser un experto en escabullirme, me siento continuamente observado: el ojo de la épica; el ojo del futuro; el ojo de los secretos; el ojo de la enfermedad… Un impacto oscuro en un lugar limpio y bien iluminado. Así me veo yo.
Stevenson decía que, como mínimo, somos dos. En mi pecho retumba a menudo un baile nocturno. Dulce y siniestro. Como si un caudal de velos fuera pisoteado. Entonces detengo el baile. Escucho enredada por gárgolas y cornisas una voz grave y circular.
Es difícil pensar de uno en uno. Cuanto más se comparte la justicia más se parece a la venganza. Si al final de cada jornada no soy capaz de discernir ningún detalle, los músculos y el vigor se me atenazan por el trabajo baldío.
Los ojos extremadamente abiertos en un cadáver es la pregunta más dura de responder; la pregunta imposible de soportar. Ni mis años de tácticas, sacrificios y derroches. Aprieto en mi mano la hoja de servicios. Así va a ser mi testamento: un goteo silencioso de papeles arrugados. No merecen herencia ninguna mis decisiones. Ni las buenas ni las malas.
No estoy preparado para luchar contra la gratuidad. La búsqueda de causas me otorgaba siempre un sentido. Ni dinero, ni sexo, ni pensamiento. ¿Cómo ganar una batalla cuando todos gritan “nada”?
Por primera vez me siento ridículo con este traje. En escaparates, quioscos y pantallas se repite mi silueta. No soy un orador. Mi discurso es seco, brusco. Alfred subraya en el diccionario las palabras que, desconfiado, he suprimido de mi vocabulario. Son aquellas por las que tomé la iniciativa. Ahora son pequeños cuerpos vacíos. No dicen nada aunque todo lo nombren.
Hasta Joker respetaba los significados. Y eso que, con toda seguridad, fue quien más talento puso en hacerme daño. No podía vivir sin mí.
¡Todo es una broma! Todo aquello por lo que la gente se desvive… ¡No es más que una monstruosa y demente broma! ¿Por qué no le ves tú la gracia? ¿Por qué no te ríes?
Camus regresa a Sísifo para elogiar así la tozudez humana. Continuar sin descanso un trabajo inútil y sin esperanza es una hermosa insensatez. Sé que son cada vez más las voces que me comparan con el mito griego. Y también sé que en dicho paralelismo no hay compasión, sino más bien burla. Según Homero, Sísifo era el más prudente y sabio de los mortales. Pero de nada servirá saberlo.
Creía que Gotham y su enfermizo empeño por destruirse a sí misma una y otra vez era mi particular piedra. Pero me han rectificado para decirme que yo, y sólo yo, soy mi propia piedra. ¿A dónde huir entonces, si vaya donde vaya padeceré sobre mi espalda el peso excesivo del esfuerzo?
… Sísifo es el héroe absurdo. Lo es tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser se dedica a no acabar nada. Albert Camus.
Pero tengo una nueva motivación: memorizar los nombres de todos aquellos con los que no he cumplido. Prolongar y animar sus historias más allá de su fundido en negro.
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